Clionauta: Blog de Historia

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Los mejores libros del año 2011: historia

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 30, 2011

Como cada año, repasamos las selecciones de la prensa extranjera sobre los mejores libros del año. Por supuesto, no de cualquier campo, sino centrándonos en los volúmenes que han escrito los historiadores o en  las obras que, en manos de otros, se han dedicado a nuestra disciplina o se aproximan a ella. Sin ánimo de ser exhaustivos, vayamos a ello y por partes.

Empecemos en los Estados Unidos con Publishers Weekly. Junto a Javier Cercas y su Anatomía de un instante (The Anatomy of a Moment, Bloomsbury), tenemos a The Swerve: How the World Became Modern, de Stephen Greenblatt (Norton), A World on Fire: Britain’s Crucial Role in the American Civil War, de Amanda Foreman (Random), Love and Capital: Karl Marx and Jenny Marx and the Birth of a Revolution, de  Mary Gabriel (Little, Brown & Company), The Information: A History, a Theory, a Flood, de James Gleick (Pantheon) y el celebrado Charles Dickens: A Life, de Claire Tomalin (Penguin Press), que parece mejorar la biografía elaborada por Ackroyd (y que acaba de traducir con algo de retraso Edhasa). Ningún historiador, como se puede observar. Además, con la excepción de Greenblatt , mucho author dedicado a escribir biografías y libros para el gran público, sin que ello suponga desdoro alguno (envidia, en todo caso).

Poco se puede decir, o lo mismo, de la lista corta que ofrece el New York Times, excepto que repite Amanda Foreman. Ese resultado no deja de ser lógico, dado que el rotativo solo puede escoger cinco títulos del apartado de “non fiction”, con lo que no extrañan las ausencias. Y así se explica que libros que los críticos del NYT han alabado y glorificado estén ahora ausentes, como 1861: The Civil War Awakening (Knopf),  una obra del historiador y periodista Adam Goodheart que dicho periódico tildó, entre otros calificativos, de irresistible.  Quien sí la cita es David Plotz, editor de Slate, que la define acertadamente como “a perfect book of popular history”. Y así es, a juzgar por la multitud de lectores que ha cosechado.

Por esa misma razón, el volumen de Goodheart sí tiene cabida entre los “1oo Notable Books of 2011″ que el propio NYT publicó en su Sunday Book Review a finales de noviembre. Entre ese elenco sobresale como siempre el género biográfico, aunque la producción escogida sea desigual: está Robert K. Massie (también seleccionado por Salon), empeñado en biografiar a toda la familia imperial rusa, que ahora nos presenta otro Romanov, su Catherine the Great: The Portrait of a Woman (Random);   la última obra de John Lewis Gaddis, sobre una de las figuras más importantes de la Guerra Fría:  George F. Kennan: An American Life (Penguin Press); el estudio de Joseph Lelyveld sobre Gandhi; el trabajo del recién desaparecido Manning Marable sobre Malcom X: A Life of Reinvention (Viking); y, cómo no, una de las sensaciones de la temporada, el Rin Tin Tin: The Life and the Legend (Simon & Schuster), de la periodista del New Yorker Susan Orlean (lástima que no lo haya escrito un historiador, y lo digo sin retintín).

En segundo lugar, destacan las obras al estilo clásico, centradas en los periodos bélicos: Andrew Roberts insiste con  The Storm of War: a New History of the Second World War (HarperCollins; aunque aparecida en 2009 en Allen Lane); el historiador (de formación) y periodista Max Hastings nos ofrece el nuevo peldaño de su particular escalera histórica con Inferno: The World at War, 1939-1945 (Knopf, traducido en Crítica); y Adam Hochschild se queda algo más atrás con To End All Wars: A Story of Loyalty and Rebellion, 1914-1918 (Houghton Mifflin Harcourt). A esa misma categoría, aunque con tono muy distinto y época distante, pertenecería la narración de las andanzas del temible y decidido abolicionista  John Brown en Midnight Rising. John Brown and the Raid That Sparked the Civil War  (Henry Holt & Company), de Tony Horwitz, un volumen ilustrado (asimismo entre los favoritos del LibraryJournal) donde este periodista remata dos de sus trabajos anteriores, Confederates in the Attic y A Voyage Long and Strange.

Más allá de esos dos grandes bloques, aún queda un buen número de libros interesantes, desde el del ya citado Stephen Greenblatt, pasando por lo más reciente de Francis Fukuyama (The Origins of Political Order: From Prehuman Times to the French Revolution. Farrar, Straus & Giroux), la postrera obra del desafortunado Tony Judt, el estudio de Steven Pinker sobre la violencia o, sin llegar a ser exhaustivos, el Why the West Rules-For Now: The Patterns of History, and What They Reveal About the Future (Farrar, Straus & Giroux), donde Ian Morris, reputado profesor de “Classics & History” en Stanford, nos ofrece su particular muestra de la tan actual big history.

Un poco más abajo, el capitalino Post es muchísimo más modesto, pues ofrece las consabidas cinco opciones, entre las que se cuelan dos volúmenes interesantes escritos por sendos historiadores: Deng Xiaoping and the Transformation of China, de Ezra F. Vogel (Belknap/Harvard University Press) y The Beauty and the Sorrow: An Intimate History of the First World War,  de Peter Englund (Knopf, traducido por Roca).

En el Reino Unido, como en años anteriores, The Guardian opta por dar la palabra a algunos lectores prominentes, como Eric Hobsbawm: muy  en su linea, elige  Chavs (Verso), del debutante Owen Jones, una de las esperanzas de la izquierda, un libro que ofrece una “denuncia apasionada y bien documentada del desprecio de la clase alta hacia los proletarios, algo que recientemente ha llegado a ser muy visible en el sistema de clases británico”. “Inexplicablemente olvidado”, cita también el The World: A Beginners Guide (Polity), de Göran Therborn, “un estudio de la situación actual, de los problemas y perspectivas del mundo a cargo de un gran sociólogo sueco, uno de esos raros libros que hace honor a su título. Es lúcido, inteligente sobre el futuro e investigado admirablemente”. Pero el libro con el que reconoce haber disfrutado más es Tretower to Clyro (Quercus), de Karl Miller, “una colección típicamente acerada de ensayos a cargo de uno de los grandes editores literarios de nuestro tiempo, combinada con un maravilloso relato de las exploraciones à trois de las partes celtas de Gran Bretaña”.

Tampoco aquí hay historiadores, de modo que si los queremos encontrar hay que acudir a la selección de John Gray:  Vanished Kingdoms: The History of Half-Forgotten Europe (Allen Lane), de Norman Davies, un especialista en Polonia que ha compuesto un celebrado volumen con una selección reinos, grandes ducados y repúblicas que han dejado de existir tal como fueron en el pasado. Ricamente ilustrado con mapas, cuadros y gráficos, el libro dedica un capítulo a cada uno de esos Estados fallidos, siguiendo el mismo esquema: una guía informativa, un esbozo de la situación actual del territorio; una narración cronológica de los sucesos políticos; y una reflexión sobre el posterior y actual papel de esta historia como “lugar de memoria” en la conciencia nacional.

Muy distintas son las cosas, en consonancia con su diferente orientación, en The Telegraph, donde Dan Jones no alberga duda alguna: sobresale el, para otros tan denostado, Civilisation: the West and the Rest de Niall Ferguson (Allen Lane); junto a este, y en su misma estela,  Ghosts of Empire: Britain’s Legacies in the Modern World (Bloomsbury), del polifacético político conservador Kwasi Kwarteng, así como los ya citados de Englund, Hastings y Norman Davies, entre otros. Por cierto, este último repite también encabezando las recomendaciones navideñas de la London Review of Books.

Pasamos ahora sumariamente por Francia. La revista Lire no ha escogido ningún libro francés, sino que ha otorgado su distinción al “meilleur livre d’histoire 2011″ a  Trotski, de Robert Service (traducido en 2010 por Ediciones B). Mala señal! Así que el honor patrio, y sin mucho riesgo, lo salva Le Point otorgando ese galardón a Histoire de la virilité, obra colectiva a la francesa, encabezada por Alain Corbin, Georges Vigarello y Jean-Jacques Courtine y de la que ya hemos hablado aquí.

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En España, el tono es el mismo que hemos visto en el mercado anglosajón. La Vanguardia, por ejemplo, dedica buena parte del número 495 de su suplemento “Cultura/s” a glosar las mejores escrituras del año en su “Especial Navidad”. Llegado el momento, uno deja atrás el apartado “Biografía y memorias”, de una abrumadora liviandad, para llegar al dedicado a “Historia, periodismo e ideas”. No está mal, pensamos, dado que los “géneros confusos” se imponen y, en efecto, “periodismo, historia y ensayo han dejado de ser compartimentos estancos”, como expone este rotativo. No obstante, advertimos que la historia propiamente dicha brilla por su ausencia, a no ser que incluyamos entre sus huestes a Robert Hugues (Roma), a Timothy Garton Ash (Los hechos son subversivos) o a Élisabeth Roudinesco (A vueltas con la cuestión judía).  Pero lo que nos deja estufefactos es que, contando con biografías como la que Isabel Burdiel ha compuesto sobre Isabel II (Premio Nacional de Historia, dicho sea de paso) o estudios como el que Josep Fontana acaba de presentar con el título de Por el bien del imperio,  por citar dos obras destacadas, el redactor haya elegido El primer naufragio, la imaginativa y desmesurada obra que Pedro J. Ramírez ha dedicado a “El golpe de Estado de Robespierre, Danton y Marat contra el primer parlamento elegido por sufragio universal masculino”. Solo dos palabras: im presionante! Como descargo, el tono de regalo navideño de las recomendaciones.

En cambio, los críticos de El País seleccionan un total de 25 obras relevantes. Aunque casi todo es narrativa o poesía, se cuelan un buen puñado de “ensayos”, y entre los que así se califican está el mencionada libro de Josep Fontana en el puesto 14. Un poco más arriba, otras dos obras relevantes rotuladas igualmente: la oportuna traducción de La obsolescencia del hombre  (Günther Anders, Pre-Textos) y el volumen séptimo de la Historia de la literatura española que comanda José Carlos Mainer, subtitulado Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010  (J. Gracia y D. Ródenas, Crítica).

En Argentina, La Nación ha compuesto también un listado amplio, pero sus críticos confían mucho más en el mundo del “ensayo” o directamente del de la historia. Entre los elegidos están Robert Darnton (El beso de Lamourette, FCE), Jacques Derrida (La bestia y el soberano, Manantial), Michel Foucault (El coraje de la verdad, FCE), Eric Hobsbawm (Cómo cambiar el mundo. Historias sobre Marx y el marxismo, Crítica), Beatriz Sarlo (La audacia y el cálculo, Sudamericana), Hayden White  (La ficción de la narrativa, Eterna Cadencia) y Raymond Williams (Televisión, Tecnología y forma cultural, Paidós).  Todo un mundo.

FELIZ AÑO!

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“Revisionismo” histórico

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 28, 2011

El año ha terminado en Argentina con una polémica historiográfica y política de primer orden.  La prensa y la comunidad de internautas bullen con las reacciones de uno y otro signo. ¿Cuáles son las razones?

El pasado 21 de noviembre el gobierno artentino publicó en su Boletín Oficial el decreto 1880/2011 que creaba el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, dirigido por el historiador Mario Pacho O’Donnell. El nombre escogido remite al Gobernador Manuel Dorrego, símbolo de “prócer caracterizado por su patriotismo, coraje y clarividencia que lo llevaron a destacarse como pocos en las luchas de nuestra Independencia”. Su objeto es asimismo claro: “estudiar, investigar y difundir la vida y la obra de personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado en un ámbito institucional de carácter académico, acorde con las rigurosas exigencias del saber científico.” Dicho de otro modo: la finalidad es “el estudio, la ponderación y la enseñanza de la vida y obra de las personalidades de nuestra historia y de la Historia Iberoamericana, que obligan a revisar el lugar y el sentido que les fuera adjudicado por la historia oficial, escrita por los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX”.

Para conseguir lo anterior, el Instituto se propondrá “profundizar el conocimiento de la vida y obra de los mayores exponentes del ideario nacional, popular, federalista e iberoamericano”, como José de San Martín; Martín Güemes, José Gervasio Artigas, Estanislao López, Francisco Ramírez, Angel Vicente “Chacho” Peñaloza,  Juan Domingo Perón, Eva Duarte, etcétera, sin olvidar otros próceres iberoamericanos como Bolivar, O’Higgins, Sucre, Hidalgo, Martí, etcétera. A su vez, “reivindicará la importancia protagónica de los sectores populares, devaluada por el criterio de que los hechos sucedían sólo por decisión de los `grandes hombres´”.

Las primeras reacciones aparecieron en La Nación y en Clarín. El historiador Luis Alberto Romero fue especialmente duro, indicando que el “Estado argentino se propone reemplazar la ciencia histórica por la epopeya y el mito”. Es decir, “la épica debe ocupar el lugar de la historia. La tarea que le encomienda al Instituto de Revisionismo es rescatar y valorar la obra de los héroes fundadores de nuestra nación, sistemáticamente ignorada por la `historia oficial´”. Y más: “Los historiadores profesionales vivimos en el engaño. Creímos que la investigación histórica científica y rigurosa se había consolidado en las universidades y el Conicet”, “creímos que retribuíamos al Estado lo que hizo por nuestra formación con buena historia, reconocida en todo el mundo. Pero a través de este decreto, la más alta autoridad nos dice que ha sido un trabajo vano, y que sus instituciones académicas y científicas han fallado”. Frente a esta historia “oficial” o, peor, “liberal”, el advierte a los ciudadanos “sobre los riesgos de las ideas equivocadas sembradas por los enemigos del pueblo. Los previene acerca del pernicioso relativismo del saber. Sobre el pasado -así como sobre el presente- hay una verdad, que el Estado conoce y que este instituto contribuirá a inculcar”.

Palabras semejantes a las firmadas por Hilda Sábato, de la UBA: “El decreto pone al desnudo un absoluto desconocimiento y una desvalorización prejuiciosa de la amplia producción historiográfica que se realiza en el marco de las instituciones científicas del país”. O por Mirla Lobato y José Carlos Chiaramonte. Ese mismo día, el 28 de noviembre, Beatriz Sarlo utilizaba una columna  de La Nación para esclarecer el sentido del nuevo Instituto:

el revisionismo histórico es una poderosa línea ideológica surgida en la década de 1920. Todos los historiadores profesionales conocen esos libros que, escritos con gran estilo y pasión, tuvieron repercusiones más amplias que la disciplina. Los revisionistas de los años 20 eran hombres de derecha y lamentaron que Uriburu, después del golpe de 1930, no los empleara como consejeros.  Con el paso de décadas surgió un revisionismo antiimperialista y de izquierda, con otro gran escritor, Jorge Abelardo Ramos (inspirador del joven estudiante Ernesto Laclau), que influyó en la insurgencia juvenil de los años sesenta y setenta.

Hoy, el revisionismo (que no se practica en la universidad, donde se lo estudia como se estudian las obras del pasado) es una especie de fósil que vive en el paraíso de los best-sellers. Una veta del mercado editorial con novelas buenas y malas, biografías y libros de divulgación más atractivos, sin duda, que las ponencias de los simposios de historiadores. De grupo de elite segundona, reaccionaria, católica y nostalgiosa que fueron aquellos primeros revisionistas, los de hoy son favoritos de los CEO de grandes editoriales.

En suma, concluye Sarlo: “El Instituto de Doctrina podría convertirse en un rincón arcaico y polvoriento. Pero también podría ser un centro que irradie su `historia´ a la escuela. Allí se convertiría en algo más peligroso. Finalmente, los revisionistas desdeñados por Uriburu en 1930 podrían festejar, desde el paraíso, que el gobierno kirchnerista adopte a su descendencia”.

Esos pareceres se plasmaron de inmediato en un manifiesto de historiadores e intelectuales, firmado por unas doscientas personas, redactado por Hilda Sábato, Mirta Zaida Lobato y Juan Suriano, al que se añadieron nombres como los de Tulio Halperin Donghi, Luis Alberto Romero, Natalio Botana, Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano, José Emilio Burucúa, Klaus Gallo, Horacio Tarcus, Pablo Buchbinder, Andrea Giunta,  Laura Malosetti, Mariano Plotkin, Eduardo José Míguez, Silvia Finocchio, Andrea Matallana, Fernando Rocchi, Mónica Ghirardi, Inés Tojkind, Pablo De Titto, Beatriz Ruibal, etcétera. Allí se concluía:

A través de esta medida, el gobierno nacional revela su voluntad por imponer una forma de hacer historia que responda a una sola perspectiva. Se desconoce así no solamente cómo funciona esta disciplina científica, sino también un principio crucial para una sociedad democrática: la vigencia de una pluralidad de interpretaciones sobre su pasado. El Poder Ejecutivo de turno tiene el derecho de presentar su propia visión del pasado del país, pero crear una institución estatal cuyo objeto es imponer una forma perimida de hacer historia y una visión maniquea de ese pasado constituye un hecho grave que, sin duda, conspira contra el desarrollo científico y la circulación de diversas perspectivas historiográficas, a la vez que avanza hacia la imposición del pensamiento único, una verdadera historia oficial.

Por supuesto, también hubo oponiones favorables al Instituto, como la de Pablo Vázquez, Sergio Wischñevsky, Ana Jaramillo o el periodista Hernán Brienza, miembros algunos de ellos del Instituto.  Este último, además, criticaba el medio escogido: “La Nación es el bastión mitrista, de la historia fraguada, contada desde la defensa de los intereses de la Sociedad Rural, de los que hicieron la Guerra del Paraguay. Hay una clara intención de intentar sostener lo privilegios de esa historia”. Por su parte, Pacho O’Donnell respondió a esas primeras críticas en una entrevista en Página/12:

El ataque, la queja, llega fundamentalmente del grupo de historiadores formados en la UBA. En el instituto hay gente muy formada, incluso en el exterior. Varios de sus integrantes, como la rectora de la Universidad Nacional de Lanús, Ana Jaramillo, o el investigador Hugo Chumbita, reconocido catedrático de la Universidad Nacional de La Matanza, llegan desde casas de altos estudios ubicadas en lugares populares y consustanciadas con el pensamiento nacional y popular. No es casual que aquellos que atacan son los que hasta hoy manejan la producción historiográfica nacional teniendo en sus manos la distribución de becas, empleos, subsidios para investigación y, por ende, la construcción de una determinada visión de la historia. Que vean la creación del instituto como “peligrosa” es una reacción paranoica contra algo que no pretende más que la consolidación de una perspectiva histórica que merece ser reconocida.

En fin, les dejo con un debate televisivo entre Pacho O’Donnell y Eduardo Sacheri 

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Feliz Navidad!

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 23, 2011

Como todos los años, nos tomamos un breve descanso. Esta bitácora desea a todos unas felices festas, a pesar de las estrecheces que nos esperan…

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Ciencia y esclavitud en la Ilustración

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 21, 2011

Marshall T. Poe, historiador de la Universidad de Iowa, ha tenido una feliz idea. Aquellos colegas que han publicado un libro interesante, o cuyo trabajo lo es, son entrevistados en su portal, titulado New Books in History. La única pega es que, a pesar de los tiempos que corren, el resultado solo está disponible en un archivo de audio (mp3).

Como ejempo, el volumen de Andrew Curran sobre ciencia y esclavitud en la Ilustración. La presentación es como sigue:

Hoy vamos a volver a la historia de las ideas raciales escuchando a Andrew Curran explicar la historia de la “negritud”. Sin duda, los europeos han señalado que seres humanos diferentes de distintas partes del globo se han visto diferentes desde hace milenios. Pero no fue hasta hace relativamente poco tiempo, como explica Curran en The Anatomy of Blackness: Science and Slavery in an Age of Enlightenment (Johns Hopkins UP, 2011), que hubo interés en explicar estas diferencias de una manera que podríamos llamar “científica”. Hay dos razones principales que explican esta tardanza. En primer lugar, los sistemas metafísicos y bíblicos proporcionaron el esquema primario para la interpretación de los humanos hasta mediados del siglo XVIII. En segundo lugar, las comunidades científicas más importantes de Europa -las de Francia e Inglaterra- sólo comenzaron a examinar a los africanos en serio en el siglo XVII, en el momento de expansión del sistema de plantación colonial basada en el esclavismo. “La expansión colonial” y “la revolución científica” marcharon a la par, por lo que parece, y es en su confluencia donde vemos los orígenes de los discursos modernos raciales basados en el color de la piel.

Ese discurso, como muestra Curran, se cultivó por primera vez en los llamados “relatos de viajes”, libros que eran una suerte de etnografías. Los europeos escribieron miles de ellos sobre todos los rincones del mundo (confieso que hace poco escribí un libro acerca de los primeros estudios etnográficos europeos sobre la vieja Rusia). Estos libros, a su vez, proporcionaban el grano (o los “datos”) para los molinos científicos de los “naturalistas” de vuelta a casa. Mientras estos naturalistas miraban a otros lugares para estudiar los orígenes de las diferencias humanas, otros tipos de mentes científicas lo hacían dentro. Fueron los médicos, y más particularmente anatomistas. Se preguntaban por qué, en el sentido mecánico, la piel negra era negra, por lo que la piel se singularizaba al buscar los mecanismos. Y, por supuesto, estos discursos dobles, etnográficos y médicos, se entrelazan con un tercero que se centra en la ética del entonces floreciente comercio de esclavos del Atlántico. Los europeos se preguntaban lo que la ciencia podía decirles acerca de la bondad o maldad de la esclavitud africana.

Esta es una destacada contribución a un tema importante. Pero también es un modelo de cómo se debe hacer la historia intelectual. Curran va mucho más allá del desfile de grandes pensadores que han dominado durante mucho tiempo la historia de las ideas. Los lee, sin duda, pero también lee lo que ellos leyeron. Mediante esta técnica, se mueve más y más en la cultura de la etnografía, la anatomía y la esclavitud en busca de los orígenes y las formas de la “negritud”.

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La escritura histórica digital: teoría y práctica

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 19, 2011

El profesor Jack Dougherty, en coedición con Kristen Nawrotzki, nos presentan su experimento de escritura digital: Writing History in the Digital Age. Dejémosles hablar, como es costumbre en este blog, traduciendo los primeros párrafos de la introducción:

Nuestro libro comenzó como una conversación entre los historiadores en torno a uno de nuestros principales procesos de trabajo: el acto de escribir. ¿La revolución digital ha transformado la manera de escribir sobre el pasado – o no? ¿Las nuevas tecnologías han cambiado nuestro esencial trabajo artesanal como académicos, y la forma en que pensamos, enseñamos, creamos y publicamos? ¿La era digital tiene implicaciones más amplias para los procesos de escritura individual, o para la profesión de historiador en general? Tratamos de responder a estas preguntas en Writing History in the Digital Age, un volumen editado bajo contrato con la University of Michigan Press para la Digital Humanities Series de su digitalculturebooks.  En esta colección de ensayos, los historiadores discuten, debaten y demuestran cómo nuestra escritura está reformulada por una serie de herramientas y técnicas: crowdsourcing, bases de datos relacionales, codificación de texto, análisis espacial,  medios audiovisuales, simulaciones, juegos y colaboración en línea. Incluso la práctica convencional sobre cómo difundir esta colección de ensayos se está alterando.

En lugar de crear un libro convencional, el asunto nos llevó a experimentar con un enfoque diferente para la publicación académica. En primer lugar, nuestro volumen es de origen digital, lo que significa que hemos integrado la tecnología web más profundamente en los procesos fundamentales de escritura, revisión y publicación de nuestro trabajo. ¿Qué mejor manera de reflexionar sobre las herramientas digitales que utilizarlas para escribir un libro? La industria de la computación, que cuenta con un lenguaje más colorido,  llama a esto “Eating your own dog food“.  La sección “cómo funciona” detalla la plataforma de código abierto WordPress que aloja todos nuestros ensayos y comentarios. En el espíritu de la web abierta, hacemos más transparente lo que por lo común queda entre bambalinas. En “cómo evolucionó este libro“, los lectores pueden rastrear nuestras ideas a partir del proyecto piloto de 2010, el posterior contacto con la editorial y las respuestas a los revisores, así como los primeros intercambios entre los autores en la fase de ensayo de la idea.

En segundo lugar, hemos creado un libro abierto a la revisión (open-review)  para alentar los comentarios de tres expertos invitados (designados por la editorial), así como de todo tipo de lectores durante un período de seis semanas, desde el 6 de octubre al 14 de noviembre de 2011. Como explica el tutorial de “cómo hacer comentarios“, cualquiera puede responder al texto en tres niveles: comentarios generales sobre el libro como un todo, a la página de un ensayo individual o a un párrafo específico. Todos deben identificarse con su nombre completo, no se permite comentarios anónimos. El objetivo es animar a todos los lectores -tanto los expertos invitados como el público en general, académicos veteranos y estudiantes novatos- a participar abiertamente en el proceso de revisión por pares y hacer que sean más visibles nuestros juicios personales acerca de lo que una “buena escritura” significa para la profesión histórica.  Para cerciorarnos del resultado, la editorial puede confiar principalmente en los comentarios publicados por los expertos que ha designado a la hora de tomar su decisión final de publicación. Sin embargo, la “sabiduría de la multitud” puede influir, o incluso superar, sobre los expertos. Por otra parte, para destapar el trabajo que hay tras la revisión por pares, se invitará a un máximo de tres de los comentaristas en línea más cuidadosamente involucrados a que envien ensayos reflexivos para la conclusión del volumen editado. La concesión del honor de escribir las “últimas palabras” de esta manera, en lugar recurrir de forma automática a “nombres famosos” en el campo, se debe a una sugerencia de dos defensores de la open-review en las humanidades Kathleen Fitzpatrick y Kathleen Rowe.  Nuestro objetivo es premiar el compromiso intelectual independientemente de su condición, ya sean estudiantes de postgrado, investigadores independientes  o voces de fuera del campo, y recompensar el comentario reflexivo que hace posible las comunidades de edición académica.

Por último, nuestro volumen digital es de libre acceso, compartido libremente con los lectores de la web pública. No hay cuota de suscripción, ni contraseña ni se requiere un dispositivo patentado (e-reader)  para ver o comentar nuestras investigaciones. Basado en software de código abierto, nuestro libro-web puede ser leído con la versión actual de todos los principales navegadores, ya sea en un ordenador de sobremesa o en un portátil (y en algunos dispositivos de tableta y teléfono, aunque con capacidad limitada para enviar comentarios). Como se describe en nuestra “Política Editorial y de Propiedad Intelectual“,   todos los contribuyentes aceptan distribuir el contenido de sus ensayos bajo la licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial (BY-NC), que permite a los autores conservar los derechos de autor de la obra al tiempo que la comparten libremente con otros, siempre y cuando la fuente original sea citada. Además, como se indica en nuestro contrato, si la editorial aprueba el texto final, también se publicará bajo una licencia Creative Commons, y anticipamos que estará disponible en dos formatos: edición impresa (en venta) y versión en línea (gratis).

Incrustarse en esta web-kibro es un argumento más amplio para repensar cómo los académicos publicamos nuestro trabajo, en especial en la historia yen  otros campos de las humanidades que han sido relativamente lentos en abrazar el cambio en la era digital. En comparación con otros estudiosos, los historiadores tienden a investigar y escribir de forma aislada unos de otros. Por lo general escribimos voluminosas monografías que nos cuestan varios años, en gran parte sin que otros nos vean, hasta llegar finalmente a la audiencia. Por esta razón, hemos decidido explorar cómo las herramientas digitales nos puede ayudar a producir un tipo de publicación más colaborativa: un volumen editado. Como género, el volumen editado puede representar las peores cualidades de los estudios de humanidades: capítulos fragmentados, desarticulados, que tienen poca vinculación intelectual unos con otros. Los revisores se refieren amablemente a los volúmenes mal implementados como de “calidad desigual”  o, menos cortésmente, como “puestos de trabajo de primera necesidad”. Parte del problema se remonta a las viejas prácticas. Tradicionalmente, se difunde un “call for papers”, contribuyentes individuales presentan capítulos terminados y los editores del volumen hacen recortes, sugieren revisiones  y se esfuerzan para empaquetar el conjunto. Sin embargo, bajo este modelo, los autores suelen tener poco acceso a las ideas del otro o a los borradores cuando se están elaborando o revisando, y por tanto no pueden compartir comentarios y construir conexiones con el volumen en su conjunto.

Por contra, Writing History in the Digital Age propone una mejor manera de crear un volumen editado. Trasladar la fase “convocatoria de ensayos” en línea, como hicimos a  principios del verano de 2011, permitió a los contribuyentes potenciales  ofrecerse  y responder a las ideas de los otros, creando más oportunidades para la coherencia intelectual antes de la redacción de sus ensayos completos. En la actualidad, nuestra fase de  “revisión abierta” incita a la participación de expertos invitados y lectores en general en la web pública, con el potencial de mejorar nuestra edición más allá de las prácticas convencionales. Pensemos en esto como en un “trabajo líquido”, similar a las demandas de “democracia líquida” – el encadenamiento de las ideas y recomendaciones- que crecen en determinados partidos políticos europeos. Por último, si nuestro manuscrito completo es aceptado, la asociación con una editora académica establecida para publicar el volumen en formato doble (a la venta en papel y digital de forma gratuita) podría aumentar enormemente su audiencia más allá de la exclusiva y típica tapa dura de alto precio. Las herramientas digitales no hacen el trabajo solas. Un volumen de éxito reúne autores  perspicaces y perspectivas divergentes, así como lectores reflexivos que recomiendan recortes, reformulaciones y revisiones cuando es necesario. Nuestra propuesta es simplemente que la tecnología web, sabiamente aplicada, nos puede ayudar a crear y distribuir un volumen editado de manera más coherente con nuestros más amplios valores académicos.

Los historiadores como escritores

Los historiadores valoran la buena escritura. Todos los estudiosos construimos nuevas formas de conocimiento, pero tendemos a reservar para nuestra profesión un alto estándar cuando escribimos acerca de nuestros descubrimientos. Preferimos una prosa clara y convincente frente a los cuadros estadísticos o el lenguaje abstracto. Estamos a favor de voluminosos libros monográficos frente las tradiciones de publicación de las ciencias sociales, basadas en el artículo . Y, sobre todo, apreciamos la importancia de la narrativa, la capacidad de envolver la mirada significativa sobre el pasado en una buena historia.

A pesar del papel central que la escritura  juega dentro de nuestra profesión, su práctica sigue estando en términos generales  fuera de la mirada pública. En general, los historiadores hacemos nuestro trabajo -los actos de investigación, redacción y publicación- solos, en lugar de hacerlo en colaboración con los demás. A pesar de que apreciamos los libros de gran alcance que tienen un lugar especial en nuestros estantes y en nuestras mentes, los historiadores rara vez revelamos los procesos subyacentes que condujeron a estos productos acabados. La escritura es nuestro oficio compartido, el pegamento que une a nuestra profesión, pero tendemos a la privacidad. “No difunda ni cite sin permiso del autor” es una advertencia demasiado familiar que aparece en los borradores de los estudios presentados en nuestros congresos.  Ante este estado de secreto, ¿cómo podemos esperar que los historiadores en formación aprendan nuestro oficio? ¿Cómo podemos esperar que desarrollen sus habilidades como escritores, en especial para tesis y libros, sin compartir abiertamente ni comparar nuestros procesos de escritura? ¿Cómo podemos mejorar la calidad general de la escritura en la profesión sin pedirnos a nosotros mismos reiventar nuestras propias ruedas? En conjunto, las ideas presentadas aquí tratan de romper esta norma de silencio dentro de nuestra profesión, descorrer las cortinas  y hacer más público nuestro proceso de trabajo individual.

El hecho de que este volumen sobre la escritura haya sido digitalmente concebido, desarrollado y publicado no tiene nada de casual. Vemos en este volumen y en los ensayos en él contenidos como una intervención en el paisaje complejo y cambiante de los estudios digitales y de la edición académica. Por un lado, en la última década, los autodenominados humanistas digitales  han delineado y demostrado las numerosas y amplias formas en que la tecnología puede hacer que se acelere y mejore la calidad de la investigación y la escritura en las humanidades.  Esfuerzos disciplinarios en el campo de la historia digital han sido liderados por instituciones como el Roy Rosenzweig Center for History and New Media (CHNM) de la George Mason University, alentados por la American Historical Association y realizados por individuos y grupos de académicos y de fuera de la academia.  Como Dan Cohen y Roy Rosenzweig explicaron en su fundamental guía de 2005, la tecnología digital permite a los historiadores “hacer más, llegar a más personas, almacenar más datos, dar a los lectores las fuentes más variadas; podemos conseguir más materiales históricos para las aulas, dar a los estudiantes un mayor acceso a documentos antes restringidos, escuchar más puntos de vista”.  Además, los medios digitales amplian y cambian fundamentalmente la manera en que leemos y entendemos la información haciéndola manipulable e interactiva, permitiéndosenos acceder a ella en forma no lineal.

Por otro lado, ya pesar de estos supuestos beneficios, los expertos en  humanidades -y los historiadores en particular- han sido especialmente lentos a la hora de adoptar la tecnología digital para la investigación, la redacción y difusión de su trabajo. Los resultados de las recientes encuestas indican que la gran mayoría de profesores de historia no se comprometen con las herramientas digitales ni para el análisis ni para la difusión digital de sus borradores o trabajos con¡ncluidos. Estos mismos estudiosos utilizan el correo electrónico, el procesador de textos, los motores de búsqueda en línea y los archivos digitales en el curso de la producción de sus estudios, pero que no hacen uso de las muchas tecnologías diseñadas para ayudar en el análisis de datos y la composición de textos. Aproximadamente el veinte por ciento de los historiadores afirman que han publicado en línea, pero más de la mitad pueden haber sido versiones digitalizadas de artículos publicados en revistas impresas. Eso indica que sólo un diez por ciento de los historiadores han compartido su saber en forma digital en la web abierta, ya sea en blogs personales o institucionales o sitios web específicos, documentales digitales, juegos o aplicaciones, ensayos en revistas exclusivamente digitales o en la Wikipedia. ¿Por qué tan pocos? Las pistas están tanto en las circunstancias que dan forma a los procesos y productos de la escritura de los historiadores como en los motivos por los que los historiadores publican.

Para los historiadores -como para todos los autores- la escritura es un proceso individual y muy personal, así como algo material y culturalmente situado.  Hay algo comprensible – incluso loable – en que los estudiosos quieran conservar lo que saben, aprecian y hacen bien. Hasta hace muy poco, las personas que querían publicar piezas cortas para ser leídas por un público amplio y de manera regular se convertían en periodistas, no en historiadores. Así que a pesar de que todos podríamos beneficiarnos de tener más historiadores exponiendo sus investigaciones en los blogs, por ejemplo, no es ninguna sorpresa que no sea así. Por otra parte, tal como subraya el lingüista Ken Hyland, “La escritura académica no es sólo transmitir un  “contenido” ideacional, también se trata de la representación de uno mismo”.  En otras palabras, somos lo que escribimos -y lo que hemos leído- y los historiadores, en general, parecen poco dispuestos a alterar  la lógica que impone lo que subyace. Y, sin embargo, como dan fe los ensayos de este volumen, la lógica es ciertamente irresistible, como lo es nuestra responsabilidad como intelectuales, es decir, en palabras de Donald Hall: “cuestionar, reinterrogar, inquietar y disipar las familiaridades … y nosotros -nosotros mismos- no deberíamos disponer de una posición privilegiada frente a ese compromiso crítico”.

Más allá de lo personal, la disposición de los historiadores para participar en la historia digital descansa, en exceso, sobre las limitaciones (percibidas ) materiales, tecnológicas y temporales. Por definición, la historia digital utiliza herramientas diferentes, y de otra manera, de las que la mayoría de los historiadores están acostumbrados a emplear. Tiene su propio vocabulario y requiere diferentes conjuntos de habilidades (con énfasis en, por ejemplo, más en la conservación [curation] que en el trabajo detectivesco). Los aspirantes a historiadores digitales que están acostumbrados a trabajar solos, con su procesador de textos, pueden quedar intimidados o consternados por la perspectiva de gestionar un proyecto multisoftware o de varios contribuyentes. Muchos de nosotros carecemos de los conocimientos básicos en los géneros digitales, tecnologías y arquitectura de la información para ser capaces de articular nuestras ideas, mientras que otros no se atreven a sumergirse en las nuevas tecnologías, no sea que queden obsoletas antes incluso de que el trabajo del historiador esté terminado. Los historiadores puede que no tengan tiempo, dinero o el soporte técnico necesarios para realizar algún tipo de estudio digital. O bien, podemos no ser conscientes de que, de hecho, tenemos ese acceso o de que podemos hacer algunas formas de historia digital -incluyendo unirnos a los proyectos existentes- sin ellos.

La tercera mayor influencia en la participación de los historiadores en la historia digital ha sido la cultura de investigación dentro de la propia disciplina. Hasta la fecha, la cultura de los historiadores y su modus operandi han sido tradicionalmente opuesto a la rapidez y a la apertura, al espíritu de colaboración y la mentalidad del hágalo usted mismo que caracteriza lo mejor de Internet. En su trabajo, los historiadores por lo general tratan de ser exhaustivos y no (necesariamente) innovadores -y la exhaustividad lleva su tiempo. “En la parte lenta de compartir”, acaparamos y perfeccionamos nuestras ideas antes de su publicación, en lugar de difundirlas ampliamente working papers o pre-prints como hacen otras disciplinas, y una vez sometidos a revisión por pares, nuestros artículos y monografías puede tardan hasta tres años en aparecer editados. Mientras tanto, tememos que la revelación de nuestro confuso camino a la perfección pueda conducir a otros ya sea a aprovecharse de nuestras ideas o a descubrir que no somos tan inteligentes como nuestras obras revisadas y publicadas les han hecho creer. El secreto mantenido por los los historiadores acerca de su trabajo puede apoyar de hecho la dura competitividad que algunos piensan que ha acabado por definir ampliamente al mundo académico. Por el contrario, de acuerdo con el hágalo usted mismo de la cultura de la Internet, el intercambio del thinking-in-progress parece fomentar más la colaboración que la competitividad entre los estudiosos (y otros), al mismo tiempo que modela  los “hábitos históricos de la mente” que tratamos de enseñar a nuestros estudiantes.

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Publicado en Académica, Historia Digital, Libros, TIC | 1 comentario

 
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