Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina

Archivo de 29 febrero 2012

Wordle en clase: análisis de textos

Publicado por Anaclet Pons en febrero 29, 2012

Para quienes no la conozcan, se suele decir que “Wordle es una aplicación en línea gratuita que sirve para generar nubes de palabras a las que se les puede dar diversos formatos visuales, a partir de un texto cualquiera elegido por el usuario. Una herramienta sencilla y motivadora para la que docentes de todo el planeta han ideado numerosas actividades de aula”.  El sistema es muy sencillo y requiere escasa habilidad. Supongamos que hemos introducido el primer capítulo de El Quijote; este sería el resultado:

He recordado este asunto a propósito de la experiencia que una docente ha expuesto en The Chronicle. Se trata de una profesora de inglés del Converse Colllege,  Erin E. Templeton, que asegura que le ha resultado muy útil para introducir a los estudiantes en la lectura profunda y los fundamentos del análisis textual.  Para ella, hay dos cosas que dan a Wordle un valor incalculable:

1) Es gratis y muy fácil de usar. Como programa abierto, todos los estudiantes con acceso a un ordenador lo puede utilizar. No requiere hardware específico (es decir: iPad) ni cobra por el acceso al sitio.

2) Es muy divertido. La generación de una nube de palabras es tan simple como hacer clic en el vínculo “crear”, pegar “un montón de texto”  y hacer clic en “Go”. Una vez que la nube se crea, los estudiantes pueden jugar con las fuentes, esquemas de colores y otras variables visuales, como si prefieren que los términos aparezcan de forma horizontal, vertical o mezclados.

En su clase, dice, primero demostró cómo utilizar Wordle con la novela que estaba leyendo (This Side of Paradise), que tenía la ventaja añadida de haber sido publicada en 1921, por lo que ya no está protegida por copyright,  de modo que pudo usar pasajes del Proyecto Gutenberg en lugar de tener que transcribirlos manualmente. Crearon luego unas pocas nubes de palabras entre todos,  para asegurarse de que los estudiantes sabían cómo hacerlo, y luego les preguntó  cómo veían estos pasajes a través de la lente Wordle, si cambiaba su comprensión.  Al deconstruir y desfamiliarizar un determinado pasaje, Wordle mágicamente liberó a los estudiantes de la trampa del resumen y les ayudó a pensar en forma analítica en el texto más allá de las limitaciones de la trama. Las nubes de palabras no tienen trama, por lo menos no en el sentido de la convención lineal que permite un resumen  fácil, así que el análisis de repente resultó menos confuso.

Por último, pidió a los estudiantes que crearan un Wordle por su cuenta e hicieran una captura de pantalla para el blog de clase. Podían elegir cualquier episodio  que no hubieran examinado juntos en clase. Una vez hecho, les pidió que respondieran a algunas preguntas. Curiosamente, señala que la publicación de los Wordles en la página web resultó ser un poco difícil para algunos, aunque la dificultad derivaba más de la captura de pantalla que de Wordle en sí [lo cual, dicho sea de paso, resulta incomprensible]. Pues nada, a ver si nos animamos.

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El género en la época romántica: intimidad y sensibilidades

Publicado por Anaclet Pons en febrero 27, 2012

Hace más de un año, Deborah Gutermann-Jacquet presentó su tesis doctoral en la Universidad Paris 7: “Incarner l’homme et la femme. Les normes sexuées et leur appropriation à l’âge romantique”. Antes y después ha ido publicando unos pocos artículos sobre el asunto, pero ahora llega su conversión en libro: Les équivoques du genre. Devenir homme et femme à l’âge romantique (Presses Universitaires de Rennes). El texto tiene cierto aire académico, como corresponde a ese tipo de operación, pero resulta de interés y, lo que es más importante en este caso, trata sobre el período al que me dedico. Así pues, veamos los primeros párrafos de la introducción:

“El esclarecido siglo XVIII es, de acuerdo con Georges Gusdorf, “un siglo sin mal”, en el que el individuo “se desposa con su época” contrariamente al siglo XIX que nació bajo los auspicios de un malestar consagrado en la expresión de “la enfermedad del siglo” y caracterizado por un sentido de la diferencia radical entre el “hombre” y su tiempo. Este término fue popularizado en los escritos de los críticos hasta el punto de constituir un topos que vino a designar el romanticismo y el tormento de los héroes marginales e inasimilables. Característico de la juventud, el “mal del siglo”  también es sospechoso de albergar la impostura y marca a toda una generación. Aquella que, para George Sand, reúne a los admiradores del “inmortal amigo” Rousseau, que fueron “completados” y habitados por las Confesiones,  sacando de esa adhesión el “sentimiento compartido de pertenencia a un grupo”. Al centrarse en una sensibilidad común, George Sand, que utiliza un “nosotros” federador para designar esta generación, define a su manera la generación romántica nacida en las postrimerías de la Revolución. Pero esta sensibilidad tiene otros puntos de anclaje, y el El genio del cristianismo es también fundador, ya que marca la conversión del hombre sensible – el de aquel para quien el sentimiento es “en esencia, la medida de una falta“- a la negatividad. ¿Cómo este mal del siglo se refleja también en un “mal del sexo”? De la fuerza de la marca de la diferencia sexual y del “miedo a la indiferenciación” que es el reverso, el del siglo XIX es el de un “malestar” que grava las identidades. ¿Cuál es el síntoma del ser sexual en la época romántica, en este primer siglo XIX que sueña la unión  primitiva de los sexos mientras su oposición radical se ve confirmada?

Desde el siglo XVIII, el discurso médico identifica  hombres y  mujeres según sus sexos biológicos concebidos en términos de oposición, que es sinónimo para estos últimos de una reclusión de sus cuerpos, polarizados en torno a la matriz. La diferencia de los sexos, naturalizada, se erige en sistema y la mujer se somete al escrutinio de los médicos que buscan descifrar su esencia. El Código Civil de 1804 confirma este pensamiento de la diferencia proclamando la omnipotencia paterna y la inferioridad de las mujeres que pasan de de la autoridad del padre a la del marido. La teoría de las esferas que asocian las mujeres a lo privado, y a los hombres a lo público,  completan esta estructura binaria que sitúa la relación de los sexos no sólo en términos de dualidad, sino también en términos de jerarquía. Esta separación de espacios está en el origen de la producción de la ley “de la separación de los sexos” que, según Fichte, dicta los atributos de lo masculino y de lo femenino. Sin embargo, esta posición binaria tradicional, que funda la dominación masculina y su reverso -la sumisión de la mujer-, en parte oculta la realidad compleja de las relaciones que se establecen entre los sexos y las situaciones que a su vez cortocircuitan el poder de los hombres y la dicotomía de las esferas.

Hacer la historia de las modalidades de ser hombre y de ser mujer en el primer siglo XIX es partir del pensamiento de la diferencia de los sexos y de su “pobreza” – el hombre se inscribe del lado de la fuerza, de la cultura y de la acción, y la mujer del lado del corazón, del sentimiento y de la debilidad-  para observar la forma en que lo exhibe, en que puede ser interiorizado, y tratar de prestar atención, a nivel individual, a lo que lo sacude, a lo que hace tambalear esta dicotomía. La “época romántica”, es decir, el período que eclosiona en los albores del Imperio con El genio del cristianismo y René y termina bajo el Segundo Imperio, es el del  “autoconocimiento” (connaissance de soi), una búsqueda del yo cuyas condiciones cambian a partir de 1870, cuando el desahogo romántico da paso a una introspección más “psico-sociológica“, confinada sobre todo a la experiencia. Este sondeo del alma al que se libran los seguidores de Rousseau es un excelente medio de acceso a la representación del ser sexual y a los interrogantes que lo habitan. La correspondencia amorosa y el diario íntimo son sus receptáculos, en los que se despliegan las estrategias individuales, alojamientos singulares que cada uno se adecúa,  conformándose o alejándose de las normas establecidas por la sociedad en esa esfera. La manera de confiarse, el estilo adoptado y el contenido de la confesión dependen en gran medida en las lecturas que se hacen y de los modelos propuestos por la literatura. En este sentido, si bien el éxito de algunos autores, como Sophie Cottin, Eugéne Sue o Walter Scott, atestigua la popularidad del movimiento romántico, no se debe subestimar el peso de la cultura clásica, que también ayuda a forjar representaciones de los individuos, así como la importancia de las obras morales, de la educación, que son también correas de transmisión de las normas sexuadas.

Estudiar como se encarnan el hombre y la mujer en los discursos normativos y en sus escritor íntimos supone, pues, proponer una historia cultural de la intimidad, de las sensibilidades (…)”

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Robert Darnton: en transición al futuro digital

Publicado por Anaclet Pons en febrero 24, 2012

Santiago Bardotti entrevista a Robert Darnton para Clarín aprovechando el volumen que FCE acaba de traducir:

Recientemente se publicó en castellano su libro El beso de Lamourette. ¿Qué me puede decir de esta colección de ensayos con la perspectiva del tiempo transcurrido?

El libro se publicó en inglés en 1990, y aunque no parece demasiado tiempo, sí lo fue porque ocurrieron muchas cosas en los medios desde entonces. De hecho, la Web se inventó en 1991. La propia Internet – que no debe ser confundida con con la World Wide Web, WWW, que es sólo uno de sus desarrollos – data de 1974. Por eso, en cierto sentido, hoy, es un momento interesante para volver a este libro porque aunque toma a la comunicación y los medios como tema central, evalúa el estado de los medios en vísperas de la gran revolución de las comunicaciones en los tiempos modernos. Se puede leer como una serie de estudios sobre la naturaleza de la comunicación en vísperas de la revolución de las comunicaciones que todos estamos viviendo en la actualidad. Me parece interesante que hoy, que todo el mundo está obsesionado con Google, Internet, iPads, iPods, smartphones , como una suerte de reacción ante la fascinación que ejercen todas estas maravillas de las comunicaciones, exista a mi juicio una fascinación igual por el viejo mundo de la imprenta.

Muchos de los ensayos de este libro parten de una imagen o se centran en una figura marco …

Sí, encuentro imágenes que tienen tremendo poder para mí, que, como dicen los antropólogos, son “multifocales”, es decir, que tienen muchos significados.

El Beso de Lamourette empieza con imágenes de gente que era colgada, decapitada y luego exhibida por las calles en los extremos de las picas durante las terribles revueltas de 1789. Me parece que debemos aceptar que hubo violencia durante la Revolución Francesa. Es realmente un error pensar que fue sólo la aprobación de una Constitución y la Declaración de los Derechos del Hombre. Parte de mi modo de entender la Revolución Francesa, que quizá no sea el adecuado, es que la violencia colectiva produjo un shock que transformó el sentido de lo posible que tenía la gente. Tomar el poder y ejercer su poder simbólicamente a través de la violencia, no sólo matando personas sino cortándoles la cabeza y metiéndoles heno en la boca, y exhibiendo esas cabezas en los extremos de las picas, es algo muy impactante, toda una declaración. La muchedumbre amotinada decía: “Los poderosos tratarán de matarnos de hambre, nos dirán que debemos comer heno. Bueno, ahora, al llenarles la boca de heno a ellos, estamos revirtiendo la situación. Así, la violencia colectiva encontró un modo de expresarse simbólicamente, no tanto con palabras sino con objetos reales. Este es un ejemplo horroroso que describo en la introducción del libro, pero también hay ejemplos más felices; momentos en que la gente sortea los antagonismos y de alguna manera se une a través de la fraternidad, que, para mí, es el más misterioso de los valores que conforman la trinidad de la libertad, igualdad y fraternidad. Es una idea fascinante, que nos remite a la cultura de la Revolución Francesa. Una cultura que yo abordaría antropológicamente.

Como director de la Biblioteca de Harvard, usted presta mucha atención a los libros como objetos físicos. Pero en la era de la informatización, los libros parecen destinados a desaparecer. Una especie de paradoja, ¿no?

¿Sabe? Me han invitado a tantas conferencias sobre la muerte del libro que estoy convencido de que el libro está bien vivo. La gente simplifica demasiado las cosas. Pocos entienden que cada año se publican muchos más libros que el año anterior. La impresión de libros se expande a un ritmo vertiginoso, y, de hecho, este año habrá un millón de nuevos títulos impresos. También es cierto que los libros digitales están adquiriendo cada vez más importancia, como nunca antes. Se piensa que el mercado de libros electrónicos ocupa el 15% de las ventas. Es mucho. A los libros electrónicos les está yendo muy bien en EE.UU. Es una tendencia mundial. Los libros electrónicos, por supuesto, se están volviendo cada vez más importantes. Pero, al mismo tiempo, eso sucede con los libros impresos. Entonces, ¿cómo podemos interpretar esta situación?

Por eso hablé de paradoja. Porque coincido en que no creo que el libro esté muerto; hubo, más bien, un cambio en la manera de abordarlo como objeto físico y de pensamiento. ¿Cómo cree que esta nueva manera de abordar la actividad de la lectura está cambiando nuestra forma de pensar?

Es una pregunta complicada. Yo sólo puedo darle mi opinión. Empezaría por hacer una observación que tiene que ver con la historia de la tecnología. Me parece que la gente hoy comprende la llegada del mundo digital como algo que transforma totalmente nuestra experiencia. Entonces imaginan que los medios de comunicación digitales y analógicos ocupan extremos opuestos del espectro tecnológico. Eso, en mi opinión, es un malentendido de base. Para mí, de hecho, se complementan entre sí. Me parece que estamos atravesando un período de transición hacia un futuro que va a ser impresionantemente digital. Pero aún no estamos allí y no sabemos cuándo llegará. Estamos, entonces, viendo la existencia de libros híbridos: libros que se pueden publicar en papel pero con complementos disponibles en Internet. Estamos viendo cómo florece la impresión a pedido. Para continuar con esta idea, una cosa que la historia de los libros nos ha enseñado es que un medio de comunicación no desplaza a otro. Así, uno de los descubrimientos más interesantes que han hecho los historiadores de libros en los últimos 10 años es que en los tiempos de Gutenberg, inmediatamente después de la invención de los tipos móviles por parte de Gutenberg, la publicación de manuscritos aumentó. Es incorrecto imaginar la invención de Gutenberg como algo que eliminó las formas tradicionales de publicación. No sabíamos esto, pero resultó que la publicación de manuscritos continuó por tres siglos después que se inventó la publicación de libros impresos. Creo que esto nos enseña una lección: no debemos imaginar que la revolución digital simplemente va a destruir a los viejos medios de comunicación que utilizan la impresión. De hecho, creo que esto es lo tan interesante de la situación actual, porque estamos viendo que todo el mundo de la comunicación cambia, pero que cambia integrándose lo nuevo con lo viejo.

En estos ensayos anteriores a la era de Internet, usted decía justamente que el libro y la televisión no eran tan opuestos como se creía.

Sigo con esa línea de pensamiento y la aplico al presente.

Percibo, sin embargo, un temor primitivo referido a las nuevas tecnologías en general que va más allá del tema del libro en sí. ¿Cómo lo ve usted?

La gente no es racional. Hace conclusiones rápidas. Tiende a simplificar demasiado. Estamos viviendo en un mundo en que se simplifica demasiado con relación a estos grandes cambios. A la gente le gusta dramatizar, por eso produce nociones como la de la muerte del libro.

Sin embargo, hay muchos intelectuales que comparten este miedo básico.

Quizá los intelectuales más que nadie (risas). Tal vez los intelectuales deberían estudiar más sobre la historia de los libros y así tendrían una perspectiva más amplia sobre el modo en que el cambio realmente ocurre en los sistemas de comunicación.

En varias entrevistas usted aludió al malentendido sobre la era de la información, sobre algunos mitos de la era de la información. ¿Me puede comentar algo sobre esto, en relación con lo que estábamos hablando?

Escuchaba y aún hoy escucho proclamar a mucha gente, como si fuese un anuncio que hace temblar al mundo, que “vivimos en la era de la información”Okey, así es. Pero mi respuesta es: “Toda era fue una era de la información, cada una a su manera y según los medios disponibles en ese momento. En distintos estudios que he realizado, particularmente a partir de El beso de Lamourette , quise mostrar cómo distintos medios de comunicación pudieron coexistir y operar en el pasado. Doy algunos ejemplos. Uno tiene que ver con canciones. La importancia de las canciones callejeras como una especie de diario en París del siglo XVIII. Era información, claro. La gente quería saber qué ocurría a su alrededor. Y tenían medios para comunicar ese conocimiento sobre los sucesos de actualidad. Pero los medios eran muy diferentes de los de hoy. Si tratáramos de entender exactamente cómo se desarrollaron los medios del pasado y se superpusieron y se cruzaron se renovaría nuestra comprensión general de la historia. En otras palabras, lo que impulso es la noción de una historia amplia de la comunicación, que incluya una suerte de enfoque sociológico o antropológico hacia sistemas de pensamiento de la cultura.

En varios de estos ensayos usted se muestra atento y preocupado por el vínculo entre la historia y las ideas sociales, la sociología y la antropología. ¿Qué opinión le merece hoy la relación entre la historia y las ciencias sociales?

Es una pregunta muy amplia. Cuando yo era un historiador más joven, trabajaba mucho en Francia. En ese momento, había mucho entusiasmo por lo que los franceses llamaban “Histoire des Mentalités” (Historia de las mentalidades). Eso ya no se usa más en Francia. No prendió en inglés y no sé si en español. Fue algo que creó mucho entusiasmo entre los historiadores de vanguardia y luego desapareció, especialmente en la llamada Escuela de los Annales; fue reemplazado en París por la historia antropológica. Y eso aún es fuerte. Muchos historiadores aún toman inspiración metodológica de los antropólogos. En ese sentido, debo decir que no he cambiado de opinión. Pero la antropología ha cambiado y esto se está poniendo complicado. En otras palabras, y tratando de hacerlo simple, me parece que la aplicación de los insights provenientes de la antropología, no la aplicación mecánica de alguna teoría, sino usando la riqueza conceptual de la antropología, esa clase de aplicación en la historia funciona muy bien. Pero los antropólogos han cambiado y ahora están mucho menos seguros de lo que se conoce como “la coherencia de la cultura”. La tendencia de muchos antropólogos es hoy cuestionar cómo la cultura se mantiene unida y ver cómo ellos no pueden con eso. La idea de obtener un principio organizador de la cultura como lo hicieron Victor Turner o Clifford Geerzt o Keeth Basso, los antropólogos que cito en mis ensayos, esa confianza en la naturaleza sistémica de la cultura se ha modificado y hoy muchos antropólogos abordan la cultura de un modo distinto y buscan el disenso, el desacuerdo, los puntos flojos, errados, la polémica. Somos testigos de discursos que compiten que no están integrados dentro de un sistema.

¿Y cómo pueden hacer los historiadores para buscar ayuda hoy?

No estoy seguro de tener una respuesta a esa inquietud. Me parece que nos volveremos mucho menos confiados en las generalizaciones; en mi caso, por ejemplo, sobre la cultura francesa del siglo XVIII como un todo. Creo que, por el contrario, vamos a ver maneras contrapuestas de construir el mundo por parte de distintos grupos sociales y esa clase de choque merecerá un estudio más profundo. En otras palabras, el foco no está en un sistema cultural sino en posiciones contrapuestas y diferentes sobre valores, actitudes y la naturaleza de la condición humana.

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Historia en construcción

Publicado por Anaclet Pons en febrero 21, 2012

Permítanme que abandonemos las noticias académicas y pasemos a la filosofía de la praxis para jóvenes, quizá porque ocurre aquí al lado, entre los nuestros. Reclaman una educación digna y reciben…

Mostremos la universal física del poder, las lecciónes de disciplina y corrección al desnudo, sin contemplaciones filosóficas. Son de hoy y se esparcen gracias a los nuevos medios, pero no conocen tiempo ni espacio; nos hablan así de lo que antes y siempre fue silenciado, oprimido:

 

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La América blanca

Publicado por Anaclet Pons en febrero 20, 2012

No hay duda, uno de los libros del año apareció a finales de enero, al menos a juzgar por las múltiples reacciones y porque a nadie deja indiferente:  Coming Apart: The State of White America, 1960-2010 (Crown Publishing Group), la nueva apuesta de Charles Murray. Disponemos de un perfecto resumen que el propio autor ha elaborado para The New Criterion.  Así que, en esta ocasión, me centraré en la nota aparecida en el NYTimes, que firma Jennifer Schuessler:

Cuando en 1994 apareció The Bell Curve, de Murray y Richard J. Herrnstein, el libro fue denunciado por científicos sociales, expertos liberales y un poco conocido abogado de los derechos civiles de Chicago, de nombre Barack Obama, que en un comentario en la NPR acusó a los autores  de calcular que “la América blanca está lista para volver al buen y viejo racismo siempre y cuando se lo empaquete con primura”.

Cualquiera que recuerde la tormenta desatada a propósito de los densos argumentos contenidos en las 845 páginas dedicadas a la raza, la clase social, la genética y el coeficiente intelectual podría tener la tentación de mirar la portada del último libro del señor Murray y pensar: “Ya ha vuelto”.

Sin embargo, Coming Apart, que presenta a los miembros de las élites blancas como hipócritas que viven en una burbuja y a la clase trabajadora blanca sucumbiendo a la decadencia moral, no es un retrato adulador de los blancos y mucho menos, insiste Murray, un barnburner. “No es un texto para la derecha”, dijo Murray en una entrevista reciente en el American Enterprise Institute, donde ha sido profesor desde 1990. “El problema que describo no es un problema que se pueda definir en términos conservador-liberal. Es un problema cultural que todo el país tiene”.

Coming Apart, (…), sin duda ha dado mucho que hablar,  con disparidad de opiniones. David Brooks, columnista de The New York Times, preveía que iba a ser el libro más importante del año, diciendo: “Me sorprendería que hubiera otro libro que describiera  tan convincentemente las tendencias más importantes de la sociedad estadounidense”. Pero, para los críticos de la izquierda, los argumentos de Murray son sólo un esfuerzo por cambiar de tema. La definición del problema en términos de desigualdad cultural en lugar de desigualdad económica, como dijo el blogger del New York Magazine  Jonathan Chait, permite empezar a hablar sobre el matrimonio y la laboriosidad y “dirigir el debate de nuevo al terreno conservador, cómodo”.

En cuanto a América, Murray ve un país cada vez más polarizado en dos demografías cultural y geográficamente aisladas. En Belmont, el nombre de ficción que Murray da a la parte alta de América donde vive el 20 por ciento, el divorcio es bajo, la ética del trabajo es fuerte, la práctica religiosa alta  y los nacimientos extramatrimoniales son casi inexistentes. Mientras tanto, en Fishtown, la parte baja, donde habita el 30 por ciento, lo que Murray llama las “cuatro virtudes fundadores” – matrimonio, laboriosidad, comunidad y fe- se han colapsado. El libro dice poco acerca de las raíces de los problemas de Fishtown, pero en la entrevista Murray no duda en nombrar al villano. “Los años 60 fueron un desastre en términos de política social”, dijo. “Las elites pusieron en marcha todo un conjunto de reformas que creo que cambiaron fundamental las señales y los incentivos para las personas de bajos ingresos y alentaron una variedad de tendencias que pronto se autoreforzaron”.

Se trata de un argumento familiar al de su otro libro de 1984, Losing Ground, que lo convirtió en un importante intelectual político y ayudó a sentar las bases para la ley de 1996 que revisó el estado del bienestar. Pero en Coming Apart las recomendaciones de Murray son más vagas y mucho más ambiciosas. El primer paso, escribe, del pueblo de Belmont ha de ser abandonar su “nonjudgmentalism” y convencer a Fishtown sobre la importancia del matrimonio y la no dependencia: “predicar lo que practican”, como dice Murra . A continuación tienen que dejar enclaves de clase media-alta y acercarse a Fishtown.

Eso es exactamente lo que Murray dijo que hizo hace dos décadas, cuando él y su segunda esposa, Catherine Cox, profesora de inglés jubilado, se trasladaron de Washington a Burkittsville, Maryland, una histórica localidad rural de aproximadamente 170 personas a unos 50 kilómetros al noroeste. “Yo no quiero que mis hijos crezcan conociendo sólo otros niños de clase media-alta como ellos”, dijo Murray, quien tiene dos hijos con la Sra. Cox y otros dos de su primer matrimonio. “Esa fue una preocupación muy consciente compartida por mi trabajo”.  La vida en Burkittsville, como él la describe, se aproxima a las virtudes de las ciudades pequeñas que disfrutaba en Newton, Iowa, donde creció como hijo de un gerente de Maytag y podía mezclarse fácilmente con los hijos de los trabajadores de la línea de montaje.

En Burkittsville, dijo, él y su esposa asisten a las reuniones cuáqueras y disfrutan de la amistad de otros profesionales y comerciantes, cuyos afanes cita para sugerir que los problemas descritos en Coming Apart podrían tener algo que ver con la desaparición de puestos de trabajo de la clase trabajadora.  Hasta la recesión,  insiste Murray, sus amigos estaban dispuestos a contratar aprendices con buenos salarios, pero tenían problemas para encontrar a alguien dispuesto a hacer el trabajo. “Ellos ven un marcado deterioro de la laboriosidad que es real y palpable”, dijo.

Los críticos de Murray saltan sobre tales argumentos moralizantes, diciendo que ignora alegremente una gran cantidad de investigaciones sobre las causas de la desintegración familiar entre la clase obrera. “Quiere volver atrás y culpar a la contracultura de todo”, dijo Claude S. Fischer, sociólogo de la Universidad de California, Berkeley, en una entrevista telefónica. “Pero la inmensa mayoría de los científicos sociales lo atribuiría a la crisis económica sufrida por los menos educados en la última generación”.

Murray, quien tiene un doctorado en ciencia política del MIT, es muy consciente de la tensión que causa a sus compañeros científicos sociales, hasta el punto de que en su último libro sice que estar incluidos en los agradecimientos  “puede causarles problemas en el mundo académico”. Pero se describe como “casi completamente rehabilitado”, ya que desde la batalla que rodeó The Bell Curve, dice, “ya no soy un paria total en algunos sectores académico”. Sin embargo, recibe pocas invitaciones para hablar en los campus, y en una aparición en la primavera pasada en el Earlham College de Indiana fue interrumpido en dos ocasiones por haberse disparado una alarma contra incendios. Su audiencia real, sin embargo, no es académica, sino los responsables políticos y los ciudadanos de a pie.

Ambos grupos puede que encuentren Coming Apart un reto. Parece poco probable que ningún político vaya a aceptar el llamamiento de Murray para reemplazar todos los programas federales de transferencia de rentas por un modesto ingreso garantizado para todos los estadounidenses mayores de 21 años. Él está “completamente desconectado” de los círculos políticos partidistas hora mismo, reconoce, y agrega: “Ninguna de las partes quiere decir, como usted sabe, que tenemos un problema real con la clase obrera,  cada vez menos capaz de participar en la vida americana”.

(…)

Pase lo que pase,  Murray, que cumplió 69 años hace poco, prometió que Coming Apart sería su última declaración importante sobre la relación entre la virtud, la felicidad y la política pública. “Si no puedo persuadir a la gente en este momento, no voy a convencerla con otro libro”, dijo.

(…)

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