Plagio: de osados periodistas e historiadores defectuosos

Uno de los culebrones de este verano ha sido la suspensión temporal con la que Time y CNN castigaron al periodista Fareed Zakaria, acusado de  plagio. La suspensión fue levantada al poco, a pesar de haber quedado demostrado que parte de unos textos sobre el control de armas procedían de un extenso artículo de The New Yorker  firmado por la rutilante historiadora Jill Lepore (al menos tuvo buen gusto en la copia). El asunto ha traído cola y algunos comentaristas se han explayado sobre ello. Por ejemplo: Peter Osnos en The Atlantic o Aaron Barlow en Academe Blog.

Aprovechando la ocasión, los historiadores Andrew Burstein y Nancy Isenberg han redactado un breve y simpático texto titulado “America’s worst historians”,  aparecido en Salon. En versión libre, dice así:

    

Thomas Jefferson no estaba tratando de engañar a nadie cuando tomaba de John Locke las ideas y el lenguaje para declarar el principio de la “vida, libertad y la búsqueda de la felicidad.” Pero, por definición, podríamos calificar de plagio lo que dijo.

La principal lección moral a retener  del escándalo que afecta a Fareed Zakaria no es aquello en lo que los medios de comunicación se centraron. Sí, tomó material relacionado con la larga y, por lo general,  desconocida  historia sobre el control de armas, y lo hizo de forma transparente. Incluso aunque no hubiera sido obligado a pensar en un breve artículo para el Time, habría seguido más o menos los mismos pasos, y por una razón que, a primera vista, tiene mucho sentido: la historia que necesitaba tratar era demasiado compleja para que alguien formado como periodista la investigara en profundidad.

La pieza de Michael Barthel en Salon sobre transparencia y credibilidad en la era de internet apunta al corazón del problema. Ahora bien, para los historiadores profesionales, aquello a lo que la web  invita no es solo a la libertad del corte-y-pega.  El plagio es una cuestión más amplia y delicada de lo que la gente se imagina -la simple y pura “copia”.  Es, en última instancia, una cuestión de originalidad.

Francamente, los que nos ocupamos de la historia empresarial desearíamos obtener una orden de restricción para los grandes divulgadores  de la historia (muchos de ellos formados en el periodismo) que pontifican con gran talento y  consiguen enorme crédito en las ondas por poseer una gran penetración sobre el pasado. Los periodistas son buenos para el periodismo -no recomendaríamos enviar a los historiadores como corresponsales extranjeros. Pero los periodistas no están preparados para captar el sentido de los siglos XVIII y XIX.

Que esta sea, pues, la historia de dos muy conocidos doctores en Harvard que han sido atrapados in fraganti por cometer plagio. Tanto Fareed Zakaria como Doris Kearns Goodwin consiguieron graduarse en “government” en Harvard, con 25 años de diferencia. Goodwin, la mayor, es una plagiaria en serie que ha sido recuperada con los brazos abiertos por la plutocracia televisiva. Directa y notoriamente tomó citas de las obras de otros en múltiples ocasiones -un libro ganador del premio Pulitzer contenía pasajes plagiados de tres diferentes escritores!-  y calladamente le pagó a  uno de los  autores agraviados.

La historia completa se puede leer en el libro del historiador de la University of Georgia Peter HofferPast Imperfect (2004). Es abrumador. Es revelador también del hecho de que Goodwin recicla materiales porque es más fácil que ofrecer algo nuevo. Tengamos en cuenta que, por defecto, a los historiadores se les enseña a visitar el archivo y centrarse en las fuentes primarias. No ocurre lo mismo con los graduados en “government”.   Sin embargo, eso no es excusa para lo que ella (o Zakaria) hizo.

A pesar de que admitió su investigación chapucera en 2002, Goodwin congregó a sus prominentes  amigos periodistas -e  incluso cooptó a algunos historiadores profesionales. Publicaron una carta en el New York Times asegurando al público que era un escritora con “integridad moral”, inocente del cargo de plagio (ella se exculpó en el Time). Desapareció de la televisión y, hasta que su infame fraude pudo ser borrado de la memoria pública, aplazó la publicación de un nuevo libro, escrito despreocupadamente, pero todavía poco original (aunque sin plagiar).

Ese libro fue el muy sonado Team of Rivals. Consiguió salir debido a que su editor puso mucho interés y porque los autores famosos son buenas apuestas. A los conglomerados de medios de comunicación no les importa si el autor estrella está viciado ni si es históricamente descuidado. El hurto literario es aceptable si el resultado final ayuda. La nube se disipó y ella consiguió de nuevo prestigiosos premios  literarios, volviendo al horario estelar con aires de venganza. Concedamos que, como encantadora personalidad pública, sabe algo acerca de la edad moderna. Pero cuando se ocupa de la América temprana, tiene que depender de investigadores e historiadores reales para obtener ideas legítimas. ¿Dónde está el genio en eso? Sin embargo, todo el mundo les dirá que ella es una de las mejores historiadores de Estados Unidos.

La segunda mejor, en realidad. El amado David McCullough, antes en Sports Illustrated, es rutinariamente consagrado como “un tesoro nacional” y el más grande historiador viviente de los “Estados Unidos”. Pero ningún historiador cuidadoso le da credibilidad real a nada de lo que él escribe, porque la historia se basa en la evidencia y McCullough solo está familiarizado con un puñado de literatura secundaria sobre los temas que aborda. Contrata a un joven investigador (el método Goodwin) para que lea por él y le resuma lo que es importante. Si no ha leído a fondo los libros y artículos que enumera en su muy completa bibliografía, compilada presumiblemente por algún otro,  ¿cómo está siendo honesto con el lector?

¿Qué hace de él un historiador? Es su personalidad paternal, no el dominio de las fuentes.

Más de un millón de copias vendidas de su libro John Adams, muchos estadounidenses influenciados por la serie de HBO del mismo nombre, que se comercializaba como si se basara en el libro. En realidad, no sólo era una historia groseramente distorsionada, sino que muchas de las escenas fueron robadas de “The Adams Chronicles“, que apareció en la cadena PBS en los 70. Hay libros mucho mejores sobre Adams que el de McCullough, pero no han sido publicitados.  No hay dinero ahí. La historia es difícil de vender si es complicada.

Tenemos que luchar contra la mediocridad, además de con el plagio -ambos están más relacionados de lo que parece. Los periodistas que hacen historia tienden a ser superficiales y estereotipados. Para el historiador, no son lo suficientemente cuidadosos. Cuesta poco viajar al pasado y vestirlo a fin de que sea familiar, así como parafrasear (en realidad, robar) las ideas de un temprano biógrafo.

La historia no es un cuento para antes de irse a la cama, amigos. El plagio es definido de varias maneras como “apropiación indebida” y  “imitación casi exacta”; no es solo el robo flagrante de la esencia de un párrafo. La originalidad en la escritura de la historia es algo tangible y verificable, y es la razón por la que los candidatos a doctorarse en historia pasan años investigando y escribiendo una tesis, dedicando varios años más a darle la forma  del libro con el que ontendrán una plaza. La buena historia exige la capacidad para juzgar las pruebas disponibles -una forma de conocimiento que a los periodistas no se les pide que cultiven.

Casi todos los que transgreden el trabajo de los historiadores aceptan sin crítica el trabajo de otros, de modo que pellizcan un poco. Así es como se juega el juego. Pero los historiadores se forman de manera diferente. Se les enseña a desconfiar de los autores que obtienen su información de segunda mano. La marca de un buen historiador es escribir algo nuevo sobre lo viejo y presentar un argumento original a partir de fuentes primarias.

No encontrarán un estudioso concienzudo que vistan su material para que sea más familiar de lo que debería ser, por ejemplo: “Los oscuros ojos brillaban trás las  gafas metálicas de gruesa montura  -esos mismos ojos oscuros que habían encandilado a un joven oficial del personal de George Washington- presagiaban una aguda inteligencia, un espíritu ferozmente indomable …”. Esto es de la página inicial del mega-seller de Ron Chernow  Alexander Hamilton, que describe a la viuda de Hamilton como si el autor la conociera personalmente y hubiera podido verificar esas grandes cualidades. Chernow es un hombre inteligente, otro jugador de la Liga Ivy, que pasó del periodismo freelance a convertirse en un historiador popular ganador del premio Pulitzer. El sesgo en favor de su objeto es similar al de McCullough, aunque es más profundo y escribe mejor.

No encontraremos un historiador cuidadoso que cite la obra de alguien cuyo rostro aparezca en televisión sobre un rótulo que diga “Historiador presidencial”.  Eso se hace para dar apariencia de autoridad cuando falta la sustancia de la misma. Pero todavía hay grandes fraudes en el mercado de la historia. ¿Killing Lincoln de Bill O’Reilly  es un bestseller nacional? ¿Habría algo más patético que buscar una sola idea original en un libro así? Y aún no se le llama plagio.

   

El estudio cuidadoso de la historia no ofrece eslóganes definitivos del tipo de “Somos una nación excepcional”. No es de extrañar que hayamos escuchado a Paul Ryan declarando su intención de “volver a los principios fundacionales” y a otros republicanos del Congreso exclamando fatuamente que los padres fundadores promovieron gobiernos pequeños, y que por tanto así debería ser. Claro, la América de los fundadores era un país pequeño. No legislaban para 315 millones de personas. Todo el Departamento de Estado de Thomas Jefferson empleaba menos hombres de los que se necesitan para formar un equipo de béisbol. Pero es el tipo de lógica que se obtiene al sacar la historia de  inspiradas cheerleaders y no de historiadores profesionales. Es lo que se obtiene a partir del constante reciclaje de viejas historias, robadas de libros antiguos -la mayoría de las cuales nunca se captan. Los perpretadores no sólo quedan impunes, algunos son agasajados como los historiadores más destacados de la nación.

La tendencia, sin duda, continuará. Al público parece gustarle lo que es más fácil de digerir, sobre todo si procede del procesador de textos de alguien afín a los que regularmente vemos en la televisión. Y los editores saben que puede comercializar con éxito un libro de un nombre muy conocido, no importa lo trillado de sus contenidos. Un nombre reconocido está por encima de la calidad. La apariencia lo es todo.

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5 Respuestas a “Plagio: de osados periodistas e historiadores defectuosos

  1. De acuerdo con algunos puntos del texto, pero esta concordancia peligra fulminantemente cuando leo este tipo de extractos: «desearíamos obtener una orden de restricción para los grandes divulgadores de la historia (muchos de ellos formados en el periodismo) que pontifican con gran talento y consiguen enorme crédito en las ondas por poseer una gran penetración sobre el pasado».

    Me recuerda a las peroratas de Nora o Juliá sobre la debacle de la historia; algo que por cierto no comparto y me parece que aísla todavía mucho más al historiador.

    Seguí con atención el debate que suscitó este artículo de Burstein e Isenberg cuando salió en el blog de la AHA y me llamó la atención una réplica de David Silbey que simplemente lanzaba unas preguntas afiladas que nos obligan a repensar las palabras de los dos historiadores. Me permito enlazarlo aquí:

    http://chronicle.com/blognetwork/edgeofthewest/2012/08/20/seven-questions-and-comments-i-might-write-if-this-salon-article-on-americas-worst-historians-was-a-student-paper-and-i-was-grading-it/

    Ale, me vuelvo al TFM de marras.

    Saludos,

    g.

  2. Estamos en el problema de siempre: ¿Por qué un historiador profesional no puede realizar divulgación? Y hasta que no se entienda que la divulgación (entendida como una manera de escribir historia adaptada a todos los públicos y que condense las tesis de los grandes historiadores desde un pensamiento crítico) es fundamental e imprescindible en los tiempos que corren, estaremos en manos de periodistas y demás intrusos que con un blog en Internet, un artículo convenientemente manipulado en el diario, una presencia regular en televisión y el uso de las palabras adecuadas para elevar la tensión del lector o espectador tienen más difusión que cualquier tesis doctoral o libro de historia. Ese es el problema de fondo. Si hay intrusos y pseudoplagiadores de historia es porque la “alta historiografía” ha renunciado a la divulgación. Un error muy peligroso.

    • No creo que pueda existir una alta historiografía; de hecho este termino me recuerda las polémicas entre alta cultura y baja cultura. Si nos ceñimos a cuestiones de historiografía es evidente que un individuo que tiene una formación específica en Historia puede acceder a planos argumentativos que en cierto modo están vedados a otras personas que no estén familiarizados con el tema. El historiador dispone de un arsenal conceptual y metodológico en gran mediada ajeno al lector no especializado, que por lo tanto optará por otras soluciones más accesibles para atender su deseo de aumentar su bagaje histórico sin por ello adentrarse en densos debates. En este sentido, como periodista e historiador, confieso que me resulta muy difícil abordar una labor divulgativa sin recurrir a mis hábitos conceptuales. Quizás simplemente sean las inequívocas taras que distinguen entre un buen y un mal escritor, ya que en cierto modo el lector común busca un relato de interés más que otra cosa. Cuando he leído artículos de prensa de historiadores prestigiosos, la mayoría me han parecido muy ajenos al fluir narrativo actual y por lo tanto es complicado, en este sentido, presentar la batalla de la divulgación.

      En cuanto a la cita de Ryan, más que desde una perspectiva histórica, se debe de tomar desde una óptica filosófica y sociológica, pues lo que ahí están son las tesis de Leo Strauss y la articulación de un ideal nacional mítico.

      Un saludo

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