La otra bancarrota griega: historia documentada

De regreso, aunque poco a poco, y lo primero va antes. Si hace un mes, con las vacaciones en perspectiva, no puede decirse que nuestro ánimo estuviera exultante, si entonces ya veíamos nubarrones, ahora se han instalado de forma permanente y se barrunta un buen aguacero de malas noticias. El caso es que nadie quiere aprender, ni de los errores ni del pasado (sálvese, pues, quien pueda, nos dicen, lo que es otra forma de decir que en el arca se refugiarán los de siempre).

Por lo que respecta a los errores, son evidentes para quien, siendo medianamente inteligente, sea igualmente sensible a los padecimientos de los más desafortunados y de casi todos en general. Lo he leído de nuevo y no hace mucho en MicroMega, con respeto a España. En cuanto al pasado, lo mismo: estamos empeñados en despreciarlo y repetirlo, para lo malo, siempre para lo malo. Si alguien lo duda, y hablando ahora del más débil, de Grecia, puede repasar algunos de los artículos que hemos reproducido aquí o puede reparar en el libro editado por Photini Tomai: Documentary History of Greece: 1943-1951. Truman Doctrine and Marshall Plan (Papazisis Publishers/Hellenic Ministry of Foreign Affairs , Atenas, 2011).

Es cierto que el volumen presenta un marcado sesgo (una comprensible orientación pronorteamericana, que se irá extendiendo si Rommey/Ryan no se empeñan en remediarlo), pero ello no es óbice para que el oxoniano Richard Clogg lo tilde de muy oportuno en las páginas del TLS, donde dice:

Extraídos de los ricos, si bien desorganizados, archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores griego, los documentos permiten un saludable recordatorio de cómo, en una anterior ocasión, Grecia se salvó del colapso económico y político gracias a una inyección masiva de ayuda por parte de los Estados Unido. En la inmediata posguerra, los Estados Unidos, a través de la Doctrina Truman y el Plan Marshall, jugó un papel fundamental para que una sucesión de gobiernos débiles superaran un intento de toma del poder por los insurgentes comunistas, mientras que al mismo tiempo daban un poderoso impulso a la reconstrucción de un país destrozado por la guerra y la ocupación.

La crisis que atravesó Grecia en los años inmediatamente posteriores a la guerra fue causada por la depredación de la brutal ocupación  alemana, italiana y búlgara en tiempos de guerra, y no por la incompetencia, la pereza, la evasión fiscal y la corrupción que muchos comentaristas nos quieren hacer creer que está en la raíz de tribulaciones actuales del país. Estas depredaciones tuvieron consecuencias verdaderamente devastadoras para la economía y para la sociedad en general. Una de las peores hambrunas de la historia reciente de Europa vino acompañada de aquella destrucción sin sentido. Masacres en masa de civiles, en represalia por las actividades de la resistencia, tuvieron lugar en pueblos como Distomo, Kommeno y Kalavryta. Cientos de aldeas fueron destruidas en su totalidad o en parte. El canal de Corinto había sido bloqueado tan exitosamente por los alemanes que solo se reabrió al tráfico en 1949. Todo este caos se produjo en el contexto de una hiperinflación de gravedad extraordinaria. En enero de 1946 los precios eran cinco billones de veces más altos que en mayo de 1941.

Con la liberación,  la urgente tarea de suministrar alimentos y comenzar la reconstrucción del país la llevó a cabo la United Nations Relief and Rehabilitation Administration. En los años inmediatamente posteriores a la liberación, fueron los británicos, a través del embajador Sir Reginald Leeper, los que tenían la última palabra. Su papel era esencialmente como el de un gobernador colonial, yendo tan lejos como para proponer que Grecia se incorporara en la Commonwealth británica. Pero pronto quedó claro que Gran Bretaña, casi en bancarrota, no podía seguir  apuntalando la economía o el ejército a medida que el país caía en una guerra civil de tres años descrita por un agudo observador como una guerra de pobres contra más pobres.

Cuando, a principios de 1947, Gran Bretaña abandonó precipitadamente su papel tradicional como principal patrocinador externo de Grecia, el presidente de los Estados Unidos enunció lo que se conoció como la Doctrina Truman, una etapa clave en el surgimiento de la Guerra Fría. A partir de entonces,  ” la política de los Estados Unidos debe ayudar a los pueblos que luchan contra las minorías armadas o contra las presiones exteriores que intentan sojuzgarlos”. Grecia iba a ser el principal beneficiario de la nueva doctrina: la “minoría armada” era el Ejército Democrático comunista  y las “presiones externas” las de los regímenes comunistas de reciente creación en Yugoslavia, Bulgaria y Albania, que estaban dando socorro a los insurgentes griegos.

La ayuda militar de EE.UU. comenzó a manar.  A finales de 1949, esta ayuda ascendió a más de 350 millones $, y fue supervisada por una misión militar de Estados Unidos (pero no tropas de combate). Pronto se hizo evidente que la asistencia militar no era suficiente, y los EE.UU. se dieron cuenta de que una condición previa para una Grecia estable y no comunista era una economía viable. En 1948, había 190 militares estadounidenses y 160 consejeros económicos y muchos más contratistas estadounidenses  en el país. Asistencia por valor de casi mil millones de dólares fue entregada en el marco del Plan Marshall entre 1948 y 1952.

Junto a los exaltados asesores militares estadounidenses había tecnócratas, no pocos de los cuales mantenían ideas políticas progresistas. De hecho, una de las figuras clave en la supervisión de las fases posteriores del Plan Marshall en Grecia fue Paul R. Porter, que antes de la guerra era el camarada Porter del Partido Socialista de Wisconsin, cuyo pasado político despertó el interés del Comité de Actividades Antiamericanas .

Muchos de estos tecnócratas hicieron pocos intentos por ocultar su frustración por la naturaleza de la burocracia griega, y su tendencia a orillarla e interferir en la política interna inevitablemente despertaron resentimiento. Dwight Griswold, director de la Misión Americana para la ayuda a Grecia (AMAG) y exgobernador de Nebraska, describió la dependencia de Grecia de la ayuda estadounidense como un “club” con el que forzar a los políticos a dejarse de disputas y trabajar juntos.

Un revelador documento de la colección Tomai registra una conversación entre Hubert Gallagher, funcionario de la AMAG con  responsabilidad en la administración pública, y un empleado del gobierno no identificado. En una visita a una agencia gubernamental con 400 empleados en nómina, había encontrado que sólo cuarenta estaban realmente en el trabajo. El resto no aparecía por ningún lado. Gallagher pidió un sacrificio a gran escala a los funcionarios, precisamente el tipo de queja que Angela Merkel y otros han hecho ante una burocracia enorme inflada en los años sesenta y despues. La demanda hecha en otra dura crítica por el diputado laborista y subsecretario de Exteriores, Héctor McNeil, en pro de una “acción decidida” en la tributación de los ricos también tiene su correspondiente actual.

El Plan Marshall,  y la necesidad militar, condujo a un notable desarrollo de la red vial en la Grecia continental. La electrificación de las zonas rurales fue otro logro. Uno de los grandes éxitos de la ayuda del Plan Marshall fue una notable mejora en la salud pública y en la esperanza de vida. Los flagelos de la malaria y la tuberculosis (cuya incidencia era mayor en Grecia que en cualquier otro país europeo) fueron eliminados eficazmente a finales de 1940 y principios de 1950.

Los documentos contenidos en el libro ofrecen esencialmente una visión sobre cómo la Doctrina Truman y el Plan Marshall eran vistos por el Ministerio griego de Asuntos Exteriores. Hay poco material que ilustre sobre  en qué y dónde se implementaron efectivamente los programas de ayuda  y con qué grado de éxito, a pesar de que hay una entrevista, una historia oral,  con Stelios Papadopoulos, un operativo del Plan Marshall, que da una idea del impacto de la ayuda a nivel de base.

Muchos de los documentos son traducidos del griego. Estos no son siempre plenamente inteligibles. Uno o dos parecen haber sido originalmente escritos en inglés, traducidos al griego  y luego vueltos a verter al inglés. Esto produce algunos resultados extraños, como ilustra este pasaje, escrito originalmente por tres estadounidenses: “es bien sabido que algunas ciudades destruidas en Grecia, como Chania [en Creta] son ​​sitios maravillosamente apropiados para las excavaciones arqueológicas. Esta posibilidad debe ser examinada por algunos institutos, organismos y organizaciones educativas en nuestro país [los EE.UU.], lo que pueden indicar su intención u ofrececimiento para llevar a cabo excavaciones en Grecia, por lo que el Gobierno griego a la luz de estas propuestas se evitaría la reconstrucción de esas ciudades”.

Demasiada de la historia moderna de Grecia se ha visto a través de los ojos de los bien ordenados archivos del British Foreign Office y del US State Department. Este libro ofrece un correctivo a tal perspectiva. Pero solo ofrece una parte de la historia de los efectos de la Doctrina Truman y el Plan Marshall en Grecia.

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