La guera civil americana: hace 150 años

Tiene razón Drew Faust Gilpin, al señalar en The New Republic que se va a hablar mucho sobre aquella Guerra Civil. El 6 de noviembre se conmemorará el 150 aniversario de la elección de Lincoln; el 20 de diciembre le toca el turno a la secesión de Carolina del Sur, el primer estado meridional en separarse de la Unión; el 12 de abril se conmemorará el asedio de Fort Sumter; el 21 de julio,  la batalla de Manassas, el primer gran combate de la guerra. Diversos Estados del norte y del sur han creado comisiones con este motivo, con una amplia gama de celebraciones. Virginia, donde se llevó a cabo gran parte de la acción militar, ha puesto en marcha una comisión presidida por el presidente de la Cámara de Representantes. Incluso Wisconsin, un Estado alejano del campo de batalla, quiere honrar y recordar a sus 91.000 ciudadanos que sirvieron en la guerra.

La historiadora Drew Gilpin Faust menciona todo eso para reseñar un volumen destacable: Confederate Reckoning: Power and Politics in the Civil War South, de Stephanie McCurry (Harvard University Press). Gilpin Faust habla con conocimiento de causa, pues es  autora del magnífico Republic of Suffering. Death and the American Civil War (Alfred A. Knopf), donde explora el legado mortal de un conflicto en el que, en cuatro años, murieron 620.000 americanos uniformados. Un trauma generado por un nuevo Estado-nación centralizado que estableció el “sacrificio y su memoria como trasfondo sobre el que el norte y el sur se habían de reunir”. Una experiencia, en fin, que forjó la identidad americana en todos los sentidos.

Pero dejemos a Gilpin faust y vayamos a McCurry, que ha publicado un breve texto sobre el asunto en historynet:

(…)
En marzo de 1861, el Vicepresidente de los Estados Confederados de América, Alexander Stephens, ofreció un manifiesto político de la nueva república de los esclavistas. La república original “se basaba en el supuesto de la igualdad de las razas”, señaló Stephens. Sin embargo, “nuestro nuevo gobierno se basa en las ideas exactamente contrarias: sus cimientos, su piedra angular, descansan sobre la gran verdad de que el negro no es igual al hombre blanco, que la esclavitud es su condición natural. Éste, nuestro nuevo gobierno,  es el primer en la historia del mundo que está basado en esta gran verdad. “

Cuando los representantes de la nueva nación se reunieron en Montgomery, Alabama, para redactar su constitución, las propuestas proesclavistas quedaron concretadas. Se purgó el documento de los eufemismos procedentes de la Constitución original de los EE.UU., usando sinrubor el término “esclavos” en lugar de “otras personas”  e instando al Congreso y a los gobiernos territoriales a reconocer y proteger “la institución de la esclavitud de los negros.” También garantizaba a los ciudadanos el derecho de estancia y tránsito en cualquier Estado y territorio con “sus esclavos y otros bienes.” La pieza central de la Constitución confederada -la cláusula que impide que pudiera ser una simple copia de la Constitución de los EE.UU.-, era una cláusula totalmente nueva, que eliminba toda posibilidad de que el nuevo gobierno pudiera cambiar la ley de esclavitud. “No se aprobará ningún proyecto de ley de proscripción, de ley ex post facto, o ley que deniegue u obstaculiceel derecho de propiedad de los esclavos negros “.

El poder de definir quiénes eran “los ciudadanos” recayó en los Estados individuales atendiendo a su capacidad soberana, y se pusieron a la tarea con energía. La mayoría definieron  la ciudadanía como derecho de sufragio activo, limitando tal derecho a los hombres blancos nacidos o naturalizados en los EE.UU.  antes de 1860. Alabama fue más allá al permitir que todos los hombres blancos residentes, incluyendo los extranjeros, votaran. “Que haya sólo dos clases de personas aquí -el blanco y el negro-, … siendo iguales todos los hombres blancos,  la raza superior, dejemos que el negro quede subordinado y  nuestro gobierno será fuerte y seguras nuestras libertades.”

La secesión fue la gran apuesta del Sur. Los sureños esclavistas podría haber jugado a “esperar y ver, como muchos unionistas aconsejaban. Pero para los sureños, sobre todo de ese Sur Profundo que orquestó la secesión en el otoño de 1860 y el invierno de 1861, la elección de Abraham Lincoln representó una oportunidad arriesgada, aunque desesperadamente buscada, para situar el asunto de la esclavitud en primer plano. Y apostaron fuerte.

Con la guerra llegó el ajuste de cuentas [el Reckoning que da título al libro]. El experimento antidemocrático y esclavista  del Sur fue puesto a prueba en todo momento, no sólo por el ejército  enemigo que se había organizado en su contra, sino por las mismas personas -los esclavos y las mujeres blancas- que los fundadores de la Confederación habían relegado. De hecho, una de las partes más atractivas de la historia de la Guerra Civil, y tal vez la menos comprendida, es la forma en que la visión confederada del futuro político fue juzgada -y considerada errónea-  por su propio pueblo durante la guerra. El proyecto de la Confederación fue puesto a prueba tanto política como militermente.

Difícilmente podría ser de otra manera. La nueva nación fue construida sobre una base muy estrecha de consenso democrático: de las aproximadamente 10 millones de personas que vivían en los Estados Confederados de América al comienzo de la guerra, 3,5 millones fueron esclavizados y privados de derechos civiles y otros 3 millones, las mujeres blancas, no tenían ninguno de los derechos políticos de sus homólogos masculinos. Sólo alrededor de 1,2 millones de personas -el número total de adultos varones de raza blanca habilitados para votar-  habían sido consultadas sobre la conveniencia de la secesión y el riesgo de guerra. Eso es lo que los políticos querían decir cuando  hablaban del consentimiento del “pueblo”. Pero esa visión del pueblo resultó totalmente insuficiente para el proyecto confederado de construcción de la nación puesto en marcha en 1861, como ese estado crisálida se enfrentó y trató de superar los problemas estructurales de un régimen esclavista en guerra. Al tratar de escapar de la historia, los confederados se habían metido ellos mismos en corrientes más peligrosas.

La guerra subió exponencialmente la apuesta inicial en la nueva república de los blancos. A medida que el nuevo gobierno confederado solicitó a sus ciudadanos blancos que apoyaran y defendieran la apuesta por la independencia nacional, se enfrentaron a la necesidad de recabar el apoyo de aquellos cuyo consentimiento para la guerra nunca se había solicitado. Entonces comenzó un proceso incesante en el que funcionarios gubernamentales y militares, hasta el final de la cadena de mando, se apresuraron a ejecutar políticas destinadas a construir un estado y una economía de guerra, mientras preservaban la esclavitud y alimentaban y  protegían una población civil de mujeres que progresivamentez les negaban el apoyo de sus hombres. En adelante, serían el “pueblo” con el que lidiar en la construcción de la historia en la Guerra Civil sureña, con el que los fundadores de la Confederación negociarían.

Uno de los principales problemas  en el contexto de la guerra fue la forma en que la institución de la esclavitud limitaba el poder del propio gobierno federal y comprometía su soberanía. Como Jefferson Davis dijo en cierta ocasión, la esclavitud era una forma de gobierno para los que no estaban en condiciones de gobernarse por sí mismos: la esclavitud era el estado de los esclavos, y los patronos la autoridad a quien debían lealtad. En otras palabras, los esclavos estaban fuera del alcance del Estado, el gobierno podría acceder a ellos sólo como propiedad de sus dueños. Un Estado que no podía reclamar la lealtad de un segmento importante de la población masculina adulta se enfrentaba a los peligros derivados de ello, que se vieron exacerbados por la guerra.

El problema era evidente en un determinado sentido: la población de la Confederación, de 10 millones, era escasa frente a los 22 millones de la Unión y, además, el 40 por ciento de los hombres adultos estaban esclavizados y no estaban disponibles para el servicio militar. En 1862, como resultado, la Confederación se vio obligada a tomar medidas drásticas, estableciendo el reclutamiento generalizado. Cuando todo estuv a punto, los ejércitos confederados alistaron la asombrosa cifra de entre el 75 y el 85 por ciento de la población de hombres blancos en edad militar. Decir que eso acentuó los límites del apoyo popular a la guerra es un eufemismo. Cuando, con algunas excepciones,  el gobierno se vio obligado a recldirigirse a los dueños de esclavos -incluida la exención de un hombre blanco por cada 20 negros por plantación y la decisión de permitir la sustitución de quintas-,  el reclutamiento rápidamente provocó gritos de “guerra de ricos, lucha de pobres”.

El impacto social y político en el frente interno difícilmente puede ser exagerado. Ésta era una sociedad agraria, con regiones enteras pobladas por pequeños propietarios y familias blancas pobres. Nunca antes se había planteado que las mujeres pudieran subsistir en las fincas sin el trabajo de los hombres. Y no pudieron. En 1863, con sus maridos e hijos en la guerra y el campo privado de los hombres, la crisis alimentaria confederada dio paso al hambre. En ese momento también se convirtió en una crisis política y de gestión, provocada por mujeres que se movilizaban para exigir el cumplimiento de las promesas hechas por los funcionarios del gobierno cuando reclutaron a sus hombres. Esta política de subsistencia, y esa nueva clase política que form, la de “las esposas de los soldados”, fue un elemento totalmente inesperado, un ajuste de cuentas que forjó la guerra confederada.

En la primavera de 1863, las esposas de los soldados se lanzaron a la acción directa en una ola de espectaculares disturbios de subsistencias. Multitudes de mujeres –que podían sumar desde una docena a más de trecientas, armadas con revólveres, pistolas, cuchillos y machetes- llevaron a cabo al menos 12 ataques violentos en tiendas, almacenes del gobierno, convoyes del ejército, estaciones de ferrocarril, salinas y graneros. Los ataques se produjeron en pleno día, y todos fueron perpetrados en el espacio de un mes, entre mediados de marzo y mediados de abril de 1863. Fue realmente la primavera confederada del descontento de las “esposas” de los soldados.

Esa ola de disturbios tuvieron un impacto apreciable en la política de guerra de la Confederación, obligando a revisar el reclutamisnto y la política fiscal. También impulsó el desarrollo de un programa de asistencia masiva de los Estados que, asignando sus escasos fondos y alimentos para el alivio de las esposas de los soldados y los niños, dejaban en poco cualquier cosa emprendida en el Norte. En el corazón del territorio nacional de la Confederación, las mujeres del Sur se habían convertido en adversarias formidables del gobierno en la larga lucha frente a su política militar. Al insistir en que el Estado cumpliera sus promesas de protección y apoyo,  incluso recurriendo a las armas, estas mujeres pobres blancas, que nunca antes habían participado en política, dieron un paso decisivo en la construcción de la historia.

Si la afirmación política de las mujeres blancas pobres del Sur no tumbó la Confederación, sí que representó un poderoso reto para la visión confederada del “pueblo” y la república, remitiendo directamente a las presiones y rupturas de la guerra dentro de una sociedad esclavista. Cualquier Estado que se llevara a sus hombres,  en última instancia tendría que responder ante ellas.

El ajuste de cuentas con los esclavos confederados fue aún más directo y consecuente. Cuando nació la república, Thomas Jefferson había advertido de que la esclavitud destruía amor de los esclavos por el país, convirtiéndoles en aiados de cualquier potencia extranjera que sancionara su emancipación. La esclavitud, predijo, haría de los esclavos enemigos y el pecho americano alimentaría a traidores. Los secesionistas parecían indiferentes a los peligros. No se preocupaban de lo que los esclavos fueran a hacer, dando totalmente por descontada la lealtad de los esclavos. Sin embargo, en movimiento decisivo para aprovechar la brecha histórica que se les ofrecía, los esclavos sopesaron su lealtad y fidelidad y le crearon un importante problema de traición a Confederación.

El problema era evidente ante todo para los dueños de las plantaciones, que, ya en enero de 1861, encontraron pruebas de “sedición”: pólvora y armas en los alojamientos de los esclavos, tramas insurreccionales y redes de contactos entre esclavos que proporcionaban valiosa información al enemigo. Estas actividades de los esclavos tenían enormes consecuencias no sólo para los propietarios, sino para el gobierno de la Confederación y sus militares. Los políticos de la Confederación habían comenzado la guerra alardeando de la esclavitud como un elemento de fuerza. Pero cuando se exigió el trabajo de los esclavos en apoyo de la guerra -una política denominada de leva- el gobierno y los militares pronto se encontraron en conflicto con los dueños de los esclavos, que no querían perder su valiosa propiedad. Aún mayor fue la resistencia de los propios esclavos. Un ingeniero a cargo de la construcción de obras de defensa en el norte de Virginia  indicó que los esclavos se negaban a “hacer trabajos que que frustraran los intereses de los federados, a quienes ven como gentes  que luchan por su libertad.”

La mezcla de soberanía estatal comprometida y resistencia de los esclavos creó problemas insolubles para los jefes militares. Sabían que los esclavos ponían en peligro en sus operaciones, pero no podíaperseguirlos como lo harían con otras “personas” que atrapaban ofreciando ayuda y alivio al enemigo. El dilema llegó pronto a oficial en jefe, en el puerto de Pensacola en marzo de 1862, cuando un oficial de la Confederación inició un consejo de guerra contra seis varones esclavos capturados cuando escapaban al enemigo en Fort Pickens. ¿Los cargos? “Intentaron violar el artículo 57 artículo de guerra … manteniendo correspondencia con,  o dando información al enemigo” . “¿Quién ha oído hablar de un esclavo negro que comparece ante una corte marcial por una violación de los artículos de guerra?”, señaló su señor incrédulo superior. ¿Quién en realidad? Al acusar a los esclavos de traición, el oficial planteaba profundos interrogantes acerca de su estatus político y su pertenencia al cuerpo político. ¿Debían los esclavos lealtad al Estado? ¿Podían ser traidores? ¿Estaban sujetos a la legislación militar?

Dichas cuestiones retumbaron por toda la cadena de mando hasta la oficina del secretario de guerra, pero no pudieron ser resueltas. Los comandantes de la Confederación necesitaban ser capaces de reconocer a los esclavos como traidores, aunque sólo fuera para contener el daño que suponían para los militares. ¿Pero cómo podían adoptar esa política oficial sin dañar en profundidad el estatus de los esclavos, una propiedad cuya lealtad se debía en exclusiva a sus amos? Si los esclavos eran traidores, claramente ya no eran sólo esclavos.

[Podriamos añadir incluso que se utilizó a las compañías de soldados negros de forma propagandística, modificando fotografías de soldados de la Unión y haciéndolos pasar por confederados. Véase el texto Retouching History: The Modern Falsification of a Civil War Photograph, de Jerome S. Handler y Michael L. Tuite, Jr.]

Siguiendo un largo y tortuoso camino, el presidente Jefferson Davis y el general Robert E. Lee finalmente se vieron obligados a lidiar, como el oficial de Pensacola había hecho, con la humanidad de los esclavos, teniendo en cuenta que se habían separado para garantizar su estatus como propiedad. En 1864 y 1865 los más altos funcionarios  del gobierno de la Confederación intentaron ganarse a los esclavos para su causa, incluso considerando la posibilidad de la emancipación, porque necesitaban su servicio militar. Por increíble que pueda parecer, querían alistar a los esclavos como soldados.

De manera muy jerárquica y controlada, que incluía la solicitud pública de la aprobación del General Lee al plan, el Presidente Davis, el Secretario de Estado Judah Benjamin y el gobernador de Virginia William Smith  lucharon – pero sobre todo fracasaron- por obtener el apoyo del público y del Congreso para usar a los esclavos en el ejército confederado. En los últimos días de la guerra, se formaron dos compañías de soldados negros  y se distribuyeron por las calles de Richmond, pero el Congreso de la Confederación se negó hasta el final a conceder la emancipación a cualquier esclavo que hubiera servido en el ejército.

Él asunto de armar a los esclavos y de cómo los confederados llegaron a ese punto supone el tipo más dramático de ajuste de cuentas que se hicieron a sí mismos. También es una medida eficaz de la incoherencia política a la que su proyecto nacional había llegado al final de la guerra. Davis y su gabinete se vieron obligados a hacer lo impensable: debilitar la soberana reclamación de los propietarios a sus esclavos y pasar a alistar a esos varoesn esclavos para salvar una república de esclavistas. Ese episodio no sugiere que los confederados prefirieran la independencia a la esclavitud, como muchos insisten en señalar, es más bien una fieme indicación de los problemas estructurales a los que se enfrentaba un régimen esclavista en guerra. Y es la medida definitiva de lo que los esclavos supusieron en la vida política de la Confederación.

El proyecto político de la Confederación fue deshecho por las mismas personas que habían sido consideradas como simples números. La derrota militar fue a la par que el fracaso político. Teniendo en cuenta las aspiraciones esclavistas y antidemocráticas de los Estados Confederados de América, hubo cierta justicia en ello. En abril de 1865  la Confederación estaba en ruinas. Una nación fundada en un intento arriesgado hacer la esclavitud y el poder de los dueños de esclavos de América permanente había fracasado espectacularmente, con lo que establecen el régimen esclavista más poderosa izquierda en el mundo occidental.

Richmond en ruinas, a finales de la guerra, abril de 1865. [Library of Congress]

Mientras nos acercamos al 150 aniversario de la Guerra Civil, es muy importante para nosotros volver al momento en que el experimento de la Confederación se puso en marcha y echar un vistazo a lo que intentó hacer. No es suficiente detenernos en discusiones abstractas sobre la constitucionalidad de la secesión. Más preocupante es la pregunta de por qué los secesionistas insistieron en el ejercicio de ese reclamado derecho. ¿Qué tipo de nación aspiraban a construir? ¿Y qué clase de país habría resultado si se les hubiera permitido conseguirlo pacíficamente o lo hubieran logrado de algún modocon la guerra?

Irónicamente, es poco probable que en diciembre de 1860 cualquier persona del Norte o del Sur pudiera haber imaginado un escenario en el que, en cuatro años, los sureños tuvieran que enfrentarse a la emancipación total, inmediata y sin compensación de 4 millones de esclavos. Todavía en diciembre de 1862, Abraham Lincoln propuso una enmienda que hubiera extendido la vida de la institución hasta 1900. Pero al separarse para asegurar el futuro de la esclavitud, los sureños crearon posiblemente el único conjunto de condiciones – guerra de resistencia y un Estado patrocinando la emancipación-  en las que la esclavitud podía quedar total e inmediatamente destruida como institución en la vida americana.

Si los confederados hubieran triunfado -o si la guerra hubiera terminado con la derrota parcial y una capitulación no negociada-  los afroamericanos del sur se hubieran enfrentado a la esclavitud durante generaciones, con todos los horribles ultrajes a su seguridad personal, sus derechos humanos y su dignidad que esta institución garantizaba. Cuando recordamos la guerra, y hablamos acerca de sus causas, debemos recordar todo eso. Y debemos considerarnos afortunados de que nos hayamos distanciado del futuro prometido por los Estados Confederados de América.

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