El coste del conocimiento

El pasado 30 de enero, The Chronicle publicó la siguiente nota, que adapto y extiendo para mayor claridad:

El coste de las revistas académicas está por las nubes, como bien sabemos, y tiene unos  efectos devastadores para la difusión  del conocimiento. De ello no se salvan ni  las investigaciones financiadas con fondos públicos, que en su gran mayoría se publican en los grandes grupos editoriales. Las quejas son, pues, continuas y muchos creen que es el momento de actuar.

El principal objetivo son los grandes grupos, entre los que destaca Elsevier, el grupo responsable de publicaciones como The Lancet o Cell, así como de otros dos millares de revistas de primer nivel, sin contar un sinfín de libros (entre ellos, el celebérrimo Gray’s Anatomy).

Y en eso aparece el matemático Timothy Gowers, miembro de la Universidad de Cambridge y ganador de la medalla Fields, y decide promover un boicot a Elsevier porque, dice, sus políticas de precios y de restricción de acceso a los trabajos deberían cambiar. Lo hizo en una entrada de su blog el pasado 21 de enero, y desde entonces su web The Cost of Knowledge no ha dejado de recibir adhesiones (cuando escribo esto, son alrededor de 4.500 personas las que han dado su apoyo). Los firmantes no solo ponen su nombre, sino que se comprometen a no publicar, evaluar ni participar en comité editorial alguno de cualquier revista Elsevier.

El pecado de la compañía sería triple, según los descontentos: cobra demasiado por sus revistas;  empaqueta las suscripciones, poniendo revistas de menor rango junto con las más valiosas, de modo que obliga a las bibliotecas a gastar dinero en comprar cosas que no quieren con el fin de obtener algunas de las que sí quieren;  y, más recientemente, ha apoyado un proyecto de ley federal (Research Works Act) que impediría que los organismos públicos, como los National Institutes of Health, exigan que los artículos escritos por los beneficiarios de sus subvenciones estén disponibles gratuitamente.

Hal Abelson, profesor de informática en el Instituto de Tecnología de Massachusetts y defensor de publicación abierta, ha dado su apoyo afirmando que “con los movimientos de estos megaeditores, estamos viendo el principio del control monopólico del expediente académico”. Benjamin R. Seyfarth, profesor asociado en la Facultad de Informática de la Universidad del Sur de Mississippi, escribió que” casi todos la investigación universitaria está financiada con fondos públicos y debe estar disponible de forma gratuita”.

De la idea se ha hecho eco todo el académico de la blogosfera, recogiendo más avales.  Entre los comentarios de los blogs, por supuesto,  también los hay en favor de Elsevier. Por su parte, la empresa se pronunció a principios de febrero de forma mesurada, pero insuficiente a través de dos notas.

Una hace referencia a los precios y a los “juicios negativos” que se han vertido sobre Elsevier, mostrándose orgullosa de su actividad, pues “nuestro trabajo es crear y mantener las revistas que hacen posible que el trabajo de los investigadores sea eficientemente revisado, mejorado, validado, reconocido, descubierto y hecho altamente accesible, a perpetuidad, para los lectores de casi todos los países del mundo”. Señalan, además, que el coste es una quinta parte de lo que era hace una década y que la facilidad de acceso es inmejorable; apoyan que la investigación financiada con fondos públicos sea pública, siempre que ello no sea dañino para el modelo de negocio; e indican que están abiertos a otras fórmulas, entre ellas la de que el autor o el patrocinador paguen para que un artículo sea libre, así como a ofrecer descuentos para los suscriptores en determinados casos.

La otra se refiere al debate sobre la mencionada ley federal norteamericana. Recuerdan que “los costes de los servicios de publicación se deben cumplir y son, además, los costes de hacer la investigación. Los editores hacen una fuerte inversión para agregar valor a los informes de investigación y manuscritos a través del proceso de publicación. Los académicos lo hacen también a través del proceso de revisión por pares, pero sin los editores y revisores por pares los 3 millones de manuscritos presentados cada año no se transformarían en los 1,5 millones de artículos publicados cada año. Los investigadores funcionan de manera más eficiente y eficaz por el valor que agregamos todos nosotros a través del proceso de publicación”. Así pues, “nos oponemos, en principio,a  la idea de que los gobiernos puedan ser capaces de dictar los términos en que se distribuyen los productos de las inversiones del sector privado, sobre todo si van a ser distribuidos de forma gratuita. Y el sector privado significa no sólo editores comerciales como Elsevier, sino también aquellos sin ánimo de lucro”.

Todo lo cual, dicho sea de paso, no invalida lo anterior. Así pues, como muchos proponen, el siguiente paso sería crear revistas electrónicas de calidad y acceso libre (o unirse a las existentes), aunque para ello sea preciso olvidar los prejuicios irracionales que alberga buena parte de la comunidad académica.

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