El marrano Spinoza y su escandaloso Tratado

En una operación que, en sus resultados, puede recordar a la que Skinner y Pocock acometieron con Harrington y la virtud republicana, en detrimento de Locke y su célebre Tratado, diversos autores han venido en convenir que el ilustrado más radical y al que mucho debemos no es otro que Baruch Spinoza.  Por supuesto, parte de la responsabilidad recae en Jonathan Israel, del que ya hemos hablado aquí, pero su senda está siendo recorrida por muchos otros, el último de los cuales ha sido Steven Nadler, profesor de filosofía en Wisconsin-Madison, aunque su análisis sea más moderado.

El tema sobrepasa los límites de este blog, así que nos quedaremos con algunos párrafos de una significativa reseña.  La elabora Peter E. Gordon, historiador en Harvard y reciente ganador del Jacques Barzun Prize de la American Philosophical Society (por Continental Divide: Heidegger, Cassirer, Davos), en TNR. El volumen se titula A Book Forged in Hell: Spinoza’s Scandalous Treatise and the Birth of the Secular Age (Princeton UP). Veamos:

En el verano de 1674, los funcionarios de la corte holandesa llevaron a cabo la recomendación de los Estados de Holanda de prohibir el Tratado teológico-político, un libro que uno de sus antagonistas más rencorosos describió en un panfleto anónimo como “forjado en el infierno por el judío apóstata trabajando junto con el diablo”. Fue un debut poco auspicioso para un trabajo que Steven Nadler califica como “uno de los libros más importantes del pensamiento occidental que jamás se haya escrito”.

Pobre Spinoza. Tan noble en la intención, tan denostado e incomprendido. Nacido en una familia judía portuguesa en Amsterdam durante los años florecientes de la nueva república holandesa autónoma, el brillante joven estudiante “Bento” (o Baruch, como le llamaban en la sinagoga) tenía solo veintitrés años de edad cuando, el 27 de julio de 1656, su propia congregación en la ciudad del canal Houtgracht le hizo entrega de la notificación formal de excomunión por sus “herejías abominables” y “hechos monstruosos.” Lo absurdo de esta herem, el término hebreo para la prohibición rabínica, es que su destinatario no había publicado aún ninguna de las obras que eventualmente atraerían sobre su cabeza acusaciones violentas de ateísmo e inmoralidad. La Ética, la obra maestra genuina de la metafísica especulativa que le haría ganar un lugar eterno en el canon de la filosofía occidental, no apareció hasta 1677, cuando su autor ya no estaba vivo. Pero mucho antes de esto,  ya se había extendido el rumor de que el joven Bento dudaba de la ley y negaba la existencia de Dios, excepto en el sentido “filosófico”,  es decir, en el sentido más mínimo o heterodoxo que tenía un olorcillo a herejía.

A principios de enero de 1670, el ya maduro filósofo publicó su declaración más agresiva de crítica política y religiosa, bajo el título latino compuesto de Tratado teológico-político. Deseoso de evitar represalias personales, lo publicó de forma anónima y con una portada en la equivocamente daba como lugar de publicación el de Hamburgo. Las medidas fueron prudentes, pero ineficaces. Pasados unos tres años, su autor fue descubierto y estaban en marcha los planes para incautar y suprimir todas las copias de su libro. A finales de la década de 1670, la Iglesia Católica, ansiosa de no quedarse atrás, decidió que el Tratado merecía un lugar en el Índice de libros prohibidos, junto con la Ética y otras opera posthuma, incluyendo su correspondencia.

Steven Nadler ha escrito un relato deliciosamente lúcido y filosóficamente completo del Tratado que ayuda a explicar cómo y por qué este texto singular se convirtió en objeto de tal oprobio y por qué debemos ver nsu aparición  como “el nacimiento de la era secular”. La tesis general no es del todo original. Las últimas dos décadas han visto una explosión de la literatura que celebra a Spinoza como el profeta de la modernidad. En 1992, Yirmiyahu Yovel presentó un estudio de dos volúmenes sobre Spinoza and Other Heretics, titulados respectivamente The Marrano of Reason y The Adventures of Immanence, obras que exploraban la cuestión de si Spinoza merecía el título de “el primer judío secular”. La respuesta de Yovel fue pregativa primero y positiva después: Spinoza no pudo haber sido el primer judío secular porque “el concepto aún no existía”, pero fue “un judío perdido y  suspendido, y su caso existencial precede a sus ideas explícitas, prefigurando formas de la existencia judía en las que no pudo participar.”

Yovel presentó este indeterminado servicio como un paradigma de la identidad moderna. La figura del marrano (que sufrió la persecución después de la Reconquista y se vio obligado por las circunstancias a unas prácticas cripto-religiosas) se convirtió en el modelo de Yovel para una especie de individualidad moderna que surgió en el siglo XVII. Y de acuerdo con Yovel, Spinoza sentó las bases no sólo para el yo moderno, sino también para la concepción moderna del mismo universo. La identificación filosófica de Dios y la naturaleza -la tesis de la pura inmanencia-  estableció un patrón de explicación naturalista que inspiraría a muchos de los más grandes pensadores de la modernidad, desde Goethe a Einstein. En la obra de Spinoza, Yovel concluyó, somos testigos de un evento inaugural de la historia y la filosofía que pasaron “del mundo de la religión revelada a un mundo de la razón secular y la inmanencia”.  En un trabajo más reciente, llamado The Other Within, Yovel ha profundizado y ampliado el caso de Spinoza más allá de esta tesis, argumentando que los marranos encabezaron una especie de identidad dividida y secularismo que hoy caracterizan a gran parte de la experiencia moderna.

La amplia y especulativa posición de Yovel en cierto modo preparó el terreno para la publicación en 2002 de la Radical Enlightenment de Jonathan Israel, el primer volumen de lo que llegaría a ser un trabajo increíblemente ambicioso en varias entregas sobre la suerte de spinozismo en las letras y la política europeas. Los sucesivos volúmenes se titularon Enlightenment Contested (2009) y Democratic Enlightenment (2011). La tesis que guía este esfuerzo hercúleo es que la filosofía de Spinoza fue el principio animador del despliegue de una sensibilidad materialista y radicalmente democrática que finalmente encontró su expresión no sólo en las obras de filósofos y teóricos políticos, sino también en las revoluciones más ambiciosas del siglo XVIII.

El compromiso infatigable e intransigente de Israel con su audaz tesis  ha obtenido admiración y (con la misma frecuencia)  escepticismo, especialmente por parte de los historiadores que sospechan que términos tales como “materialismo” o “Ilustración radical” pueden ser simplemente algo demasiado lábil y difuso para servir en la exposición de motivos que se requieren en una obra de esta envergadura. Uno de los riesgos de la historia intelectual a gran escala, especialmente cuando involucra el estudio de fenómenos tan amplios como la ideología política, es que los contornos precisos de un concepto filosófico importan mucho menos que la forma vaga que mantiene a medida que circula a través de tiempo y espacio. El spinozismo, después de todo, es algo mucho más proteico, sin restricciones por la lógica y la argumentación, de lo que al propio Spinoza le hubiera gustado.

Lo que hace que la contribución del libro de Nadler sea tan bienvenida  es el cuidado y la claridad de su exposición filosófica, y su moderación al trazar las amplias implicaciones de la obra de Spinoza. Nadler se abstiene de cualquier atrevida interpretación -su ambición es más modesta, la de la reconstrucción fidedigna- y su éxito a este respecto es también la mayor virtud de su libro. Sobre todo, tiene como objetivo recordarnos por qué la argumentación real del Tratado teológico-político merece su reputación como uno de los textos más revolucionarios y estimulantes de toda la filosofía moderna. Pero también considera que es importante que no perdamos de vista las preguntas biográficas e históricas: ¿Por qué el Tratado encontró tanta hostilidad? ¿Fueron sus reclamaciones en verdad mucho más radicales que las de otras obras contemporáneas de teoría política y crítica religiosa? Y, en ese caso, ¿qué podría haber llevado a su autor a escribir un libro tan escandaloso?

(…)

La lección evidente que puede extraerse de este ejemplo es que el “spinozismo” puede significar muchas cosas. No se trata de un paquete unificado que haya sobrevivido intacto a través de los siglos. A pesar de las dudas que plantea, las ideas políticas que debemos expresamente a Spinoza están todavía muy presente entre nosotros. Y, en este sentido, somos, como observa Nadler, “los herederos del escandaloso tratado de Spinoza”.

About these ads