Historias culturales: Argentina

Hace tiempo que incumplo un propósito que me había impuesto: difundir alguno de los muchos e interesantes artículos que publica esa revista inclasificable que es Cabinet. Demorado el proyecto más allá de lo razonable, me dispongo a detenerme en uno cualquiera, como el que firma el calígrafo Polis Schutz Jorian sobre Argentina en un número dedicado al “pelo”, cuyo título es algo así como “Barberos y bárbaros“:

Número 40. Invierno 2010/11. Tema: “Pelo”

En Argentina, vemos a los chavales llevar el pelo largo y asilvestrado. Para ellos, el champú debe ser algo desconocido durante semanas y los cortes de cabello inexistentes durante meses para que se puede lograr la untuosidad máxima. El impulso salvaje debe resistir a la oposición perenne de las fuerzas que presionan por lo corto -siempre hay una mitología nacional de dejar que el pelo crezca, de que es cosa de la edad y pasará.  El objetivo es lograr un look que encarne un descriptor que hace un siglo habría sido objeto de acerada burla, pero que hoy en la Argentina significa “impresionante” o “perfecto”: Bárbaro.

Argentina es uno de los lugares del mundo donde el peinado de la “civilización” europea ha sido más firmemente (y ansiosamente) desgastado. Este es un país que ha pasado más de un siglo mirando hacia atrás por encima del hombro, con el anhelo de restaurar la conexión umbilical con una Europa que en gran parte pobló sus costas, mientras afrontaba horrorizado su propio interior incivilizado  -la inmensa extensión de la pampa. El cabello se convirtió en un motivo para este psicodrama nacional entre civilización y barbarie.

I. La mayor parte de esta historia se ha desarrollado bajo los auspicios de una particular cúpula, brillante y calva -la de Domingo Faustino Sarmiento, cuyo clásico de 1845 Facundo: Civilización y Barbarie es el escenario. A partes iguales historia, biografía, sociología, polémica y poema en prosa, Facundo pinta un mundo mítico dividido entre las fuerzas ilustradas por la unificación de Argentina y las energías animalísticas de caudillos locales (caudillos militares que dominaban la política argentina en este momento) como Juan Facundo Quiroga (1788-1835), cuyo apetito, mal humor, sentido animal sobrenatural y, por supuesto,  aspecto bestial se despliegan en el texto de Sarmiento:

Facundo es un tipo de la barbarie primitiva: no conoció sujeción de ningún género; su cólera era la de las fieras: la melena de sus renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos, en guedejas como las serpientes de la cabeza de Medusa…

Facundo, retratado por Sarmiento como analfabeto, tal vez habría quedado satisfecho con ese gran tratamiento mítico-literario. Pero fuera lo que fuera, este “tigre de los llanos” se convirtió en el original gaucho malo, o un fuera de la ley, un gigante libidinoso en las fronteras de la nación, con su cara ovalada “hundida en medio de un bosque de pelo”.

Sarmiento se convirtió más tarde  en presidente de la Argentina, marcando, en una era de modernización, de inmigración y de estilo de manifiesto destino militar,  un avance que en última instancia hizo de  la frontera y de la rápida desaparición de sus bárbaros habitantes objetos fantasmales de la nostalgia nacional. Esto lo hizo, en parte, al invocar en su espectro mítico lo opuesto al interior animalizado de su propia nación. Ya, en su influyente libro de ensayos de viaje, publicado como Viajes (1851), Sarmiento había elogiado, sobre todo, la joya de la corona de la dinámica de la escena de América del Norte -la “raza brahmánica de los Estados Unidos”, los habitantes de Nueva Inglaterra. Estos norteños disciplinaban a sus nuevas poblaciones, inculcando su propia ética en las escuelas, en los libros, en las elecciones y en todas sus otras instituciones. A partir de esta difusión del espíritu de empresa llegaron los grandes logros de la civilización y la colonización -los ferrocarriles, los bancos, las sociedades  y así sucesivamente.

Sarmiento llamó a Nueva Inglaterra su “patria de pensamiento” y propuso la creación de una élite correspondiente en Buenos Aires. Impulsado por la inmigración europea y la educación progresiva, este grupo de lo que podríamos llamar “barberos de la barbarie” iba a tener la responsabilidad de reemplazar la ganadería por la fábrica, el jinete salvaje por el remero disciplinado, y todas las comunicaciones ineficientes por ese telégrafo rápido como el rayo. Una nueva nación, que se llamaría los Estados Unidos del Río de la Plata, iba a ser forjada uniendo Argentina y Uruguay. “Nuestra Pampa nos hace indolentes”, proclamó Sarmiento, “y el alimento fácil del pastoreo nos retiene en la nulidad”.  Sarmiento declaró la guerra al zeitgeist de su nación, y era difícil no escuchar a él, incluso mucho tiempo después de su muerte. “Sarmiento el soñador sigue soñándonos”, escribió Jorge Luis Borges en homenaje poético.

II. En las manos de José Hernández, tal vez el segundo estilista más importante de la Argentina, el gaucho que Sarmiento odiaba se convirtió en un hombre a admirar, y el salvajismo del pelo de frontera se convirtió en un modelo, la quintaesencia para la cabeza de un argentino. El Gaucho Martín Fierro (1872) es la historia de un conscripto hombre de campo que, tras luchar durante años en una interminable guerra  la expansión nacional, decide desertar, descubre que ha perdido a su familia, se convierte en un vagabundo criminal  y, en última instancia, busca refugio entre los indios bárbaros contra quienes inicialmente había tenido que luchar.  Desde el principio, el verso honesto sale de la boca de este personaje usado y abusado, “como ovejas, uno tras otro”, que ofrece la sabiduría rústica que redime el mundo de los animales-hombre marginados.

El antisarmientismo de Hernández se remonta al menos a una obra publicada primero en 1863, Vida del Chacho, una polemica y furibunda hagiografía que directamente invierte el esquema de Facundo mediante la conversión de uno de los aliados del caudillos en un verdadero hombre del pueblo y la de Sarmiento en un asesino de corazón frío, de hecho un bárbaro en sí mismo, una especie de Sweeney Todd de América del Sur:

“El general Peñaloza ha sido degollado. El hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo, fuerte por la santidad de su causa, el Viriato Argentino, ante cuyo prestigio se estrellaban las huestes conquistadoras, acaba de ser cosido a puñaladas en su propio lecho, degollado, y su cabeza ha sido conducida, como prueba del buen desempeño del asesino, al bárbaro Sarmiento”

Hernández fue enviado al exilio por Sarmiento en 1870, al igual que Sarmiento había sido enviado al exilio por el dictador y magnate ganadero Juan Manuel de Rosas treinta años antes. Y, como Sarmiento con Facundo, el exilio de Hernández dio el impulso necesario para concebir el plano mítico y  la tranquilidad para evocar la figura pampeana que se convertiría en la más querida de la literatura argentina. Dentro del mundo de Martín Fierro, las fuerzas de la civilización y el progreso se revelan como las mismos que destruyen la  enraizada vida idílica del gaucho y lo convierten en un asesino ebrio. La expansión de la nación se muestra como una auténtica definición de la barbarie, y el tan denostado pelo largo del gaucho es valorado como un símbolo de la lucha contra las fuerzas deshumanizantes que le presionan desde arriba.

III. El pelo largo no fue prohibido durante la dictadura militar  (1976-1983), pero bien podría haberlo sido. Las autoridades estaban librando una guerra constante contra la juventud sospechosa -hippies, rockeros, comunistas, peronistas de extrema izquierda  y homosexuales, todos los cuales se asociaban con el pelo de aspecto asilvestrado. El bárbaro se había mudado a (o surgido de) la ciudad y ahora se le llamaba terrorista .

Fue la época de los albores del rock nacional, y los melenudos ocupaban todo el escenario. Los agentes del gobierno comenzaron a reventar conciertos con gas lacrimógeno y deteniendo a los rockeros que se resistían. Los álbumes con contenido subversivo fueron censurados o prohibidos, y muchos artistas se vieron obligados al exilio. Los rockeros se reunían clandestinamente en los parques urbanos los fines de semana para intercambiar discos y publicaciones clandestinos. Fueron los años en que miles de personas, en su mayoría jóvenes, fueron desapareciendo sin juicio ni rastro. Llevar el pelo largo no era ninguna broma, ni algo inocuo. Era un acto de resistencia que sólo podía ser viable en masa.

Esta historia tiene sus raíces en dos “cortes clásicos”  de la anterior dictadura (1966-1973), cuando el Estado empezó a enfrentarse a la música rock de cosecha propia. En 1968, respaldada por RCA,   la banda La Joven Guardia sacó “El Extraño del pelo largo”:

Vagando por las calles,
Mirando la gente pasar,
El extraño del pelo largo
Sin preocupaciones va.

La canción se convirtió en uno de los mayores éxitos del incipiente rock argentino y se convirtió en una película de gran éxito del mismo nombre, así como el  siguiente álbum, un poco menos exitoso, que fue hecho en colaboración con Coca-Cola. Allí había una gran canción con un sonido Beatles y una especia de vago y aceptable rock peludo.

Y luego estaba el himno de protesta social de Pedro y Pablo, “Marcha de la Bronca” (1970), que sufrió un destino muy diferente:

Bronca pues entonces cuando quieren
que me corte el pelo sin razón,
es mejor tener el pelo libre
que la libertad con fijador

La canción llegó a estar tan estrechamente identificada con las pasiones de la generación joven que su secuela, “La Leyenda del Retorno”, fue rechazada por los censores del gobierno y no apareció hasta pasados ocho años. Más tarde, bajo la más severa dictadura, el líder de Pedro y Pablo, Jorge Cantilo, se vio obligado al exilio; cuando se le permitió regresar en 1981 -cuando el general Videla había sido reemplazado por una línea menos dura, la de Roberto Viola-,  fue sólo con la condición de que abandonara el nombre de Pedro y Pablo y no volviera a vantar nunca la  “Marcha de la Bronca”. Fue un estilo más que un look, lo que reunió a cabezas con puños, y conservo su potencia hasta una década más tarde.

IV. El equipo de fútbol argentino no siempre fue conocido por su pelo largo, como lo ha sido en las últimas décadas. Jugadores uniformemente aseados iluminaban el campo en la década de 1950, deslumbrando en la Copa América en 1957. Pero la crema de este grupo fue esquilmada por los reclutadores italianos, y el equipo restante sufrió una devastadora derrota en la Copa Mundial de 1958 -un hito en la historia del deporte argentino. Las reformas posteriores de la Asociación del Fútbol Argentino, en la estela europea, complementó muy bien el ethos político post-Perón de modernización dirigida desde fuera, pero en realidad les salió el tiro por la culata. El equipo nacional argentino -profesional, administrado, tecnocrático- fracasó en la década de 1960.

Fue sólo con el auge  del club Huracán de Luis César Menotti en la década de 1970 que se forjó un nuevo estilo de juego argentino -y, de hecho, de futbolista-, y así fue que en la víspera de la Copa del Mundo 1978, de la que la Argentina fue anfitriona, el régimen militar se encontró en la incómoda posición de depender de un heterogéneo equipo de melenudos para que ofrecieran un nuevo sentido de orgullo nacional. Menotti, un peronista de izquierda al que le caía el pelo hasta los hombros, había sido nombrado para dirigir la selección nacional por el gobierno de Isabel Perón en 1974. El equipo estaba de viaje en Polonia en 1976 cuando se produjo el golpe militar, y Menotti ofreció su renuncia en cuanto regresó. Pero la junta militar necesitaba esta victoria, y no se atrevieron a relevar a Menotti -ni la mascota con cabeza de fregona del personaje de dibujos animados Gauchito . Además, a raíz de la represión del rock nacional, a las autoridades les contentaba tener a la juventud argentina centrada en un ámbito un poco más controlable para el comportamiento pasional y el cabello salvaje. La incómoda alianza dio como resultado una victoria en la Copa Mundial, compartida por melenas cortas y largas por igual.

Fue el equipo de 1978 el que consolidó el look argentino en el escenario mundial, con Kempes, Luque, Bertoni, Houseman, el portero Filliol y el propio Menotti como variaciones deportivas del look salvaje. Es extraño, entonces, que oculto en medio de ellos hubiera una especie de renegado en ciernes -Daniel “Kaiser” Passarella, su capitán, que volvería como entrenador de la selección del país para la Copa del Mundo de 1998. Ahora rapado y serio, es conocido que Passarella ordenó que sus jugadores se cortaran el pelo para formar parte del equipo. Al parecer, esta disposición dio lugar a una ruptura sonada con uno de los jugadores más populares de Argentina, Gabriel Batistuta (“Batigol”), que así estuvo ausente del torneo. Entrevistado más tarde en la televisión, Passarella respondió a las críticas con una dosis de retórica profesional:

Yo respondo con mi trabajo. Me levanto temprano todas las mañanas. Voy a trabajar. Este es mi producto, mi manera de trabajar. … No es una actitud militarista, porque no es que me guste que el pelo esté corto. No, para nada. Hay pruebas de esto, se han hecho análisis a los jugadores …sobre la cantidad de veces que se tocan el pelo cuando lo tienen largo o cuando lo tienen corto. Creo que es una desatención.

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Una respuesta a “Historias culturales: Argentina

  1. No hace mucho, en el GEHCI (Grup d’estudis d’historia cultural e intelectual) de la UB hubo un seminario sobre este asunto: Paula Bruno, ‘La història cultural a Argentina’.
    Barcelona, 24 de febrer de 2010, Ateneu Barcelonès.

    Saludos,

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