China, Occidente y la guerra Taiping

Acaba de aparecer Autumn in the Heavenly Kingdom: China, the West, and the Epic Story of the Taiping Civil War (Knopf ), libro de Stephen R. Platt que ha merecido bastante atención, como casi todo lo que rodea a la China y ayuda a comprenderla. Distintos comentaristas han reseñado el volumen, desde el New York Times a New Republic, pero en esta ocasión nos quedaremos con una recensión de tono algo más académico, aparecida en el San Francisco Chronicle. La firma Minxin Pei, profesor de “Government” en el Claremont McKenna College:

“La rebelión Taiping (1851-1864) fue uno de los conflictos más sangrientos de la historia del mundo. Al menos 20 millones de personas murieron en esta guerra civil de 14 años entre un ejército campesino dirigido por un jefe pseudo-religioso y la decadente dinastía Qing (1644-1912). Según Matthew White, The Great Big Book of Horrible Things, la rebelión Taiping está clasificada en una escala 8 en términos del porcentaje de la población mundial muerta  (1,7 por ciento), y  9 en términos de muertes por año (1,3 millones) . En la historia china, la rebelión Taiping fue el tercer episodio más sangriento. La superan el reinado sanginario de Mao Zedong desde 1949 hasta 1976 y la caída de la dinastía Ming (1635-1652).

Los historiadores han estudiado exhaustivamente la Rebelión Taiping, que estuvo a punto de derrocar al tambaleante gobierno manchú. Después de la publicación de God’s Chinese Son: The Taiping Heavenly Kingdom of Hong Xiuquan (Norton, 1996), el tratamiento definitivo del conflicto por el gran historiador Jonathan Spence, parecía que ya se había dicho la última palabra.

Al parecer, Stephen R. Platt, antiguo estudiante de Spence y ahora profesor de la Universidad de Massachusetts en Amherst, no lo cree. Su Autumn in the Heavenly Kingdom intenta examinar la rebelión de Taiping desde un nuevo ángulo: las olvidadas conexiones entre los rebeldes de Taiping, la corte Qing y Occidente (sobre todo los británicos). El resultado es un relato fresco y apasionante que ilumina cómo los conflictos civiles pueden llegar a los outsiders y por qué Occidente ha tenido grandes dificultades para tratar de mantener una fachada de neutralidad y al mismo tiempo proteger sus intereses comerciales.

Cuando estalló la rebelión de Taiping en 1851, los gobernantes manchúes todavía estaban tratando de recuperarse de su desastrosa pérdida de la Guerra del Opio (1839-1842). Después de que sus barcos de guerra obligaran a China a abrir las puertas de su comercio, Gran Bretaña consiguió rápidamente amplios intereses comerciales en las costas chinas. A medida que los rebeldes Taiping tomaron las principales ciudades a lo largo del Yangtze (estableciendo su capital en Nanjing, sobre las rutas de navegación del Yangtse) y amenazaron con interrumpir el comercio que el Tratado había centrado en la ciudad portuaria de Shanghai, los británicos se vieron atrapados en un dilema.

Despreciando a unos gobernantes manchúes corruptos, incompetentes y arteros, Londres se mostró reacia a ofrecer apoyo militar a la corte imperial. Pero los rebeldes, a pesar de sus apelaciones pseudo-cristianas  (el fundador del Reino Celestial Taiping, Hong Xiuquan, afirmó ser hermano de Jesús), no sólo eran difíciles de comprender en términos de su actitud hacia los extranjeros, sino que también planteaban una amenaza directa a las vidas y propiedades de los comerciantes británicos sen el sur de China. La solución fue una política de neutralidad que, en la práctica, estuvo trufada de frecuentes infracciones.

Para ser justos, los británicos encontraron fáciles justificaciones para romper su neutralidad. Para castigar a los gobernantes manchúes por violar las obligaciones resultantes de los tratados y emboscar a un contingente franco-británico, Londres envió una gran fuerza expedicionaria en 1860, sacó al emperador Qing de Pekín y quemó su amado palacio de verano (cuyas ruinas permanecen intactas hoy en día, un recordatorio de la humillación de China a manos de los imperialistas occidentales). Para impedir que los rebeldes capturaran Shangai ese mismo año, los británicos, junto con sus aliados franceses, diezmaron el ejército rebelde con una potencia de fuego abrumadora. Y lanzaron un ataque similar contra los rebeldes en la ciudad portuaria de Ningbo, dos años más tarde.

El libro de Platt es un rompecabezas que trata de responder a si los contendientes chinos trataron de recabar ayuda occidental para obtener ventaja en el conflicto. Para los rebeldes, la respuesta puede ser un sí con reservas. La figura central en esta historia fue Hong Rengan, en tiempos asistente de un misionero sueco en Hong Kong y primo de Hong Qiuquan. Como oficial Taiping de alto rango (fue nombrado primer ministro a cargo de los asuntos exteriores del reino), Hong Rengan entendía que los rebeldes tenían que obtener ayuda externa, si  esperaban vencer al ejército imperial. En gran parte por su cuenta, Hong Rengan hizo varios intentos por establecer contactos con Occidente. Pero sus esfuerzos se quedaron en nada.

En verdad, los misioneros que sirvieron como conductos principales de Hong hacia el oeste eran poco apropiados para ese papel y, como era de esperar, no pudieron desempeñarlo. Los escépticos británicos hicieron un débil intento por ayudar a los líderes rebeldes en Nanjing, pero pronto descubrieron que eran tan odiosos como los gobernantes Qing. Hong Qiuquan, el líder rebelde, era totalmente inaccesible. A su general más capaz, el leal Liu Xiucheng, no le gustaba la idea.

Sin duda, a los propios gobernantes manchúes tampoco les seducía la ayuda británica. La corte pagó una gran suma a cambio de una flota de buques de guerra británicos modernos, la llamada Flota del vampiro. Los líderes británicos, desde el primer ministro Lord Palmerston al secretario de Relaciones Exteriores Lord Russell, lograron convencerse de que el suministro de tales armas letales a Pekín no violaba la neutralidad política de Gran Bretaña. Al final, la Flota del vampiro no tuvo que entrar en batalla – los rebeldes fueron derrotados antes de que pudiera ser desplegada.

El honor por encauzar a los rebeldes le correspondió a Zeng Guofan, un estudioso de Confucio convertido en general, que ideó una estrategia basada en un estado de sitio que finalmente sofocó a los rebeldes. En particular, Zeng compartía la aversión de sus señores manchúes a la ayuda exterior, en parte porque confiaba en su estrategia, pero sobre todo porque la búsqueda de la ayuda occidental le habría dado a los bárbaros una mayor influencia en China. El remedio habría sido peor que la enfermedad.

No es fácil para Platt contar tres historias paralelas al mismo tiempo. Tiene que hacer malabarismos con el relato del drama militar que rodea la campaña de Zeng contra los rebeldes, la reconstrucción de la contraofensiva de estos y la disección de los dilemas a los que se enfrentaban los británicos. Pero, al final, lo logra bastante bien. Autumn in the Heavenly Kingdom puede no haber dicho la última palabra sobre la rebelión de Taiping, pero la historia que cuenta es potente, dramática e inolvidable”.

Añadamos ahora, unos párrafos del volumen, su inicio:

En 1852 Hong Kong era un lugar húmedo e insalubre, una isla rocosa en la orilla sur del Imperio Qing donde sus habitantes vivían con el temor de lo que se describía como “un miasma que, sacado del suelo, estaba siendo liberado por doquier”. Un pequeño asentamiento británico se dispuso entre las montañas y la bahía, pero la gloria de la escena, de esmeralda y zafiro,  desmentía la oscuridad que se escondía debajo de la superficie. Saliendo de la concentración de godowns, cuarteles militares y empresas comerciales a lo largo  de las nostálgicamente denominadas calles del centro de la colonia (Queen’s Road, Wellington Street, Hollywood Road), uno podía encontrar mejores vistas en los caminos de grava que llevaban de la costa a las montañas, pero el establecimiento de los europeos pronto dio paso a casas dispersas entre  campos de cultivo chinos de arroz y patatas dulces,  inalterados en la década transcurrida desde que los británicos tomaron la isla como premio a la Guerra del Opio. Algunos de los comerciantes más ricos habían construido mansiones opulentas en las colinas, con jardines en terrazas con vistas al puerto y a la ciudad. Pero, como si sus constructores se hubieran alejado de la protección del asentamiento, los habitantes de esas casas enfermaban y morían. Marcados como “casas de fiebre o muerte”, las mansiones fantasmales se sentaban silenciosas y abandonadas, con su mirada vacía escrutando a los colonos de más abajo.

Uno de esos colonos fue Theodore Hamberg, un joven misionero sueco con una fina barba que acentuaba sus delicados rasgos, casi afeminados. Había sido bendecido con una hermosa voz, y en su juventud en Estocolmo había cantado junto a Jenny Lind, la “Ruiseñor de Suecia”. Pero mientras Lind se fue a conquistar las salas de ópera de Europa y América, con pretendientes como Frédéric Chopin y Hans Christian Andersen cayendo rendidos a sus pies, la vida de Hamberg tomó un camino totalmente diferente. Su rotunda voz de tenor encontró su destino en la predicación, y en 1847 dejó su Suecia natal para navegar hacia el extremo opuesto del mundo, a esta colonia palúdica de Hong Kong, con el único propósito de poner a los chinos a sus pies de diferente modo.

Theodore Hamberg bien podría haber vivido una vida oscura, pues sus más orgullosos logros poco significaban más allá de un pequeño círculo de misioneros protestantes. Fue uno de los primeros europeos de su generación en adentrarse en el campo chino, dejando la relativa seguridad de Hong Kong para predicar en un pueblo de las afueras del puerto comercial chino de Cantón, a un centenar de kilómetros del río de la Perla (aunque por razones de salud regresó finalmente a la colonia). También fue el primero en aprender a hablar el dialecto de los Hakka, o “gente hospitalaria” -una minoría gitana densamente poblada en el sur de China. Todo eso poco habría significado en el mundo exterior  a no ser porque un día, a finales de la primavera de 1852, uno de sus conversos del campo trajo a un invitado a reunirse con él, un hakka menudo y de cara redondeada llamado Hong Rengan que tenía una historia extraordinaria que contar.

Lo más extraño de este hakka, tal como recordó Hamberg de su primera reunión, fue lo mucho que parecía saber acerca de Dios y de Jesús, a pesar del hecho de que provenía de más allá del limitado alcance de los misioneros de Hong Kong. Hamberg escuchaba con curiosidad como Hong Rengan le hacía un relato desconcertante de los acontecimientos que condujeron a su llegada a Hong Kong. Habló de las visiones y las batallas, los ejércitos y las congregaciones de creyentes, de un profeta celestial entre los Hakka. Él había sido perseguido , o al menos eso dijo, por los agentes de la dinastía Qing y había vivido bajo un nombre falso. Había sido secuestrado, se había escapado  y había vivido durante cuatro días en la selva, pasando seis días en una cueva. Nada de esto tenía mucho sentido, sin embargo, y Hamberg confesó: “No podía formarme una idea clara sobre el asunto.” No sabiendo qué hacer con el relato, le pidió a Hong Rengan que lo escribiera,  lo que hizo, y luego -aunque Hamberg esperaba que se quedara para bautizarlo- le dejó sin más explicación. Hamberg puso las hojas de papel con la historia de Hong Rengan en su escritorio y pasó a ocuparse de otras cosas. No volvería a pensar en ello durante casi un año, hasta la primavera de 1853, cuando llegó la noticia de que Nanjing había caído en un torrente de sangre, y Hamberg se dio cuenta de que los extraños acontecimientos esbozados en el relato de Hong Rengan significaban más de lo que nunca hubiera imaginado.

About these ads