Recordando a Tony Judt

Jennifer Homans, la esposa de Tony Judt, ofrece en la NYREV un relato espléndido sobre los últimos años de vida del que fuera su marido y sobre los motivos que dieron forma a su último libro: Thinking the Twentieth Century. El texto es amplio, así que ofreceremos algunos párrafos iniciales y finales, aunque su calidez y energía merecerían una traducción completa:

Estuve casada con Tony Judt. Vivía con él y con  nuestros dos hijos cuando se enfrentó al terror de la esclerosis lateral amiotrófica , más conocida como enfermedad de Lou Gehrig. Fue una terrible experiencia de dos años, desde su diagnóstico en 2008 hasta su muerte en 2010, y durante ese tiempo Tony logró contra todo pronóstico humano escribir tres libros. El último, tras Ill Fares the Land y The Memory Chalet, fue Thinking the Twentieth Century, basado en conversaciones con Timothy Snyder. Empezó a trabajar en el libro poco después de serle diagnosticada; a los pocos meses estaba cuadripléjico y conectado a un respirador, pero siguió trabajando. Él y Tim terminaron el libro un mes antes de morir. Acompañó su enfermedad, fue parte de su enfermedad y parte de su muerte.

El libro es una historia del pensamiento del siglo XX. Comienza con sus reflexiones sobre el idealismo judío y el sufrimiento de los judíos en Europa y termina con un relato devastador del fracaso de la política estadounidense en el mundo de la posguerra fría. Es también una autobiografía intelectual -una suerte. “Una suerte”, porque Tony rara vez escribió en primera persona, y las secciones autobiográficas del libro fueron encajadas, casi a regañadientes, entre las ideas, la historia, la política  y los dilemas éticos que eran fundamentales para su vida.

Esto no quiere decir que el libro no sea personal. Para Tony, las ideas eran una especie de emoción, algo que él sentía y que le preocupaba de un modo semejante a como la mayoría de la gente vive sentimientos como la tristeza o el amor. Esto, como muestra el libro, se remonta al principio, incluso antes del comienzo de su vida: le pusieron Tony por Toni, la prima de su padre que murió de niña en Auschwitz. A medida que crecía, su padre le transmitía su propia pasión por la política de izquierda y la historia europea como una forma de amor paterno: en su decimotercer cumpleaños, Tony recibió como regalo los tres volúmenes del estudio de Isaac Deutscher sobre Trotsky, que devoró. Las ideas y la necesidad de que las explicaciones históricas fueran profundas están al frente y en el fondo de Thinking the Twentieth Century.

De todos los escritos de Tony, me parece que este libro necesita alguna explicación: un telón de fondo o una escena, porque la escena -las condiciones en que fue escrito- era oscura y porque la oscuridad dio forma al libro, a su forma, pero también a sus ideas. Estoy escribiendo esto porque tengo unas cuantas cosas que decir sobre Thinking the Twentieth Century -las cosas que yo creo que él hubiera querido que sus lectores supieran.

Cuando a Tony se le diagnosticó por primera vez la ELA sabía que iba a morir, y pronto. Lo supo antes de que cualquier médico se le dijera, y continuó sabiéndolo, incluso aunque intentáramos cualquier alternativa posible, cualquier explicación o cura. Él lo sabía, ya que le pasaba a diario:  manos, brazos, piernas, una respiración que escapaba a su control a una velocidad aterradora. Era imposible mantener el ritmo, el tiempo vertiginoso y agotador de los médicos, las pruebas y las crisis diarias; unas emociones intensas y de consecuencias difíciles de soportar; de desconcierto y determinación; de ira, dolor, desesperación y amor.

En algún momento -es difícil decir exactamente cuándo, pero era cuando comenzó a pensar en Thinking the Twentieth Century- entramos en lo que convinimos en llamar la burbuja. La burbuja era un mundo cerrado, una realidad alternativa, un lugar en el que vivíamos y por el que nos asomábamos. Tenía paredes transparentes, vaporosas, pero eran como espejos: podíamos ver, pero nadie nos podía ver, o al menos eso es lo que se sentía desde dentro. Sabíamos que nuestro mundo era extraño y apartado, que se regía por las reglas de la enfermedad y la muerte en lugar de por las reglas de la vida. A veces, yo podía atraversarlo para dar un paseo y ver el cielo, pero Tony no podía -y cada vez menos.

A medida que la enfermedad progresaba, comprensiblemente tenía más miedo. Había demasiadas cosas que no podía controlar en el mundo exterior: todo, desde las tomas de alimentación eléctrica para la máquina de respiración (fallan las baterías) a su silla de ruedas (de accionamiento eléctrico, pero él no tenía ninguna forma de controlarla) y la insoportable buena voluntad de las personas que no lo entendían. Buscó un sombrío refugio en su estudio, en su habitación de enfermo, en su segura y cerrada  prisión-capullo que albergaría su deteriorado cuerpo y su atrapada mente.

Cuanto más se retiraba más público era. Su vida privada en casa y con sus amigos era su mayor comodidad, pero también fue muy triste: no podía ser lo que quería ser y se sentía perseguido y humillado por su “viejo” yo -lo que llamaba “el viejo de Tony”, que había perdido para siempre. Había otros lugares en los que de alguna manera le era más fácil estar: portales al mundo en los que podía encontrar su camino, al menos momentáneamente, fuera de la burbuja y reencontrándose  a sí mismo. El e-mail y la incorpórea y virtual web eran uno. Las palabras y la memoria eran otros. Con la ayuda de su familia, de sus amigos y especialmente de su extraordinario ayudante, Eugene Rusyn, con su capacidad para hacer como si no estuviera y para transcribir velozmente pensamientos y expresiones,  Tony podía sentarse ante el ordenador y nosotros hacíamos de sus manos, escribir sus palabras y desplegar sus reflexiones por vía electrónica ante el resto del mundo. Y así aceptaba escribir más y más, más correos y entrevistas electrónicos; cualquier cosa donde la gente le pudiera escuchar o leer, pero no ver. Thinking the Twentieth Century era parte de eso: un portal hacia el mundo.

El pasado seguía siendo el motor de sus pensamientos. Ya no la historia, sino la memoria. La memoria era la única certidumbre de Tony y se aferraba a ella como un salvavidas. Era lo que la enfermedad no le podía quitar. Era otra manera de salir de la burbuja y la única forma de independencia que tenía, y la mantuvo, hasta el final. Para recuperar un recuerdo, no tenía que pedirle nada a nadie: estaba justamente allí, en su mente, y mientras pudiera hablar, podría usar su memoria a voluntad. Era toda suya. Esta es la razón por la que Thinking the Twentieth Century es una obra de memoria, no de historia, incluso aunque el tema sea el siglo XX . No es como sus otros libros, que dependían de grandes cantidades de notas, referencias, materiales, gráficos, datos, de información obtenida de cientos de fuentes y cuidadosamente transcrita y ordenada en grandes blocs de notas amarillos.

Thinking the Twentieth Century estaba dentro de él. Ya había empezado a trabajar en una historia del pensamiento del siglo XX, pero todavía estaba en sus primeras etapas cuando enfermó. Así que cuando su colega y amigo el historiador Timothy Snyder se le acercó con la idea de una serie de conversaciones, el libro que Tony había planeado escribir se transformó, con la ayuda de Tim, en Thinking the Twentieth Century .

Cada semana, durante varios meses, Tim vino a nuestra casa con su grabadora  y se sentó en nuestra sala de estar con Tony, allí podían estar hablando durante dos horas seguidas -sin interrupciones. Tony se presentaba a cada conversación sin preparación y sin notas. Todos recordamos aquello en lo que más creemos, y Tony tenía una memoria asombrosa para los hechos y la historia. Escuchando desde la cocina, como hacía a menudo, me sorprendía su dominio y su alcance, al hablar de las complejidades de la política del cambio de siglo, de los orígenes intelectuales del fascismo y  de la suerte del pensamiento de la derecha en las democracias de posguerra. Yo estaba acostumbrada a la brillantez de Tony, pero también a su control: ahora se estaba saltando todas las barreras.

Era un torrente de conocimiento. Todo lo que sabía pasaba a través de sus propias experiencias personales. Y Tim fue cuidadoso en insistir en que Tony no sólo “hablara” del siglo XX, sino que se pusiera él mismo en la escena. El sionismo, por ejemplo, lo trataron como un momento y un movimiento en el pensamiento judío y le concedieron todo el peso histórico que le correspondía. En el plano político, fue también la primera desilusión amorosa de Tony, y vuelve una y otra vez a sobre las formas en que su total -profundamente ideológico- compromiso con la causa sionista siendo  joven (después de unirse a un kibbutz y  ofrecerse como traductor durante la guerra de los Seis Días) y su posterior desencanto le habían permitido “identificar el mismo fanatismo y miopía, la misma exclusivista estrechez de miras”. Esa etapa de su vida le dio una especie de empatía histórica con las certezas ideológicas a menudo desastrosos del siglo XX,  que a continuación se dispuso a describir y analizar.

Para Tony el incentivo que se escondía tras el libro, y que tenía que ser poderoso para superar el malestar y la depresión que fueron sus constantes compañeros, era sobre todo intelectual, una cuestión de clarificación. Tim lo sabía  y cuando el diálogo funcionaba, como solía suceder, Tony se transformaba. El enfermo Tony, el frustrado y angustiado Tony, incapaz de comer, garabatear o respirar adecuadamente, con su cuerpo dolorido por la inactividad, era capaz, con Tim y mediante un enorme esfuerzo físico y mental, de encontrar algo de alivio y alegría en la vida mental. Había algo en Tim, su seriedad y profundidad de conocimientos, así como su moral protestante, del medio oeste, que era una provocación para Tony, en el mejor sentido de la palabra.

(…)

Thinking the Twentieth Century vierte décadas de pensamiento y de conocimiento, así como días de la enfermedad en su idealismo de toda la vida. Se trata de un idealismo que, dadas las circunstancias, solo podía ser sostenido por una mente ferozmente disciplinada, y con un gran coste personal. No quiero decir que Tony creiera en una sociedad ideal. Solo era un idealista en lo referente a un debate público serio. Esto era lo único que, junto con el amor, siempre se quedaba en pie por mucho que la enfermedad le abatiera, y lo hacía intensamente.  Tony lo llamaba el núcleo. Para mí era un estrecho rayo de luz en la oscuridad que estaba separando a Tony de todos nosotros. Y si Thinking the Twentieth Century se encuentra en esa tierra sin nombre entre lo que es y lo que debería ser, como creo que es, ello se debe en parte a que fue impulsado por la oscuridad, pero también en parte por la luz. Fue sitiada, como él.

Imagine, si puede, cómo era su escritorio, su habitación, mientras él se abría camino hacia el final del manuscrito y el entorno que le rodeaba se oscurecia: el aire espeso y capas de polvo imposible de limpiar, los olores que parecían casi visibles, de antiséptico, flores, morfina, y la quemadura y el zumbido de la electricidad desde el amplificador que proyectaba su voz cada vez más débil; las ventanas abiertas de par en par para dar entrada al aire y la luz, y cerradas a toda prisa para proteger del frío anormal sus huesos inactivos e inmóviles.

Fue allí, en ese estudio, donde Tony completó Thinking the Twentieth Century. En una ironía final y terrible, su última tarea pública -y  así es como él lo vio- fue editorial: editar sus propias palabras, justo cuando estaba perdiendo la capacidad física para darles forma.  Thinking the Twentieth Century no era totalmente correcto, dijo, pero era “lo suficientemente bueno”. ¿Suficientemente bueno para qué? ¿Suficientemente bueno para quién? Para Daniel y Nicolás algún día, por supuesto. Pero también y quizás sobre todo para su público, para el mundo de “allá afuera”, que tanto había hecho para apoyarle. La enfermedad lo había cambiado todo -y nada en absoluto.

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3 Respuestas a “Recordando a Tony Judt

  1. Singular y cercano testimonio de la terrible enfermedad que acabó con la vida de un excelente historiador.Quien todavía tenga problemas para discernir entre historia y memoria, su lectura le ayudará a despejarlos.

  2. Pingback: Recordando a Tony Judt | Apuntes de Geografica·

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