Historia de la reseña y otras obsesiones académicas

Buena recepción, aunque sin exagerar, la que ha tenido Ann M. Blair, historiadora de Harvard, con su Too Much to Know: Managing Scholarly Information before the Modern Age (Yale University Press, 2010). Además, obtuvo una de las dos Honorable Mention en historia europea y mundial de los Prose Awards (2010).  Entre las reseñas, la de James Delbourgo para THE y la de Michael Dirda para el Post:

Bienvenidos al siglo XVII, dice Delbourgo: “si usted está leyendo esta reseña del nuevo y oportuno libro de Ann Blair, será porque usted está de acuerdo en que en verdad hay “demasiado por conocer”. La reseña es, a la postre, una invención de finales del siglo XVII para saber algo acerca de un libro -o para reclamar que se sabe-  sin leerlo.

Puesto que no podemos leerlo todo, las reseñas al menos ofrecen un camino a través de lo que Calvino llamaba “ese bosque confuso de libros”. El fisiólogo suizo del siglo XVIII Albrecht von Haller dijo haber escrito 9.000 recensiones en 31 años. Este impresionante total sale a un promedio de 290 libros al año, o 24 libros al mes. Tal vez se saltó las páginas impares. Sus trabajos sin duda permitieron que otros lo hicieran.

¿Hay sobrecarga de información a través de internet? No te preocupes, hemos estado ahí antes. No sólo en la modernidad temprana, sino en la Europa medieval, donde resulta que surgieron por primera vez  muchos de nuestros métodos obsesivos para la gestión de información erudita. Como también aparecieron entonces los argumentos sobre si resumir, extractar, compilar, abreviar y reseñar eran fuerzas del bien o del mal y si suponían el fin de la civilización. “Índice de aprendizaje” fue el epíteto burlón utilizado por Jonathan Swift para el trabajo de poda de quienes hacían compendios en su sátira La Batalla de los Libros (1704). Bueno, Swift perdió la batalla. Todos somos aprendices de índices electrónicos ahora, y Too Much to Know es nuestra prehistoria: una saga de los motores de búsqueda humanos antes de la era digital.

Todos no pueden ser Plinio el Viejo, pero el autor de Historia Natural, que recopiló antigua información sobre un milagroso abanico de temas de todo el Imperio Romano en el siglo I dC, tenía ciertas ventajas. Sin duda, era prodigioso tomando notas; maestro de la adnotatione, el pugillare del excerptum. Sin embargo, a menudo se las dictaba a su notarius -un esclavo que hacía de secretarío. Ni tampoco le molestaba que le leyeran mientras comía, viajaba o se sentaba en el baño (aunque, ahora que lo pienso, siempre hay audiolibros).

Para los que carecen de los recursos de Plinio, las obras de referencia llegan al rescate. Con amplia formación, Blair explica cómo las preocupaciones actuales sobre la sobrecarga de información están lejos de ser nuevas. Del griego pinakes (registros bibliográficos) al medieval raparia (notas espirituales para uno mismo) y los florilegia y enciclopedias de la Edad Moderna, los eruditos extractaron, condensaron y compilaron selectos fragmentos de saberes bíblicos, antiguos y finalmente modernos, para lectores apresurados, desde predicadores a estudiantes, primero manuscritos y luego impresos”.

Para Michael Dirda, está claro que Ann M. Blair ha escrito un libro muy académico. “Se centra, después de todo, en obras de referencia latinas elaboradas sobre todo durante la Edad Media, el Renacimiento y la era moderna. Sin embargo, su libro es un relato fascinante de las tradiciones, ideales y prácticas de los primeros “gestores de información”, en particular de “la recogida y disposición de fragmentos textuales” en los siglos previos a nuestra era del ordenador.

Como todos los estudiantes saben, seleccionar y copiar pasajes a partir de las propias lecturas es una excelente manera de dominar un tema. Pero en épocas anteriores, cuando los libros eran escasos y caros, estudiantes y predicadores, príncipes y filósofos a menudo se dirigían a resúmenes y compendios -el equivalente de la Enciclopedia Británica- para ampliar sus conocimientos. Algunas de estas obras de referencia eran enormes, como las Etimologías de Isidoro de Sevilla, del siglo VII, que resumían cientos de libros, y la bizantina “Suda” de finales del siglo X, que contenía 31.342 entradas históricas, biográficas y léxicas con más de 1,5 millones de palabras.

Vicent de Beauvais justificó en el siglo XIII su propia  “Speculum maius” -probablemente la más grande obra de referenciade Occidente antes de 1600 – en que “la multitud de libros, la falta de tiempo  y la fragilidad de la memoria no permiten que la mente retenga por igual todas las cosas que se han escrito”. A principios del Renacimiento, el proto-enciclopedia más conocida fue probablemente la “Theatrum Humanae vitae” (1565) de Theodor Zwinger (1533-1588). Blair escribe que a diferencia de los florilegia -racimos o colecciones de citas favoritas- el Theatrum se centró en ejemplos de la conducta humana extraídos de la historia antigua, pero también de la medieval y la contemporánea,  ordenados según un complejo sistema jerárquico deentradas.  El propósito declarado de la compilación era guiar a los lectores en su comportamiento ante cualquier situación, proporcionando ejemplos buenos y malos.

Todos estos libros le ofrecían algo a todos, especialmente a los hombres ocupados en la vida pública, sin tiempo suficiente para estudiar. Por ejemplo,  Enrique VIII se agenció el “Polyanthea”, una muy reimpresa colección citas que abarcaba temas múltiples, publicado por primera vez en 1503. Blair señala con ironía que el rey señalço los “temas de interés particular, personal y político que le interesaban (por ejemplo, ‘ley’, ‘matrimonio’, ‘Papa’)”.

La forma de presentar la información para facilitar su uso era un contrariedad habitual. En la antigüedad tardía, sólo se podía encontrar listas de  autoridades citadas. Poco a poco, sin embargo, los compiladores comenzaron a emplear entradas por categorías o a organizar las entradas por orden alfabético o  a elaborar diagramas del árbol de los conocimientos. “Un historiador ha contado diecinueve órdenes sistemáticos diferentes presentes en los primeros trabajos enciclopédicos de principios de la edadmoderna, incluyendo el orden de la creación, de los Diez Mandamientos, de la narración bíblica” y varios “órdenes cronológicos y geográficos”, así como otros que siguen “la cadena del ser”.

Mientras la de en la Edad Media y después  obtuvo gran parte de su aprendizaje de los diccionarios y compendios, los más ambiciosos también tomaban amplias notas de lo que los clásicos con los que se topaban. En el Renacimiento, incluso se podía comprar el equivalente a “Reading for Dummies“: por ejemplo el libro de 1614 de Francesco Sacchini De ratione libros cum profectu legendi libellus, es decir, un pequeño libro sobre cómo leer con provecho.  Pronto, el uso de trozos papel, unido al cortar y pegar, permitió  tomar notas de múltiples fuentes y reordenarlas fácilmente para fines propios. En el siglo XVII, Thomas Harrison inventó un “armario de notas” – básicamente una pared con garfios, con 3.000 encabezamientos, en los que enganchar notas individualessobre todos los aspectos del aprendizaje y el conocimiento. Al parecer, el filósofo Leibniz poseyó uno de estos armarios.

Al mismo tiempo, más y más gente comenzó a criticar el uso de accesos directos, a la lectura de mera consulta y extracción de datos en lugar del acercamiento verdaderamente intenso al texto. Para el estudioso Adrien Baillet, dice Blair, “el más grave defecto del libro de referencia fue la acumulación de material separado de y sin referencia a su contexto original”. En China, el uso de “leishu” – condensaciones cuyo objeto era ayudar a la preparación del sietema gubernamental de exámenes-   condujo a  quejas periódicas,  como la de Zhu Xi, quien mantenía que “alentaba lecturas fragmentadas, descuidadas y superficiales, mientras que el aprendizaje  requiere  lectura lenta, profundo conocimiento de los clásicos y la memorización de pasajes con atención a su contexto original”.

En la Europa del siglo XVII, la nueva filosofía de Bacon y Descartes instó al rechazo de la autoridad recibida y a la búsqueda de verdades a partir de cero. A mediados del siglo XVIII, el libro latino de referencia fue gradualmente reemplazado por sus equivalentes vernáculos, entre ellos  el “Diccionario” de Samuel Johnson y la “Encyclopédie” de Diderot . Blair se detiene aquí, aunque no es difícil no detectar un guiño a los orígenes de la Wikipedia en sus frases finales:

“Como he tratado de mostrar, los libros latinos de referencia representaron la toma de notas colectiva de varias generaciones de estudiosos que rastrearon los textos antiguos y los comentarios sobre ellos, presentados como recurso reflexivo para el bien público y la diversidad de intereses de los lectores…. Estas obras idearon métodos innovadores de gestión de la información textual en una época de explosión de publicaciones con la que nuestros propios métodos de lectura y procesamiento de la información están en deuda”.

En fin, volvamos a James Delbourgo:

“¿Son los accesos directos algo bueno o malo para nosotros? Nunca nadie ha estado seguro. Leer de forma intensiva o extensiva era una cuestión tan urgente en la China medieval como lo es hoy. Bizancio, el Islam medieval y China generaron importantes culturas de referencia, tanto para fines administrativos como  religiosos. Al igual que en Europa Occidental, el objetivo era preservar los conocimientos y transmirlos en forma cada vez más utilizable.

Esto lleva a una enorme y potencialmente problemática distribución de la autoridad en nuestra cultura intelectual, lo que podríamos llamar el dilema Wikipedia: ¿cómo sabes en qué extracto confiar?, ¿qué se pierde con la condensación? Ustedes no.

Tal como era de esperar, el Gran Kan y compilador de diccionarios, Samuel Johnson, emerge como uno de los grandes campeones modernos de gestión de la información para tranquilizarnos. La tipología pragmática de la lectura de Johnson  incluye lo que él llamó estudiar mucho, examen minucioso, lectura curiosa y simple lectura (hojeada/browsing). Para los vecinos cortos de tiempo que usan las reseñas, ofrece la más sabia de las razones: “un libro puede no ser bueno para nada, o puede tener una sola cosa que valga la pena conocer: ¿nos lo vamos a leer todo?”

No me digas más”.

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