Los males de la historia económica (o Clio empobrecida)

A pesar de su limitado eco, algo que no es extraño, todos deberíamos repasar el volumen que el historiador italiano Francesco Boldizzoni publicó el pasado año, con sus defectos incluidos. Su título es suficientemente atractivo: The Poverty of Clio: Resurrecting Economic History (Princeton University Press). Para quienes deseen profundizar, la editorial ofrece el primer capítulo, muy clarificador y con abundantes referencias para enmarcar el estudio. Dada su extensión, he preferido ofrecer el resumen que el propio Boldizzoni redactó para The Montréal Review, que dice asi:

En su discurso presidencial ante la American Historical Association de principios de este año [2011], Anthony Grafton ha advertido a la profesión de que la historia está “bajo ataque”. Las humanidades jamás han sido tenidas en tan baja consideración por parte de la opinión pública como en la actualidad. En una era dominada por la búsqueda de la ganancia y la satisfacción  de los consumidores, cuando el ideal de la performatividad es tan penetrante que la comercialización del conocimiento científico ya no es escandalosa, es difícil imaginar de la sociedad una verdadera comprensión de la importancia de la historia y del valor de una investigación honesta. En mi libro The Poverty of Clio sostengo que una amenaza, no menos grave, procede de dentro de la propia academia.

Desde la década de 1970, la economía ha entrado en una fase de agresión hacia las otras ciencias sociales, que es definida por sus propios creadores como “imperialismo económico”. Se trata de una ofensiva destinada a demostrar que la economía también puede explicar los fenómenos no económicos y hacerlo mejor  que las ciencias sociales que se dedican precisamente a ello. Se argumenta que todo aspecto de la conducta humana, incluyendo la esfera íntima, es “económico”, es decir, regulado por el autointerés  y la maximización de la riqueza; y cuando la realidad se encuentra en contradicción con ese punto de vista, ello se debería a algunas “imperfecciones del mercado”, tales como los costes de transacción y las asimetrías de la información, que limitan una naturaleza humana de otro modo egoísta, calculadora y ambiciosa.

Esta nueva pseudociencia de la conducta humana ha generado dos influyentes y abarcadores paradigmas. Uno de ellos es la teoría de la elección racional, siguiendo el camino trazado por Gary Becker, y el otro es la nueva economía institucional de Douglas North. La creciente  fortuna  de estos paradigmas en las últimas tres décadas, lo cual parece poco justificado por su poder intelectual (de hecho, ni siquiera son objeto de refutación empírica), sin duda le debe mucho al prestigio de que goza actualmente la economía en la sociedad occidental, resultado del triunfo de los valores utilitarios en la modernidad tardía. Después de todo, como ha señalado el antropólogo Richard Wilk , los economistas son “los sumos sacerdotes de nuestra cultura”.

Sea como fuere, los economistas han inventado toda una disciplina, la cliometría, cuya misión parece ser la creación de narraciones del pasado compatibles con las ideas neoliberales dominantes y que implícitamente recomiendan políticas específicas. Sus productos son, en el mejor de los casos, ficciones históricas que transportan cierta ideología de una manera más o menos disimulada, pero invariablemente se venden como ejemplos de vanguardia, historia sofisticada de las ciencias sociales. Ocupan una gran parte del mercado editorial en el mundo de habla inglesa y disfrutan de una gran visibilidad. Para los rebaños académicos alimentados en los pastos del análisis de citas, lo que es “visible” es también “fiable”.

En la década de 1990, el fin de la Guerra Fría provocó gran entusiasmo entre los intelectuales norteamericanos. Los pensadores conservadores proclamaron que los valores de la democracia al estilo occidental y del libre mercado prevalecerían de una vez para siempre: era el “fin de la historia” que Francis Fukuyama había profetizado. En los años del gobierno de George W. Bush, los relatos neoconservadores se multiplicaron, y fueron dirigidos a menudo a deslegitimar las instituciones del Medio Oriente. El argumento repetido hasta la saciedad fue que el individualismo había traído éxito económico a Occidente, mientras que el colectivismo condenó al mundo musulmán a una posición subordinada, de modo que el supuesto fracaso de los musulmanes en la construcción de Estados seguros y ricos reflejaría también este pecado original. Por supuesto, estas declaraciones también se pueden encontrar en relatos históricos más tradicionales, al estilo “Whig” , pero la diferencia radica en las técnicas de persuasión. En el caso de la cliometría, la teoría de juegos demuestra supuestamente esa superioridad, desde un punto de vista matemático, de determinados acuerdos sociales sobre otros, cubriendo así el flagrante eurocentrismo con una ilusoria pátina de cientificidad.

Cuando los trucos de magia de la teoría de los juegos no son lo suficientemente espectaculares, los economistas recurren a la biología de ficción para respaldar sus curiosas teorías del pasado. Por ejemplo, recientemente se ha argumentado  (Gregory Clark) que la primera revolución industrial y la posterior Gran Divergencia entre Occidente y el resto se produce por un mecanismo darwiniano de  evolución: la “supervivencia de los más ricos”. Sólo aquellos cuyos genes les inclinaron hacia el éxito económico fueron capaces de sobrevivir a la selección natural operada por la trampa maltusiana.

Incluso cuando sus demandas no son tan extravagantes, en el corazón de la nueva economía institucional encontramos la voluntad de establecer una base naturalista del fracaso institucional, es decir, demostrar que algunas culturas son peores que otras. Sus seguidores comparten el mismo naturalismo etnocéntrico, que asigna un valor moral a las diferencias en ingresos,  riqueza y desarrollo que existen en el mundo, buscando los orígenes en un orden preestablecido. Estas diferencias son una confirmación de la superioridad del orden encarnado por la constitución política y económica de las democracias atlánticas.

Para la nueva historia económica de la familia es bastante normal interpretar al matrimonio como un mercado y describir las novias de las épocas medieval y principios de la edad moderna como prostitutas, valoradas por su futuro marido según sus características y habilidades individuales. Para la nueva historia económica de la religión, por el contrario, el cristianismo se convierte en un mercado (de “servicios religiosos” de hecho) y la Reforma es glorificada como un éxito que atestigua el poder de la competencia para socavar los monopolios y dar rienda suelta a la innovación. Sin embargo, con el fin de celebrar las virtudes y la eficiencia de la economía de mercado no hay nada mejor que demostrar su existencia en un pasado remoto. Impulsados por las divisiones entre los clásicos, los economistas han estado invadiendo el territorio de la antigüedad por lo menos durante quince años y esto no ha dejado de tener efecto en el campo de la historia antigua.

Hay estudios sobre el “poder del mercado en la temprana Grecia”, sobre “los derechos de propiedad y de contratación” en el Egipto ptolemaico  y sobre la “racionalidad económica” en la época romana. Lo único que falta es que el “punto de vista revisionista” del dinero greco-romano atribuya la invención de la tarjeta de crédito a los antiguos, a pesar de que la “elasticidad de la oferta monetaria” ya ha sido ampliamente alabada. Algunos van tan lejos que incluso argumentan que los antiguos dioses (o al menos la creencia en ellos) existía con el fin de aumentar la eficiencia del mercado! Uno podría pensar que, al menos, es necesario el conocimiento de lenguas antiguas antes de aventurarse en este tipo de estudios. Pero, según ciertos economistas, “esto es simplemente falso y, de hecho, internet ha abierto un tesoro de recursos para los estudiosos no lingüistas”. Los historiadores y arqueólogos quedan advertidos: ¿por qué perder el tiempo estudiando alfabetos extraños y mirando diccionarios polvorientos cuando se puede fácilmente salir del paso con unas búsquedas en Google?

De hecho, el sello distintivo de todas estas tendencias es un cierto diletantismo ingenuo, lo que conduce a la manipulación de las fuentes para hacerlas encajar en una teoría preenvasada sin someterla a la prueba de un escrutinio exhaustivo, algo que requiere una formación y un conocimiento específicos. La “teoría” es a menudo una mezcla de prejuicios sobre el funcionamiento de las sociedades del pasado que reflejan el sesgo de los economistas contra toda forma de organización socioeconómica que no sea la del individualismo de mercado. El capítulo tercero de mi libro (“The Fanciful World of Clio”), un estudio de las contribuciones recientes a esta literatura, es en realidad una galería de los horrores en la que se exponen algunos de los anacronismos, erróneas traducciones, interpretaciones engañosas e incluso errores geográficos producidos por la falta de sensibilidad histórica, la carencia de de habilidades lingüísticas y por un increíble nivel de analfabetismo académico.

Sin embargo, puede que esto se convierta probablemente  en una práctica común, porque los historiadores profesionales, en particular en América del Norte, poco a poco han ido abandonaondo la historia económica, garantizando de facto  a los economistas un monopolio virtual sobre el campo. Por otra parte, la globalización de la investigación a través del control angloestadounidense de las principales revistas, los congresos, la financiación y el prestigio intelectual mundial ha hecho que sea más fácil para los malos hábitos de investigación hacerse un hueco en Europa.

¿Cómo contrarrestar esas corrientes peligrosas? El abuso occidental del pasado económico exige una fuerte respuesta desde dentro del propio Occidente. Mi posición como historiador europeo hace que sea obvio para mí que el reto debe provenir de la historia europea de las ciencias sociales. Revivir la escuela de los Annales y otros enfoques continentales que florecieron durante el siglo XX puede dar lugar a una alianza nueva y fructífera entre la historia económica, la sociología y la antropología. La sociología y la antropología ofrecen antídotos poderosos contra el reduccionismo económico, ya que ayudan a pensar en los derechos de propiedad, las economías de mercado, el libre comercio y otras instituciones capitalistas como construcciones sociales y culturales y no como constantes en la historia de la humanidad. Aunque sus raíces intelectuales se encuentran en la Europa de entreguerras, esos campos están igualmente bien representados en los Estados Unidos de hoy.

Pero en una era de la globalización, es inevitable (y yo diría que sano) mirar más allá de Occidente. El despertar de Asia y América Latina está trayendo nuevos poderes a la vanguardia. Los intelectuales japoneses han estado durante mucho tiempo insatisfechos con las descripciones eurocéntricas de la historia del mundo y es sólo cuestión de tiempo que la creciente autoconciencia de los historiadores turcos,  indios, chinos y brasileños produzcan relatos que desafíen la ortodoxia occidental. Este es el tema de otro proyecto que estoy llevando a cabo con mi colega británico Pat Hudson y un impresionante equipo de destacados investigadores de todo el mundo.

La disciplina de la economía está en un estado miserable, algo que demuestra no tanto por el fracaso de los economistas por anticipar la Gran Recesión (lo que no debería sorprender a nadie que sea consciente de los límites de la predicción en las ciencias sociales) sino por el enorme y evidente abismo que separa la dura realidad de estos días del mundo idílico de los mercados eficientes y de crecimiento ilimitado que presentan los modelos convencionales.

En vez de vivir con la obsesión por encontrar nuevas lecciones que enseñar a otros, los economistas deberían empezar a darse cuenta de que tienen mucho que aprender de sus vecinos académicos, y tal vez incluso de los profanos.

****

Dicho lo anterior, y para quienes deseen profundizar, recomiendo una reseña accesible, la del académico Guillaume Daudin en La vie des idées. Dada su ocupación como profesor de economía, Daudin repasa con especial atención a aquellos que son los pricipales objetivos de los dardos de su colega italiano: Douglass North, por ejemplo, en el libro que publicó en 2008 con John Wallis y Barry Weingast (Violence and Social Orders: A Conceptual Framework for Interpreting Recorded Human History),  “cuyo  funcionalismo denuncia de forma justa e interesante”; Avner Greif (Institutions and the Path to the Modern Economy: Lessons from Medieval Trade),  “que habría tratado a la ligera los documentos originales” y llegado  a una tesis “simplemente falsa”;   Avner Offer (The Challenge of Affluence: Self-Control and Well-Being in the United States and Britain since 1950), por su explicación del matrimonio en términos económicos;  o Robert Ekelund, Hébert Robert y Robert Tollison, que explican el éxito de la reforma como el de la introducción de la competencia en el mercado de la religión europea. Daudin mismo añade el último libro de Oded Galor (Unified Growth Theory), a quien Boldizzoni cita indirectamente a través de trabajos previos, por su idea del crecimiento económico como foma de adaptación, un referente de los defensores del darwinismo (Gregory Clark).

Pero, dice Daudin, no es solo una lista de críticas. En los últimos tres capítulos presenta un programa metodológico concreto para sacar a la historia económica de las garras de la economía neoclásica. Desde una perspectiva microeconómica, pide que se tomen en cuenta las limitaciones institucionales y culturales a las que las personas están sujetas, en la senda de Witold Kula y Mark Cattini. Como hemos visto, la antropología y la sociología económica son para para él la mejor guía para que la economía analice de manera fructífera las múltiples motivaciones de los sujetos. Desde una perspectiva macroeconómica, Boldizzoni invita a la historia total de la escuela de los Annales, como la practicaron Braudel, Le Roy Ladurie y Bairoch (“algo extraño”). Finalmente, remite a autores que aprecia:  Keith Wrightson, Daniel Roche, Richard A. Goldthwaite o Viviana A. Zelizer.

Por supuesto, hay una diana inexcusable, el Tiempo en la cruz de  Fogel y Engerman, un libro sobre el análisis económico de la esclavitud que trató de “borrar el pecado original de la nación americana y calmar su culpa durante un período marcado por grandes luchas sociales”, algo que Daudin considera que no es más que un juicio de intenciones. Lo cual permite a este economista francés señalar otras incongruencias o ligerezas en el libro del italiano, hasta en punto de que en muchos aspectos no sería un volumen convincente.

“Más fundamentalmente, el alcance y la relevancia de las críticas de Boldizzoni no están claros. ¿Qué son exactamente la cliometría y la teoría neoclásica que él ataca?” Es decir, las caricaturizaría.  En general, “su crítica, que pasa de puntillas sobre la historia financiera y la historia contemporánea, no puede razonablemente ser aplicada de forma similar a todos los campos de la historia económica. Es inmensa y su unidad se encuentra principalmente en el uso de métodos cuantitativos y no en la utilización de la economía neoclásica en el sentido de Boldizzoni”. De hecho, la escuela neoclásica es mucho más ecuménica, de modo que se le podría aplicar, dice Daudin, lo que Dani Rodrik denomina le regla de Carlos Díaz-Alejandro, en honor del economista cubano: para toda conclusión particular a la que desees llegar, siempre habrá un modelo económico que te lleve.  “En términos más generales, la teoría neoclásica ofrece a los investigadores una serie de herramientas de gran alcance, que no puede ser culpables de ningún delito en sí mismas. Como destaca Deirdre McCloskey, los modelos son sólo historias que sirven para poner de relieve ciertos elementos de un fenómeno, al igual que una metáfora. Es tan absurdo echarles la culpa por no transcribir la realidad económica como reprochar a un mapa no recrear la realidad de un territorio”. Además, para Daudin, “la cliometría fue, es y seguirá siendo útil. Es evidente, por ejemplo, que la medida del stock de capital y de su uso para aislar el papel del progreso técnico puede ofrecer una mejor comprensión del desarrollo económico. Boldizzoni, por su parte,  no crítica los trabjos “revisionistas” de Nicholas Crafts sobre la revolución industrial”.

“Boldizzoni ofrece cinco recomendaciones para la renovación de la historia económica: la atención a las fuentes, una formación histórica “total”,  precaución en la elección de las disciplinas con las que nos comunicamos, un uso diferente de los métodos cuantitativos  y un compromiso para crear teorías en lugar de simplemente ser sus usuarios. Estos principios de sentido común se remiten a las barreras corporativas. El trabajo de los economistas “puros” han provocado debates útiles sobre estos temas, a pesar de que hayan desembocado el el rechazo de sus hipótesis.  Tomemos, por ejemplo, a Daron Acemoglu y a sus coautores sobre el impacto de los comerciantes que aprovecharon el comercio atlántico para el desarrollo institucional de la Europa moderna; o a Oded Galor en la relación entre transición demográfica y revolución industrial. Planteémonos pues, economistas e historiadores económicos, preguntas interesantes, seamos eclécticos en la elección de nuestras herramientas e integremos cuanto podamos en nuestros debates. Pero, por favor, señor Boldizzoni, evitemos los anatemas”. esta es la opinión de Daudin.

About these ads