Niall Ferguson: Occidente y el resto

Pankaj Mishra, escritor y ensayista indio, repasa sin piedad a Niall Ferguson a propósito de su Civilisation: The West and the Rest (Allen Lane, 2011), libro que procede de una celebérrima serie televisiva. Lo hace en las páginas de la LRB, lo cual realza más su posición. En todo caso, la reseña es demasiado larga para reproducirla literalmente. Por otra parte, ha de complementarse con el cruce de misivas que le sigue, en el que intervienen ácidamente el propio Ferguson y Mishra. Ese intercambio se puede encontrar al final de la reseña, pero antes entresaquemos algunas ideas del pensador indio:

“La civilización se está desmoronando”, le dice violentamente Tom Buchanan, el millonario educado en Yale, a Nick Carraway en El gran Gatsby. “Me he vuelto un terrible pesimista en la vida. ¿Has leído El auge de los imperios de color, escrito por ese tipo Goddard? … La tesis es que, si nos descuidamos, la raza blanca va a quedar aplastada sin remedio”. “Tom se nos está volviendo muy profundo”, remarca su esposa Daisy. Buchanan remacha: “Ese tipo sabe cómo son las cosas. Nos corresponde a nosotros, la raza dominante, estar atentos para que esas otras razas no se apoderen del control”. “Es necesario aplastarlas”, susurra Daisy en un guiño a Nick. Pero no hay nada que detenga a Buchanan: “nosotros hemos sido los artífices de todas las cosas que conforman la civilización… ciencia y arte y todo lo demás, ¿ves?”

“Su concentración tenia un no sé qué patético”, observa Carraway, el narrador, “como si su complacencia, más aguda que antaño, no le bastara ya”. La escena, al principio de la novela, ayuda a identificar a Buchanan como un pelmazo -y un patán. También evoca el pánico cada vez mayor entre la clase gobernante anglófila de Estados Unidos. Receloso de Jay Gatz, el hombre hecho a sí mismo con un falso pedigrí Oxbridge, Buchanan está nervioso por el ascenso de otros advenedizos que desde la nada desafian a la raza superior.

Scott Fitzgerald basó a su personaje Goddard, al menos en parte, en Theodore Lothrop Stoddard, el autor del best-seller The Rising Tide of Color against White World Supremacy (1920). La fama de Stoddard fue un signo de los tiempos, del recalentado clima racial de principios del siglo XX, en el que el peligro amarillo parecía real, el Ku Klux Klan había vuelto a aparecer y Theodore Roosevelt se preocupaba en voz alta por el “suicidio de la raza”. En 1917, justificando su renuencia a involucrar a Estados Unidos en la guerra europea, Woodrow Wilson le dijo a su secretario de Estado que “la civilización blanca y su dominio sobre el mundo descansaba en gran medida en nuestra capacidad para mantener este país intacto.”

La histeria de la “civilización blanca” se apoderó de los Estados Unidos después de que la automutilación europea en la Primera Guerra Mundial hubiera alentado la asertividad política de los pueblos subyugados, desde Egipto hasta China. A diferencia de otros racistas populares, que analizaban las diferencias entre los pueblos nórdicos y latinos, Stoddard proponía una división sencilla del mundo en razas blancas y de color. También se adentró pronto en la islamofobia, argumentando en The New World of Islam (1921) que los musulmanes suponían una amenaza siniestra a un Occidente irremediablemente dividido y confundido. (…)

La bandera de la supremacía blanca ha sido elevada con más recelo desde entonces en la Europa posimperial, y muy rara vez por sus principales políticos y escritores. En los Estados Unidos, las ansiedades raciales han sido formuladas ya en tratados pseudo-científicos sobre la inferioridad de ciertas razas, como The Bell Curve, o en grandes teorías alarmistas como la de Samuel Huntington y el “choque de civilizaciones”. No es de extrañar que en su último libro Huntington se preocupe por el peligro que la inmigración latina supone para la identidad nacional de Estados Unidos, que aparentemente es una construcción de la “cultura angloprotestante”. Como el poder aparentemente se desplaza hacia el Este, se busca un contrapeso a la consternación por la pérdida de la autoridad y la influencia occidentales en la periódica propaganda sobre la “alianza transatlántica”, como en el Terror and Consent (2008) de Philip Bobbitt, que Niall Ferguson ha reseñado con entusiasmo afirmando que “será leído con placer por hombres de cierta edad, clase y educación,  desde el  Upper East Side de Manhattan al West End londinense.

Ferguson se es un homo atlanticus redux. En el prefacio a la edición británica de Civilisation: The West and the Rest escribe que dejó la pesada carrera de Oxfbridge, a principios de la década de 2000, por los Estados Unidos, “donde el dinero y el poder estan realmente”. Autor de dos libros previos sobre la banca del siglo XIX, Ferguson se dio a conocer al público en general con The Pity of War (1998), una larga polémica, fluida y erizada de referencias eruditas, que culpaba a Gran Bretaña de causar la Primera Guerra Mundial. Según Ferguson, Prusia no era la amenaza por que la que la hacía pasar el gabinete liberal de Gran Bretaña. El error de cálculo no sólo hizo inevitable otra guerra después de 1919, aplazando la creación de una Unión Europea inevitablemente dominada por los alemanes de las últimas décadas del siglo XX, sino que trágica y fatalmente también debilitó el control de Gran Bretaña sobre sus posesiones de ultramar.

Esta visión nostálgica de un imperio en el que el sol nunca se ponía tenía un defecto evidente e inmediato. Subestimaba -de hecho, ignoraba por completo- la creciente fuerza de los movimientos anticoloniales en Asia, que, pasara lo que pasara en Europa, habrían socavado la capacidad de Gran Bretaña para gestionar sus vastas posesiones de ultramar. En ese momento, sin embargo, The Pity of War parecía pueril y cautivadoramente revisionista, y asentó la reputación de Ferguson: era obstinado, “provocador” y divertido, todas las cosas que la cultura intelectual de Gran Bretaña parece apreciar más que ninguna otra.

En retrospectiva, el lamento de The Pity of War acerca de la mutilación innecesaria del poder anglosajón anunciaba un tema que se volvería más pronunciado a medida que Ferguson, dejando a un lado su experiencia en la historia económica, se convirtió en un evangelist-cum-historian del imperio. Ya había sostenido en The Cash Nexus, publicado unos meses antes de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, que “Estados Unidos debería dedicar un mayor porcentaje de sus vastos recursos para hacer un mundo seguro para el capitalismo y la democracia” – si es necesario por la fuerza militar. “Permitan que me sincere”, escribió en el New York Times Magazine en abril de 2003, pocas semanas después de la campaña de golpe y pavor que comenzó en Irak: “Soy un miembro a sueldo de la banda neoimperialista”.

  

Empire: How Britain Made the Modern World (2003), el siguiente libro de Ferguson, apareció en América con un subtítulo más didáctico: “The Rise and Demise of the British World Order and the Lessons for Global Power”. La palabra “imperio” sigue causando cierta inquietud en los EE.UU., cuyo mitos nacionales se originaron en un temprano, breve y selectivo antiimperialismo. Un exasperado Ferguson -“Estados Unidos”, afirmó, “es un imperio, en definitiva, que no se atreve a decir su nombre”- se dispuso a rescatar la palabra del descrédito en el que, al parecer, la corrección política la había sumido. El imperio británico del XIX “sin lugar a dudas fue pionero del libre comercio, del libre movimiento de capitales y, con la abolición de la esclavitud, del trabajo libre. Se invirtieron enormes sumas en el desarrollo de una red mundial de comunicaciones modernas. Se extendió e hizo cumplir el imperio de la ley en vastas zonas”. “Sin la extensión de la dominación británica por todo el mundo”, añadía en una típica maniobra contrafactual, los pueblos colonizados, como los indios, no tendrían lo que ahora son sus ideas e instituciones más valiosas -la democracia parlamentaria, la libertad individual y el idioma inglés.

Estados Unidos debe seguir ahora el ejemplo de Gran Bretaña, sostenía Ferguson, dejando de lado preguntarse por la necesidad de construir el mundo moderno si Gran Bretaña ya había hecho tan gran trabajo. Coincidió con el neocon Max Boot en que Estados Unidos debía recrear por toda Asia esa “administración extranjera ilustrada que alguna vez suministraron los confiados ingleses en pantalones de montar y casco (jodhpurs and pith helmets)”. “El trabajo debe comenzar, y rápidamente”, escribió, “para alentar a los estudiantes estadounidenses de las principales universidades del país a pensar más seriamente en hacer carrera en el extranjero”.

La propuesta de Ferguson de “Anglobalisation” del mundo no era más que una versión actualizada de la” teoría de la modernización” americana, propuesta inicialmente como alternativa al comunismo durante la Guerra Fría, ahora casada con el tipo de violencia revolucionaria por la que los regímenes comunistas habían sido vilipendiados. (…)

(…)

   

En su siguiente libro, Colossus: The Rise and Fall of the American Empire (2004), una historia selectiva de las intervenciones estadounidenses imperiales, Ferguson demostró estar cada vez más preocupados por la capacidad en lugar de por la legitimidad del imperio estadounidense. Estaba convencido de que los programas nacionales de asistencia social como Medicare y Medicaid tenían que ser reducidos drásticamente con el fin de crear más puestos de avanzada extranjeros con americanos vestidos con pantalones de montar. Pero los estadounidenses, por su parte, no se agolpaban en Abercrombie & Fitch para prepararse para la vida en los trópicos. Algunos celosos jóvenes republicanos estaban ocupados en la Zona Verde de Bagdad desmantelando el Estado iraquí, pero es evidente que no impresionaban a Ferguson. ‘Los mejores y más brillantes americanos”, se quejó,” no aspiran a gobernar Mesopotamia, sino a gestionar la MTV, no a gobernar Hejaz, sino a gestionar un fondo de cobertura (hedge fund).

(…)

En su intervención en Chatham House a principios de este año, Ferguson afirmó que (…) “Occidente ha sufrido una crisis financiera que no sólo ha dañado la riqueza del mundo occidental, sino quizás algo que es más importante, la legitimidad, la credibilidad, incluso la autoestima de Occidente”. Con el “siglo chino”  ya inminente y los musulmanes llamando de nuevo a las puertas de Europa, lo importante para las élites británica y estadounidense es prepararse para un mundo dramáticamente alterado . “Estamos”, como afirma en Civilisation, “viviendo el final de 500 años de supremacía occidental”.

Esto hace que sea especialmente deplorable, a la vista de Ferguson, que “las principales universidades hayan dejado de ofrecer el clásico curso de historia sobre “Western Civilization” a sus estudiantes.” Asaltado por intelectuales políticamente correctos y  relativistas culturales, que consideran que “todas las civilizaciones son semejantes … el gran relato de la ascensión occidental ha pasado de moda”, precisamente cuando más se lo necesita. “Tal vez”, propone Ferguson, “la verdadera amenaza no venga planteada por el ascenso de China, del Islam o de las emisiones de CO2, sino por nuestra propia pérdida de fe en la civilización que hemos heredado de nuestros antepasados”.

(…)

Huelga decir que la mayoría de estudiosos contemporáneos de la historia mundial no sitúan a “Occidente y al resto” en compartimentos separados. Lejos de desarrollar ventajas endógenas en un espléndido aislamiento del resto, la  ‘revolución industriosa’ de Europa Occidental, que precedió a la Revolución Industrial, descansaba, como Jan de Vries y otros historiadores han demostrado, sobre las industrias artesanales en el sur y el este de Asia. Contrariamente a la imagen hegeliana de Ferguson de estancamiento y decadencia, China y Japón disfrutaron de un comercio boyante y experimentaron un auge del consumo en fecha tan tardía como el siglo XVIII. El trabajo pionero del historiador japonés Hamashita Takeshi describe una Asia pre-europea organizada por la red tributaria del trans-Estado chino, lo que demuestra que hay muchos otros centros de globalización en el mundo moderno temprano, aparte de los creados por Europa occidental. En El nacimiento del mundo moderno, 1780-1914, que sintetiza mucha investigación reciente sobre los  “orígenes extraeuropeos del moderno mundo europeo y americano”, C.A. Bayly demuestra que desde mucho tiempo atrás los clanes de negocios chinos habían sido tan importantes como los capitalistas burgueses de Hamburgo y Nueva York en la difusión del comercio mundial a través del sudeste asiático. Ferguson debe saber algo de esto, ya que apoyó el libro de Bayly cuando apareció diciendo que era “una obra maestra” que convierte en  “parroquiales” todas las demás historias del siglo XIX.

Como en otros libros de Ferguson, una amplia bibliografía surca el texto principal de Civilisation, lo que remite a un estudioso diligente antes que a un simplificador populista. Sin embargo, suprime o hace caso omiso de los hechos que complican su imagen del florecimiento sui generis de Occidente. Argumentando que la Revolución Científica fue ‘totalmente eurocéntrica”, hace caso omiso de la investigación contemporánea sobre la contribución musulmana a la ciencia occidental, recientemente sintetizado por en Islam and the Making of the European Renaissance, de George Saliba. Prefiere los prejuicios vetustos según los cuales los clérigos musulmanes comenzaron a apagar el pensamiento racional en sus sociedades a finales del siglo XI. Despacha bruscamente el libro pionero de Kenneth Pomeranz, The Great Divergence,  afirmando que “la investigación reciente ha demolido el punto de vista moderno de que China estaba económicamente a la par de Occidente hasta fecha tan reciente como 1800″.  Sin embargo, no ofrece ninguna prueba de esta investigación alternativa. (…)

(…)

El weberianismo recalentado -un signo de la nostalgia de Ferguson por las certezas intelectuales del verano de 1914- se convierte en otro lamento por la civilización occidental, cuyo declive se observa por doquier en el hecho de que las iglesias estén vacías, los impuestos sobre nuestra riqueza sean altos,  el “ascetismo económico” de los protestantes de antaño se haya perdido y “el imperio se haya convertido en una palabra sucia”.  “Con esa pérdida nos arriesgamos a quedarnos”, escribe, con “una sociedad de consumo vacía y una cultura del relativismo”. Y es con algunas oscuras especulaciones pseudo-Gibbonianas sobre el inminente colapso de Occidente con que termina Civilisation.

“Algo”, dice Nick Carraway de Tom Buchanan, “lo impulsaba a mordisquear los bordes de unas ideas rancias, como si su robusto egoísmo físico no bastara para alimentar aquel imperioso corazón”. “El poder duro occidental”, deja escapar Ferguson en Civilisation, “parece estar en dificultades”; y el libro es un ejemplo de un talante, a la vez arrogante, frustrado, desesperado y vengativo, propio de hombres de cierta edad, clase y educación del Upper East lado o del West End. Es poco probable que la civilización occidental cese en sus actividades a corto plazo, pero la banda neoimperialista bien podría quedarse sin empleo. En ese sentido, la metamorfosis de Ferguson en la última década -como animador, sucesivamente, del imperio, la Anglobalisation y Chimerica, como exponente de la teoría del colapso y detallista de relatos emolientes sobre el glorioso pasado- han puesto de manifiesto grandes cambios políticos y culturales con mayor precisión que sus escritos . No nos debemos de perder su siguiente paso.

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Y así empieza Ferguson su primera respuesta desde Harvard:

“No es mi costumbre responder a reseñas hostiles, pero una cosa muy distinta es cuando se trata de un ataque personal que llega a la calumnia. Pankaj Mishra pretende hablar de mi libro Civilisation: The West and the Rest, pero en realidad su análisis es un burdo intento de difamación, que no sólo tergiversa falsamente mi trabajo, sino que también insinua claramente que soy un racista (…)”

Y así la termina:

“La London Review of Books es conocida por su posición política izquierdista. No espero encontrar cálido afecto en sus páginas. Gran parte de lo que escribo es simplemente demasiado amenazante para los prejuicios ideológicos de su camarilla. Sin embargo, esta revista solía tener una reputación de integridad intelectual y de trabajo serio. El artículo difamatorio y deshonesto de Pankaj Mishra hace recaer sobre la LRB y  sobre él mismo un grave descrédito.  Se me debe, repito, una disculpa”.

Y sigue…

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Quien desee completar la información puede acudir a otras reseñas, algunas poco favorables (como las de The Guardian o The Independent) y otras más complacientes (The Telegraph o The Spectator).

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3 Respuestas a “Niall Ferguson: Occidente y el resto

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  2. España, en cambio, está un poco asustada, ya que ella sí que tiene imperio en América. Pero, por un lado, si quiere debilitar a los británicos porque quiere recuperar Florida y Gibraltar, pero no puede reconocer la independencia de Estados Unidos, ya que esto podría dar ideas a sus colonias. Declara entonces la guerra a Inglaterra pero sigue sin reconocer a Estados Unidos como nación, y les llama «colonos rebeldes» (1779). El conde de Floridablanca era ministro de exteriores y fue quien gestionó toda esta política.

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