La fundación de los Estados Unidos de América

Uno de los libros de historia que mayor curiosidad está despertando en el mercado americano es  Betsy Ross and the Making of America, de Marla Miller, una académica bien considerada y premiada. De entre las reacciones, me inclino por la de Laurel Thatcher Ulrich,  que atesora conocimiento y escritura suficientes para no fallar en el diagníostico. Su reseña se titula “Star-Spangled Story” y apareció publicada en el New York Times.  

  

La mayoría de los historiadores descartan que Betsy Ross elaborara la primera bandera de los Estados Unidos. Sin embargo, un siglo después de que se desenmascarara, nos queda  la leyenda. A lo largo del país, los escolares siguen recortando las estrellas de cinco puntas con el patrón que Ross,  fabricante de banderas de Filadelfia, supuestamente inventó. La leyenda perdura porque los editores, los vendedores de recuerdos y  los patriotas entusiastas  la encuentran útil y porque viene a llenar un vacío en la epopeya americana. Las naciones necesitan heroínas. Betsy Ross da a las mujeres un lugar en el Panteón Nacional sin alterar nuestros mitos dominantes.  

Sepultada bajo la leyenda hay una mujer de carne y hueso, Elizabeth Griscom Ross Ashburn Claypoole. Nacida en 1752, se casó  y enterró a tres maridos antes de su propo fallecimiento, en 1836. Su primer esposo, el tapicero John Ross, le introdujo en la política revolucionaria. El segundo, un marinero llamado Joseph Ashburn, murió en una prisión británica tras ser capturado por corsario hacia el final de la Guerra Revolucionaria. John Claypoole, con quien se casó en 1783, fue el padre de todos, excepto uno,  de los hijos que la sobrevivieron. De hecho, durante la mayor parte de su vida adulta fue conocida como “la señora Claypoole”.  Ese es el nombre que su nieto, William Canby, usaba en 1870 cuando por primera vez empezó a contar la historia de la bandera. Sólo más tarde, cuando la historia empezó a difundirse, se convirtió en la hermosa y patriota “Betsy Ross”.  

Marla R. Miller, profesora de historia de Estados Unidos en la Universidad de Massachusetts-Amherst, cree que Claypoole “sembró las semillas de su propia mitología, en la década de los años 20 y 30, a medida que regalaba a sus hijos y nietos con cuentos sobre su juventud, su trabajo y la vida de la Filadelfia revolucionaria”.  En una biografía atractiva, Miller muestra que, aunque la historia de la bandera está plagada de cosas inversosímiles, vale la pena recuperar la vida de la mujer que llegó a ser conocida como Betsy Ross.  Reniendo fragmentos  procedentes de “anuncios en los periódicos, recibos caseros, actas de reuniones, informes financieros, cuentas de compras y libros de contabilidad, registros de sucesiones, herramientas y artefactos. . . y tradiciones orales “, Miller conecta a su heroína con la mayoría de los acontecimientos más importantes de la historia temprana de Filadelfia, desde la construcción de la ciudad, en los años en que su bisabuelo se estaba estableciendo como maestro carpintero, a la epidemia de fiebre amarilla que en 1793 se llevó a sus padres.  

Mediante un hábil uso de los pequeños detalles, Miller sostiene su reiterada afirmación de que la futura Betsy Ross fue a menudo “sólo un contacto distante” de los hombres que hicieron la Revolución. Aunque su primer marido no formó parte de ningún comité revolucionario, su tío sí lo hizo, y en la casa que él y Betsy alquilaron había un par de mapas, recién salidos de la imprenta, con las trincheras estadounidenses y británicas durante el asedio de Boston. Al igual que otras mujeres patriotas, Betsy rellenó cartuchos para el Ejército estadounidense durante la guerra,  rellenando miles de tubos de papel con balas de mosquete y pólvora en enero de 1779. Al parecer, no participó en la iniciativa emprendida en 1780 por la hija de Benjamin Franklin, Sarah Bache, para suministrar camisas al ejército, pero lo que sí hizo, por lo que parece, fue hacer banderas.  

Miller sitúa a Ross en la comunidad de tapiceros, costureras, pintores y ceramistas de Filadelfia que se encargaron de hacer banderas y otros pertrechos de guerra, cuando sus ocupaciones domésticas  se vieron interrumpidas por el boicot  pre-revolucionario a los productos británicos y, luego, por la guerra. Aunque sólo queda un documento referido a la fabricación de banderas por parte de Ross durante la Revolución, un recibo por “estandartes” para la marina de Pennsylvania, ella bien pudo haber fabricado otras. Para ella, como para otros artesanos, la fabricación de banderas no era tanto un deber patriótico como un oficio, una manera de ganarse la vida en tiempos difíciles. Como señala Miller: “Fueron muchas las personas que contribuyeron a dar forma  al emblema nacional que reconocemos hoy. Que Betsy Ross no estuviera sola no disminuye su contribución. La bandera, como la Revolución que representa, fue el trabajo de muchas manos. ”  

Marla R. Miller, Betsy Ross and the Making of America. Henry Holt and Co., abril de 2010

La admirativa biografía de Miller caldeará los corazones de los amantes de la leyenda de Betsy Ross. También  puede convencer a los escépticos (Miller se refiere a ellos como “pesimistas”) de que hay algo en las historias de la bandera que vale la pena considerar. Por desgracia, el afecto que Miller pone en su objeto  se interpone a veces en el camino de su, por otro lado, cuidadosa investigación. En ninguna parte es esto más evidente que en su intento de profundizar en  historias del siglo XIX,   como la de la joven Elizabeth Griscom que trabajaba en el taller de un elegante tapicero de Filadelfia llamado John Webster. El trabajo de Webster está documentado en los libros de contabilidad, relacionándolo con las buenas familias de Filadelfia como John Cadwalader y Chew Benjamín, y aunque estas cuentas nunca mencionan a  Griscom, hay un puñado que refiere pagos a su futuro marido John Ross.  

Miller no se contenta con tomar nota de estas conexiones o con decirle a sus lectores qué tipo de trabajo podía desempeñar una joven en ese tipo de tienda. Convierte las inferencias en hechos y, a continuación, embellece los hechos con la ficción, diciéndonos que Betsy pasó “cinco o seis años entre 1768 y 1773 trabajando para John Webster” y que durante esos años  hizo,  “entre muchas otras cosas, el fabuloso ajuar para el hogar de los  Cadwalader”.  Ella sabe, por arte de magia, “que cuando Cadwalader entró en la tienda de Webster a fines de mayo de 1771, Betsy Griscom y el resto del personal se pusieron a su disposición” y que Betsy y John ” durante cinco años. . . trabajaron codo con codo, coqueteando, peleándose  y, en general, midiéndose como pareja potencial en una vida futura”.  

En pasajes como éstos, Miller adopta el estilo de la ficción sentimental que, desde hace más de un siglo, ha afectado a la credibilidad de la narrativa de Betsy Ross. Eso debilita su propia prosa histórica, que es suficientemente fuerte como para sostenerse por sí misma. También frustra el propósito último de su libro, que es redescubrir a la mujer que hay trás la leyenda. Sorprendentemente, Miller dedica sólo 50 páginas de su texto de 362 a los últimos 40 años de vida de Claypoole. Sin embargo, como la misma Miller explica, no sólo se trata de unas décadas de su vida que están entre las mejor documentadas, sino que son los años en que las historias de la bandera tomaron forma. Gracias a los registros del gobierno, podemos saber qué tipo de banderas hicieron Claypoole y sus hijas  en el siglo XIX y lo que se les pagaba, así como con quién trabajabaron  y qué tipo de competencia tenían. Entre sus competidores estaba Rebecca Young, que se mudó a Baltimore, donde ella y su hija Mary Pickersgill elaboraron la inmensa “barras y estrellas” que inspiró el poema que Francis Scott Key escribió durante el asedio de Fort McHenry durante la Guerra de 1812. Sin duda, no se trataba sólo de sus experiencias como muchacha que daba forma a las historias de Claypoole, sino de este intenso periodo de fabricación de banderas posterior a la guerra, un periodo en el que la rápida producción de estrellas de cinco puntas tuvo mucho más relevancia que durante la época de la Revolución, cuando en realidad eran poco habituales.  

Cuando Canby William conoció a su abuela, su vida como fabricante de banderas probablemente había terminado, y la cultura artesanal que la había alimentado estaba siendo amenazada por una  economía nacional en expansión y por nuevos modos de producción. Pero su vida imaginativa estaba floreciendo. Elizabeth Claypoole pudo haber sido o no una excelsa fabricante de banderas, pero fue sin duda una narradora consumada, y transmitió ese talento a sus descendientes. A lo largo del libro, Miller lanza algunos guiños sobre lo inverosímil de algunas de las tradiciones que conservó esta familia, mientras toma un trocito de aquí y otro de allá para redondear su narrativa, pero nunca se enfrenta de lleno a la creación de la leyenda de Betsy Ross. Hacerlo habría significado debilitar una apreciada historia americana.  También habría significado no poner el énfasis en el período revolucionario.  

Al final, la leyenda abruma a la mujer. Tal vez eso es lo que Claypoole hubiera querido.  

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Laurel Thatcher Ulrich es profesora en  Harvard. Su libro más reciente es  Well-Behaved Women Seldom Make History (Las mujeres que se portan bien no suelen hacer historia. Nabla, 2008), aunque su obra de referencia sigue siendo la ya clásica A Midwife’s Tale: The Life of Martha Ballard Based on Her Diary, 1785-1812 (1990).

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