África: cincuenta años de (in)dependencia

Este año 2010 se cumplen 50 años desde que se independizaran buena parte de los países africanos, más en concreto fueron 16 los que lo hicieron aquel año. Se han publicado distintos análisis y balances sobre la materia, pero nos quedaremos con el que realiza al activista y marxista congoleño Jean Ganga en International Viewpoint. Si bien es cierto que su terminología puede parecer algo rígida y a veces intempestiva, la mirada es interesante y también lo es la información ofrecida, poco habitual en los discursos oficiales, esos que se califican como pertenecientes al mainstream:

Tras cincuenta años de “independencia”, de Jean Nanga

Al comienzo de la segunda década del siglo XXI, numerosos Estados del África subsahariana, Estados que una vez pertenecieron a los imperios coloniales británico y francés, están celebrando el cincuentenario de su creación o de la independencia de los territorios coloniales. Este artículo es una modesta contribución a la apreciación de la situación africana, con motivo de este aniversario.

Este aniversario coincide con un período marcado por una crisis de la economía neoliberal, que no ha afectado a las economías africanas en la misma medida que a las del centro capitalista. Mientras tanto, en lo que puede ser visto como una crítica práctica de la “cooperación” económica entre las antiguas colonias y las potencias occidentales durante las primeras cinco décadas neocoloniales, vemos el desarrollo de asociaciones entre África y las denominadas economías emergentes, la china en particular.

Ajuste al neoliberalismo

Un siglo y medio después de la primera ola de la independencia, África subsahariana sigue siendo una zona bastante especializada en suministrar a las industrias del centro capitalista  materias primas agrícolas, energéticas y mineras, con frecuencia estratégicas y a veces al precio de guerras neocoloniales que a menudo se presentan como conflictos étnicos o confesionales. Esta participación capital y sangrienta en el desarrollo de la economía capitalista queda a menudo oculta por la evocación habitual de ese 2% que constituye la tasa de participación de África en el comercio mundial, una expresión innegable de su marginalidad. La misión de quienes pretenden desarrolar el Continente  se ve entonces como la inserción o integración de África en la globalización. Una buena intención que se basa en primer lugar y por desgracia en una falsificación de la historia de la economía mundial  y, en segundo lugar, en la ignorancia del hecho de que África es el continente más conectado a la economía mundial, pues sólo el 15% de los intercambios se realizan entre los diferentes Estados del continente. La parte más importante se realiza con el resto del mundo (mientras  los intercambios intraeuropeos de productos básicos representan más del 60%). La marginalidad de África es proclamada además con respecto a lo que contribuye al resto del mundo -las materias primas, que son una de las condiciones, sino la condición sine qua non para determinadas actuaciones de las empresas más poderosas del capital occidental. Así, la expresión cuantitativa de la marginalidad de África, en cuanto a su debilidad, también puede interpretarse como la expresión de la persistencia del intercambio desigual en un mercado mundial que sigue siendo controlado por los poderes económicos del Centro.

Una situación de desigualdad y no de la marginalidad, que se ha acentuado con la neoliberalización de las llamadas economías africanas promovida desde la década de 1980 por la instituciones financieras internacionales (FMI, Banco Mundial y así sucesivamente), a través de los programas de ajuste estructural (PAE), considerados como la respuesta adecuada a la crisis estructural del neocolonialismo de las dos primeras décadas, que se manifiesta por el endeudamiento crítico de los Estados africanos -algo que ocurre en el mismo momento en América Latina y Asia. Así, desde la década de 1980, esta región del mundo ha sido reajustada de manera permanente o reestructurada para consolidar la versión neoliberal de dominación neocolonial. Una operación llevada a cabo con el activo apoyo de los Estados del capitalismo desarrollado, cuyas empresas multinacionales se apropian de empresas que habían sido propiedad de los estados africanos en los sectores considerados más rentables (la rentabilidad en África es más alta que en otros lugares, según African Economic Outlook/Perspectives économiques en Afrique, 2010).

Fuente: This Magazine

El continente africano es considerado por los tecnócratas, por ejemplo los de la UNCTAD,  como el lugar donde el capital extranjero consigue los mejores retornos de inversión (un promedio de 24-30% desde la década de 1990, contra un 16-18% en los centros del capitalismo). Ésta es la consecuencia del éxito, entre otras cosas, de la misión confiada a las instituciones financieras internacionales, incluidas las de África, como el Banco Africano de Desarrollo (ADB, que incluye instituciones africanas privadas entre sus accionistas), y de la adaptación, por parte de los gobernantes locales, de las legislaciones nacionales a las exigencias de la acumulación capitalista neoliberal. Por tanto, la segunda mitad de los primeros cincuenta años (1980-2000) demostró ser de una época de “recolonización” neoliberal, a través de la reducción al mínimo del margen de autonomía – ya muy relativo – adquirido con las declaraciones de independencia y favorecido por el clima de la “Guerra Fría”. Con la desaparición del llamado bloque  “comunista” en Europa, se redujo el margen de negociación con el imperialismo por parte de las élites nacionalistas pequeño-burguesas. En otras palabras, hemos visto la cuasi desaparición de cualquier proyecto nacionalista progresivo, basado en el desarrollo de un sector económico estatal y en una redistribución menos restrictiva de la riqueza nacional. Es decir, el colapso de lo que algunos observadores han clasificado a la ligera como experiencias socialistas en África (desde el Egipto de Nasser al Burkina Faso de Thomas Sankara, el Congo de Marien Ngouabi y el Madagascar de Didier Ratsiraka), olvidando que se efectuaron siempre en un contexto capitalista, teniendo en cuenta los mecanismos estructurales del llamado neocolonialismo de cooperación con las antiguas metrópolis.

Pero con la neoliberalización de la economía mundial, África ya no es considerada como patrimonio exclusivo de las metrópolis coloniales. Desde diciembre de 1998 (Acuerdos de Saint-Malo), estas metrópolis, la Francia de Chirac-Jospin y la Gran Bretaña de Tony Blair, han decidido dominar África de manera concertada. Desde finales del siglo pasado, África es también una de las áreas de la nueva reestructuración del orden imperial y los EE.UU. han reconsiderado su política en África y han fortalecido su presencia económica. Así, al principal mecanismo europeo neocolonial, al Acuerdo Unión Europea/África, Caribe y Pacífico  (UE-ACP, ex CEE-ACP) y los tradicionales acuerdos bilaterales de “cooperación” entre los Estados europeos y africanos, se le ha unido el African Growth and Opportunity Act  (AGOA, 2000) durante  la presidencia de Bill Clinton. La razón principal para la creación de este llamado mercado preferencial es la búsqueda por parte de los Estados Unidos de un mejor acceso a los recursos energéticos (muy infravalorados) de África, con la evidente intención de controlarlos, en un momento en que la llegada a EE.UU.  de los provientes del Oriente Medio resultan insuficientes y, de hecho, están amenazados. Sin embargo, el interés estratégico por el petróleo (el 92,3% de las importaciones africanas de EE.UU.  en 2008) de la costa de África Occidental, desde Nigeria hasta Angola, ha ido acompañado por un interés en otros productos de África (minerales, metales, equipos de transporte, textiles) y la exportación de productos de EE.UU. (18,6 billones de dólares en 2008, contra 86,1 billones en importaciones), desde semillas modificadas genéticamente (algodón Bt y otras) a equipamiento militar.

El imperialismo militar

El abastecimiento de petróleo de EE.UU. se relaciona con la seguridad nacional, y está acompañado por una presencia militar directa del ejército, un cambio tras un largo período de intervención indirecta, durante la Guerra Fría, proporcionando por ejemplo apoyo logístico, a través de Sudáfrica y del Zaire de Mobutu, a la UNITA de Jonas Savimbi en su larga guerra contra el gobierno en Luanda. Francia perdió así su monopolio en términos de presencia militar directa en el continente, con sus bases heredadas de la colonización, cuyo mantenimiento, favorecido por la Guerra Fría, servía como medio de presión, de intimidación y de otras cosas peores, contra algunas orientaciones políticas y económicas de sus antiguas colonias.

Fuente: Casey Research (2008)

Durante una década, el ejército de EE.UU. ha ido multiplicando sus operaciones militares conjuntas con los ejércitos nacionales de África, incluidas los de los feudos franceses tradicionales. Bajo la presidencia de George W. Bush se decidió establecer en el continente africano un mando militar de EE.UU., como en otros continentes -una exclusividad de la potencia hegemónica mundial-,  creando en 2007 el United States Africa Command (Africom). Lo cual hace de los EE.UU. una potencia militar en África, incluso aunque el ejército de EE.UU. haya estado presente durante décadas en la costa de África desde la gigantesca base de Diego García -territorio de las islas Mauricio que el Reino Unido mantiene entre sus últimas posesiones coloniales (otros territorios africanos ocupados:  Azores, Ceuta y Melilla, Canarias, Chagos, Madiera, Santa Helena, Mayotte, Reunión]. Pero, con la embriaguez del poder, muy manifiesto bajo la presidencia de Bush hijo,  la administración ya no tenía posibilidad de solicitar la opinión de “socios” africanos sobre la instalación continental de dicho comando. Por tanto, este último no pudo encontrar tierra de acogida en el continente, que es bien conocido por la hospitalidad de sus gobernantees en todo lo opuesto a los intereses de los pueblos. La Unión Africana (UA) parece, por el momento, decidida a disuadir a cualquier Estado indeciso -como la Liberia de Ellen Sirleaf Johnson (recién electa)- de ir en contra de su resolución para librar al continente y a las islas de las bases militares extranjeras. Incluso Marruecos, que está fuera de la Unión Africana y está indeciso -según rumores persistentes- parece incapaz de escapar a la presión de sus pares. Así, el mando militar de EE.UU. en África sigue teniendo sede en Stuttgart (Alemania). La única presencia militar de EE.UU. abierta y permanente en el continente es entonces, y por el momento, la de (posterior a la creación de Africom) Camp Lemonnier, uno de los campamentos franceses en Djibouti. Tras declarar la independencia tarde, en 1977, Djibouti se ha mantenido como la principal base militar francesa en África.

A la espera de una brecha en el consenso panafricano que podría proporcionarle un espacio en el continente, Africom se contenta con misiones regulares de entrenamiento, ejercicios conjuntos y las llamadas acciones humanitarias (intervenciones médicas, etc) en diferentes países de África. Lo cual no es despreciable, ya que con estas maniobras militares y las llamadas intervenciones humanitarias el ejército de EE.UU. consolida, dentro de los ejércitos locales y de algunas elites africanas,  el mito tenaz de su eficacia, que parece no estar afectado por sus desventuras históricas de los siglos XX y XX, desde Vietnam a Afganistán pasando por Somalia (Restore Hope y Continue Hope, 1992-1993), caracterizadas por continuas violaciones de los derechos humanos. Como ocurre por doquier con el ejército de EE.UU., Africom se integra en misiones militares privadas multinacionales, con sus mercenarios de siniestra reputación. La industria de la muerte es tradicionalmente, hay que recordarlo, uno de los sectores más lucrativos del capitalismo realmente existente, el de los EE.UU. por encima de todo.

Fuente: SIPRI

Este activismo africano del ejército de EE.UU. tiene su dimensión económica. Las misiones y otras actividades de Africom son también una oportunidad para las campañas de publicidad descarada en favor del complejo militar-industrial nacional. De hecho, a pesar del crecimiento de los gastos militares durante una década, el continente no figura entre los principales clientes de la industria armamentística de los EE.UU. Además de Egipto (9 ª), el importador principal en África, los Estados africanos que aparecen entre los 50 mayores importadores -Argelia (15ª), Sudáfrica (27ª), Angola (3ª), Sudán (43 ª)- obtienen menos del 4% de sus suministros de los EE.UU. Argelia (principal importador en los últimos años) y Sudán prefieren las armas de Rusia (más del 65%), mientras que Sudáfrica acude más a Europa, principalmente a Alemania (más del 65%). En cuanto a los otros Estados africanos, algunos clientes menores siguen estando, en este ámbito, muy vinculados a la metrópoli colonial. Los acuerdos poscoloniales de cooperación militar  firmados entre Francia y sus antiguas colonias limitan la diversificación en cuanto a adiestramiento y equipamiento militar de estos últimos. Pero al ofrecer más becas de formación a oficiales africanos destinados a tener puestos de mando en un futuro próximo, Africom no disimula una cierta competencia con sus socios europeos, que, sin ser miembros de la OTAN, están desarrollando una política europea de defensa común, la Fuerza Europea (EUFOR). Parece que es en África donde están desplegadas la mayoría de las tropas de Eufor (República Democrática del Congo, Chad y África Central), bajo dirección francesa (por el reconocimiento de su pasado colonial y de su experiencia neocolonial  sobre el terreno), compartida con Alemania, con la participación regular de otros Estados europeos, como Suecia, que está entre los 10 primeros comerciantes de armas europeos (según el SIPRI, éstos son los principales exportadores europeos: Alemania, Francia, Gran Bretaña, Holanda, Italia, Suecia, España). Sin embargo, la supremacía de EE.UU. dentro de la OTAN  juega a favor de Africom, como organismo del complejo militar-industrial.

Fuente: SIPRI

No obstante, esta competencia entre las potencias imperiales tradicionales no debe hacernos olvidar su permanente complicidad, que en la actualidad se manifiesta particularmente frente a las ambiciones de algunos Estados de economías emergentes (China, India, Brasil, etc) de acceder a los recursos de África.

El ogro chino

El crecimiento del poder económico de China representa una amenaza seria para la hegemonía occidental en África. Una parte de los recursos que necesita para alimentar el crecimiento excepcional de su economía proviene de África. De ahí que China haya desarrollado durante la última década una asociación económica con distintos Estados africanos: 56 billones de dólares en importaciones chinas (71% en productos derivados del petróleo) frente a 50,8 billones en exportaciones en 2008 y un crecimiento exponencial de la inversión directa, que ha pasado de 10 billones de dólares en 2000 a 106 billones en 2008, con más de 100 billones previstos para 2010. Entre las exportaciones chinas se encuentran los productos de sus fábricas, más accesibles para el poder adquisitivo de la gente en África,  afectada por dos décadas de ajuste estructural.

Esta asociación entre China y África atrae la ira de una parte de la intelectualidad orgánica del capital occidental, no por su carácter desequilibrado en favor de China – incluso la mayor economía africana, la de Sudáfrica, ha sido capaz de invertir mil millones de dólares en China (frente a  6 mil millones de China en Sudáfrica)-  ni por las consecuencias ambientales de la explotación intensiva de minerales a medio y largo plazo. Porque en estas áreas China no ha hecho nada nuevo en África y  quienes se preocupan por ello están siendo selectivamente críticos en favor de las prácticas de las empresas occidentales y de sus Estados. Tampoco debido a los riesgos de una nueva explosión de la deuda externa pública, que serán generada por los préstamos concedidos por China a sus socios africanos (en condiciones preferibles a las del mercado internacional), como el director general del FMI Dominique Strauss-Kahn  nos quiere hacer creer para justificar la movilización de la tecnocracia neoliberal en contra de un reciente contrato entre China y la República Democrática del Congo.

A cambio de la explotación por parte de empresas chinas (privadas y públicas) de algo más de un millón de toneladas de cobre y más de medio millón de toneladas de cobalto, China garantiza a la República Democrática del Congo 9 mil millones de dólares (incluyendo 6 en la construcción de carreteras, acerías,  infraestructuras educativas y sanitarias, y otros 3 como financiación para la participación del Congo en una empresa minera conjunta). Según el embajador chino en la República Democrática del Congo: “Nosotros desde el principio queremos evitar cualquier situación que pueda conducir a un aumento de la deuda” (diario congoleño Le Palmarès, 4 de junio de 2009) haciendo que el garante sea el banco chino Eximbank  y no el Estado congoleño. Así, después de varios encuentros en Kinshasa con los expertos del FMI, “la parte china encuentra las recriminaciones del  FMI irreales e insostenibles” (Ibid.). Al FMI sólo le quedaba el arma del chantaje: la revisión del acuerdo sino-congoleño  (incluida la supresión de 3 mil millones de dólares en la construcción de infraestructuras) a cambio de que el Club de París rebajara la deuda congoleña y su pronta inclusión, hasta su extinción, en el programa HPIC (Heavily Indebted Poor Countries). Por ahora, la cooperación sino-africana no puede superar por completo los mecanismos tradicionales neocoloniales que aún pueden privar a la República Democrática del Congo de las mejoras en infraestructura para su pueblo.

La construcción de infraestructuras (carreteras, acerería, hidroelectricidad,  salud, educación, etc), que se ha descuidado en África durante cinco décadas de  “cooperación” y “ayuda al desarrollo” neocoloniales, – es parte de la sedutora ofensiva que China está llevando a cabo. Ciertamente, la visibilidad de dichas infraestructuras sirve a los intereses electoralistas de los dirigentes africanos, a quienes también interesa el que China no condicione su ayuda al respecto de derechos humanos (exigidos hipócritamente y con geometría variable por los Estados occidentales) y la recepción de material represivo y bélico desde China. Pero estas nuevas infraestructuras contribuyen también al desarrollo de una cierta Sinofilia -más importante que la sinofobia- en los países afectados, en particular en la élite considerada como prooccidental, pero que es más bien procapitalista. El estilo es el patentado por los tecnócratas del neoliberalismo: el beninés Abdoulaye Bio-Tchané (antiguo director para África del FMI y actual director del Banco de Desarrollo del África Occidental), quien considera que “China no es una amenaza para nuestras economías”  o la zambiana Dambisa Moyo (responsable de estrategia económica de Goldman Sachs y una iconoclasta, pero crítica neoliberal con la “ayuda al desarrollo “) según la cual “es hora de que África plante cara a la situación y siga  adelante,  es el momento para que pueda sentarse en otra mesa con otros jugadores dispuestos a dar mejores cartas. China es hoy un jugador de este tipo”.

Fuente: AFDB

El impacto de esta “pragmática cooperación sino-africana” es tal que ha introducido con bastante rapidez algo de realismo entre los actores tradicionales del desarrollo de África: el Banco Mundial y el Department For International Development británico han optado por la asociación con China para el desarrollo de África. En 2007, China contribuyó a África con 9 billones de dólares de la inversión frente a los 2,5 a que ascendió la cofinanciación de proyectos en África por parte del Banco Mundial. Durante el Foro Económico Mundial sobre África celebrado en junio de 2009 en Sudáfrica, la Directora General del Banco Mundial y ex Ministra de Finanzas de Nigeria, Ngozi Okonjo-Iweala, reafirmó el apoyo prestado por el Banco a las inversiones chinas en África. Esta asociación expresa así el estatus de China como una potencia africana que, por otra parte, parece no estar dispuesta a reprimir su contrariedad ante los gritos de alarma de determinados analistas sutílmente preocupados por el destino de África. Durante una conferencia de prensa en marzo de 2010, el ministro de Relaciones Exteriores chino, Yang Jiechi señaló que “las importaciones de petróleo africano por parte de China representan sólo el 13% de las exportaciones de petróleo de África, mientras que las de EE.UU. y Europa suponen cada una más del 30%. La inversión china en campos de petróleo africanos sólo supone un 16% de la inversión petrolífera total en el continente, mientras que la inversión europea y la de los EE.UU. representa una proporción mucho mayor”. Así, China no considera que haya suplantado a los poderes imperiales tradicionales en África, cuyo paternalismo denuncia: “Me gustaría precisar que África pertenece a los pueblos africanos, que el pueblo africano es el dueño del continente africano y que los otros pueblos solo son sus invitados. Los huéspedes deben respetar los puntos de vista de sus anfitriones, es decir, los pueblos africanos, así como su libertad para elegir a sus socios para la cooperación y a sus amigos”.

Sin embargo, la diplomacia china ha omitido señalar la importancia de los intercambios económicos entre China y Occidente, que pueden ser considerados como vitales o cómplices en la reproducción del sistema capitalista internacional: China es el banquero de los EE.UU.,  que a cambio le proporciona su principal mercado. Y las empresas europeas han escapado a la crisis gracias a sus intercambios con China. Así, aunque el crecimiento sostenido de China -se podría decir lo mismo de Malasia- es una invalidación práctica de los preceptos del Consenso de Washington, la cooperación sino-africana participa plenamente en la dinámica de la perpetuación del sistema capitalista, en su forma neoliberal.

Si la asociación sino-africana es tan apreciada por Abdoulaye Bio-Tchané, Dambisa Moyo y compañía, es porque estos sectores de la burguesía y la pequeña burguesía africana conciben esta asociación como un factor en el desarrollo del capitalismo de África, sobre todo en un momento en que las economías occidentales resultan más frágiles que China ante los efectos de la crisis del capitalismo neoliberal. Lo mismo puede decirse de la actitud apologética sobre la asociación de las economías africanas con el resto de los así llamados capitalismos emergentes del Sur, ya sea India, Brasil, Malasia o Irán, o incluso de otros lugares. Es la materialización de otro tipo de relación entre los estados capitalistas del Sur, que causa cierta atracción entre los gobernantes africanos y las élites económicas y les permite pensar que “otro mundo capitalista es posible”, estimulando así la dimensión económica de su proyecto de “renacimiento africano”, la Nueva Alianza para el Desarrollo de África (NEPAD).

Nepad o el neoliberalismo de los Estados de la neo-burguesía de África

Desde el comienzo del nuevo milenio los estados organizados en la Unión Africana (UA) -nacida de las cenizas de la Organización de la Unidad Africana (OUA)- han tenido como marco económico común la NEPAD, levantada de conformidad con los principios del Consenso de  Washington, ya descalificado no obstante y concretamente por la crisis asiática. Así, el papel de motor del denominado desarrollo de África se dice que ha de ser atribuido a la inversión privada, principalmente la de las multinacionales occidentales. Estas últimas fueron invitadas a Dakar para la presentación de la NEPAD.  Los gobernantes africanos reconocían así oficialmente su subordinación al capital imperialista y su adhesión al nuevo orden económico de reparto del continente. Pero, si comparamos con el capital acumulado durante las primeras cuatro décadas poscoloniales,  está vez se hace con la esperanza de una participación más efectiva, en calidad de socios privados minoritarios, en las multinacionales que controlan las empresas estratégicas anteriormente públicas, privatizadas en el contexto del ajuste estructural. Con la liberalización de los mercados, los capitalistas de África tienen en principio la posibilidad de competir a nivel local con las empresas multinacionales occidentales. Ciertamente, el principio a menudo no se concreta. Además, estos africanos tuvieron la posibilidad de apropiarse de las antiguas empresas  públicas o de controlar sectores económicos que no suscitaron gran interés por parte de los llamados inversores estratégicos. Esta burguesía africana que está compuesta en gran parte por los responsables de la pérdida de recursos, los responsables de sobrefacturar en los contratos públicos de los Estados y de otras prácticas delictivas, han contribuido, al final del primer período neocolonial, a un endeudamiento público crítico, un factor de ajuste estructural. Es decir, la clásica acumulación primitiva o reproducción de capital en detrimento de la economía pública, lo que no es exclusivo de África.

Así, desde hace algunos años, además de la inversión extranjera directa, hay un cierto activismo económico privado en África, cierta inversión local,  inversión intraafricana  (servicios: 36%, fabricación: 30%, agricultura: 19%). Como dice uno de los partidarios de este panafricanismo neoliberal, “más de un tercio de la inversión en África es africana”. Algunas de estas inversores son tan africanas como Total es francesa, porque son instituciones que también tienen accionistas no-africanos.

De hecho, uno observa – sin ninguna pretensión de ser exhaustivo- capital de las Islas Mauricio en Madagascar y Mozambique, keniata en Uganda, egipcio en Argelia, Nigeria, Túnez  o Zimbabwe, libio en Costa de Marfil, Níger, Uganda y Rwanda. Los bancos marroquíes Attijarifawa Bank y Banque Marocaine du Commerce Extérieur están creciendo en África occidental y central. El Ecobank Transnacional Incorporated (con sede en Lomé), producto en los ochenta de la Federación de las Cámaras de Comercio e Industria de África Occidental y que se declara panafricano, está presente actualmente en 27 países de África.

En esta dinámica capitalista de África, el capital sudafricano, heredero de la acumulación realizada bajo el régimen del apartheid y de la explotación de la llegada al poder de los gobiernos identificados con la mayoría negra desde la presidencia de Nelson Mandela, ocupa una posición de liderazgo continental. Ésto es lo que estaba esperando la fracción ilustrada de la burguesía blanca que fue hostil en la década de 1980 al régimen del apartheid. Desde el preciso momento de la elección de Nelson Mandela hasta 2005,  el capital sudafricano adelantó a todos los inversores tradicionales en el continente (14 billones de dólares, frente a alrededor de 10 billones de dólares de los Estados Unidos, 6 billones de euros de Francia, 4,5 billones de euros del Reino Unido). De Islas Mauricio a Marruecos, está presente en diferentes sectores, como el de las minas, su sector preferido (en el que Sudáfrica está casi tan bien provista como la República Democrática del Congo), u otros, como la agricultura, la elaboración de cerveza, la gestión de puertos, telecomunicaciones, petroquímico y así sucesivamente. Hasta el punto que  se ha abierto el debate sobre el estatus continental de la Sudáfrica posapartheid: ¿imperialismo? ¿Subimperialismo? Sin embargo, Sudáfrica no sólo exporta capital, también lo recibe -además de  mano de obra (cualificada y no cualificada) procedente de los países de la región afectados por el ajuste estructura- como principal mercado regional para el capital financiero proveniente de determinadas economías,  sin duda menos desarrolladas, como Nigeria o Kenia, sobre todo en el sector bancario.

El modo de inserción de África en la economía mundial (principalmente como proveedor de materias primas para las economías del centro) parece tenerla relativamente protegida de algunos de los efectos directos de la crisis económica, que se manifiesta en un sector financiero en el que está, en verdad, débilmente insertada. Sin embargo, al igual que otras regiones del mundo, África no se ha librado de ella. El papel del continente como proveedor de materias primas ha sufrido con la caída de la producción en los centros del capitalismo, en forma de caída de la demanda de algunas materias primas (cobre, cobalto, coltán, diamantes, estaño, petróleo, etc) y de una bajada de precios  entre el 25%  y el 50%, de hecho más en el caso del petróleo, que ha pasado de 140 dólares por barril en el verano de 2008 a 55 dólares en la primavera de 2009. Otros sectores también se han visto afectados, como el turismo (Islas Mauricio, por ejemplo). Una de las consecuencias de esta crisis ha sido la reducción significativa de las reservas de cambio de algunas monedas nacionales. Así, África, que ha conocido una tasa de crecimiento sostenido durante una docena de años, ha experimentado una caída bastante pronunciada en 2009: 2,5% frente al 5,1% en 2008 y el 6% en 2007, según las estimaciones menos pesimistas que tienen en cuenta el aumento de las inversiones chinas (+81%) registrado en el transcurso de un año (1 ª mitad de 2008- 1 ª mitad de 2009). África -dicen los tecnócratas del capitalismo africano-  al final se defiende mejor contra la crisis y ha salido mejor de ella que los continentes del capitalismo desarrollado, que también se fijan en las previsiones de crecimiento para 2010.

Sin embargo, detrás de las tasas de crecimiento apreciable, desde el punto de vista capitalista, hay un desarrollo estructural de las desigualdades en beneficio de los inversores extranjeros (atraídos por el alto retorno sobre la inversión en el continente) y de los sectores dominantes (empresarios económicos y políticos, incluyendo a la oposición,  mezclados todos). Porque, a pesar de las divergencias internas en la estructura jerárquica del capitalismo mundial que actualmente preocupan a las llamadas economías emergentes del Sur y a las diferentes facciones locales, este capitalismo neoliberal de África no puede ser considerado como representante de los intereses de los trabajadores ni de las capas populares popular africanas ni como un factor de progreso social real. Como en todas partes, se adapta la acumulación capitalista africana se adapta a la  alta tasa de pobreza que las instituciones internacionales fijan como promedio en el 50% de la población del África subsahariana.

El crecimiento no ha mejorado la suerte de los asalariados (pequeñas y medianas empresas), ni la de los pequeños campesinos (la mayoría mujeres), ni la de los jóvenes que van a la escuela o están en paro, ni la de los despedidos por las empresas privadas, ni la de las clases populares en general. Sin duda, hay una “África que va ganando” -la de los capitalistas africanos  en alianza objetiva con otros de su condición-, pero lo hace , en primer lugar, en oposición a la fuerza de trabajo asalariada, como advirtió la Organización Internacional del Trabajo en 2008, antes de la crisis: “Alrededor del 55% de los trabajadores del África subsahariana todavía no ganan lo suficiente para vivir, junto con su familia, por encima del nivel de pobreza de 1 dólar al día, mientras que alrededor del 80% vive con menos de 2 dólares al día …”.

Además, el colapso de los precios del algodón, el caucho, los textiles, etcétera, ha dado lugar a despidos y cierres en diversas fábricas de Benin a Tanzania, pasando por Marruecos. En Egipto ha habido 100 mil despidos desde octubre de 2008 hasta marzo de 2009, 10 mil en Kenia sólo en el primer trimestre de 2009 solo; 13 mil en Marruecos en el sector textil, el 60% de ellos mujeres. En Sudáfrica la tasa de desempleo ha pasado del 21,9% en el último trimestre de 2008 a 23,5% en el primer trimestre de 2009, y los millones de desempleados desde 3,87 a 4,18 millones (y son cifras sobre los oficialmente “parados”, no sobre todos los parados). Así, el crecimiento de otros es el del desempleo en todo el continente (incluyendo las islas), que pasó de 30,8 millones de desempleados en 2007 a 35 millones en 2009.

Fuente: D. MILLET y E. TOUSSAINT

Por otra parte, esta África, la que no está ganando,  ha pagado los gastos de las subidas de precios en algunos productos alimenticios, que precedieron y acompañaron a la crisis, una consecuencia de la dependencia organizada desde la colonización y que se ha desarrollado sin interrupción en el período poscolonial. Al exigir, por ejemplo, la prioridad de las exportaciones para pagar la deuda pública externa, a expensas de los cultivos alimentarios, las políticas neoliberales de ajuste estructural han favorecido el agravamiento de la falta de soberanía alimentaria. Con el agotamiento del suelo como consecuencia derivada, determinado en algunos países por los monocultivos. Éste es el caso de Costa de Marfil y de la vecina Ghana, donde su peso en la producción mundial de cacao  se ve recompensado por el agotamiento del suelo desde la época colonial. Lo cual es un factor en conflicto sobre la tierra, como ya es el caso de Ghana o Kenia. En Darfur (Sudán), el agotamiento del suelo causado por la agricultura intensiva neoliberal es uno de los factores críticos que han llevado a la guerra.

La ausencia de la soberanía alimentaria y la situación de los pequeños campesinos aún irán a peor. En parte debido a la ofensiva emprendida por las compañías multinacionales productoras de semillas genéticamente modificadas y por la intención de patentar o de apropiarse del patrimonio genético agrícola. Y en parte por la apropiación privada de tierras fértiles y comunales  por parte del capitalismo agrario internacional, por multinacionales cuya sed de apropiarse del mundo es comparable a la de las empresas de hace cuatro o cinco siglos. Las multinacionales del cacao has puesto sus garras en las tierras fértiles de Costa de Marfil, generando ya un problema. En el contexto del ajuste estructural neoliberal era necesario adaptar la legislación nacional de tierras, que había conservado el principio de propiedad comunal,  al principio de la mercantilizarlo todo.

Este neocolonialismo de la tierra, que recuerda a los cercamientos de los primeros siglos del capitalismo inglés, sin duda va a transformar a los pequeños agricultores independientes en trabajadores serviles y mal pagados,  favoreciendo el crecimiento del desempleo en las zonas rurales y el éxodo hacia las ciudades para engrosar las villas-miseria y el lumpenproletariado, un ejército de reserva de mano de obra muy barata. Entre las víctimas específicas de esta lógica capitalista humanamente tan absurda están los pueblos que viven tradicionalmente en el bosque, como los llamados “pigmeos”, cazadores-recolectores repartidos por ocho países de África central y los Grandes Lagos, desde Camerún a Uganda, incluyendo ambos Congos. Así, el problema no es el de la presencia de granjeros blancos sudafricanos en el Congo, ni el del suministro a los Emiratos del Golfo de productos agrícolas, por ejemplo, sino el de las relaciones de propiedad allí establecidas -aunque no hay riesgo de reproducción de la historia de los boers y hugonotes que ha contribuido a la formación de la actual Sudáfrica – y las consecuencias para las poblaciones nativas. Los granjeros sudafricanos  blancos, chinos u otros,  tras haber emigrado, no establecen una colonia cerrada  sobre sí misma, explotan o sobreexplotan la mano de obra local, producen para satisfacer las necesidades alimentarias de la zona, junto con los pequeños productores locales, que entienden la ecología del suelo, y no suponen ningún problema en sí. No es el caso del proyecto de Daewoo en Madagascar, o el de aquellos otros que orientan la agricultura africana hacia la producción de agrocombustibles. Una orientación en la que Brasil, a través por ejemplo de  la Agencia Brasileña de Promoción de Exportaciones e Inversiones (Apex-Brasil) desempeña un papel de motor, bajo el pretexto de los intercambios de experiencias Sur-Sur. Como si Brasil no fuera un mal ejemplo en el área de agrocombustibles y de semillas genéticamente modificadas cuya venta promueve  en África, junto con los EE.UU.. Como si el problema de la falta de petróleo debiera ser resuelto mediante la creación de otro problema ecológico, el de las consecuencias de los agronegocios -ya lo practican los oligarcas de África, de Costa de Marfil a Zimbabwe- , más delictivos en cuanto se realizan sobre una parte de la población mundial que ya sufre un déficit de alimentos. El problema no se plantea, ni en la actualidad ni para un futuro cercano, en términos de penuria de productos alimentarios, sino de reparto de la producción de alimentos disponibles y de reorganización de la agricultura mundial, lo que también evitaría la actual pérdida, preservando las tierras fértiles para las futuras generaciones.

Después de cincuenta años de neocolonialismo, el organización capitalista neoliberal del continente parece que le reserva el destino de continuar acumulando sus efectos más nocivos. Así, en términos de calentamiento global, África, aunque no es uno de los principales contaminadores del planeta, sufrirá las consecuencias del crecimiento y el productivismo del capitalismo, imitado durante  cincuenta años por los regímenes del bloque estalinista, según el IPCC: “Nuevos estudios confirman que África es uno de los continentes más vulnerables dada diversidad de efectos previsibles, las múltiples tensiones y su escasa capacidad de adaptación”. Eso no detiene a los partidarios  africanos del capitalismo neoliberal, que siguen promoviendo una “estrategia africana en la guerra del negocio verde”.

La resistencia africana al capitalismo neoliberal

Las primeras consecuencias sociales del neoliberalismo en África produjeron en los años 80 y 90 una dinámica de movilización popular y luchas sociales -con las organizaciones sindicales como columna vertebral – que contribuyeron a la “democratización” de los regímenes monolíticos poscoloniales. Pero esto ocurrió en un contexto internacional de pérdida de legitimidad del proyecto emancipador socialista, identificado con el colapso del estalinismo, mientras la democracia social europea demostraba ser una buena gestor del capitalismo mediante la construcción de la Europa del capital neoliberal. En otras palabras, superar el capitalismo ya no estaba en el orden del día. Así, esta nueva apertura democrática se produjo por todas partes en favor de corrientes políticas que favorecían la gestión de los neocolonialismos, que en algunos casos  se convirtieron  luego en solidariamente responsables de las guerras neoesliberal.

Las organizaciones populares de la izquierda africana que habían sobrevivido al monolitismo de las tres o cuatro décadas poscoloniales fueron casi todas   arrastradas por el descrédito lanzado sobre el proyecto de emancipación socialista y, en algunos casos, por las guerras de reestructuración neoliberal del neocolonialismo. A finales del siglo XX y principios de los XXI,  las organizaciones  sobrevivientes más populares se integraron progresivamente en la gestión del orden neocolonial, desde el Partido Comunista Sudafricano (SACP) vinculado a su aliado del Congreso Nacional Africano (RAN) al And-Jëf/Parti africain pour la Démocratie et le Socialisme (AJ/PADS) en Senegal. Los dirigentes sindicales que estaban vinculados a estos partidos se vieron atrapados en esta deriva, la ejerciendo el  llamado sindicalismo responsable o convirtiéndose en “interlocutores sociales” de empresarios y gobernantes (en eenro de 2009, por ejemplo, el Movement for Democratic Change (MDC) de Zimbabwe entró a formar parte del gobierno del ZANU-PF, de Robert Mugabe).

Sin embargo, los activistas o antiguos activistas de la izquierda radical africana, los sindicalistas que mantienen la “lucha de clases”,  han estado entre los principales líderes de la llamada dinámica de justicia global en África. La lucha contra el capitalismo se ha vuelto relativamente más audible sobre la base de una crítica del neoliberalismo en el contexto de los dramáticos efectos sociales de las políticas de ajuste estructural.

Fuente: D. MILLET y E. TOUSSAINT

Sin embargo,  al obtener cierta visibilidad en determinados medios de comunicación -aunque a menudo llega muy débil a las capas populares- el movimiento de justicia global de África no ha burlado la hegemonía de las organizaciones/asociaciones e individuos  de la “sociedad civil”, que eran o son hostiles a cualquier crítica que intente trascender el marco del neoliberalismo, que tenga como objetivo el sistema de explotación, opresión y contaminación que caracteriza al capitalismo. Por tanto, no hay identificación con ningún proyecto radical de emancipación global como alternativa al capitalismo. Lo cual no es una peculiaridad de África. Es también expresión de la tenaza sobre el presente que imponen las grandes organizaciones de Occidente, movilizadas a través de un “capitalismo con rostro humano” y que reproducen en este contexto el tipo clásico de relaciones entre el centro del capitalismo y su periferia. La ayuda financiera al movimiento de justicia global africana está condicionada a su oposición a la orientación radical dentro del movimiento. La corrupción de los gobernantes africanos puede ser denunciada, pero sobre una base moralista, sin ser situados en el contexto histórico del sistema capitalista.

Una situación que también se ve favorecida por la precaria situación de las capas medias de África, a las que los líderes de la “sociedad civil” pertenecen habitualmente.  Ser un activista o una organización que representa a la “sociedad civil”  en el movimiento de justicia global significa estar abierto al diálogo, a la asociación, con las embajadas de los países occidentales, con las multinacionales, con las fundaciones occidentales y con las instituciones internacionales como el Banco Mundial, y esta apertura proporciona un medio para escapar de esta situación precaria. Un mecanismo sutil de corrupción.

Así, después de una década de movimiento de justicia global, de foros sociales locales y regionales, de manifestaciones contra el coste de la vida, de movilizaciones estudiantiles, de luchas campesinas y sindicales, de movilizaciones de desocupados, etcétera, las organizaciones africanas que todavía se identifican con la izquierda radical no pueden alegar que hayan contribuido con éxito evidente a la auto-organización de trabajadores y pequeños campesinos articulando su lucha dentro de un proyecto global de ruptura con el capitalismo. Las frecuentes y permanentes movilizaciones para el acceso al agua potable, electricidad, salud, empleo digno, tierra, buenas condiciones de estudio, contra la violencia contra las mujeres, etcétera, siguen estando fragmentadas y sin convergencia. Una fragmentación permanente que también se puede interpretar como una expresión del sectarismo de las organizaciones de la izquierda radical, que sin duda tiene el mérito de haber sobrevivido a la apisonadora de la ideología neoliberal, pero que, desgraciadamente, se dedican más al narcisismo de las pequeñas diferencias que a la organización de la convergencia y a la construcción local de dinámicas permanentes unitarias y democráticas.

Sacar a África de su trágica situación

Los cinco décadas poscoloniales han sido décadas de neocolonialismo. Un neocolonialismo con consecuencias trágicas: el desarrollo de las desigualdades sociales en todos los países, las guerras neoliberales en algunos de ellos, la explotación de los asalariados por una variedad de actores. Esto ha ido acompañado desgraciadamente de un declive de la conciencia organizada radical contra el neocolonialismo y anticapitalismo, lo cual forma parte de un fenómeno mundial, aqunque aquí con mayor gravedad.  El moralismo se ha impuesto como único horizonte posible de crítica. Por eso es más necesario que nunca evitar la concepción apolítica de una traición a África de la burguesía gobernante. Porque, si bien son africanos, también están guiados y motivados por su clase y sus intereses individuales. No son en este aspecto fundamentalmente diferentes de la burguesía francesa, por ejemplo, que abrumadoramente tomó  la decisión de colaborar bajo la ocupación con la economía nazi alemana.

Para sacar a África de su trágica situación, no existe objetivamente ninguna otra vía diferente a la del anticapitalismo, más allá de la lucha contra el neoliberalismo. Hoy en día,  ni China ni India ni Brasil ni nadie puede ofrecer ninguna ilusión, porque los costos sociales y ecológicos del crecimiento en estas economías no se pueden descuidar. Estos países no pueden ser ejemplos de sociedades basadas en la igualdad y la justicia social, de satisfacción de las necesidades básicas de individuos y  pueblos.

Una de las mejores maneras de honrar a quienes han luchado contra el neocolonialismo/capitalismo en África -,ás allá de los neocoloniales “padres de la independencia”- es hacer balance general de las verdaderas luchas a nivel local y continental. Extraer lecciones de ellas para la construcción de nuevos organizaciones contra el neocolonialismo y el anticapitalismo que contribuyan a la auto-organización y a a las luchas de los asalariados, de los pequeños campesinos, las mujeres, los jóvenes y el resto de categorías sociales oprimidas. Organizaciones que luchen contra la explotación económica, los distintos tipos de  opresión y contra los evitables efectos nocivos sobre el medio ambiente. En otras palabras, por la construcción de sociedades socialistas, es decir, sociedades que sean socialmente justas e igualitarias, feministas, antihomófóbas y ecológicas. La construcción de este socialismo exige una perspectiva panafricana. Ésto se ve favorecido además por la presencia de las mismas empresas explotadoras en varios países, ya sean africanos o no africanos, y de las zonas regionales de integración económica.

Es entonces urgente que las organizaciones que todavía se identifican como socialistas y panafricanistas inicien una verdadera dinámica de intercambios, de solidaridad, de aprendizaje y acción común, a nivel local y regional, de manera democrática. La filiación de las distintas tradiciones políticas que caracterizan el movimiento socialista en el siglo XX no debe ser un obstáculo. Es en la construcción de esta dinámica de consulta y acción revolucionaria socialista panafricanista como cada organización podrá contribuir mejor a la construcción de una África real y plenamente descolonizada, emancipada del capitalismo. Porque, como de hecho ocurre en otros países, la alternativa en África es o bien  la lucha y la construcción de un socialismo democrático o el empeoramiento de la catástrofe social capitalista.

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2 Respuestas a “África: cincuenta años de (in)dependencia

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  2. Según esto Melilla, Azores o Canarias son territorios ocupados ………. simplemente alucinante. No entiendo señor Pons, como no ha puesto algún tipo de advertencia en el principio.

    No dudo que mucho de los datos sean ciertos; pero en el artículo se refieren continente africano como si tuviese un ser, un “destino en lo universal”, vamos extrapolando a los nacionalismo, que son una comunidad imaginada en la terminología de Anderson. Lo que ocurre es que la identidad africana como tal no existe o solo es el rechazo a lo estereotipos que se le ha ortogado desde occidente.

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