Clionauta: Blog de Historia

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Académicos del mundo, uníos!

Publicado por Anaclet Pons en enero 31, 2011

Lo dice Anthony Grafton, lo cual es siempre signo de relevancia. En realidad, el ya nuevo preseidente de la AHA reitera para los Estados Unidos lo que él mismo comentaba para el caso inglés. Quien quiera abundar en ello, incluyendo una mejor versión de este último texto, puede consultar el postrer número de la revista Pasajes, dedicado a “Universidades en transición”.

Veamos lo que expone en esta ocasión. Se trata de una reseña para The National Interest en la que evalúa dos recientes volúmenes:  el de Andrew Hacker y Claudia Dreifus, Higher Education? How Colleges Are Wasting Our Money and Failing Our Kids—and What We Can Do about It (Nueva York, Times Books, 2010); y el de Mark C. Taylor, Crisis on Campus: A Bold Plan for Reforming Our Colleges and Universities (Nueva York, Alfred A. Knopf, 2010).

Desde los años de Reagan, académicos y periodistas han sacrificado a  la universidad americana una y otra vez. Allan Bloom, un conocido defensor de la educación clásica, elaboró uno de los primeros proyectos individuales en su Closing of the American Mind;  Charles Sykes, Martin Anderson y otros profetas de la desaparición de la torre de marfil enriquecieron su análisis con detalles vívidos  -o al menos la decoraron con anécdotas groseras. Los profesores, argumentaron estos escritores, están obsesionados con la producción de investigación altamente especializada para atender las prioridades de sus disciplinas, escleróticas y auto-obsesionadas. Escribimos más y más sobre menos y menos, produciendo artículos y libros moldeados con una jerga impenetrable, parloteando entre nosotros en innumerables conferencias, noventa mil al año solo para las artes liberales.

Peor aún, formamos a nuestros estudiantes de posgrado para que hagan lo mismo, a pesar de que nunca encontrarán puestos de trabajo fijos (tenure track). De esta manera los condenamos a una vida sin esperanza, estancada, que pasarán tratando de ejercer su pedantería mientras van de un trabajo a tiempo parcial a otro. No enseñamos nada a los estudiantes de grado, a pesar de que descaradamente les cobran cientos de dólares por una hora de nuestro tiempo. Se lo dejamos a los alumnos de posgrado y a los adjuntos. Sin embargo, eso puede no ser tan malo. Porque en las raras ocasiones en que entramos en el aula, no ofrecemos a los estudiantes encuentros cercanos con poderosas formas de conocimiento, nuevas o viejas. Por el contrario, hacemos que dominen nuestras “teorías” -sistemas de interpretación tan complicados y mecánicos como máquinas de embutidos.  Por ricos y variados que sean los ingredientes que van en la tolva, todo lo que sale parece y sabe igual: filosofía y poesía, historia y oratoria, todo es deconstruido, y resulta que es eurocéntrico, logocéntrico y todos los otros céntricos que una mente académica pueda inventar. En tanto que los profesores no renuncien a sus necias formas, la universidad está condenada a fallar a  los estudiantes y a los padres de familia con cuyos ahorros y préstamos se soporta. Es una imagen hogarthiana: profesores opulentos, ebrios de autosatisfacción, arrellanados en sofás satinados, con estómagos prominentes, mientras sus harapientos estudiantes van dando tumbos hacia una vida miserable.

En dos nuevos libros, Andrew Hacker y Claudia Dreifus -un politólogo y una periodista- y Mark Taylor -profesor de religión-  montan acusaciones similares, convenientemente actualizadas para reflejar los salarios actuales y los costes de matrícula. Es cierto que su énfasis difiere en ciertos aspectos. Hacker y Dreifus estudian una serie de problemas, incluyendo el papel corruptor de los deportes y las preferencias de admisión para los hijos de antiguos alumnos y  donantes -de lo que Taylor no se ocupa. Hacker y Dreifus, por otra parte, visitaron un gran número de centros, incluyendo community colleges, liberal-arts colleges estatales y universidades con ánimo de lucro. Taylor, por el contrario, se limita a las instituciones de élite, como Williams y Columbia, donde ha enseñado. Hacker y Dreifus rechazan a los autores y los enfoques apreciados por los “teóricos” de las humanidades. Taylor los ve como valiosos y ha escrito sobre ellos en profundidad, aunque sus prioridades parecen haber cambiado en los últimos tiempos. Hacker y Dreifus dejan claro que han encontrado valiosas iniciativas en muchos niveles del sistema -no sólo en la mayoría de las elitistas universidades de investigación. Taylor ofrece la institución que él mismo ha creado como solución a los problemas generales. (¿ Dudan los profesores en aprender las herramientas digitales? En ese caso, crea  un centro como el que Taylor ha construido en Williams, donde los estudiantes pueden guiar a los torpes dedos de sus mentores en el teclado y el ratón. ¿Que los profesores tienen dificultades para llegar al público en general? Pues se crea un programa como el que Taylor ha desarrollado en Columbia, que reúne a profesores y medios de comunicación locales). Sólo un viaje virtual por el MIT Media Lab -un lugar adepto a las innovaciones y más aún a la publicidad victoriosa- basta para transformar su loas en energías creativas.

En el fondo, sin embargo, los dos planteamientos tienen mucho en común. Ambos señalan -con considerable justicia- que la situación financiera de las universidades americanas es en el mejor de los casos precaria, mucho más de lo que la mayoría de los académicos creen. Los Estados han reducido su apoyo, que rara vez llega a más del 15 por ciento del presupuesto de una universidad pública de bandera. Las dotaciones -que los administradores y el resto de nosotros, llevados por el éxtasis de las colocaciones privadas, prevíamos ver subir como los ascensores, año tras año, hasta el próximo milenio- se colapsaron junto al resto de la economía en 2008. Los ingresos familiares están estancados excepto para los ricos. Sin embargo, el coste de un año de estudio en un colegio o una universidad aumenta año tras año.

Sin embargo, ¿cuán bueno es este caro producto? Las tasas de deserción son alarmantemente altas: menos de la mitad de los que ingresan en la universidad van a obtener un associate’s degree a los tres años o un BA en seis (algo así como diplomatura y licenciatura). Por otra parte, incluso los que terminan a menudo salen de la universidad con deudas asombrosas, sin cualificación técnica ni conocimientos básicos. En 2003, la última National Assessment of Adult Literacy reveló que:  “Sólo el 41 por ciento de los estudiantes de grado analizados. . . podrían clasificarse como “competente” en prosa -leer y comprender la información contenida en un texto breve-, lo cual supone un porcentaje diez puntos peor que en 1992. De los graduados universitarios, sólo el 31 por ciento fueron clasificados como competentes”.

En estas circunstancias, dicen los críticos, se necesitan medidas radicales: medidas que reduzcan los costes y hagan a la vez que la educación sea más valiosa.

Algo que Hacker y Dreifus tienen en común con Taylor es una notable cantidad de arrogancia. Tratan de mostrar cómo las instituciones multitudinarias, algunas de ellas ricamente dotadas, todas ellas fundamentales para la sociedad y la cultura americanas, deben ser reformadas. Sin embargo, ambos libros son también notablemente superficiales. Los autores denuncian confiados todo el actual trabajo académico al que tildan de falto de valor en sí mismo e irrelevante o dañino para el tipo de enseñanza que los estudiantes necesitan. “El así llamado trabajo de vanguardia se hace más y más sobre menos y menos”, dice Taylor. Él no cita ninguna prueba para apoyar la afirmación, como si una sola persona pudiera evaluar la calidad del trabajo de una sola disciplina, y mucho menos de todas. Hacker y Dreifus quieren que los científicos transformen sus cursos básicos, pasando de  experiencias duras y exigentes a introducciones accesibles a “las esperanzas del campo elegido y los objetivos de la ciencia en su conjunto”.  Sin embargo, nunca explica cómo la ciencia americana podría sobrevivir una vez que las propias universidades abandonaran la investigación científica y cambiaran “Física y Química” por “Ciencias para Poetas”. A pesar de que adopten tonos convenientemente apremiantes, estos aspirantes a reformadores han leído y reflexionado menos sobre la universidad que escritores previos, como David Damrosch de Harvard y David Kirp de Berkeley. Se muestra.

Para situar sus panaceas para la educación superior, digamos que los dos tratados dependen en gran medida -como sus escasas notasrevelan- de artículos de periódicos y del Chronicle of Higher Education -no es precisamente una muestra de que los autores hayan escarbado a fondo para comprender la cuestión. Y ambos ofrecen juicios rápidos y sugerencias fáciles que un momento de reflexión  -por no decir usando Google diez minutos- habría reformulado o eliminado. Hacker y Dreifus indican que en 2008 Williams se gastó 70.316 dólares en cada estudiante, mientras que recaudó sólo 23.468 dólares de media con la matrícula. Esto lo encuentran excesivo: “En cambio, visitamos Linfield College, en el vinícola Oregon, donde encontramos qiue se ofrece una excelente educación en artes liberales por 26.603 dólares”. Williams, en su opinión, “lo puede hacer igual de bien con sus alumnos con los 26.603 dólares de Linfield. Pero gasta 70.316 porque los puede conseguir”. Linfield puede ofrecer una excelente educación. Pero si se comparan los sitios web de ambos colegios, se ve que Williams ofrece formación en más idiomas que Linfield -en particular en ruso, que ese pequeño colegio del noroeste del Pacífico aparentemente no ofrece, y árabe, en el que Williams ha creado un area especializada (major);  que su biblioteca es varias veces mayor que la de Linfield, y que la ratio estudiantes/profesor es de siete a uno (en Linfield es de doce a uno). Williams gasta más que Linfield no porque su presidente y sus administradores estén llevando a cabo algún tipo de extraño ritual potlatch, sino porque puede ofrecer a los estudiantes una gama más amplia de recursos y posibilidades.

Taylor, por su parte, argumenta que ya no tiene sentido mantener disciplinas separadas  -tener estudiantes, por ejemplo, que se pasen el grado con el dominio de una lengua y literatura, en lugar de en un solo departamento de literatura. Su “audaz” propuesta (el término es de Taylor) aboga por la creación de “zonas emergentes”: espacios especiales en los que las disciplinas se unan para llevar a cabo tareas específicas, y los estudiantes puedan aprender a manejar varias actividades a un tiempo. Sin embargo, no hay nada audaz en estas ideas. Aparentemente, Taylor no se ha dado cuenta de que su universidad de origen, Columbia, cuenta con un Centro del Genoma donde -como en otras universidades de primer nivel- los estudiantes pueden hacer doctorados en el “Integrated Program in Cellular, Molecular and Biomedical Studies”. El profesorado “pertenece a distintos departamentos académicos, como Física Aplicada, Matemática Aplicada, Bioquímica, Biofísica Molecular, Ciencias Biológicas, Informática Biomédica, Informática, Ingeniería Eléctrica y Farmacología”. Y a pesar de que los estudiantes de grado se pueden beneficiar de programas de literatura comparada, religión y otros campos, Taylor parece haber olvidado que para que un estudiante realmente domine un idioma extranjero y su literatura eso exige que siga cursos múltiples con distintos expertos. A pesar de que ya insiste en sustituir las especializaciones tradicionales con programas de “Agua” y “Espacio”, como hizo en el editorial del New York Times que precedió a la aparición de su libro hace más o menos año y medio, su  bosquejo de cómo las universidades deben recortar y gestionar las disciplinas muestra poco aprecio por su riqueza histórica y estética. En muchos campos ya hemos aprendido a hacer un trabajo razonablemente bueno a la hora de conjugar distintas disciplinas -como cuando es necesario para un trabajo en particular. Reunimos psicólogos, informáticos, matemáticos y físicos para interpretar las imágenes fMRI. Y unimos a los ingenieros químicos con los físicos y similares para estudiar las propiedades eléctricas de las sustancias que podrían utilizarse en dispositivos electrónicos de estado sólido. (Estos son sólo dos ejemplos de los muchos de mi propia universidad, Princeton, basados respectivamente en el Center for the Study of the Brain, Mind and Behavior y en el Center for Complex Materials).  Ponerlos a todos los demás juntos por decreto causaría confusión, no creatividad, y socavaría mucho del sólido aprendizaje existente.

A la postre, estos autores ponen sus esperanzas en el mismo mesías académico. Si los rectores de las universidades tuvieran poder para actuar como directores generales, podrían cortar los nudos gordianos. Así que vamos a darles el poder de destituir a los profesores que cobran en exceso y siguen en su puesto más allá de sus fechas de caducidad, y hacer que los demás impartan cuatro o cinco cursos. Sólo hay que llevar la universidad como una corporación educativa, en otras palabras, y todo irá bien. Quitemos las plazas fijas, con lo que la vigente legislación constitucional que protege la libertad de cátedra y de ocupar una plaza no tiene otra función. Cortemos los sueldos excesivos y neguémonos a apoyar la investigación con licencias sabáticas y becas. Luego, los profesores se pueden poner a trabajar en el aula, el único lugar al que realmente pertenecen, ofreciendo un justo día de trabajo a cambio de una modesta paga. La universidad hará una vez más su trabajo propiamente dicho, dando a los estudiantes abilidades básicas y los valores cívicos, haciéndolos leer a los clásicos (Hacker y Dreifus) o  preparándoles para competir en un mundo caliente y plano, ayudándoles a aprender a abandonar los viejos y cansados argumentos lineales en favor de las yuxtaposiciones multimedia y las posibles digresiones en el trabajo digital (Taylor). A excepción de los incorregibles, se supone que los profesores estarán encantados de colaborar en la construcción de nuevos planes de estudio para cumplir con sus nuevas circunstancias. (Ninguno de los libros explica por qué  gente capaz querría convertirse en profesor en estos nuevos sistemas, que reducirían sus puestos de trabajo a versiones glorificadas de la enseñanza secundaria).

No es una idea nueva. Como Frank Donoghue mostró en The Last Professors, algunos de los empresarios que crearon grandes negocios en los Estados Unidos de las décadas de principios del XX consideraban que las universidades debían ser administradas como fábricas, con una disciplina severa y sin titularidades. Tampoco es una buena idea. El modelo corporativo de América parece algo abollado por el momento, mientras que las universidades estadounidenses se han convertido en paradigmas de aprendizaje al que aspira todo el mundo. ¿Realmente tiene sentido reformar la Universidad de Harvard a imagen de la GM o BP? A pesar de sus problemas, la titularidad de una plaza ha demostrado su valor con el tiempo -y no sólo, ni principalmente, como una forma de proteger la libertad de expresión. A veces, la investigación básica en humanidades, ciencias sociales y ciencias naturales produce rápidamente  resultados en el mundo real. Más a menudo, sin embargo, se necesita una generación o más para ver sus implicaciones prácticas. Por ejemplo, eso es lo que costó, a una nueva investigación (la mayoría hecha en las universidades) que mostró lo central que era la esclavitud tanto para la vida del Sur como para el estallido de la Guerra Civil,  transformar la manera en la que los historiadores públicos presentaban el pasado de América en los sitios históricos. Ese es el tiempo que probablemente le costará a la investigación genómica actual tener un impacto práctico en el tratamiento médico. La investigación básica no engorda inmediatamentelos balances, ni siquiera en el trimestre fiscal en el que se anuncian los resultados. Muchas empresas han reducido o retirado su apoyoa tal fin,  por motivos estrictamente económicos. En décadas anteriores, AT & T (más tarde Lucent Technologies), RCA, Xerox y otras empresas industriales hicieron una gran cantidad de investigación básica. Los laboratorios de AT & T Bell, por su parte, crearon el transistor y la célula fotovoltaica,  montaron la primera televisión y las transmisiones por fax. Pero el financiamiento se reduce y las prioridades de las empresas cambian –y se ha reducido en todos los sentidos desde entonces. Sólo un millar de empleados transitan por los pasillos oscuros de los Laboratorios Bell, frente a un total de treinta mil en 2001. Necesitamos universidades y profesores titulares  para llevar a cabo la investigación básica que la mayoría de las empresas han abandonado. Lo que no necesitamos es que las universidades adopten el estilo de gestión que ha hecho naufragar los centros de investigación corporativa.

Con todos sus defectos, ambos libros iluminan algunos rincones oscuros del sistema universitario estadounidense, y merecen que se les reconozca. Pero lo  expesan en una clave polémica y condescendiente que va a ganar pocos admiradores entre los profesores cuyas vidas y actitudes esperan transformar. Sus análisis y propuestas carecen de la profundidad y especificidad que alguien como Kirp alcanzó con detallados estudios de casos de colleges y universidades. Ninguno de los dos afronta -ni siquiera menciona- algunas de las causas básicas de los problemas que hemos identificado: la caída generalizada de la educación secundaria pública, que envía a muchos estudiantes a la universidad sin preparación y convierte a los cursos universitarios en trabajos de reparación, o la desaparición de la idea de que una sólida educación es un bien público que las sociedades deben ofrecer al mayor número posible de sus miembros. Lo más extraño de todo es que estos escritores eruditos muestran poca comprensión por esa riqueza y la variedad intelectual que ha hecho que las universidades americanas sean la envidia de los observadores en todo el mundo -observadores que están horrorizados por nuestras defectuosas infraestructuras, nuestro sistema radicalmente desigual de servicios de salud y nuestra miserable previsión social para los más pobres de nuestros pobres. Como Michael Crow -reformista rector de la Arizona State, muy admirado por Hacker y Dreifus- ha dejado en claro con el ejemplo (como cuando contrató a Kip Hodges, un veterano profesor de ciencias planetarias, de la tierra y de  la atmósfera en el centro-interdisciplinario-creador-por-excelencia del MIT, para poner en marcha una nueva School of Earth and Space Exploration), la manera de mejorar los modelos tradicionales no es abandonarlos, sino ir a uno mejor. La solución consiste en ofrecer a científicos dotados y estudiosos que han demostrado serlo con el antiguo sistema nuevas y mejores formas para hacer su trabajo. Las propuestas más radicales suenan bien, agitan los debates, los calientan una temporada y venden libros. Pero no nos ayudarán a salvar la compleja y delicada ecología de la enseñanza y el aprendizaje de la edad de hielo que ahora nos amenaza.

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Geert Lovink: Web 2.0

Publicado por Anaclet Pons en enero 28, 2011

Geert Lovink

MyBrain.net  The colonization of real-time and other trends in Web 2.0

“La socialidad es la capacidad de ser varias cosas a la vez”, G. H. Mead (La filosofía del presente)

La Web 2.0 tiene tres características distintivas: es fácil de usar; facilita el elemento social; y  los usuarios pueden subir sus propios contenidos, en cualquier forma, ya sean imágenes, vídeos o texto. Se trata de proporcionar a los usuarios una publicación gratuita y plataformas de producción. El enfoque en cómo obtener beneficios de contenido libre generado por los usuarios se produjo como respuesta a la crisis puntocom. En el momento álgido de la manía puntocom toda la atención se centraba en el comercio electrónico. Los usuarios eran en primer lugar clientes potenciales. Se les tenía que convencer de que compraran bienes y servicios en línea. Esto es lo que se suponía que era la Nueva Economía. En 1998, el atractivo mundo cibernético de frikis, artistas, diseñadores y pequeños empresarios quedó arrasado de la noche a la mañana por el señor del traje:  los gerentes y contables que llegaron después del dinero de los bancos, fondos de pensiones y capital riesgo. Con la llegada repentina de los hombres de negocios, la cibercultura sufrió un golpe fatal y perdió su posición de vanguardia. En un sorprendente giro de los acontecimientos, los empresarios puntocom se marcharon igual de rápido cuando, dos años después, se produjo el estallido de la burbuja de la Nueva Economía. La Web 2.0 no puede entenderse fuera de este contexto: a medida que el sector de las TI se hace cargo de la industria de los medios, el culto a lo “gratuito” y “abierto” no es más que una venganza irónica sobre la locura del comercio electrónico.

Durante el período de reconstrucción post-9/11, Silicon Valley encuentra una inspiración renovada en dos proyectos: la energía vital de la búsqueda con Google (que logró aplazar con éxito su salida a bolsa durante años), y el escenario rápidamente emergente de los blogs,  alrededor de plataformas de autopublicación como blogger.com, Blogspot y LiveJournal. Tanto el algoritmo de búsqueda de Google como la invención del RSS de Dave Winer ( tecnología subyacente al blog) se remontan a 1997-1998, pero se las arreglaron para evitar la manía “punto com” hasta que salieron a la superficie para formar el núcleo de la ola de la Web 2.0. Mientras los blogs no tienen fines de lucro, potenciando los aspectos de respuestas personales agrupadas en torno a un enlace, Google ha desarrollado técnicas que le permiten parasitar los contenidos de otras personas, algo también conocido como “organizar la información mundial”. La aplicación asesina resultó ser el  anuncio personalizado. Lo que se vende es la información indirecta, no los servicios directos. Google pronto descubrió que podía sacar provecho de la información que flotaba libre en la Internet abierta, desde videos de aficionados a sitios de noticias. El espectacular aumento del contenido generado por los usuarios ha sido impulsado por la industria de las TI, no por el sector de los medios. El beneficio ya noestá en la producción, sino en el control de los canales de distribución. Apple, Amazon, eBay y Google son los mayores ganadores en este juego.

Vamos a discutir algunas recientes críticas a la Web 2.0. Dejo fuera el asunto de la privacidad planteado por Danah Boyd y otros, en parte debido a que ya han recibido una amplia cobertura. The Cult of the Amateur (2007), de Andrew Keen, ha sido considerada como una de las primeras críticas al sistema de creencias de la Web 2.0. “¿Qué ocurre”, pregunta Keen, “cuando la ignorancia se reúne con el egoísmo, el mal gusto y la ley de la calle? El mono se hace cargo”. Cuando todos emiten, nadie está escuchando. En este estado de “darwinismo digital” , sólo las voces más fuertes y dogmáticas sobreviven. Lo que hace la Web 2.0 es “diezmar las filas de los guardianes de la cultura”.  Mientras Keen se puede leer como una respuesta malhumorada y envidiosa de la vieja clase media, este ya no es el caso de Nicholas Carr (The Big Switch,2008),  en el que analiza el auge de la computación en nube (cloud computing: la tendencia a basar las aplicaciones en servicios alojados de forma externa, en la propia web). Para Carr, esta infraestructura centralizada señala el final del PC autónomo como un nodo en una red distribuida. El último capítulo, titulado “iGod”, indica un “giro neurológico” en la crítica de la red. Observando que la intención de Google siempre ha sido convertir sus operaciones en una especie de Inteligencia Artificial, “un cerebro artificial que es más inteligente que tu cerebro” (Sergey Brin), Carr vuelve su atención al futuro de la cognición humana: “El medio no es sólo el mensaje. El medio es la mente. Se da forma a lo que vemos y a cómo lo vemos”. Subrayando la velocidad de Internet, nos convertimos en las neuronas de la Web: “Cuantos más clics en los vínculos, más páginas vemos y más transacciones hacemos, más inteligente se hace la Web,  más valor económico gana y mayores beneficios proporciona”.

En su famoso ensayo de 2008 aparecido en Atlantic Monthly (“Does Google make us stupid? What does the Internet do to our brains“) Carr lleva este argumento un poco más allá y argumenta que el cambio constante entre ventanas y sitios y el uso frenético de los motores de búsqueda en última instancia nos embrutece. ¿Es en última instancia responsabilidad de las personas controlar el uso de Internet para que no tenga un impacto a largo plazo en su cognición? En su amplia cobertura del debate que siguió, Wikipedia se refiere a un trabajo de Sven Birkerts de 1994 (The Gutenberg Elegies: The Fate of Reading in the Electronic Age) y al trabajo de la psicóloga Maryanne Wolf, quien señaló la pérdida de la capacidad de hacer una “lectura profunda”. Los usuarios duchos en Internet, afirma, parecen perder la capacidad de leer y disfrutar de novelas gruesas y monografías integrales. El próximo libro Carr se llama The Shallows: What The Internet is Doing to Our Brains y aparecerá en 2010 (ya ha aparecido, por supuesto). Carr y otros explotan hábilmente la obsesión anglo-americana con todo lo relacionado con la mente, el cerebro y la conciencia -la ciencia convencional nom se cansa nunca de emitir informes sobre el asunto. Un completo análisis económico (por no hablar del marxismo)  de Google y del complejo abierto y gratuito no está de moda. Parece que los críticos culturales tendrán que cantar junto con los Daniel Dennetts de este mundo (en los términos recogidos en edge.org) con el fin de comunicar sus inquietudes.

El impacto sobre el cerebro es un elemento recogido por Frank Schirrmacher, editor del Frankfurter Allgemeine Zeitung y miembro de Edge,  en su amplio ensayo Payback (2009). Si Carr asumir el colapso de la capacidad del hombre blanco para la multitarea con el color local de un experto norteamericano en los negocios de las TI  y de intelectual de la Costa Este, Schirrmacher sitúa el debate  en el contexto europeo de una clase media envejecida e impulsada por la ansiedad defensiva frente al fundamentalismo islámico y la hipermodernidad de Asia. Al igual que Carr, Schirrmacher busca evidencias de un deterioro del cerebro humano que ya no pueden mantenerse al día con el iPhone, Twitter y Facebook, en lo alto los flujos de información ya existentes de la televisión, la radio y la prensa escrita. Estamos en alerta permanente y tenemos que someternos a la lógica de la disponibilidad constante y de la velocidad. Schirrmacher habla del “Yo exhausto”. La mayoría de los blogueros alemanes respondieron negativamente a Payback. Al margen de los errores que contenía, lo que más les preocupaba era su implícito pesimismo cultural anti-digital (algo que él niega) y el conflicto de intereses entre su papel como editor de un periódico y el de crítico del zeitgeist. Cualquiera que sea la agenda de los medios culturales, la proclama de Schirrmacher estará con nosotros durante bastante tiempo. ¿Qué lugar queremos dar a los dispositivos y aplicaciones digitales en nuestra vida cotidiana? ¿Internet desbordará nuestros sentidos y dictará nuestra visión del mundo? ¿O vamos a tener voluntad y clarividencia para dominar tales herramientas?

El último título de la creciente colección es el de Jaron Lanier, pionero  de la realidad virtual (You Are Not a Gadget. 2010),  que se pregunta: “¿Qué sucede cuando dejamos de dar forma a la tecnología y es la tecnología la que empieza a darnos forma a nosotros?” Al igual que Andrew Keen, Lanier defiende la resistencia individual frente a al efecto de estupidez derivado de la “sabiduría de la multitud”. En Wikipedia, las voces únicas son suprimidas en favor de la ley de la calle. Esto también aplasta la creatividad: Lanier pregunta por qué las dos últimas décadas no han dado lugar a nuevos estilos musicales y subculturas, y censura el fuerte énfasis en lo retro en la cultura musical contemporánea, dominada por el remix. La cultura gratuita no sólo diezma los ingresos de los artistas, intérpretes o ejecutantes, sino que también desalienta a los músicos a experimentar con nuevos sonidos. La democratización de las herramientas digitales no ha dado lugar a la aparición de un “super-Gershwin”. En cambio, Lanier ve un  “patrón de agotamiento”, un fenómeno en el que una cultura se queda sin variaciones en los diseños tradicionales y se hace menos creativa: “No estamos pasando por un período de calma momentánea antes de la tormenta. Hemos entrado en una somnolencia persistente  y he llegado a creer que sólo escaparemos cuando acabemos con la colmena” [algunos lo llaman "maoísmo digital"].

Thierry Chervel, del agregador cultural alemán Perlentaucher, escribe: “Según Schirrmacher, Internet tritura el cerebro y él quiere recuperar el control. Pero eso ya no es posible. La revolución devora a sus hijos, a sus padres, y a aquellos que la detestan”. Si uno no se quiere quedar en la queja ha de acabar celebrando el “fin del control”. Con el tiempo, la discusión  tendrá que ser sobre quién está a cargo de Internet. El debate sobre la sociedad e Internet debería ser acerca de la política y la estética de su arquitectura de red y no ser “medicalizado”. Así que en vez de repetir lo que proclama la facción cerebral, me gustaría volver a  tendencias que necesitan idéntica atención. En lugar de cartografiar el impacto ambiental y preguntarnos si podemos hacer algo para domar la influencia de la red, o discutir una y otra vez sobre el destino de la industria de la edición y de la prensa, vamos a estudiar la lógica cultural emergente (como la de la búsqueda). Vamos a profundizar en la producción de conocimiento de Wikipedia, así como el estudio de las fuerzas políticas que operan fuera de las estructuras principales (mainstream). Echemos un vistazo a las nuevas formas de control.

La colonización de tiempo real


Hay un cambio fundamental desde los archivos estáticos hacia el “flujo” y el “río”.  El protoblogger Dave Winer lo promueve en Scripting News y Nicholas Carr escribe con escepticismo al respecto en su blog:  The Real Time Chronicles. Vemos la tendencia en metáforas como Google Wave. Twitter es el síntoma más visible de esta tendencia transitoria. ¿Quién responde a las referencias de ayer? La historia es algo de lo que deshacerse. Silicon Valley se está preparando para la colonización del tiempo real, lejos de la “página” web estática  que remite todavía a la prensa. Los usuarios ya no sienten la necesidad de almacenar la información y la “nube” facilita este movimiento liberador. Si guardamos nuestros archivos en Google o en otro lugar, podemos deshacernos de los torpes PC de uso múltiple. Despidámonos de los feos y grises muebles de oficina. La Web se ha convertido en un medio efímero que llevamos con nosotros, en nuestra piel. Algunos incluso han dicho adiós a la idea misma de “búsqueda” porque es una actividad que cuesta demasiado tiempo y a menudo con resultados insatisfactorios. Esto podría, potencialmente, ser el punto en el que el imperio Google empezara a desmoronarse – y es por eso que están dispuestos a estar a la vanguardia de lo que el filósofo francés Paul Virilio describió hace mucho tiempo: en estos días, la televisión en vivo se considera demasiado lenta, hasta el punto de que los presentadores siguen a Twitter para estar actualizados al segundo. A pesar de todas las justificadas llamadas a la “comunicación lenta”, el mercado se está moviendo en la dirección opuesta. Pronto, la gente no tendrá tiempo de volcar un archivo en una polvorienta base de datos. Al igual que en las finanzas, la industria de los medios de comunicación está explorarando las posibilidades de maximizar el valor excedente de la explotación de los milisegundos. Pero a diferencia de los fondos de cobertura, esta es una tecnología para todos. Los beneficios sólo se incrementarán si la colonización del tiempo real se utiliza a escala planetaria.

Tomemos Google Wave. Combina correo electrónico, mensajería instantánea, wikis y redes sociales. Wave integra los feeds de Facebook, Twitter, etc.,  cuentas en un solo evento real que sucede en la pantalla. Es una metaherramienta en línea para la comunicación en tiempo real. Visto desde el “panel”, Wave parece como si estuvieras sentado en la orilla de un río, observando la corriente. Ya no es necesario acceder al PC con una pregunta y luego sumergirse en el archivo.  Internet funciona como un todo en tiempo real en un intento de acercarse al desorden, a la complejidad del mundo social realmente existente. Pero un paso adelante significa dos pasos hacia atrás en términos de diseño. Basta con mirar a Twitter, que se parece al correo electrónico ASCII y a los mensajes SMS de un móvil de 2001. ¿Hasta qué punto es un efecto visual consciente? La crudeza de los tipos, al estilo html, no puede ser una imperfección técnica, sino que más bien remite a lo inacabado del Eterno Ahora, en el que estamos atrapados. Simplemente no hay tiempo para disfrutar de los medios de comunicación lentos. De vuelta al orden toscano, es bueno descansar y escuchar el silencio desconectado, pero se reserva para los momentos de calidad.

El marcapasos de Internet en tiempo real es el “microblogging”, pero también podemos pensar en los sitios de redes sociales y su impulso para difundir tantos datos en tiempo real de sus usuarios como sea posible: “¿Qué estás haciendo” Danos tu self-shot. “¿En qué piensas” Expon tus impulsos. La frenética actualización de los blogs es parte de esta inclinación, ya que los sitios de noticias se actualizan con frecuencia. La tecnología subyacente que lo transporta  es la evolución constante de los canales RSS, lo que hace posible obtener actualizaciones instantáneas de lo que está sucediendo en otros lugares de la web. La proliferación de teléfonos móviles tiene un papel significativo en el hecho de “movilizar” al ordenador, con la red social, el vídeo y la cámara de fotos, los aparatos de audio  y, finalmente, también el televisor. La miniaturización de hardware combinada con la conectividad inalámbrica permite que la tecnología se convierta en una parte invisible de la vida cotidiana. Las aplicaciones de la Web 2.0 responden a esta tendencia y tratan de extraer el valor de cada situación en la que nos encontramos.  La Máquina quiere saber constantemente lo que pensamos, qué elecciones hacemos, a dónde vamos, con quién hablamos.

No hay pruebas de que el mundo sea cada vez más virtual. Los ciber-profetas erraron en este punto. Lo virtual es cada vez más real. Quiere penetrar y cartografiar nuestra vida real y nuestras relaciones sociales. Ya no nos anima a desempeñar algún papel, sino que nos fuerza a ser “nosotros mismos” (que no es menos teatral o artificial). Iniciamos sesión constantemente, creamos perfiles con el fin de presentar nuestro “yo” en el mercado mundial del empleo, la amistad y el amor. Podemos tener múltiples pasiones, pero sólo un certificado de identificación. La confianza es el petróleo del capitalismo global, mientras la seguridad es exigida por ambas partes en cualquier transacción o intercambio. En cada rito de paso, las autoridades deben confiar en nosotros antes de dejar que nuestros cuerpos y la información pasen. La vieja idea de que lo virtual está ahí para liberarnos de un antiguo yo se ha derrumbado. Se trata de la autogestión y la tecno-escultura: ¿cómo se forma el yo en ese flujo en tiempo real? No hay tiempo para el diseño, no hay tiempo para la duda. La respuesta del sistema no puede hacer frente a la ambivalencia. El yo que se presenta aquí es pos-cosmético. El ideal es no llegar a ser ni el otro ni un ser humano mejor. Mehrmensch, no Übermensch. La personalidad perfecta carece de empatía y es sospechosa. Es sólo cuestión de tiempo que las super-personas, como los famosos, revelen sus debilidades. Ser mejor implica revelar quién eres. Los medios sociales invitan a los usuarios a “administrar” su lado demasiado-humano,  más allá de ocultar o exponer simplemente los aspectos más controvertidos. Nuestros perfiles se mantienen fríos e inconclusos si no exponemos al menos algunos aspectos de nuestra vida privada. De lo contrario, se nos considera robots, miembros anónimos de una cultura de masas en desaparición, la del siglo XX. En Cold Intimacies, Eva Illouz lo expresa así: “Es prácticamente imposible distinguir la racionalización y la mercantilización de la individualidad de la capacidad del yo para dar forma y ayudarse a sí mismo y participar en la deliberación y la comunicación con los demás”.

Cada minuto de la vida es convertido en “trabajo”, o en disponibilidad al menos, por una fuerza ejercida desde el exterior. Ése es el éxito de las interpretaciones biopolíticas del capitalismo informacional. Al mismo tiempo, nos apropiamos e incorporamos la tecnología en nuestras vidas privadas, un espacio de ocio personal, con el objetivo de crear un momento para nosotros mismos. ¿Cómo podemos equilibrar los dos? Parece una ilusión acelerar y frenar al mismo tiempo, pero esta es exactamente la manera en la que las personas conducen sus vidas. Podemos externalizar uno de los dos y tratar con las tareas, ya sea rápida o lenta, según nuestro carácter, habilidades y gusto.

Los internautas (Netizens) y el surgimiento de opiniones extremas


¿A dónde ha ido a parar el netizen racional y equilibrad0, el ciudadano en línea de buen comportamiento? Internet puede convertirse en una caja de resonancia de las opiniones extremas. ¿Está la Web 2.0 descontrolándose? A primera vista, la idea del netizen es la respuesta de mediados de 1990  a la primera oleada de usuarios que se hizo cargo de la red. El netizen moderaba, efriaba acalorados debates y, sobre todo, respondía de una manera amistosa, no represiva. El netizen no representa a la Ley, ni a ninguna autoridad,  actúa como un asesor, un guía en un nuevo universo. El netizen está pensando actuar con un espíritu de buena conducta y de ciudadanía corporativa. Los usuarios tomaron ellos mismos la responsabilidad social -no era una llamada a la regulación del gobierno y fue diseñado explícitamente para mantener a los legisladores fuera  de la red. Hasta 1990, la última etapa académica de la Red, se presumía que todos los usuarios conocían las reglas (la llamada netiquette) y se comportaban en consecuencia. (En Usenet no hubo “netizens“: todos eran pervertidos).  Por supuesto, esto no siempre fue así. Cuando se advertía el mal comportamiento, el individuo podía ser convencido para que dejara de enviar spam, intimidara, etcétera.  Eso ya no fue posible a partir de 1995, cuando internet se abrió al público en general. Debido al rápido crecimiento de la World Wide Web, con navegadores que la hacían mucho más fácil de usar, el código de conducta elaborado por ingenieros y científicos ya no podía ser transmitido de un usuario a otro.

En ese momento, la Red fue vista como un medio global que no podía ser controlado fácilmente por la legislación nacional. Tal vez haya algo de verdad en esto. El ciberespacio estaba fuera de control, pero de una manera agradable e inocente. Que en una habitación contigua a la oficina del primer ministro de Baviera, las autoridades hubieran instalado un equipo de trabajo policial para controlar la parte bávara de internet, era una imagen entrañable y un poco desesperada. Entonces nos reíamos con esta previsible medida alemana.

El 9/11 y el crash de las punto com cortó en seco la risa. Más de una década después, hay montones de la legislación, departamentos gubernamentales y todo un arsenal de herramientas de software para supervisar la Red Nacional, como se la llama ahora. Retrospectivamente, es fácil despachar el enfoque del netizen racional como una Gestalt libertaria, una figura que pertenece a la época neo-liberal de la desregulación. Sin embargo, los asuntos que la figura del netizen trataba de abordar han crecido de manera exponencial, no han desaparecido. En estos días, probablemente los incluiríamos como parte de programas educativos en las escuelas y en las campañas de concienciación general. El robo de identidad es un asunto serio. Existe el ciberacoso entre niños y los padres y profesores necesitan saber cómo identificar y responder a eso. Al igual que a mediados del decenio de 1990, todavía nos enfrentamos al problema de la “masificación”. El gran número de usuarios y la intensidad con la que la gente se involucra con internet es fenomenal. Lo que quizás ha cambiado es que muchos ya no creen que la comunidad de Internet pueda resolver por sí misma los problemas. Internet ha penetrado en la sociedad hasta el punto de que se han convertido en una y la misma.

En tiempos de recesión mundial, el creciente nacionalismo, la tensión étnica y la obsesión colectiva con la cuestión del Islam, comentar las culturas dentro de la Web 2.0 es una preocupación importante para los reguladores de los medios de comunicación y para la policía. Blogs, foros y sitios de redes sociales invitan a los usuarios a dejar mensajes cortos. Son especialmente los jóvenes quienes reaccionan impulsivamente frente a (nuevos) eventos, a menudo publicando amenazas de muerte a políticos y celebridades sin darse cuenta de lo que acaban de hacer. La supervisión profesional de los comentarios se está convirtiendo en un negocio serio. Daré algunos ejemplos holandeses. Marokko.nl tiene que supervisar 50.000 envíos en su base diaria, y el portal de noticias derechista Telegraaf consigue 15.000 comentarios en los items que diariamente selecciona. Blogs populistas como Geen Stijl animan a a los usuarios a enviar comentarios extremos – una probada táctica para llamar la atención sobre el sitio. Si bien algunos sitios tienen políticas internas para eliminar comentarios racistas, amenazas de muerte y de contenido difamatorio, otros alientan a sus usuarios en esta dirección, todo en nombre de la libertad de expresión.

Actualmente existe software que permite a los usuarios dejar breves enunciados, a menudo excluyendo la posibilidad de que otros respondan. La Web 2.0 no fue diseñada para facilitar el debate. El “terror de la informalidad” dentro de “espacios protegidos” como Facebook se está convirtiendo en un problema. Si la web va en tiempo real, hay menos tiempo para la reflexión y más tecnología que facilita las tonterías impulsivas. Este desarrollo no hará sino invitar a las autoridades a intervenir más en las conversaciones masivas en línea. ¿Cuál será la solución? Los robots desempeñan un papel cada vez más mayor en la vigilancia automatizada de sitios web de gran tamaño. Pero los robots sólo trabajan en el trasfondo, haciendo su trabajo en silencio para los poderes que sean. ¿Cómo pueden los usuarios recuperar el control y navegar a través de discusiones complejas? ¿Deberían tener sus propios robots y diseñar herramientas con el fin de recuperar su “autonomía personal de información”, como dijo David d’Heilly en cierta ocasión?

El aumento de la web nacional


La Web 2.0 puede ser vista como una ideología específica de Silicon Valley. También significa simplemente una segunda etapa del desarrollo de Internet. Si el control sobre el contenido puede haber desaparecido, el control dentro del Estado-nación va en aumento. Debido al aumento de la base de usuarios de Internet en todo el mundo (actualmente en 1,7 miles de millones), el foco se ha desplazado desde el potencial global a los intercambios locales, regionales y nacionales. La mayoría de las conversaciones ya no son en inglés. Muchas de las nuevas tecnologías son geo-sensibles. El hecho de que el 42,6 por ciento de usuarios de internet se encuentren en Asia lo dice todo. Sólo cerca del 25 por ciento del contenido es ahora en inglés. Tales datos estadísticos constituyen la verdadera Web 2.0. Lo que a la gente le preocupa, ante todo, es lo que sucede en su entorno inmediato – y no hay nada malo en ello. Esto fue previsto en los años noventa, sólo era cuestión de tiempo. El trasfondo de la “red nacional” es el desarrollo de herramientas cada vez más sofisticadas para supervisar el rango nacional de direcciones IP (las direcciones IP asignadas a un país). Estas tecnologías pueden utilizarse en dos direcciones: para bloquear a los usuarios de fuera del país y que no vean, por ejemplo, la televisión nacional en línea ni visiten las bibliotecas públicas (tal es el caso, por ejemplo, de Noruega y Australia para los nuevos servicios en línea de ABC). También pueden impedir que los ciudadanos visiten sitios extranjeros (los residentes chinos no son capaces de visitar YouTube, Facebook, etc.) Desde hace poco, China está exportando su tecnología de cortafuegos a Sri Lanka, que tiene la intención de usarlo para bloquear los “sitios web ofensivos” de los grupos  tamiles del exilio.

En realidad, la difusión masiva de internet es cosa de cinco o diez años. La campaña de Obama fue un hito importante en este proceso. Representación y participación, en este contexto, son conceptos obsoletos. “Democratización” significa que las empresas y los políticos tienen un objetivo y luego invitan a otros a que contribuyan. En esta era de las grandes corporaciones, de grandes ONG y departamentos gubernamentales, es muy fácil desplegar las estrategias de la Web 2.0 como parte de su plan de comunicación global. Es cierto que el conocimiento libre para todos no ha llegado todavía a todas partes – y el consultor de la Web 2.0 todavía tiene un papel que desempeñar. Pero la Web 2.0 ya no es algo privilegiado. Mucho se sabe sobre la demografía de la web, sobre los requisitos de usabilidad y sobre qué aplicación utilizar en qué contexto. No se usa MySpace para llegar a la tercera edad. Se sabe que los jóvenes son reacios a utilizar Twitter -simplemente no es lo suyo.

Estas son todas consideraciones de arriba a abajo. Es más interesante si se lo planteamos al Netizen 2.0. ¿Cómo empiezan a utilizar las personas estas herramientas de abajo hacia arriba? ¿Los activistas comenzarán a utilizar sus propias herramientas Web 2.0? Recordemos que los sitios de redes sociales no se originaron en un ambiente de movimiento social. Se desarrollaron como respuesta posterior a las “punto com” a la ola de comercio electrónico de la década de 1990, que no tenía ni idea de lo que los usuarios estaban buscando en línea. En lugar de ser considerados sólo como consumidores de bienes y servicios,  los usuarios de la Web 2.0 son presionados a producir la mayor cantidad posible de datos. Los perfiles son extraídos de la llamada “User Generated Content” que luego se venden a los anunciantes como datos de venta directa. Los usuarios no experimentan inmediatamente la naturaleza parasitaria de la Web 2.0.

Desde el punto de vista político, el surgimiento de redes nacionales es un desarrollo ambivalente. En términos de diseño se trata de localización de las fuentes, marcas y contextos. Si bien la comunicación en lengua propia, sin usar teclados en alfabeto latino y nombres de dominio puede ser vista como liberadora, y necesarios para integrar al 80 por ciento de la población mundial que todavía no usa internet, el nuevo cercamiento digital también presenta una amenaza directa a los intercambios libres y abiertos de internet una vez facilitados. Internet resulta no ser ni el problema ni la solución para la recesión mundial. Como  espectador indiferente, no se presta fácilmente a ser una herramienta revolucionaria. Es parte del New Deal verde, pero no conduce estas reformas. Cada vez más, regímenes autoritarios como Irán están utilizando tácticas de la Web con el fin de reprimir a la oposición. Contra todo pronóstico, el gran cortafuegos chino es un éxito notable en el mantenimiento de contenido hostil, mientras se controla a la población a una escala sin precedentes. Esto demuestra que hoy el poder no es absoluto sino dinámico. Trata sobre el control del flujo total de la población. Los disidentes con sus propios servidores proxy que ayudan a eludir el Muro siguen siendo marginales, siempre y cuando no puedan transportar sus “memes” a otros contextos sociales. Como dice el argot: independientemente de su tamaño o intención, la cosa es la gubernamentalidad, la forma de gestionar la complejidad. La única manera de desafiar este enfoque administrativo es organizar: el cambio social ya no es una guerra tecnológica entre filtros y anti-filtros, sino una cuestión de “redes organizadas” que son capaces de establecer eventos en marcha.

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Los mejores Blogs (2010)

Publicado por Anaclet Pons en enero 26, 2011

Como en años anteriores, la AHA y History News Network han presentado su selección. Estos son los Cliopatria Awards:

Best Group Blog: US Intellectual History

Best Individual Blog: Renaissance Mathematicus

Best New Blog: PhD Octopus

Best Post: Mike Dash, “The Emperor’s Electric Chair” A Blast from the Past, 9 de septiembre.

Best Series of Posts: David Blight, William Freehling, Adam Goodheart, Jamie Malanowski y otros, “Disunion” NYT’s Opinionator, 30 de octubre.

Best Writer: Lapata@Chapati Mystery

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Entrevista Roger Chartier: Pantallas y libros

Publicado por Anaclet Pons en enero 24, 2011

Por Gustavo Santiago

Para LA NACION

 

-En su lección inaugural en el Collège de France, titulada “Escuchar a los muertos con los ojos”, usted formula una pregunta elemental, básica, que me gustaría retomar aquí. La pregunta es qué es un libro.

-Hay varias definiciones que podemos tener en cuenta, como aquellas surgidas de las metáforas empleadas en el Siglo de Oro o de las distinciones conceptuales del siglo XVIII, que sostienen que el libro tiene cuerpo y alma. O que el libro, como decía Kant, es, por una parte, un opus mechanicum , un objeto material producido por una técnica, que como objeto pertenece a quien lo compra; y, por otra, un discurso, una obra dirigida a un público que, en ese sentido, pertenece a quien lo compuso.

-¿Qué sucede con el sentido de la obra? ¿Es patrimonio del autor o del lector?

-La situación es realmente compleja. Porque lo que lee el lector es un libro, pero los autores no escriben libros. Escriben obras, discursos que otros -editores, impresores, tipógrafos- transforman en libros. Esa transformación da una forma al texto que algunas veces desborda o incluso contradice las intenciones del autor. Y de lo que se apropia el lector es del texto en su forma material. Pero, por otro lado, la construcción del sentido que realiza el lector no remite sólo a sus expectativas o categorías, sino también a la experiencia de lectura que cada forma particular del texto produce. De ahí, para mí, la necesidad de vincular tres elementos en el análisis: los procedimientos de composición, las apropiaciones (tanto en una misma sociedad como a lo largo del tiempo) y la forma material de los objetos escritos e impresos.

-En varias ocasiones se ha referido usted a un proceso de “desmaterialización de la obra”, que se acentúa desde hace varios siglos. ¿Cuáles serían las causas y los alcances de esta desmaterialización?

-Hay muchas razones que han borrado el efecto de la materialidad de la inscripción. En primer lugar,la definición de la propiedad literaria impulsada en el siglo XVIII, que establece que el autor es propietario de un texto, independientemente de sus formas materiales sucesivas o contemporáneas. El copyright protege la obra en su esencia inmaterial, en su dimensión de producción estética o intelectual. Y a partir de ese momento el derecho en sí mismo opera la desmaterialización de la obra. Es muy interesante el momento en que surgen las disputas por el copyright . Allí vemos el problema de defender la propiedad literaria de un autor sobre su obra en un momento en que el sueño de la Ilustración indicaba la posibilidad para todos de apropiarse de las ideas que se consideraban útiles para el progreso de la humanidad. Hay autores como Condorcet, en Francia, que rechazaban radicalmente toda idea de propiedad literaria, porque consideraban que nadie podía apropiarse de las ideas fundamentales para el proceso de la Ilustración.

-¿Cuáles serían las otras razones de la desmaterialización de la obra?

-Otra razón fundamental está vinculada con la recepción. En este sentido, es el lector mismo quien desmaterializa la obra leyéndola. Inconscientemente, crea una relación en la cual el texto pierde toda forma de especificidad particular. Es el discurso del otro con el cual el lector dialoga, en el cual penetra, o es el discurso el que penetra en él.

-Ingenuamente, el lector puede experimentar el texto como una especie de voz interior, despegada de toda materialidad. Pero también, desde un lugar para nada ingenuo, buena parte de la crítica literaria ha desestimado la materialidad del texto.

-En realidad podríamos decir que esto fue reforzado por toda la crítica literaria, tanto por la más clásica como por la que provino del estructuralismo. La crítica clásica, para la cual el texto está en el corazón o en la mente del autor, no se ocupó de la forma material, sino de la intención del autor. Pero tampoco lo hizo la crítica originada en el estructuralismo francés que, si bien en cierto modo borró al autor, ubicó el sentido en el funcionamiento lingüístico del discurso, sin dejar lugar para el efecto de la materialidad, de la forma de inscripción.

-Cuando usted publicó Las revoluciones de la cultura escrita (Gedisa, 2000; edición francesa, 1997), la de-saparición del libro como objeto parecía inminente. Sin embargo, aún son muchos los lectores que se mantienen fieles al libro de papel.

-En aquel momento había un discurso encerrado en una postura profética que vaticinaba la desaparición inmediata del libro. Algunos presentaban esto con entusiasmo y otros lo rechazaban. Me parece que ya hemos salido de ese antagonismo, en especial, gracias a la idea de que la construcción del sentido de un texto, sea por su autor, sea por su lector, no es independiente de la forma de su inscripción. Se ve que no hay equivalencia entre un texto sobre la pantalla y un texto en la forma de libro impreso. Inclusive aunque el texto pudiera ser considerado lingüísticamente el mismo, la relación con él es por completo diferente. No sólo en cuanto a la postura del cuerpo, sino que también la práctica de lectura es diferente.

-¿Cuáles son esas diferencias?

-Un elemento central, clave, de la lectura es la relación que se puede establecer en cada momento e inmediatamente entre el fragmento, la parte y la obra en su totalidad: coherencia e identidad. Tanto en el caso de la novela como en el del ensayo, se ve que el libro impreso permite esa relación con una facilidad que no se encuentra en el electrónico. En el mundo digital, el fragmento se descontextualiza de la totalidad a la cual pertenecía. Ésta es una propiedad que favorece a los textos que son fragmentos de un banco de datos, porque se supone que nadie va a leer un banco de datos en su totalidad. Pero cuando se trata de un libro que tiene una lógica narrativa, demostrativa o argumentativa, se ve que la expectativa del lector (por lo menos, del lector que entró en el mundo de la cultura escrita con los libros impresos) se mantiene fiel al objeto libro, en el cual, si bien no se está obligado a leer todas las páginas, siempre la relación entre fragmento y totalidad se hace posible.

-En esta situación, ¿tiene sentido mantener la distinción entre un cuerpo y un alma en el libro?

-Actualmente, además del libro como objeto particular, está la computadora, que conlleva todos los textos y que también sirve para lectura y escritura. Ahora, si se torna complejo mantener el libro como cuerpo, ¿qué se mantiene del libro como discurso o del libro como alma? Ésta es toda la discusión a propósito del concepto mismo de libro electrónico. ¿Cómo se puede mantener el criterio de identificación del libro como obra en el mundo digital?

-¿Se puede?

-El problema es que el mundo digital, en su origen, sostuvo la idea de texto móvil, maleable, abierto, gratuitamente distribuido. Toda una serie de conceptos que se oponen término por término a los criterios que definían el libro como discurso en el siglo XVIII, es decir, una obra que no es móvil en cuanto a su texto -aunque puede serlo en sus formas-; que no es maleable; que está impuesta por la forma de inscripción; que pertenece a un autor que tiene derechos a la vez económicos y morales sobre ella; y, finalmente, que circula mediante la actividad editorial y el mercado de la librería.

-¿Esa oposición continúa siendo vigente?

-Hay una tensión entre dos posiciones. Por un lado, la de quienes sostienen que el mundo de los textos podría ser un mundo de discursos sin propietarios, producidos de una manera polifónica y que se separan de la originalidad, remitida al pensamiento o al sentimiento de un individuo singular. Por otro, la de quienes buscan introducir en el mundo digital dispositivos que permitan mantener las categorías de singularidad, originalidad y propiedad. Es decir, que los textos sean cerrados, que el lector no pueda intervenir dentro de ellos; que el acceso no sea necesariamente gratuito sino que, como en el caso de un libro impreso, suponga un pago, y que se reconozca la obra como algo móvil, en la medida en que puede ir de una computadora a otra, pero que no esté abierta, que esté identificada como una composición que tiene una originalidad y una singularidad que remiten al nombre propio de su autor.

-¿Qué piensa de los casos cada vez más frecuentes de textos pensados y escritos para el mundo electrónico (blogs, páginas de Internet) pero que posteriormente son editados como libros en papel?

-Hay una suerte de irónica revancha de la forma clásica del libro. Porque esas prácticas de escritura que tienen su origen y su sentido en el mundo digital -con una forma breve, con una secuencia temporal, con una apertura al diálogo con el lector- hoy en día se encuentran en un formato que es contradictorio con la lógica que ha conducido a esa escritura. Esto se podría interpretar como una prueba de la fuerza que perpetúa al objeto impreso. Pero, al mismo tiempo, se puede interpretar como la fuerza de la propuesta de una nueva manera de escribir, que se inventó porque justamente estaba alejada, distanciada de los criterios clásicos de la escritura para el texto impreso. Esto refuerza la idea de que más que una sustitución radical, lo que vemos hoy son múltiples formas de coexistencia entre escritura digital e inscripción impresa. Las pantallas y los libros impresos pueden cohabitar el mismo mundo: esto es algo que experimentamos todos los días.

-¿Hay factores que pueden desestabilizar la armonía de esa convivencia?

-En primer lugar, no debemos pensar que todos tienen un acceso inmediato a la tecnología. Inclusive los países desarrollados tienen límites culturales, económicos, técnicos en cuanto a dicho acceso. Esto es algo que no se debe olvidar. Pero a esa división se agrega un problema generacional. Es fundamental la diferencia entre los que entraron en las pantallas a partir de la cultura escrita, manuscrita o impresa, y los más jóvenes que, a la inversa, algunas veces entran en el mundo de la cultura escrita a partir de una experiencia que se ha construido y que se experimenta cada día frente a la pantalla.

-Los jóvenes que son muy hábiles para leer y escribir mensajitos de texto pero que tienen dificultades para estudiar textos académicos.

-Exacto. Estamos frente a nuevas generaciones de lectores que han construido sus hábitos frente a una inscripción textual que no tiene mucho que ver con la práctica clásica del libro, del diario, etcétera. En esos casos es probable que surjan dificultades en la lectura por una inapropiada aplicación a los textos impresos de la manera de leer que se ha construido frente a la pantalla y que supone la discontinuidad, la segmentación, la fragmentación. Éste es un desafío fundamental, que debe considerar -y que ya considera- la escuela.

-¿Cuál es el papel de la escuela? ¿Formar a los niños en las nuevas tecnologías o insistir en presentarles una modalidad de lectura tradicional, que se considera en crisis?

-Ambos. Porque por un lado, es absolutamente necesario dar a todos los ciudadanos facilidades para entrar en el mundo digital que se impone a ellos cada día. Es un mundo no sólo de placer, de juegos electrónicos. Es también el mundo del formulario administrativo, el mundo que sirve para construir lo cotidiano. De esta manera, la nueva forma de analfabetismo podría ser la exclusión del mundo digital: gente capaz de leer y escribir, pero incapaz de entrar en este nuevo mundo múltiple, de negocios, de formularios, de juegos, de descubrimientos, de aprendizaje. En esta perspectiva, la escuela debe otorgar un lugar central a la presencia del mundo digital. Pero por otro lado, evidentemente, la escuela debe mantenerse como el lugar en el cual pueda aprenderse la cultura escrita en sus formas más tradicionales. Debe mostrar que hay formas de lectura diferentes de la lectura discontinua y rápida que tiene lugar frente a la pantalla; y que esas formas pueden ser provechosas precisamente porque son diferentes.

-¿Es una tarea que la escuela puede llevar adelante?

-Me parece que es una tarea enorme, difícil, la que se les pide a los maestros y maestras, pero esta relación dialógica permitiría mantener la doble comprensión necesaria para los ciudadanos de los siglos XXI o XXII. Los niños no pueden estar fuera del mundo digital, que está en todas partes. Es semejante a lo que sucede con la televisión. La escuela no puede apagarla. Lo que puede hacer es enseñar a utilizarla: a discriminar, a elegir, a criticar. De la misma manera, el ingreso en este mundo digital debe acompañarse de una relación sostenida con el pasado que es todavía un presente. Es decir, el pasado presente de la existencia de algunos textos u obras con una forma que permite -más que la digital- una comprensión y una construcción del sentido -y, por ende, del individuo- en su relación crítica con la sociedad o con los otros o con la naturaleza.

Copyright 2011 SA LA NACION

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Humanidades en clave digital

Publicado por Anaclet Pons en enero 21, 2011

El impacto de las nuevas tecnologías sobre las humanidades es ya tan evidente que hasta el New York Times ha decidido reparar periódicamente en ello. La periodista Patricia Cohen es la encargada. A mediados de noviembre pasado, por ejemplo, inauguró una nueva serie de artículos sobre el particular:

Una historia de las humanidades en el siglo XX podría ser la crónica de los “ismos” -formalismo, freudismo, estructuralismo, poscolonialismo-, grandes catedrales intelectuales de las que penden distintas interpretaciones de la literatura, la política y la difusión de la cultura.

¿Cuál es la próxima gran idea sobre el lenguaje, la historia y las artes? Los datos.

Los miembros de una nueva generación de humanistas digitales sostienen que es hora de dejar de buscar inspiración en el próximos “ismo” político o filosófico y empezar a explorar cómo la tecnología está cambiando nuestra comprensión de las artes liberales. La última frontera tiene que ver con el método, dicen, con el uso de tecnologías poderosas y de grandes almacenes de materiales digitalizados que las humanidades antes no tenían.

Estos investigadores están cartografiando digitalmente los campos de batalla de la Guerra Civil americana para entender el papel que la topografía desempeñó en la victoria, utilizando bases de datos de miles de jam sessions para medir cómo las colaboraciones musicales influyeron en el jazz, buscando a través de un gran número de textos y libros científicos para saber dónde surgieron inicialmente los conceptos y cómo se difundieron, y combinando animación, gráficos y documentos primarios sobre los viajes de Thomas Jefferson para crear nuevas formas de enseñar historia.

Esta alianza de geeks y poetas ha generado ansiedad y euforia. Las humanidades, al fin y al cabo, tratan con cuestiones elusivas que tienen que ver con la estética, la existencia y el significado, las palabras que nos hacen llorar o la melodía que pone la piel de gallina. ¿Son elementos que se puedan medir?

“Las humanidades digitales hacen cosas fantásticas”, dijo el eminente historiador de Princeton Anthony Grafton. “Soy un creyente en la cuantificación. Pero no creo que la cuantificación pueda hacerlo todo. Gran parte del trabajo humanista tiene que ver con la interpretación”. “Es fácil olvidar que lo digital es un medio y no un fin”, agregó.

Los académicos que practican las humanidades digitales también se enfrentan a una prueba más práctica: ¿Qué conocimientos pueden producir que sus predecesores no pudieron? “Yo lo llamo ‘¿Dónde está la chicha?“, dice Tom Scheinfeldt, director gerente del Center for History and New Media de la George Mason University.

Con la esperanza de encontrar la “chicha”, la National Endowment for the Humanities se asoció el año pasado con la National Science Foundation y otras instituciones de Canadá y Gran Bretaña  para crear Digging Into Data Challenge, un programa de becas destinado a impulsar la investigación en estas nuevas direcciones.

Como explicó Brett Bobley, director de la oficina de la dotación de las humanidades digitales,  el análisis de cantidades de datos sin precedentes  puede revelar patrones y tendencias y plantear preguntas inesperadas para el estudio. Puso el proyecto del genoma humano como ejemplo de cómo se puede transformar un área de estudio: “La tecnología no sólo ha hecho la astronomía, la biología y la física más eficiente. Ha permitido que los científicos hagan una investigación que simplemente no podían hacer antes”. Bobley dijo que el campo emergente de las humanidades digitales se entiende mejor como un término genérico que cubre una amplia gama de actividades, desde la conservación en línea y la cartografía digital a la minería de datos y el uso de sistemas de información geográfica.

Algunos esfuerzos pioneros comenzaron hace años, pero la mayoría de profesores de humanidades siguen sin conocerlos, no tienen interés o no están convencidos de que las humanidades digitales tengan mucho que ofrecer. Incluso los historiadores, que ya han utilizado las bases de datos, han tardado en sumarse a la tendencia. Sólo uno de los cerca de 300 principales paneles programada para la reunión anual del próximo año de la American Historical Association abarca cuestiones digitales. Sin embargo, las universidades, asociaciones profesionales e  instituciones privadas dedican  una porción cada vez mayor del pastel al campo.

“Las humanidades y las ciencias sociales son las áreas emergentes para el uso de computadoras de alto rendimiento”, dijo Peter Bajcsy, un científico investigador en el National Center for Supercomputing Applications at the University of Illinois, Urbana-Champaign.

En Europa 10 países se han embarcado en un proyecto a gran escala, a partir de marzo, con planes para digitalizar datos sobre artes y humanidades. El verano pasado Google otorgó  un millón de dólares para profesores que hacen investigación en humanidades digitales, y el año pasado la National Endowment for the Humanities se gastó 2 millones en proyectos digitales.

Uno de los becados es Dan Edelstein, profesor asociado de francés e italiano en la Universidad de Stanford, que está trazando el flujo de ideas durante la Ilustración. La era de los grandes pensadores -Locke, Newton, Voltaire-  supuso el intercambio de decenas de miles de cartas; sólo Voltaire escribió más de 18.000. “Se podría dar un sentido impresionista a la forma y el contenido de una correspondencia, pero en realidad nadie puede conocer todo el panorama”, dijo Edelstein, quien, junto con colaboradores de Stanford y la Universidad de Oxford en Inglaterra, está utilizando un  sistema de información geográfica (GIS) para trazar los viajes de las cartas.  “¿Dónde iban estas redes? ¿Tenían la amplitud de la que la gente solía jactarse, o estaban funcionando de una manera diferente? Somos capaces de hacer nuevas preguntas”.

Una revelación sorprendente del proyecto Mapping the Republic of Letters fue la escasez de intercambios entre París y Londres, señala Edelstein. La narrativa común es que la Ilustración comenzó en Inglaterra y se extendió al resto de Europa. “Se podría pensar que si Inglaterra era este manantial de tolerancia y  libertad religiosa”, añade, “habría habido ahí un interés más continuo de  lo que muestra nuestro mapa de la correspondencia”. Edelstein expone que muchos de sus colegas senior ver su trabajo como caprichoso, el resultado de jugar con juguetes tecnológicos. Pero él sostiene que tales juegos pueden conducir a descubrimientos.

En opinión de Scheinfeldt, el ámbito académico se ha movido a una “era post-teórica”. Este “momento metodológico”, dice, es similar a lo ocurrido a finales del siglo XIX y  principios del XX, cuando los eruditos estaban preocupados por la clasificación y catalogación del flujo de información proporcionado por las revoluciones en la comunicación, el transporte y la ciencia. Los aspectos prácticos de la construcción de la disciplina, de reunir una bibliografía comentada, de definir la agenda de investigación y lo que significaba ser historiador “fueron los principales trabajos de un gran número de académicos”, señala.

Averiguar cómo recoger, almacenar y conectar más de 350 años de erudición es lo que motivó a Foys Martin K.  Este medievalista de la Universidad Drew en Madison, Nueva Jersey, creó un mapa digital del tapiz de Bayeux, un bordado gigantesco del siglo XI que está en un museo en Bayeux, Francia, que representa la Batalla de Hastings, cuando los normandos conquistaron Inglaterra. Con 68 metros de largo, alrededor de dos tercios de la longitud de un campo de fútbol, este tapiz es a la vez una obra de arte y un documento histórico que mezcla texto e imagen. “Es casi imposible estudiarlo tradicionalmente”, dice Foys. Una sola persona no puede digerir la enorme cantidad de material de la obra, y ninguna impresión podría hacerlo con precisión”, por lo que  Foys creó una galardonada versión digital con comentarios que los estudiosos podían ver. Esta cartografía digital tiene el potencial de transformar los estudios medievales, señala Foys.

Su último proyecto, que dirige con Shannon Bradshaw, un científico informático de Drew, y Asa Mittman Simon, un historiador del arte de la Universidad Estatal de California-Chico, es una red en línea de mapas y textos medievales sobre la que los estudiosos pueden trabajar en forma simultánea. Una vez que las áreas específicas de los mapas son identificadas y etiquetadas con información, es posible analizar y comparar datos cuantificables sobre las imágenes y las fuentes, explicó, agregando: “Tenemos un nuevo conjunto de herramientas que no está dominado por la palabra escrita”.

La red en línea de mapas es distinta de la mayoría de los esfuerzos académicos en otro aspecto: es comunitaria. El modelo tradicional del solitario profesor de humanidades, trabajando duro en un año de archivo o componiendo un tratado filosófico o una obra histórica se sustituye en este proyecto por la colaboración de una comunidad global de expertos. “La facilidad con que una comunidad puede colaborar en la investigación es algo que está cambiando fundamentalmente la forma en que hacemos nuestro trabajo”, dice Foys, cuyo libro de 2007, Virtually Anglo-Saxon, trata sobre la influencia de la tecnología en el tranajo académico.

Las humanidades digitales son algo tan nuevo que sus practicantes suelen sorprenderse de sus resultados.  Cuando la obra completa de Abraham Lincoln se publicó en línea hace algunos años, el director de los Papers of Abraham Lincoln, Daniel W. Stowell, dijo que esperaba que los historiadores fueran los visitantes más frecuente de su sitio. Pero se sorprendió al descubrir que el grueso de usuarios venía de Oxford University Press;  los editores del Oxford English Dictionary había estado buscando los papeles para localizar la primera aparición de determinadas palabras. “La gente va a utilizar estos datos en formas que ni siquiera podemos imaginar”, dijo Stowell,  “y creo que este es uno de los desarrollos más interesantes en las humanidades”.

Ejemplos:

- Rome Reborn (University of Virginia): un modelo digital en 3D sobre el desarrollo urbano de la antigua Roma.

Railroads and the Making of Modern America (University of Nebraska in Lincoln): los cambios entre 1850 y 1900 a través del ferrocarril, el telégrafo, los barcos a vapor, etc.

The Dante Project (Princeton): un texto electrónico anotado con una base de datos repleta de comentarios, lecturas, grabaciones, imágenes, etc.

The Spatial History Lab (Stanford):  produce mapas visuales a partir de todo tipo de datos, entre los cuales está la geogrfía del Holocausto.

The Valley Project (University of Virginia): el referente por antonomasia entre los contemporaneístas, la vida de dos comunidades (del sur y el norte) durante la guerra civil.

***

Patricia Cohen dedicó su segunda entrada sobre estos asuntos a otro proyecto financiado por Google, el de Dan Cohen y Fred Gibbs (Reframing the Victorians).

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