La crisis griega: lecciones del pasado

Recurrimos en muchas ocasiones al portal La Vie des Idées, y aún son pocas si tenemos en cuenta todo lo que ofrece. Por no cansar, se procura ofrecer alguna reseña o entrevista de vez en cuando, pero hay ocasiones en las que el traslado o la referencia se hacen ineludibles. Es el caso de la entrevista que realizan al historiador Anastassios Anastassiadis. Formado en Estados Unidos y en Francia, aunque docente en la canadiense McGill, este historiador habla sobre la creación del Estado griego en el siglo XIX, trazando sugerentes paralelismos con lo que le está ocurriendo ahora a ese país. Poco sabemos de él por estos lares, excepto su contribución a la obra colectiva Violencia y transiciones políticas a finales del siglo XX que publicó la casa de Velázquez en 2009, así que estas líneas pueden servir también de presentación.

Vayamos, pues, con la primera parte de la entrevista:

El colapso del Estado griego: la larga duración de un estereotipo

La Vie des Idées: Desde 2009, muchos comentaristas europeos deploran la debilidad casi intrínseca del Estado griego desde su creación en 1830. ¿Cuál es la mirada que el historiador atento a la larga duración de los fenómenos aplica a este tipo de análisis?

Anastassios Anastassiadis: Aunque pueda parecer paradójico e iconoclasta, me parece que es posible afirmar que en el largo plazo (desde 1828-1830, fechas de la fundación del Estado griego independiente, hasta la víspera de la crisis en 2009), la historia del Estado griego es más bien una success story. Después de todo, Grecia nace en 1828 como una antigua provincia otomana, devastada por siete años de guerra (Guerra de la Independencia, 1821-1827). En una monumental obra de 1835 sobre el pueblo griego [Das griechische Volk], Ludwig von Maurer, famoso constitucionalista de Baviera y miembro de la regencia del nuevo rey de Grecia, ofreció un inventario final: el 95% del entramado económico destruido; infraestructuras y ciudades completamente devastadas; desequilibrio demográfico con un montón de viudas, de huérfanos y de ancianos, y gran escasez de personas capaces de trabajar. Además, el nuevo Estado era demasiado pequeño para parecer viable. Dentro de sus fronteras se encontraban en aquel momento el Peloponeso, las islas Cícladas y la parte continental de Grecia que se corresponde con la visión antigua de Grecia (para fijar la frontera, los negociadores europeos habían confiado en la descripción de Grecia de Pausanias en su Periegesis). No había una armadura urbana digna de tal nombre y las principales ciudades, portuarias o no, donde se había desarrollado desde mediados del siglo XVIII la actividad económica e intelectual relacionada con la aparición de una burguesía griega, se hallaban ahora desgajadas del nuevo Estado.

Sin embargo, 170 años después, el territorio de Grecia se ha triplicado y el país se encuentra entre los treinta Estados más desarrollados del mundo y es miembro de la Unión Europea. Imagine que anunciara hoy que en el año 2150 Iraq (o, mejor aún, el Kurdistán iraquí)  será uno de los Estados más desarrollados del mundo: muchos, obviamente, lo verán como una predicción más que aventurada. No me gustan especialmente las analogías, pero esta imagen muestra hasta qué punto hemos de integrar a la vez la larga duración con lo impredecible del proceso de formación del Estado en cualquier discusión sobre este tema, como claramente mostraron Norbert Elias y Charles Tilly.

Se podría objetar que sería más justo comparar a Grecia con los Estados europeos. La comparación sería entonces menos halagadora (lo que, a partir de los dos últimos años, se entiende habitualmente en los medios de comunicación al hablar de “Grecia no pertenece a Europa” o “no es europea”). Tomemos Bélgica, por ejemplo, que se convirtió en un reino independiente en 1830, junto con Grecia. La pregunta interesante es el de la continuidad institucional. La operación que se intenta en Grecia en 1830 no es la de un país independiente que reforma o nacionaliza las instituciones estatales existentes, a diferencia de Bélgica, que tenía una vieja tradición de  institucionalización estatal vinculada a la dinastía de los Habsburgo, que el Estado independiente en gran parte hereda. Más bien se trata de una sustitución total con nuevos mecanismos, “modernos” y europeos, de mecanismos institucionales existentes, considerados inadecuados y obsoletos (no olvidemos que son los mecanismos de la antigua provincia otomana regida por la ley islámica). Grecia es en realidad el primer intento occidental de construcción de un Estado ex nihilo. El reino griego quiere ser un “modelo de reino”, al que los europeos aplican sus conocimientos más recientes en materia estatal. Es obviamente un proceso violento que requiere paciencia, tiempo y recursos, y que, en última instancia, debe tener en cuenta las instituciones existentes. Sin embargo, en los años 1830-1840, se carece del tiempo y el dinero necesarios para que la nueva monarquía tenga éxito. De manera rápida, los gobiernos extranjeros se cansan de los “fallos” de la estatalización griega, que ellos atribuyen a su carácter “oriental”, como si Francia y España se hubieran hecho en un día. Por otra parte, yo diría que si la estatalización griegaa es ciertamente menos lograda que la belga en cuanto a la eficacia del aparato estatal, lo es en mayor grado en el sentido de inculcación de un sentimiento de pertenencia nacional, como demuestra la lealtad de  poblaciones heterogéneas al Estado central. A pesar de la crisis de los últimos dos años, no se observa en Grecia ningún fenómeno de reivindicación identitaria o regional.

La Vie des Idées: ¿La historia del Estado griego en el siglo XX es tan diferente del resto de Europa?

Anastassios Anastassiadis: La otra cara de la cuestión se refiere, en efecto, no a la génesis del Estado griego, sino a su trayectoria, sobre todo en el siglo XX. La mayoría de los Estados europeos han experimentado en este siglo fases de extrema violencia y destrucción, seguidas por períodos de reconstrucción. Pero en el caso griego, las fases de guerra son a menudo más largas (y más destructivas), acompañadas por divisiones internas particularmente profundas (venizelistas vs realistas durante la Primera Guerra Mundial;  nacionalistas contra comunistas en la década de 1940). Por tanto, el Estado griego no está necesariamente sincronizado con la dinámica general: la Primera Guerra Mundial duró cinco años (1914-1918) para la mayoría de los países europeos, mientras que Grecia estuvo en guerra durante diez años, desde las guerras los Balcanes en 1912 a la derrota en la guerra greco-turca en 1922. La reconstrucción comienza al menos tres años más tarde que en otros lugares, en un momento en que el país se enfrenta tanto a una dolorosa derrota como un importante cambio demográfico debido a la afluencia de 1,5 millones de refugiados procedentes de Turquía (y la salida repentina de otros 400.000). El Estado griego amenaza con hundirse, y es gracias a la intervención de la Sociedad de Naciones que será capaz de hacerle frente. Si la intervención de las grandes potencias contra el Imperio Otomano en 1827, un siglo antes, había permitido tanto un final feliz (para los griegos) a la Guerra de la Independencia como el surgimiento de la lógica de la ingerencia humanitaria en las relaciones internacionales, la acción de la SDN en la década de 1920 fue la primera intervención humanitaria de la comunidad internacional (que dio origen al antepasado del Alto Comisionado para los Refugiados). Como escribió un protagonista de este episodio, Henry Morgenthau, una presión equivalente sería, por ejemplo, ver a Francia enfrentada en 1870 no sólo a la derrota frente a Alemania sino también a una afluencia de 10 millones de refugiados, más de un cuarto de su población de entonces. El período de entreguerras es el momento crucial en que el Estado griego, frente a este desafío, procede realmente a la implementación de políticas reguladoras y distributivas muy ambiciosas, pero también a veces muy autoritarias. Este es el período de la modernización conservadora que continúa incluso después de la quiebra de 1932, producida a causa de los efectos acumulados de la deuda, de la crisis de 1929 y de la fijación del dracma al régimen del patrón-oro.

Pero apenas Grecia se ha recuperado de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, se avecina la Segunda. Es igualmente destructiva: la ocupación fue terrible y la resistencia griega muy fuerte, prolongándose en una sangrienta guerra civil, el primer conflicto real de la Guerra Fría. Mientras que el resto de Europa (el oeste al menos) se reconstruye gracias al Plan Marshall a partir de 1946, en Grecia el mismo plan se utiliza para financiar la guerra civil que dura desde 1946 a 1949. No fue sino hasta 1950 que el Estado griego pudo comenzar la fase de reconstrucción, antes de pasar a la dictadura militar de 1967 a 1974.

Yo creo que, dada la trayectoria, presentada de forma esquemática, uno podía pensar en 2009 que Grecia no estaba demasiado mal en términos de Estado. Obviamente, este proceso fue acompañado por una serie de compromisos institucionales, de acuerdos políticos, producto de conflictos y negociaciones entre los grupos sociales, que pesan mucho y ahora son severamente criticados. Pero hemos de evita hacer juicios en términos morales. La principal preocupación de un Estado y de sus gobernantes es la legitimación de su poder y sus políticas ante la población, así como su supervivencia en un sistema internacional competitivo. Estos compromisos respondían a una adquisición institucional en el proceso de formación del Estado y no a cualquier bagaje “genético” o “cultural” griego.

La Vie des Idées: De hecho, la mayoría de observadores internacionales, periodistas o políticos, señalan a la “corrupción” o el “clientelismo” de la sociedad griega, presentados a veces como rasgos culturales atávicos. ¿Estos discursos tienen también su historia?

Anastassios Anastassiadis: Vamos a empezar con la forma en que “Europa” u “Occidente” ve a Grecia. Desde el siglo XIX, Grecia es el lugar donde se únen dos maneras de pensar europeas. Es obvio que el esquema “clásico” de la Grecia (antigua) juega un papel importante, desde los siglos XVI y XVII, en la formación de la idea de Europa, de una civilización europea que no se identifica sólo con el cristianismo. Sin este patrón de pensamiento, es imposible entender el fenómeno del filohelenismo y del movimiento de voluntarios que luchan durante todo el siglo XIX por la causa griega. Es esta imagen la que convence a las potencias europeas para intentar el establecimiento de un Estado modelo, donde los griegos se revigorizarían y recuperarían su capacidad de antaño gracia a los avances  “tecnológicos” de Europa, y que actuaría como un faro en medio de la “barbarie” y la “corrupción” de Oriente. El segundo esquema de pensamiento es el del orientalismo, característico del siglo XIX. Oriente es percibido entonces como algo intrigante pero poco racional, , sensual pero no lo bastante viril, refinado pero corrupto, aferrado a su (desbordante) historia pasada en lugar de a su progreso futuro.

Delacroix, La Grèce sur les ruines des Missolonghi, 1826. Musée des beaux-arts de Bordeaux

En Grecia, los dos discursos se encuentran. De hecho, el resentimiento de los europeos occidentales es aún mayor hacia el gobierno griego y los griegos que, una vez reencontrados,  no se muestran a la “altura” del ideal “clásico” . Por tanto, el recurso al discurso “orientalizante” es tanto más fuerte porque permite mostrar que estas personas no tienen nada que ver con los antiguos griegos y, por  tanto, no pueden reclamar ni  la “herencia” de los Antiguos ni niguna ayuda, que necesariamente despilarrarían. Es sorprendente ver cómo los estereotipos y esquemas movilizados hoy con ocasión de la crisis griega utilizan los mismos topoi del discurso orientalista del siglo XIX. Para la nueva edición (1857) de su libro La Grèce moderne et son rapport à l’Antiquité (originalmente escrito después de la Guerra de Independencia y a la luz de su participación en la expedición científica de Morea), Edgar Quinet ya denunció esta actitud ambigua de los europeos hacia los griegos y su nuevo Estado.

Sin embargo, en Grecia hay un aspecto adicional que la distingue del orientalismo típicao. Mientras que China, la India o el mundo árabe-musulmán refutan los estereotipos orientalistas y se oponen vehementemente a ellos, muchos griegos parecen haber interiorizado el discurso orientalista. Basta pensar en el primer ministro griego durante la crisis, el Sr. Papandreou, diciendo a sus socios de la UE que gobernaba “un país de corruptos” o declaraciones similares de otros miembros de su gobierno o del gobierno conservador de 2004-2009 sobre las “cifras manipuladas” de la economía griega (que de golpe dio origen a la expresión “Greek Statistics”). Estas declaraciones, que fueron más allá de la lógica clásica de legitimación del poder político mediante la crítica de los gobiernos anteriores, han mantenido el discurso sobre la corrupción. Pero estos juicios ahistóricos y desprovistos de toda reflexión son el reflejo del estado de ánimo de parte de la élite griega, frustrada desde el siglo XIX por la “modernización incompleta” o la “bancarrota” de Grecia.

Buscando un marco teórico para explicar esta coexistencia de una élite “modernizadora”, integrada en el mundo occidental, y una sociedad “recalcitrante”, algunos han utilizado el modelo de dualismo cultural griego. Un antropólogo como Michael Herzfeld, retomando los esquemas presentes en las obras de los escritores griegos, especialmente los de la generación de la década de 1930, ha evocado un dualismo entre lo “Heleno”, en referencia a la antigüedad y la racionalidad, y lo “Rommios” (del término “Romaios”, usado para describir la cuestión bizantina, de donde viene el Rum árabe y turco para describir al cristiano ortodoxo), que pertenece más bien a la tradición bizantina, ortodoxa y otomana. En cuanto ese término se usa para describir la dualidad de la psique griega, no hay ningún problema, ya que ha permitido percibir esta dualidad en cada griego, como un repertorio de prácticas al alcance de todos.

Pero este modelo también ha sido propuesto de modo esencialista para explicar los caprichos de la estatalización griega, sobre todo por el politólogo Nikiforos Diamandouros. Según este estudioso, cuando prevalece la cultura salida de la antigüedad, la modernización avanza; por el contrario, cuando domina la cultura bizantino-otomana, la modernización encalla. Aplicado a la historia política griega, este esquema identifica unos “héroes modernizadores” que introducen la Ilustración occidental en Grecia, pero combatidos y derrotados por las fuerzas oscurantistas de la masa “orientalizante”. Este tipo de modelo culturalista, que reifica la “modernización”, es en realidad de muy poco valor explicativo, puesto que parte de una mala interpretación del proceso de estatalización. Este no es una simple aplicación desde arriba hacia abajo (“top-down”) de un proyecto elaborado por personas muy inteligentes -o ricas, a veces ambas cosas- que estudiaron en las mejores universidades del extranjero (Grecia es hoy el país de la OCDE que más “exporta”, y con mucho, estudiantes con respecto a su población). Se trata de un proceso político repleto de conflictos, negociaciones y compromisos en la asignación de unos recursos, por definición, limitados. El Estado se forma y no se construye. El razonamiento culturalista permite también a parte de la élite griega justificar el hecho de que, mientras ellos se sienten parte de Europa y “Occidente”  y navegan con facilidad en un mundo globalizado, no llegan convertirse en élite de un Estado que les gustaría diferente y más “eficiente”. La historiadora Maria Todorova ha llamado “balcanismo” a ese síndrome de interiorización en los pueblos de los Balcanes de la retórica negativa que los europeos les aplicaron desde el siglo XIX. Las élites griegas se encuentran entre las más “balcanistas” de la región, lo que les permite justificar su incapacidad política e histórica mediante un esquema que hace descansar la culpa en la supuesta inadecuación cultural de sus conciudadanos.

De hecho, los discursos culturalistas de los últimos tiempos son la única continuidad real con el siglo XIX. La “corrupción” y el “amiguismo” constituyen fenómenos que no son extraños ni a los Antiguos ni otros Estados modernos.  Estas prácticas no han impedido que la antigua Roma, la Francia absolutista, EE.UU. o la China de hoy, finalmente, se convirtieran en grandes potencias. Tal vez incluso les han ayudado! Basta pensar en el debate sobre la utilidad del clientelismo para el surgimiento de la monarquía absolutista francesa. En cualquier caso, estos fenómenos siempre han de ser contextualizados, partiendo de las prácticas, e interrogados como parte de un análisis de las diferentes etapas de desarrollo del Estado griego, más que presentadas como realidades trascendentes.

El Estado griego en el siglo XIX: entre el “clientelismo” y la tutela internacional

La Vie des Idées:  ¿Cuáles fueron los desafíos a los que se enfrentó el joven Estado griego desde su creación en el siglo XIX?

Anastassios Anastassiadis: Grosso modo, el Estado griego ha pasado por tres fases durante el siglo XIX (1833-1843: esfuerzos constantes de afirmación de un Estado central; 1843-1875: estancamiento o la regresión de la centralización; 1875-1897: aceleración de la estatalización). Precisemos que la transición a un Estado nacional no es algo dado. Los revolucionarios griegos sabían tal vez lo que no querían, pero no estaban animados del todo por una visión clara, y menos aún común, de lo que querían, o al menos de la forma de gestionar la independencia. Por tanto, para hacer frente a las disensiones geográficas, políticas y sociales que desde el segundo año de la Guerra de la Independencia produjeron una guerra civil (es un término anacrónico hablar de desacuerdos “premodernos’, que costaron la vida al primer gobernante del Estado griego en 1831), las grandes potencias habían establecido una monarquía bávara en 1833, cuya misión era establecer un Estado centralizado y moderno. Los bávaros se tomaron esta misión muy en serio, pero se encontraron pronto con la enormidad de la doble tarea de reconstrucción y legitimación del nuevo régimen. Solo había dos maneras de tener éxito en esta etapa de la estatalización: proporcionar a la población unos servicios que legitimaran el papel del Estado central y reprimir los intentos de desafar ia autoridad estatal. Durante la primera década de ejercicio del poder, los bávaros intentaron ejecutar este plan. Establecieron un sistema administrativo moderno, reorganizaron todos los sectores de la economía y la sociedad, aplicaron la legislación europea, etc. Paralelamente, reprimieron las resistencias locales. Sus esfuerzos probablemente habrían tenido éxito si hubieran tenido más tiempo y recursos. Pero, desde su nacimiento, Grecia estuvo endeudada: los acreedores y la opinión pública europea comenzaron a impacientarse por la falta de resultados. Y el país vivió su primera bancarrota en 1843. Por tanto, el objetivo de establecer el Estado central se vio relegado a un segundo plano. Sin medios para establecer la legitimidad de su poder, mediante el establecimiento de un Estado eficaz, los bávaros volvieron, como explica el historiador Kostas Kostis, al modelo otomano, en el que el centro  gobierna a través de las élites locales, a las que respalda para asegurarse la lealtad de la población. Obviamente, la dinastía bávara, consciente de los peligros inherentes a esta política, intenta forjar una legitimación directa, a menor coste, con el pueblo jugando la carta “nacionalista-irredentista”. Pero sus sucesivos fracasos en el ámbito internacional le cuestan caro. Después de la humillación sufrida durante la guerra de Crimea (1853-1856), se apoya aún más en las elites locales para asegurar su supervivencia, lo que le concede un breve respiro.

Después de la deposición del rey Otto de Baviera en 1862, Grecia vio la llegada de una nueva dinastía, esta vez danesa, que se acompaña de la promulgación de una de las constituciones más liberales de Europa. Debemos recordar que Grecia fue uno de los primeros países en otorgar el sufragio universal masculino (de facto en 1843, de iure en 1864) y practicarlo constantemente a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. En un contexto donde el Estado central tenía pocos recursos que  distribuir,  la configuración política era clara: el estado central cooptaba las élites locales, que a su vez le presionaban para obtener la asignación de recursos en nombre de la legitimidad que obtenían de su papel local. Esta legitimidad quedó institucionaliza mediante el sufragio universal. Ahora, la competencia a la que se dedicaban las élites, tanto frente al Estado central como entre sí mismas, discurría en el Parlamento y no en las montañas como en la época bávara. El bandolerismo, en gran parte vinculado a prácticas localistas de contestación de la autoridad central y que había prevalecido hasta la década de 1870, desapareció hacia el final del siglo.

Si el parlamentarismo es tradicionalmente un medio de que las élites locales accedan de forma aprivilegiadaa la asignación de unos recursos públicos escasos, ello induce al mismo tiempo, a veces de modo involuntario, a la pertenencia a la comunidad nacional imaginada. Así que, cuando en el último cuaarto del siglo XIX, el Estado griego se embarca, una segunda vez después de los bávaros, a una nueva carrera hacia adelante en términos de proyecto de estatalización (infraestructuras, organización de la administración, etc.) se encuentra con menos resistencias locales que en la década de 1830. Lamentablemente, esta fase, financiada por préstamos internacionales, por la acción evergética y por una política fiscal agresiva más centrada en el consumo que en la renta, se detuvo violentamente por una segunda bancarrota en 1893. Los políticos trataron de calmar el problema jugando la carta nacionalista, lo que condujo a la derrota en la guerra greco-turca de 1897 y el control internacional de las finanzas griegas.

La Vie des Idées:  ¿Los compromiso alcanzados en el siglo XIX entre el Estado y las élites locales han influido de manera duradera  en la relación  de los ciudadanos griegos con el Estado?

Anastassios Anastassiadis: Como acabamos de mencionar, durante la primera fase de estatalización, las élites locales se convirtieron en unos intermediarios a través de los cuales el Estado trató asegurar el control de las poblaciones locales. El parlamentarismo institucionalizó esta práctica. Esto no habría sido problemático si, en paralelo, se hubiera desarrollado una burocracia central eficiente. Recordemos que, para Max Weber, la fuerza del Estado moderno descansa en la coexistencia de estos dos grupos: por un lado, la burocracia racional, producto de un proceso secular, impulsada por una abnegación y una dedicación casi ciegas al servicio la eficacia del Estado; por otro, las élites políticas que actúan a la vez como actores y como mediadores del poder en nombre de la población,  garantizando así la legitimidad de este nuevo poder estatal. Es la interdependencia antagonista de ambos lo que asegura el equilibriio estatal moderno. La burocracia  sin actores políticos es El Castillo de Kafka, a saber, una gestión de los recursos sin tener en cuenta las demandas de la población. Por el contrario, el poder político sin burocracia es el Caballero sin espada de Capra: una lucha desigual donde todo depende del carácter moral de los políticos, y donde los intereses privados disponen de los medios para influir en la acción política a expensas de los más débiles.

En el caso griego, las élites políticas han asumido el acceso de la población al Estado y a sus recursos a partir del siglo XIX. La burocracia, a cambio, nunca llegó a un nivel óptimo de eficiencia, bien por los golpes ocasionados por acontecimientos como las quiebras de 1893 o 1932 (y ahora 2012), bien porque su desarrollo ha sido posible sobre todo con los regímenes autoritarios (los regímenes autoritarios de la década de 1930, la democracia limitada de los años de posguerra), lo que contribuyó a desacreditarla ante la población. El golpe final se lo asestaron, el nombre de la “democratización”, los gobiernos socialistas de la década de 1980.

El problema no es tanto el clientelismo en sí mismo como el hecho de que la burocracia estatal, poco institucionalizada, no tiene los medios para contrarrestarla. Después de todo, los propios Estados Unidos han institucionalizado un sistema clientelista, como el sistema de sinecuras (“spoils”). Sin embargo, nadie (o casi) acusa al presidente de los Estados Unidos de designar como embajadores a sus amigos y a los donantes de su campaña. Eso es por definición algo propio del clientelismo, pero se compensa con la eficiencia burocrática. Lamentablemente, este no es el caso del Estado griego, donde además la integración de los clientes, por si fuera poco incompetentes, en una burocracia insuficientemente formada produce consecuencias devastadoras para la legitimidad del Estado. Difícilmente puede reclamar una legitimidad de ejercicio y se limita a la función de alimento para actores políticos en competencia. Por  tanto, no sorprende que los griegos respeten poco a su Estado y sus servidores… más bien les temen!

La Vie des Idées: Usted ha mencionado que el Estado griego ha sido repetidamente puesto bajo tutela de las potencias extranjeras. ¿Cuáles fueron las consecuencias para el desarrollo de la democracia en Grecia?

Anastassios Anastassiadis: Desde el principio, el Estado griego ha estado influenciado. Pero durante el siglo XIX  esto no ha impedido el desarrollo de un sistema parlamentario democrático que ha funcionado bastante bien, sobre todo desde 1862 hasta 1909. Pocos países hubo, incluyendo toda Europa durante este período, que practicaran a la vez el sistema parlamentario unicameral y el sufragio universal (masculino)  sin incidentes dignos de reseñar. Durante 47 años, la vida política se mantuvo relativamente estable. Esto no fue necesariamente del gusto de las grandes potencias, que entendían que el pueblo griego, como los suyos propios, no era lo suficientemente maduro para el juego democrático. Por encima de todo, pensaban que esta apertura política impedía el desarrollo racional del Estado y de su brazo secular, su burocracia. Así, no dudaron en presionar para exigir más esfuerzo a la “racionalización burocrática”, incluso si ello cuestionaba el juego democrático. Es lo que sucedió durante el Control internacional de 1898 tras el colapso de 1893 y la derrota de 1897. La mayoría de las decisiones económicas fueron tomadas por el Control internacional y no por los gobiernos electos. Del mismo modo, durante la guerra civil y los años subsiguientes (en 1940-1950), la dependencia griega de la ayuda americana acentuó la subordinación de la clase política en relación con los Estados Unidos.

Esta situación también pudo tener resultados positivos a corto plazo en términos de construcción del Estado. En los quince años que van entre la derrota de 1897 y el comienzo de la guerra de los Balcanes, el aparato burocrático y militar del Estado griego se moderniza y se torna más eficiente, de manera tan fulgurante – en comparación con el siglo XIX – que  podría decirse que Grecia asume el papel de mini-poder imperial durante la década de 1910. Esto se debió principalmente a la existencia de ese control internacional. Esto permitió la adopción de decisiones impopulares, porque las autoridades y sus gobiernos no tenían que asumir costes electorales, ya que se presentaban a sí mismos como “impuestos por los extranjeros”. La misma situación ocurrió en los años 1946-1960. Pero eso hace que, al mismo tiempo, los beneficios de la estatalización sean muy frágiles, fácilmente imputables a la ilegitimidad de unas medidas impuestas por los extranjeros. Esto es también lo que ocurrió en la década de 1980, y lo que podría suceder hoy.

Peor aún, el progreso de la estatalizaación bajo control internacional durante los años 1900 o 1950 convenció a parte de las élites griegas que aspiraban a la modernización de que el juego democrático, y no la institucionalización de la burocracia, era el verdadero problema . En este sentido, la omnipotencia del parlamentarismo iría en detrimento de la fuerza y la afirmación del poder ejecutivo, explicando así el “retraso” del Estado griego. Esta idea no es específica de Grecia. Se encuentra bajo diversas formas en toda Europa durante la primera mitad del siglo XX. En Grecia, y teniendo en cuenta los otros factores mencionados (importancia del aparato militar a causa de las muchas guerras, las tensiones sociodemográficas, debido a la adquisición de nuevos territorios y la llegada de refugiados), se produjo un período particularmente inestable durante los años 1909-1940, durante el cual los golpes de Estado se cuentan por decenas. El contraste con el período de estabilidad de los años 1862-1909 es evidente. Durante el período de la posguerra, ello conduce a la dictadura de los coroneles (1967-1974). Incluso las medidas positivas de estatalización llevadas a cabo durante estos períodos fueron o bien revocadas o bien detenidas a causa de su defecto congénito, al ser percibidas como una importación ilegítima impuesta de manera autoritaria.

Hay muchas razones para temer que en la actualidad las mismas causas produzcan los mismos efectos. Medidas positivas que a muchos griegos les gustaría ver aplicadas estarán marcadas con el sello de la ilegitimidad, al ser impuestas por la troika comunitaria. Las elites que aspiran a una rápida modernización se complacerán probablemente en un discurso antipolítico, en nombre de la racionalización y la lucha contra la “corrupción” y el “clientelismo” de los políticos, un discurso que, por desgracia, a menudo se ha abierto camino recurriendo al autoritario. Los partidarios acérrimos del statu quo, por razones que distan mucho de ser loables, se verán entonces elevados al rango de héroes resistentes.

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