Narrativas paralelas: Israel y Palestina

Muy interesante el libro el titulado Side by Side: Parallel Narratives of Israel-Palestine, compuesto con las tres voces de Sami Adwan, Dan Bar-On y Eyal Naveh (New Press). Lo reseña Geoffrey Wheatcroft en la NYRB y se expresa del siguiente modo:

El 23 de septiembre de 2011, dos líderes nacionales se dirigieron a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Uno habló de “la brutalidad de la agresión y la discriminación racial contra nuestro pueblo … la limpieza étnica … el asentamiento colonial … los sesenta y tres años de sufrimiento …”, mientras que para el otro su país estaba siendo “injustamente señalado para condenarlo … la verdadera democracia en Oriente Medio …. No he venido aquí para cosechar aplausos. He venido aquí para decir la verdad”.

No es necesario dominar la crítica textual ni tener un conocimiento profundo para distinguirlos. Mahmoud Abbas, presidente palestino, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, podrían no haber estado hablando sobre el mismo tema, y de hecho no lo estaban. No estaban manteniendo una discusión ni gritándose el uno al otro, sino que estaban dirigiéndose a públicos muy diferentes -el de Israel y los Estados Unidos en el caso de Netanyahu, el del resto en el de Abbas- y ese cisma en la opinión global es ahora parte del problema.

Lejos de existir algo inusual en las feroces luchas comunales o nacionales, son muy comunes, desde el Ulster a Bosnia pasando por Ceilán y tantos otros lugares afectados por el dictum de Yeats:  “gran odio, poco espacio”.  Por otra parte, todos estos conflictos  presentan características similares: no sólo cada parte cree que está en lo cierto, sino que cada una piensa que es la víctima (y por lo general pueden aportar pruebas en ese sentido). Pero el conflicto en Tierra Santa es casi único en su amarga intransigencia, fortalecido por una prístina incomprensión recíproca. Aquí hay dos lados encerrados en lo que a veces parece a una danza de la muerte, y claramente es un diálogo de sordos.

Cualquier intento por abrir un debate honesto entre ambos es bienvenido, y Side by Side es un intento tan digno como curioso. El libro fue inspirado por el fallecido Dan Bar-On, académico israelí que fundó PRIME, o Peace Research Institute in the Middle East (el mismo nombre ya muestra la desolación!), y fue desarrollado a partir de una reunión de académicos y maestros israelíes y palestinos en 2000. Quedaron impresionados por el hecho de que las versiones de la historia narradas en los libros de texto israelíes y palestinos no sólo eran diferentes sino mutuamente excluyentes e incomprensibles, al igual que ambos discursos.

Una posibilidad, que Bar-On y dos colegas, Sami Adwan y Naveh Eyal, originalmente intentaron, fue la construcción de una síntesis o “narrativa de transición” que ambas partes pudieran compartir. Pero esas historias independientes e imparciales son más fáciles de imaginar que de lograr,  incluso desde la posición neutral consciente de aquellos de nosotros que estamos fuera de la pelea. Intentar una narración objetiva de los acontecimientos recientes es bastante difícil en cualquier parte. “Todo aquel que, al escribir una historia moderna, se pegue demasiado a los talones de la Verdad, acaso puede darse en los dientes”, dijo Sir Walter Raleigh y, dado que escribió su Historia del Mundo en la Torre de Londres y fue luego decapitado, se puede pensar que sabía de lo que estaba hablando. Pero este tema en particular es el más tenso o exigente de todos.

En cualquier caso, los colegas muy pronto se dieron cuenta, y no muy sorprendentemente, de que tal síntesis no se podría lograr. En su lugar, han compilado el libro objeto de análisis, que consiste, como su título y el subtítulo indican, en poner las narrativas paralelas frente a frente. En la página de la izquierda el texto de Israel, frente a ella y en la página de la derecha el texto palestino. Podemos leer los dos, y luego comparar y contrastar, como se solía decir en los exámenes.

Si los dos relatos no sólo son contradictorios sino que contrastan en gran medida, eso no implica en sí mismo mala fe. Las dos partes de un divorcio no recuerdan su matrimonio en los mismos términos, y cualquier abogado o policía sabe que dos testigos presenciales del mismo evento pueden dar versiones sorprendentemente dispares del mismo. Pero leer estas dos versiones -no escritas por partidarios extremos del Likud o Hamás, sino por israelíes y palestinos que realmente quieren cooperar-  es tan revelador como desalentador. Aquí hay dos letanías de dolor y de queja, una competencia en el sufrimiento, con más de cien años de historia que los han separado cada vez más.

A veces, el contraste tiene fuerza visual. Un anverso muestra una fotografía de la policía británica reprimiendo una manifestación palestina en Jerusalén;  la de la izquierda es una fotografía de la entrada a Auschwitz. En la derecha se lee  “Israel destruyó  pueblos árabes al completo y confiscó las tierras de cultivo”,  lo que es seguido por otra fotografía reconocible al instante, la de Adolf Eichmann en el banquillo. Incluso el tono de las dos narraciones es discordante: triste y en ocasiones irritable en el texto de Israel, amargo y melancólico en el palestino.

Pocos pasajes son flagrantemente falsos, aunque ambas versiones son a menudo tendenciosas;  la palestina marginalmente más, y no menos cuando se trata de los años del Mandato Británico de Palestina de 1920 a 1948. Los británicos no generaron ninguna simpatía por este episodio de la historia de sus últimos años imperiales, y no la merecieron, pero decir que “el gobierno británico … fue complaciente con las conspiraciones sionistas” (¿es “cómplice” por “complaciente”?) es demasiado vago y llamativo, mientras que “la política británica en Palestina se basaba en el sometimiento de los palestinos” es una simplificación en el mejor de los casos. De todos modos, nada ilustra mejor el sentido recíproco de victimismo que eso: los árabes creen que fueron traicionados por los británicos, y también lo hacen los sionistas.

Y hay que reconocer que ambos tienen sus razones. Las traiciones se derivaron de la incompatibilidad de las promesas -algunas públicas, otras privadas- que los británicos hicieron a los árabes y a los sionistas durante la Primera Guerra Mundial; rara vez ha sido más pérfida Albion. Aun así, el texto palestino que dice que la Declaración de Balfour “y los intentos incansables para ponerla en práctica por todos los medios contradice todo lo que que Gran Bretaña y sus aliados de la Primera Guerra Mundial siempre habían manifestado y reconocido, a saber, el derecho a la libre determinación”, es retórica vacía.

En la gran conmoción que tuvo lugar después del fin de la guerra en 1918, lo que hizo que los diversos asentamientos fueran impuestos por las potencias vencedoras de manera ingrata fue que el velo del altisonante idealismo del Presidente Wilson escondía la  habitual ansia de poder y de lucha por el territorio. Eso y el hecho de que, como Walter Lippmann dicho con acierto, la “autodeterminación” es una idea desastrosa, que “… rechaza el ideal de un Estado en el que los diversos pueblos a encuentren justicia y la libertad en virtud de leyes de igualdad”, y que sólo puede terminar incitando al odio mutuo y a la agresión.

Mirando al final del período del mandato y no al principio, el texto palestino podría haber tenido más asideros. El texto de Israel nos recuerda que, antes de su aplastante victoria en las elecciones británicas de 1945 , el Partido Laborista adoptó “una plataforma prosionista”, lo que es en todo caso un eufemismo. El fatídico pasaje parece abogar por la limpieza étnica: “Deja que a los árabes se les anime a salir y a los judíos a entrar”, decía, que es, por así decirlo, lo que ocurrió en 1948. Este documento fue escrito por Hugh Dalton, un producto dominante de Eton y el King’s College, Cambridge, que se convirtió en socialista y  economista académico y luego se desempeñó como Ministro de Hacienda de Attlee. En privado, Dalton llamaba a Harold Laski, su colega de la LSE y presidente del Partido, un “pequeño semita”, algo a considerar para aquellos que piensan que “prosionista” y “filosemita” debe ser siempre sinónimos.

En algunos de los episodios más duros de los últimos años del mandato, las dos versiones sólo se diferencian en el énfasis, y no siempre en el qué:  “Una de las masacres más notorias cometidas contra los palestinos tuvo lugar en Deir Yassin el 9 de abril de 1948. Las fuerzas sionistas mataron a más de un centeran e hirieron a varias docenas más”;  “Hubo una masacre en la aldea árabe de Deir Yassin, cerca de Jerusalén, cuando las unidades del Irgun y Lehi atacaron la aldea, y cuando termibó la batalla, según   la investigación histórica más actualizada, de 100 a 120 árabes habían sido asesinados, incluyendo a mujeres, niños y ancianos”. El primero es el texto de Palestina, el segundo el de Israel, que también es sincero acerca de las represalias israelíes contra pueblos árabes a lo largo de la década de 1950.

Haciendo un recuento de los largos años de derrota y humillación, el texto palestino se torna más sombrío, pero no necesariamente más preciso. La Guerra de los Seis Días en 1967: “Fue un intento por parte de Israel de apoderarse de nuevas tierras árabes en una guerra rápida y en consecuencia eso le permitiría establecer asentamientos adicionales y absorber un gran número de inmigrantes judíos …. La captura de la totalidad de Jerusalén era un sueño que Israel había acariciado desde su creación como Estado”. Pero la historia no es (por supuesto) tan simple como eso. Israel podría haber comenzado la guerra de 1967, pero no lo hizo con fines calculados de conquista y adquisición. Mientras la guerra aún arreciaba, Levi Eshkol, el primer ministro, les dijo a sus colegas, “incluso si tomamos la Ribera Occidental y la Ciudad Vieja, finalmente nos veremos obligados a dejarlos”, aunque, como se vio después, nadie les obligó a abandonarlos.

Y así, a través de la guerra de 1973, el falso amanecer de la paz con Egiptoy la posterior guerra del Líbano de 1982. Eso no cambió tanto el curso de la historia como lo hizo la ola de sentimiento que provocó, y no sólo en el mundo exterior. Según el texto de Israel, “el consenso que había caracterizado a la sociedad israelí en todas sus guerras anteriores se rompió”. A pesar de la valentía de Menachem Begin y Netanyahu, la autoconfianza nacional nunca ha sido la misma en los treinta años posteriores.

Incluso después de tantas guerras sangrientas, los últimos capítulos del libro son en cierto modo los más sombríos. La historia se apaga hace unos diez años con la segunda intifada, de modo que la continua expansión de los asentamientos y el ascenso de Hamas apenas se mencionan, y el libro ha sido superado por los acontecimientos -o “eventos nulos” (nonevents),  si esa es la palabra para las cosas que no han sucedido.

2.

Aparte de la aspereza y mutua incomprensión, Side by Side demuestra sin quererlo algo más acerca de este conflicto. George Orwell dijo que cada movimiento nacional hace un uso muy libre de una cuestión que da por sentado, en el sentido correcto (que parece estar pasando de moda periodística) de petitio principii, donde la supuesta demostración del argumento descansa sobre en una asunción que tiene que ser ella misma demostrada. Eso es verdad aquí, donde la defensa de ambas partes se convierte en largas filas de petitiones principii.

Una cuestión central que se da por sentada en el texto palestino es la misma palabra “Palestina”,  utilizada para describir una nacionalidad, como en el primer capítulo, que se queja de que la Declaración de Balfour  “no hizo mención de los derechos inalienables políticos de los palestinos” -e “inalienables derechos políticos” es una cuestión que se da por descontada. Sin duda, pocas frases sueltas alguna vez han sido tan potentes, tan ambiguas  y tal vez tan hipócritas como la carta del 2 de noviembre de 1917 al “Querido Señor Rothschild” de Arthur James Balfour, el secretario de Relaciones Exteriores, en la que se dice que “El Gobierno de Su Majestad contempla con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y pretende emplear sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento de este objetivo, quedando claramente entendido que nada se hará que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatuto político de que disfrutan los judíos en cualquier otro país”.

Las palabras fueron escritas con cuidado, o al menos después de largas disputas,  y “derechos civiles y religiosos” está lejos de ser lo mismo que derechos políticos y nacionales, que en realidad a nadie se le ocurrió, conscientes de que tratar a  “los palestinos” como una nación podría otorgarles una reclamación a tales derechos nacionales.

Desde entonces, algunos sionistas no sólo han negado esos derechos, sino que se burlaron de la idea misma de “Palestina” o “los palestinos”. Una reunión a la que asistí en Nueva York hace unos treinta años, y que había sido organizada de forma un tanto optimista para discutir el asunto en forma tranquila y distante, fue interrumpida por un grupo de jóvenes con kippas gritando: “No hay ninguna Palestina!” Eso era mucho más de lo que Golda Meir había dicho en 1969: “No había esa cosa de los palestinos …. No era como si … hubiéramos llegado, los hubiéramos expulsado y arrebatado su país. No existían ” (también diría a veces:” Yo soy una palestina”).  Y no menos lo tenemos recientemente en una autoridad como Newt Gingrich, que habla de “un inventado pueblo palestino”.

Como suele suceder, y dado lo poco que sabe sobre el asunto, Gingrich ha tropezado con algo. Hasta no hace mucho tiempo, no había Palestina, excepto como descripción geográfica, y no había palestinos. Hace cien años, si le hubieran preguntado a un hombre de Jaffa o Jenin lo que era, uno habría oído la santa y vieja réplica: “Soy un musulmán de aquí”. Uno podía haber oído lo mismo en Alepo o Bagdad: una persona malamente sabía que era de nacionalidad árabe, y mucho menos siria o iraquí (e “Iraq” es realmente una nación inventada, la moda pasajera de Winston Churchill como ministro de las colonias). Y mucho menos se sabía entonces que uno era palestino.

Téngase en cuenta que si se hubiera hecho la misma pregunta, no hace un siglo sino dos, a un hombre de un pueblo cercano a  Bratislava o Ljubljana, habría dicho: “Soy un cristiano de aquí”. Es decir, no sabía si era eslovaco o esloveno. La conciencia nacional es un tema candente entre historiadores -los conocedores de la moda intelectual que observen el número de septiembre de 2001 de The English Historical Review, en la que los títulos de dos de los cuatro artículos más largos (un de ellos sobre el País de Gales en el siglo XII, ) contenían la frase “identidad nacional”- , pero es un concepto problemático o difícil.

Esa conciencia tiende a ser en verdad algo más tardío de lo que a los historiadores les gusta pensar, sobre todo aquellos que están usando la historia para apoyar fines nacionalistas, como suele ser el caso. Los historiadores nacionalistas, casi invariablemente, atribuyen la existencia o la mera idea de una nación demasiado pronto, a veces de manera absurda. A E.J. Hobsbawm le hizo gracia encontrarse con un libro llamado 5000 Años de Pakistán  -un país que no existía hace sesenta y cinco años, y cuyo nombre no fue acuñado hasta hace ochenta años.

Este patrón es evidente en el caso de los sionistas y los árabes. Uno de los padres fundadores del nacionalismo palestino fue George Antonius, el título y la fecha de cuyo libro de 1938,  The Arab Awakening, hablan por sí solos: una nación árabe -y en concreto una nación palestina-  que había dormido inconsciente de sí misma fue despertando lentamente. Así es reconocido involuntariamente en el texto palestino de Side by Side:  “Durante la década de 1920, los árabes de Palestina empezaron a forjar una identidad nacional. En un principio, se consideraban parte de la gran nación musulmana árabe, que reemplazó al Imperio Otomano”.

Sin embargo, “la década de 1920″  siguió más que precedió a la Declaración Balfour de 1917, por no hablar del Der Judenstaat de Theodor Herzl, publicado en 1896. Y la frase “gran nación musulmana árabe” es engañosa de una forma bastante siniestra. Algunos de los campeones más conocidos de la causa palestina, de Antoniua a Edward Said, eran árabes de origen cristiano. Hubo un tiempo en que la causa afirmó ser no sectaria, y su reciente captura por el islam radical tiene consecuencias desagradables, como la disminución del número de palestinos cristianos por encima de todo.

Dicho eso, algo que hay que añadir. La creación de la identidad palestina y de una nación palestina -de “Palestina” misma- ha sido uno de los logros más señalados del sionismo. Una y otra vez, de un lugar a otro, las acciones nacionalistas han estimulado reacciones opuestas. El nacionalismo eslovaco fue un producto de triunfalismo magiar, y el intento por parte de la república francesa, el gran campeón de la idea de Nación, de extinguir el bretón o el provenzal subsumiendo su identidad no tuvo el efecto deseado.

Una verdad sigue a otra, y Gingrich es imprudente (así como ignorante) al usar la frase que él utilizaen este contexto. Digamos lo que digamos, sea para mal o para bien, el sionismo en sí es un caso clásico de tradición inventada. La idea de Herzl del sionismo político y de un Estado judío no tenía raíces en absoluto en la tradición judía existente, que manifestaba  por el contrario un rechazo radical. Cuando el texto israelí dice que “en el siglo XIX … los judíos comenzaron  a verse a sí mismos como una nación, deseosos y merecedores de un país propio”, igualmente se hace eco de lo que señala el texto palestino,  con el reconocimiento de esta verdad sin darse cuenta.

Como anticipándose a ese punto, el infatigable Martín Peretz nos dice que “hasta los tiempos modernos -y en gran medida entre los judíos arribistas  franceses y alemanes del siglo XIX –  nadie dudaba de los judíos como pueblo .” Pero esto deliberadamente enturbia las aguas. Es evidente que ni ellos ni los que los odiaban dudaban nunca de que los judíos existían como pueblo (fuera lo que eso fuera) o como “raza”, aunque esa palabra fue en un tiempo usada en contextos que ahora encontraríamos incongruentes o inocuos (como el conflicto entre “razas celtas y sajonas” en Irlanda, o Racial Problems in Hungary, el libro de RW Seton-Watson de 1908, que se ocupa de la lucha entre magiares y eslavos).

Y, sin embargo, el intenso debate judío sobre el sionismo, a favor y en contra, que se cuece a fuego lento en el medio siglo que va desde la publicación de El Estado Judío hasta que fue silenciado por Hitler y el nacimiento de un Estado, se convirtió en gran medida en la cuestión de si los judíos eran una nación. Esa palabra es muy importante, y su significado ha sido objeto de enorme debate. Más aún, más allá de las objeciones teológicas al sionismo político en manos de la mayoría de los rabinos de la época de Herzl, muchos orgullosos y piadosos judíos -no meros “arribistas”-  rechazaban la idea de la “nacionalización” de los judíos. Eran judíos por religión, pero ingleses, franceses o austriacos por nacionalidad, o americanos. Es curioso que las más airadas polémicas en nombre de la nacionalidad judía y el Estado judío estén formuladas  por personas que han disfrutado claramente de los beneficios de la ciudadanía de un país fundado no en un pueblo, sino en una proposición.

Incluso después de que el Estado naciera, David Ben-Gurión y sus colegas podían haber tomado prestadas de Massimo D’Azeglio sus palabras sobre Italia en el siglo anterior, cuando dijo: “Israel se ha hecho; ahora quedan por hacer los israelíes”. Y así se hizo , como cualquiera que haya visitado Israel debe saber. En cuanto a las otras personas que comparten la tierra, el caso es el inverso: Mahmoud Abbas (o tal vez algún líder más inspirador) podría decir que hoy en día  “hemos hecho los palestinos, y ahora tenemos que hacer Palestina.” Ha sido una larga espera, y puede ser mucho más larga todavía.

(…)

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3 Respuestas a “Narrativas paralelas: Israel y Palestina

  1. Comenzamos negociaciones hace 19 años y, de acuerdo con el cuarteto para Medio Oriente (Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y la ONU) la parte palestina ha completado todas sus obligaciones de la hoja de ruta, la Conferencia de Madrid, Annápolis y las reuniones de Washington, mientras que Israel ha continuado escatimando para pagar el precio de la paz y creando hechos consumados en contra de la legitimidad internacional, continuando la construcción del muro en contra de la resolución de la Corte Internacional de Justicia.

  2. Por ejemplo, “Intervención divina” (“Divine Intervention”), de Suleiman, y “Paradise Now”, de Abu Assad, dependen de relacionar el ambiente de la ocupación israelí y el paisaje de los territorios ocupados con los personajes; les da un contexto, convirtiéndose además en una parte de la historia. En la secuencia de lucha fantástica de Divine Intervention, la novia del protagonista va cubierta con una kufiya cuando lucha contra los soldados israelíes, y los destruye. Sin la kufiya, la secuencia podía haberse leído entre líneas como feminista. Sin embargo, ocultando su identidad con la kufiya, ella se convierte en un símbolo de la resistencia palestina.

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