Gramsci y la educación

Dejamos atrás el verano y reanudamos el blog con las miras puestas en un nuevo curso. Mada mejor que hacerlo con Gramsci y la educación: pedagogía de la praxis y políticas culturales en América Latina, con prólogo de Moacir Gadotti, cuatro capítulos a cargo de Flora Hillert, Hernán Ouviña, Luis Rigal y Daniel Sánchez, además de un apéndice final con escritos de Gramsci sobre educación (Noveduc libros).

“En Gramsci y la educación, los conceptos del revolucionario italiano son releídos y puestos en valor por un politólogo, un sociólogo y dos pedagogos de la UBA. Entrevistados por Revistaenie.com, tres de los autores destacan el aporte gramsciano a ese área nodal que da título al libro y trasciende en mucho los roles y las funciones de las entidades educativas”.

Flora Hillert, profesora de la maestría de Pedagogías críticas y problemáticas socioeducativas junto a otros autores, es la primera en contestar las preguntas de Ñ. Se registran algunas de sus respuestas y otras ulteriores del sociólogo Luis Rigal y el también pedagogo Daniel Sánchez.

Flora, ¿a qué se debe la caída en desgracia, la pérdida de prensa de Gramsci durante tanto tiempo?

—Hasta que llegó nuestro libro —bromea Suárez.

—Por un lado yo decía que en los 80 y en los 90 Gramsci fue reivindicado en la nueva sociología de la educación —dice Hillert luego de sonreír ante la pregunta primero y el comentario después—, y por teóricos de la educación, especialmente anglosajones. Y en la llegada de (el influyente teórico de la educación Paulo) Freire también. Luis comentaba el otro día que Freire había dicho que sin conocer a Gramsci había trabajado con las ideas gramscianas durante varias décadas, ¿no? Está claro que cuando se imponen el neoconservadurismo y el sentido común neoconservador, anti-estado, parece que la caída del llamado socialismo real, el escepticismo y el debilitamiento de la clase obrera por la desocupación, la crisis de los sindicatos, etc., etc., tenemos una crisis política, ideológica, social muy profunda. Frente a esto, muchos pensadores latinoamericanos volvieron, o volvimos, a levantar la consigna que no es de Gramsci en realidad, pero Gramsci la levantaba, “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”, y de ese ocaso de las ideas de Gramsci, y en el mar del “sentido común”, del espectáculo, de la crítica, la política y demás, creo que eso explica el ocaso. Pero también por qué una cantidad de sectores, especialmente en América Latina, pelearon por levantar a Gramsci.

No hacía tanto que había sido traducido al español. (…) Todos estamos hoy en la lucha cultural. Nos felicitamos de poder estar en condiciones de lucha cultural, que es resultado de otras luchas anteriores, y de comprobar que la lucha cultural puede ser exitosa, que la opinión pública puede cambiar a partir del debate, Eso nos produce una gran satisfacción. Pero creo que quizás el proceso de Bolivia es el más claro: el vicepresidente boliviano apela a Gramsci permanentemente en sus trabajos, o sea que no es sólo un ocaso sino un resurgimiento, y no es de un intelectual, de dos intelectuales. Pienso que es más colectivo, ¿no?

Pero el rating de Hobsbawm, o de Lenin, de Marx, no cayó nunca tanto como el de Gramsci, aún en los peores momentos del neoliberalismo…

—Pero Gramsci nunca tuvo ese rating, porque justamente el marxismo ortodoxo, prefiero decir el marxismo oficial, se ocupó justamente de no trabajar lo cultural ni de difundir un autor que trabajara lo cultural de esta manera.

“… me gustaría decir que un pensamiento como el de Gramsci nos ayuda a ser mejores educadores”, escribe en el prólogo de esta obra el brasileño Moacir Gadotti, director del Instituto Paulo Freire de San Pablo. “¿Por qué? Porque él se basa en una profunda creencia en la capacidad humana de cambiar al mundo, por lo tanto, en la negación del determinismo histórico. Es un pensamiento que no le suelta la mano a un proyecto de sociedad, que afirma la politicidad como carácter inherente a todo lo que es humano, que reconoce la legitimidad del saber popular, de la cultura popular, del buen sentido popular.”

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¿Por qué debemos continuar leyendo a Gramsci?, por Moacir Gadotti (Director del Instituto Paulo Freire, São Paulo)

Empecé a leer a Gramsci en la década del 70, cuando hacía mi doctorado en la Universidad de Ginebra, en Suiza. Su obra solo fue traducida al portugués en la década del 80. En 1976, ya como profesor adjunto en aquella Universidad, dicté un curso sobre él con el título “Gramsci, intelectual y militante”. Desde entonces, su obra ha sido una referencia obligatoria en mis análisis del fenómeno de la educación. Por eso, me siento feliz y honrado al introducir esta obra, que muestra la pertinencia de Gramsci en la educación de hoy. El pensamiento de Gramsci continúa vivo y vigente. Este libro se destina no solamente a los profesores universitarios, sino también a los estudiantes, tanto de graduación como de pos-graduación, a los educadores populares, a los profesores de la educación básica y a todos aquellos que, en este momento de reinvención política en América Latina, buscan retomar los grandes referentes del pensamiento crítico. Las categorías y conceptos gramscianos tuvieron y tienen enorme relevancia para la mejor comprensión del rol de la escuela, del currículo y del educador.

Como todo pensador complejo, Gramsci puede ser leído a partir de distintas miradas. Son variadas las interpretaciones de su pensamiento y de su praxis: algunos distinguen a un Gramsci popular, y otros lo interpretan a partir del iluminismo pedagógico. Yo diría que estos últimos hacen una lectura positivista de Gramsci, no dialéctica, ahistórica, no contextualizada. De ahí la importancia de resaltar, hoy, el vínculo entre Gramsci y la educación popular, entre él y la tradición del pensamiento crítico, de la pedagogía crítica, como lo hacen los autores de este libro. La educación no es neutra. Ella está inserta en un contexto social e histórico. El conocer se vincula al poder.

La lectura de Gramsci nos ayuda a entender el rol de la educación como acto político y el papel transformador del educador, en cuanto intelectual y militante. En Gramsci, encontramos muchos elementos que nos pueden ayudar a comprender el contexto educacional de hoy. Los autores de este libro supieron trabajar las principales categorías gramscianas y desdoblarlas en propuestas para la educación. Ellos hacen una lectura crítica de Gramsci; por lo tanto, una lectura propositiva, pedagógica, no sectaria ni reiterativa, lo que fortalece la tradición transformadora y popular de la educación en la América Latina.

Este libro nos ayuda a mantener vivo uno de nuestros principales referentes de la educación y de la política. Hacer honor a un autor es leerlo críticamente. No se trata, por lo tanto, de hacer una lectura dogmática, como si Gramsci fuese un tótem a ser venerado. Se trata de releerlo a la luz de las contradicciones de nuestro tiempo. Es en este sentido en el que él continúa siendo actual: no para ser repetido por seguidores, sino para ser reinventado.

Su pertinencia y vigencia, por eso, se da mucho más por las preguntas que él se hacía, por su método, por el modo de enfrentar los desafíos de su tiempo, que propiamente por las respuestas puntuales que daba en aquel contexto. Su crítica a los intelectuales iluministas y al enciclopedismo pedagógico –que se traduce como una de las más grandes amenazas a la educación contemporánea, el instruccionismo– es muy actual. Aprender es indagar, producir autónomamente. En el instruccionismo, el docente no piensa, reproduce lo que está escrito en el libro didáctico, en el manual; no elige, no tiene autonomía. Por eso, el docente necesita otra formación, no instruccionista. Es necesario que sea formado para conquistar su autonomía intelectual y moral, para ser autor.

Cuando estaba en prisión, Antonio Gramsci no podía escribir la palabra “marxismo” bajo pena de ver sus textos impedidos de llegar a su editor. Para engañar a sus censores, él escribía “filosofía de la praxis” en lugar de marxismo, brindándonos, así, una bella traducción del concepto de marxismo. Con eso, Gramsci nos ofreció también un referencial teórico para la construcción de una pedagogía de la praxis como pedagogía emancipadora.

Gramsci evidenció la naturaleza política de la educación y la naturaleza pedagógica de la política. Educar es siempre tomar partido, mostrar una dirección, asumir valores, comprometerse, pero sin adoctrinar o manipular. Educar es concientizar, desfetichizar, desmitificar, tornar visible lo que fue ocultado para oprimir.

Gramsci combatió el espontaneísmo como combatió, también, la manipulación, el determinismo y el fatalismo, reforzando la necesidad de la formación crítica de las masas, argumentando que la revolución no se confunde con la superación mecánica de las condiciones objetivas de la sociedad; ella es el resultado de la lucha, de la voluntad de los sujetos, por lo tanto, de la praxis social. Cambiar al mundo y cambiar a las personas son procesos interdependientes. Para la constitución de una nueva hegemonía, es primordial el papel de los sujetos en la historia, el rol de la sociedad civil, de la educación y de la cultura. Hoy, ese constructo gramsciano es particularmente vigente y apropiado para explicar un momento histórico de dominio del sentido común fatalista del neoliberalismo, que se presenta, arrogantemente, como única alternativa.

En ese contexto, Gramsci valorizaba los espacios educativos de los movimientos sociales, tan importantes hoy en la construcción de un “otro mundo posible”, como sostiene el Foro Social Mundial. Gramsci resaltaba el papel formativo de las agremiaciones estudiantiles y de los sindicatos. Esa es, también, otra importante lección que él nos deja, al evidenciar cuánto la lucha es pedagógica, y cuánto aprendemos en la reflexión crítica sobre nuestras prácticas.

¿Por qué debemos continuar leyendo a Gramsci?

Esa es una pregunta que el lector de este libro, posiblemente, me podría hacer. De mi parte, me gustaría decir que un pensamiento como el de Gramsci nos ayuda a ser mejores educadores. ¿Por qué? Porque él se basa en una profunda creencia en la capacidad humana de cambiar al mundo, por lo tanto, en la negación del determinismo histórico. Es un pensamiento que no le suelta la mano a un proyecto de sociedad, que afirma la politicidad como carácter inherente a todo lo que es humano, que reconoce la legitimidad del saber popular, de la cultura popular, del buen sentido popular.

Nosotros los educadores, en cuanto intelectuales, lidiamos constantemente con el conocimiento científico y con el saber elaborado. Al valorizar el saber popular y defender la socialización del conocimiento, Gramsci reafirma el papel del intelectual en la sociedad, pero, al mismo tiempo, nos advierte que “todos somos intelectuales”, porque ninguna actividad humana puede prescindir de alguna intervención intelectual. Y como todos sabemos alguna cosa, como decía Paulo Freire, un gran lector de Gramsci, todos podemos enseñar alguna cosa.

Como educador, necesito fundamentar mi praxis en un pensamiento político-pedagógico que contribuya a ofrecerme instrumentos para que yo pueda orientar mejor mis acciones en la perspectiva transformadora. Y encontré eso en la lectura de Gramsci. Los intelectuales orgánicos no están obsoletos. Están delante de nuevas tareas, entre ellas la de aprender a tratar con la diversidad sin caer en el relativismo, respetar las individualidades y construir la unidad sin transformarla en uniformidad, en conformidad.

Sin duda, la lectura de Gramsci nos abre grandes posibilidades, no solo para la reflexión en el campo de las teorías de la educación, de las teorías del currículo, sino también para la praxis pedagógica contra hegemónica. Por eso, precisamos continuar leyendo a Gramsci.


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