La academia y la web: la torre de marfil

Dan Cohen, director del Roy Rosenzweig Center for History and New Media, ofrece en su blog el borrador de su próximo libro, cuyo título será The Ivory Tower and the Open Web. Este pasado verano ha empezado con la introducción, a la que vamos.

Cohen empieza su texto analizando un caso concreto, el de las iniciativas de Nate Silver, desde el blog Burrito Bracket a su página fivethirtyeight.com, en el que aplicaba los modelos mátemáticos a las contiendas electorales, con tanto éxito que al poco se integró en las páginas del NYT. A su modo de ver ese ejemplo aclara el objetivo que se propone en el nuevo libro: revisar la resistencia académica a los modos y géneros que ha traido la web, a pesar de que él cree que tales fórmulas pueden dar un nuevo vigor a la disciplina.

Por ejemplo, el trabajo de Nate Silver rompería el estereotipo de los blogs como lugar de “información” más que de “conocimiento”, recreativos más que educativos.  Su esfuerzo mostraría la naturaleza del  “hágalo usted mismo” de gran parte de los trabajos más innovadores en la web, y cómo se pueden hacer las cosas bien sin esperar a una publicación refinada. Su historia, nos dice,  enfatiza el principio de que “lo bueno es bueno”  y demuestra que la web es extraordinariamente eficiente para descubrir y difundir los mejores trabajos, a menudo a través de una pospublicación continua y en permanente revisión. FiveThirtyEight también mostraría el poder de la publicación en abierto para fomentar la difusión y el diálogo entre el autor y el público. Por último, la web de código abierto permite y recompensa usos y géneros inesperados.

¿Por qué, pues, hay tanta resistencia a lo que ofrece la web?  A su parecer, esta no se basa en una falta de familiaridad con el mundo digital o a cierto luddismo, sino en la notable inercia de los métodos y géneros académicos tradicionales -los prejuicios más sutiles y generalizados que obstaculizan la adopción  por parte de la Academia de los nuevos medios de comunicación. Estos prejuicios son menos cómicos, y más profundos, que los que se deducen de la inclinación de los periódicos por los cuentos de la adicción a Internet. Esta resistencia tiene menos que ver con las herramientas de la web y más con la cultura de la web. A pesar de lo defendido por Cohen y Roy Rosenzweig en Digital History: A Guide to Gathering, Preserving, and Presenting the Past on the Web, de su defensa del conocimiento abierto, para muchos académicos esa apertura es parte del problema, ya que sería como “jugar al tenis sin red”.

En algunos aspectos, esta oposición a la utilización del máximo potencial de la web es comprensible. Casi por definición, los académicos han llegado al lugar en el que están jugando a un juego muy bien regulado. Eso significa entender y seguir las normas de auto-refuerzo para el éxito. Por ejemplo, en historia y humanidades de la mayoría de las universidades de los Estados Unidos, hay una industria verticalmente integrada de monografías, que empieza con la tesis, las revisiones a ese trabajo y la publicación de la misma como libro para obtener una plaza, lo cual va seguido de un segundo libro para alcanzar el estatus de profesor titular. A pesar de que estamos empezando a ver una ligera liberalización de reglas en torno a las tesis -en algunos lugares la tesis podría ser una serie de ensayos o tener componentes digitales-  estudiantes infieren que lo mejor es presentarse en el mercado de trabajo con una monografía tradicional, analógica.

Fuente: How Is New Media Reshaping the Work of Historians?,  de Robert B. Townsend

De este modo nos encontramos ante una situación, pasadas dos décadas de la era de la web, donde el uso del medio digital en el mundo académico es modesto, y eso en el mejor de los casos. La mayoría de las revistas académicas estan en línea, pero simplemente replican sus ediciones impresas, proporcionando facsímiles PDF para su descarga y sin ninguna de las funcionalidades comunes a los sitios web, tales como lugares para la discusión. Además suelen ser cerradas, rerticentes no sólo al acceso del público en general sino también a la moneda que circula en el reino de la web: el enlace. Del mismo modo, cuando la Association of American University Presses (AAUP) preguntó recientemente a sus miembros sobre las estrategias de publicación digital, las editoriales se mantuvieron firmes en su fijación con la monografía. Las principales respuestas fueron sobre la impresión bajo demanda y la distribución electrónica de sus catálogos, con una mera nota al pie de unos pocos esfuerzos para albergar “bases de datos, wikis o blogs.”  En otras palabras, los miembros de la AAUP se ven a sí mismos casi exclusivamente como editores de libros, no como editores de trabajos académicos en cualquiera de sus formas. Lo  mismo se puede decir de los profesores, que muestran una clara aversión por las nuevas tecnologías en este punto.

Pero el futuro ya ha llegado, añade Cohen, aunque esté igualmente difundido y algunas disciplinas hagan oídos sordos. De ahí su nuevo libro. El volumen es, confiesa, un poco más polémico que el citado Digital History: A Guide to Gathering, ya que apunta directamente a ese conservadurismo de la academia que veinte años de web han puesto al descubierto. Sin embargo, la web y la academia no están condenadas a un inevitable choque de culturas. Bien mirado, la web de código abierto está perfectamente en consonancia con los objetivos fundamentales de la investigación académica, el intercambio de conocimientos y la meritocracia. De ahí que este libro-y se trata de un libro en lugar de un blog o de una serie de tweets porque en la práctica es la mejor manera de llegar al público pretendido, el de los dudosos, antes que predicar entre el coro de los conectados- se centre en los principales valores académicos y se pregunte cómo podemos conseguirlos mejor en la era digital.

Cohen nos adelanta y comenta el índice: What is a Blog?; Genres and the Open Web; Good is Good; The Value, and Values, of Openness.

Estaremos atentos a próximos borradores

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