Clionauta: Blog de Historia

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Archivo de 30 junio 2010

Niall Ferguson: la historia en la escuela

Publicado por Anaclet Pons en junio 30, 2010

Interesante debate el que ha suscitado Niall Ferguson con su propuesta de revisar el curriculum de historia en las esuelas británicas. Veamos cómo lo recoge The Guardian.

Niall Ferguson, el historiador británico más estrechamente asociado con la visión conservadora y eurocéntrica de la supremacía occidental, va a trabajar con  los conservadores para revisar la historia en escuelas.

En el Guardian Hay Festival, este profesor de Harvard, cuya historiografía es considerada a menudo como una apología del imperialismo, expuso sus ideas sobre el curriculum de historia de la escuela, indicando que a los niños se les debe enseñar que la “gran historia” de los últimos 500 años “es la del auge de la dominación occidental del mundo”.

Michael Gove,  el Secretario de educación, estaba entre el público y alabó públicamente las ideas  “emocionantes y atractivas de Ferguson” para una campaña “por  la historia real”.  Y añadió: “Mi pregunta es si en Harvard le permitirán pasar más tiempo en Gran Bretaña para ayudarnos a diseñar un programa de historia más emocionante y atractivo”.

Con la sesión convertida en una entrevista de trabajo, Ferguson respondió que había decidido deliberadamente dejar de Harvard y quedarse en Londres el próximo año académico. “Estoy esperando su llamada”, dijo.

Gove declaró a The Guardian que “definitivamente” quería que Ferguson participará en una revisión del plan de estudios, aunque no llegó a respaldar la propuesta de Ferguson de un GCSE (General Certificate of Secondary Education)  obligatorio en la historia. “Ha habido demasiada prescripción en el pasado y no me comprometo”, dijo. Pero, añadió: “Necesitamos entroncar mejor con la historia narrativa – de cómo Hitler y  Enrique VIII se ajustan dentro de la historia.” Y agregó: “Yo soy un gran fan de Ferguson, y tiene toda la razón. Antes de las elecciones, David Cameron decía que la espina vertebral del curriculum ha de ser la historia. Indicó que la historia se enseña a modo de “tapas” (en español en el original) ; Niall acaba de utilizar la palabra smorgasbord

Ferguson dijo que el motivo que le había hecho dirigir su atención a la historia  en las escuelas era la forma en que se les enseñaba a sus hijos. El problema no era, dijo, la calidad del profesorado, sino que: “En este país, la gran mayoría de los alumnos sólo aprenden sobre Enrique VIII, Adolf Hitler y Martin Luther King. Eso es lo que los adolescentes conocen al abandonar la escuela, y en realidad no es suficiente “.  A sus propios hijos, dijo, no les habían enseñado quién fue Martín Lutero. La paradoja, dijo, era que en la cultura general “la historia nunca ha sido más popular” – como lo demuestra el éxito de la historia en la televisión – “pero en las escuelas nunca ha sido tan impopular. Es una materia en declive con la reputación de aburrida “.

Analizando las opciones para la historia en el GCSE y el A-Level, señaló el olvido”de la historia antigua y medieval”.   “No hay gran narrativa que entrelace lo que los alumnos aprenden en un año, mucho menos durante toda  la escuela”. Sus soluciones pasan por hacer obligatoria la historia hasta el GCSE, dos grandes exámenes para que los maestros tengan más libertad y  “seguir una serie cronológica”.

Junto con la cadena Channel 4,  planea producir materiales para su uso en las escuelas: “un programa de cuatro años de estudio de historia en Occidente  y el mundo”. La gran pregunta a la que el curso intentará responder, dijo, es cómo en el año 1500 “los pequeños reinos belicosos de Europa, que parecía tan débiles en comparación con la dinastía Ming o el imperio otomano, llegaron a ser tan poderosos”. Dijo que el programa estaba “obligado a ser eurocéntrico” porque el mundo era eurocéntrico.

Respondiendo a las críticas del público en el sentido de que el proyecto parecía poco interesado por la suerte de los oprimidos, Ferguson arremetió contra “la tendencia militante” del público y dijo: “¿Podemos dejarnos ya de eso del historiador de derechas, de la gilipollez del apologista imperial? “.

Preguntado sobre si estaba de acuerdo, el historiador Simon Schama dijo: “Tenía la esperanza de llegar el primero, en realidad. Puede que el proyecto prospere. Aunque puede suceder que haya más de un dictador ilustrado”. Jerry Brotton, profesor de Estudios del Renacimiento en la Universidad de Londres, dijo que pensaba que el trabajo de Ferguson sobre  el plan de estudios de la historia era “un escándalo” y la historia de la dominación occidental “una tergiversación de la historia”. Brotton añadió: “Es pura ideología. Es típico de él. Es una nueva revisión del imperio – conseguir que vuelva el imperio por la puerta de atrás.”

Véase también la crónica del Telegraph y las opiniones que el propio Fergurson  expuso hace un par de meses en el Financial Times.

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Los intelectuales en América Latina

Publicado por Anaclet Pons en junio 28, 2010

Mientras  aún colea El legado filosófico español  e hispanoamericano del siglo XX que Manuel Garrido (y otros) prepararon para Cátedra, la editorial Katz presenta la Historia de los intelectuales en América Latina II, que  Carlos Altamirano dedica al pensamiento de las elites culturales latinoamericanas con el título de  “Los avatares de la ‘ciudad letrada’ en el siglo XX” .

Eñe, el suplemento de Clarín, ofrece una entrevista con Altamirano:

-Diversidad, diferencia, variedad. ¿Existe, entonces, un pensamiento latinoamericano?

-Creo que hay ciertos temas que son característicos de Latinoamérica. Uno de estos temas es la pregunta por la identidad: quiénes somos, cuáles son nuestras verdaderas raíces, cuál debería ser nuestra verdadera cultura. Es un tópico obsesivo de la ensayística y del pensamiento latinoamericano. No sé si hay un pensamiento pero lo que sí puede decirse es que hay una serie de temas o tópicos de mucha duración, que se repiten y que para responder a eso se movilizan recursos de diferentes fuentes ideológicas: el romanticismo en el XIX, el positivismo más adelante, el nacionalismo, pero también el marxismo. No sé si hay un pensamiento latinoamericano pero uno sí puede reconocer que hay un modo de pensar que se caracteriza por la rumia en torno a ciertos problemas.

-¿Cómo influye la relación con los centros de producción de pensamiento como Francia o Estados Unidos en la conformación de un pensamiento latinoamericano?

-Uno podría decir que el pensamiento de las elites latinoamericanas son una fracción periférica del pensamiento de las metrópolis culturales. Ahora bien, la refracción que produce el medio latinoamericano lleva a la incorporación de variaciones, de mezclas, es decir, el tener que dar respuestas a problemas o hechos que no son característicos del medio en el que brotaron esas ideas. Cómo dar cuenta de la diversidad racial; cómo plantear una superación de las divisiones étnicas de una sociedad que quiere ser una sociedad nacional, es decir, cómo producir un discurso de homogeneización. Todas las teorías ligadas al mestizaje: cómo ignorar que la raíz cultural, no ya de los intelectuales, sino de la cultura nacional no es una sino que tiene más de una raíz. La cultura latinoamericana tiene varios abuelos, no sólo uno.

-Usted cita a Alfonso Reyes cuando dice que entre los intelectuales latinoamericanos “no puede haber torres de marfil”.

-Creo que la idea de la torre de marfil es una fórmula que no sé si se verifica efectivamente en algún lugar, si va más allá de una cierta representación imaginaria de que hay lugares, que no son América, donde los intelectuales pueden refugiarse en la producción de su obra al margen del movimiento de la calle. Es una referencia que hago a partir de una cita de Alfonso Reyes que dice que en América Latina eso no es posible, que el escritor no puede escapar a las demandas de la vida pública y, por lo tanto, está obligado a participar del debate cívico. Entonces, independientemente de si hay algún lugar donde existen estas zonas de refugio, América Latina no es uno de esos lugares.

-Sin embargo pareciera que el intelectual del siglo XX está más retirado de la vida política que aquellos que escribieron y pensaron en el XIX.

-Esto no es una característica de América Latina sino que está muy ligado a la mayor complejidad del mundo social. Es incomparable cómo era una sociedad en el siglo XIX a cómo es en el XX y obviamente en este siglo XXI. La relación entre escritura y política en un escritor actual no puede tener la inmediatez que tenía para un escritor como Sarmiento o como Alberdi. Las competencias intelectuales se han hecho también más especializadas y hoy difícilmente alguien pueda tomar la palabra y producir la credibilidad que le permita hablar de todo, como sí era posible para Sarmiento o Alberdi. La idea del intelectual total no tiene el crédito que tenía. El “todólogo” no es bien visto por los otros intelectuales. Lo que hoy se llama intelectual público ya no se reclama como alguien que habla en nombre de un partido, que habla en nombre del pueblo o que se instituye como la representación de la clase obrera. Simplemente porque no sería creído si toma esa palabra.

-¿Por qué no?

-Porque es él quien se designa en ese lugar. No hay nada que lo instituya que no sea él mismo. No es sino una autoinstitución. Es él mismo el que se designa como portavoz de los que no tiene voz. Es una operación discursiva que no reviste sino al propio intelectual.

Pensadores y académicos de distintas disciplinas y de diferentes países de América (Perú, México, Brasil, Argentina, entre otros) recorren las bases de sustentación intelectual latinoamericana desde los comienzos del siglo XX hasta la década de 1980. El arco de investigación es amplio y no sólo remite a la relación de los intelectuales con los diferentes hechos políticos ocurridos a lo largo de la centuria sino que el análisis se extiende a otros aspectos de la historia como las revistas culturales o las empresas editoriales.

“La hipótesis general del libro –afirma Altamirano– es que no se comprende bien la historia política, cultural y social de América Latina sin contar con una historia de sus elites intelectuales. Esto no quiere decir que esa historia se reduzca a la historia de los intelectuales, sólo que ésta ofrece una perspectiva irreductible a otras. No hay un solo modo de pensar una historia social y política de Latinoamérica. Se trata, por una parte, del estudio de un actor del debate cívico, que lo fue antes y lo sigue siendo hoy. Pero el intelectual no es alguien que sólo habla de las cuestiones de la vida pública. Tiene debates propios, colabora en la producción de editoriales, hace revistas, genera nuevas formas, es una agente de la vanguardia cultural. Entonces hacer una historia de los intelectuales no es sólo ver esta dimensión del intelectual como alguien que participa de la arena del debate político sino también como un actor de otras escenas, algunas específicamente intelectuales.

-¿Por ejemplo?

-El modo en cómo surgen las ciencias sociales. En cierto momento la modalidad del discurso de los intelectuales no es sólo la literatura ni sólo la historia ni las formas más de tipo humanístico que caracterizaban el saber del hombre de cultura. Aparecen disciplinas que tienen otras pretensiones, que hablan de otro modo del mundo real. Hay un cambio en la composición del mundo de los intelectuales en tanto tienen otras pretensiones que ya no son las del discurso más literario o las de un discurso del saber.

-¿Cómo se modifica el origen social de los intelectuales a lo largo del siglo XX?

-A partir de cierto momento la cantera social de reclutamiento de los intelectuales son las clases medias. Y no sólo en América Latina. Durante un tiempo procede de medios sociales tradicionales, altos, no de las clases medias. A lo largo del siglo XX este reclutamiento social varía aunque en un comienzo provenían de familias de dinero o que tenían linaje social. Esto no significa que haya un solo discurso del intelectual, porque no hay un discurso genérico. El intelectual no es un sujeto colectivo que tiene una sola voz. Pensar así sería ignorar que una de las características de la vida intelectual es la división: no existe una posición sino posiciones.

-Pero hay algo que los identifica como intelectuales.

-Es cierto que la posición de ser hombres de cultura les proporciona un elemento común que, en ciertos momentos, puede predominar sobre cualquier otro elemento de diferenciación. Pero hay otros momentos en los que lo que predomina es la diferenciación en los discursos de los intelectuales. Así como hay intelectuales alineados con el comunismo, los hay con el fascismo. En estos casos, independientemente de dónde se los reclute, en el combate político están enfrentados. En otros momentos, la condición de hombres de cultura los liga respecto del burgués, del que encarna el filisteo o del que encarna el conformismo. Pero no hay un privilegio de una actitud sobre otra ya que varían históricamente.

-¿La aparición de la cultura mediática modifica el rol de los intelectuales en la actualidad?

-Los mass media modifican el medio. El intelectual es un hombre de la grafoesfera, como señala Régis Debray. Cuando aparece la videoesfera cambia el medio que ha sido por excelencia de producción y circulación. Toda la realidad, tanto la política como la cultura está hoy mediatizada. Esto es parte de lo real y por lo tanto también el intelectual se ve desafiado por esa esfera. En este sentido, el mundo de los medios de comunicación se ha convertido también en un mundo para el debate intelectual. Aunque el tiempo del intelectual es más lento que el de los medios. Le preguntan a Régis Debray si puede definir en dos minutos qué es la mediología. Entonces él responde que no puede contestar en dos minutos lo que le llevó dos años pensar, elaborar. Esta es la gran cuestión con la que se enfrenta hoy el intelectual: cómo escapar al cliché y a la simplificación de la réplica rápida que proponen los medios. No sé si vamos a poder seguir hablando del intelectual, en el sentido de una figura que procede más del siglo XIX y que prosigue en el XX. Tal vez el conjunto de conceptos del cual la noción de intelectual ha surgido cambie y posiblemente tendremos que llamarlo de otro modo.

Entrevista de Gustavo Varela. Copyright 1996-2010. Clarín.com

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La historia digital y la “historia pública”

Publicado por Anaclet Pons en junio 25, 2010

Resumen de la charla titulada “Doing History in Public: Digital History in the Digital Humanities”, que tuvo lugar la pasada primavera en el Maryland Institute for Technology in the Humanities a cargo de Sharon Leon.

Sharon M. Leon es ampliamente conocida en el mundo digital por su labor en el CHNM. Además de su docencia, ha participado en World History Matters y ECHO. Dirige Historical Thinking Matters, The Object of HistoryBracero History ArchiveMartha Washington: A Life. Codirige Omeka y el  National History Education Clearinghouse.

I. Historia pública digital: ¿cómo aprendemos?

La situación de la historia digital dentro de las humanidades digitales es tema de conversación habitual en el Center for History and New Media. Si bien el personal tiene opiniones variadas sobre la cuestión, todos están de acuerdo en que valorar la situación de la historia digital en las humanidades digitales requiere que reconozcamos el amplio parentesco entre la historia digital y la historia pública (public history).  Si bien ambos campos no son en absoluto sinónimos, tienen metas y objetivos similares. Aunque puede ser una descripción sencilla, el National Council on Public History ofrece un punto de partida, definiendo la  “historia pública como un movimiento, una metodología y un enfoque que promueve el estudio y la práctica en colaboración de la historia;  sus practicantes asumen la misión de que sus particulares puntos de vista sean accesibles y útiles para el público”.  Explica, además, que “la historia pública es una conceptualización y una práctica de las actividades históricas en las que, ante todo, es el propio público el que tenemos en mente”. Este enfoque centrado en el público, en la audiencia,  es fundamental para comprender el trabajo de los historiadores públicos, y permite comprender realmente  las posibilidades futuras para un trabajo transformador en ese campo.

Este enfoque en la audiencia también es fundamental para el trabajo que hemos llevado a cabo en el Center for History and New Media. En la historia de dieciséis años del Centro, hemos dado lo mejor para tomar el trabajo académico de la historia tradicional y ponerlo a disposición de la gente de fuera de la academia. Nuestro trabajo siempre ha estado en la intersección entre lo académico y los diversos públicos: estudiantes y profesores, aficionados, “historiadores ciudadanos” (científicos, humanistas, archiveros, etc.).  Desde este punto de intersección, estamos en condiciones de hacer que muchos campos estén dialogando unos con otros. Por tanto, nuestra declaración de principios reclama el uso  “de medios digitales y tecnología computarizada para democratizar la historia, para incorporar múltiples voces, llegar a públicos diversos y alentar la participación popular en la presentación y preservación del pasado”.  Esta combinación de acceso abierto y énfasis en el compromiso público nos ha llevado a pensar en cómo la tecnología digital nos puede permitir ayudar de manera significativa a que los usuarios se impliquen con la abundancia de materiales que actualmente tenemos en formato digital. Nuestra misión no consiste simplemente en añadir recursos abiertos a los ya existentes,  sino también hacer que haya una amplia gama de usuarios que sapan usar las herramientas, tanto cognitivas como basadas en software, que les han de permitir hacer un trabajo significativo con esos recursos. Por tanto, no nos centramos en ese compromiso por sí mismo, sino más bien en un objetivo más amplio, el de enriquecer la comprensión histórica entre un publico más amplio.

Eso no quiere decir que el público no esté ya interesado en la historia. Está claro que lo está. O al menos, está claro que los grandes medios parecen creer que hay un gran interés, ya que han invertido en programas como “Who Do You Think You Are?” (NBC) o “Faces of America” (PBS). Del mismo modo, los sitios de genealogía como Ancestry.com tienen un gran número de abonados y usuarios. Estos lugares muestran que las personas se plantean cuestiones personales relacionadas con  la historia: ¿Cuál fue el papel de mi abuelo en la Segunda Guerra Mundial? ¿Por qué la familia de mi madre vino a Nueva York? Si bien estas preguntas son importantes y pueden ser la vía para un mayor compromiso con el material histórico, la mayoría de los trabajos de historia funcionan a otro nivel. La verdadera cuestión es, entonces, ¿qué pueden hacer la historia digital y la historia pública para que este público se interese por cuestiones y contenidos que pueden no ser personales, pero que son significativos?.

Esto siempre ha sido un tema importante, pero ha conseguido mayor atención y prominencia en los últimos años con el surgimiento de la  Partnership for 21st Century Skills. Esta coalición de corporaciones y educadores se han unido para fijar un conjunto de habilidades que creen que los trabajadores necesitan para tener éxito en la economía mundial del siglo XXI. Reclaman que el énfasis se ponga en el pensamiento crítico, en la resolución de problemas, en la comunicación, la colaboración, la creatividad y la innovación. P21 ha tenido una amplia repercusión en los círculos educativos, y la administración Obama está ciertamente en esa misma línea. Son varias las críticas que se han hecho a la iniciativa P21, pero la más acerada es la que apoya un grupo de académicos y educadores con el título de Common Core. Éstos sostienen que la P21 ignora el conjunto de conocimientos y contenidos básicos que los estudiantes necesitan para poder adquirir y actualizar las competencias en las que hace hincapié  la Partnership.

En mayor medida que otras instituciones de nuestra vida cultural compartida, bibliotecas, archivos y museos -lugares de trabajo de muchos historiadores públicos y digitales- se ocupan del contenido que es fundamental para pasar de los conceptos vagos de la P21 a los conocimientos y el aprendizaje. Las colecciones depositadas en las instituciones que se ocupan del patrimonio cultural pueden ser vehículos para hacer que el público dialogue con nuestro pasado,  presente y  futuro. Esta posibilidad es aún más importante ahora que el Institute of Museum and Library Services se está embarcando en una importante iniciativa para ayudar a las LAMS a evaluar su papel a la hora de ayudar a los ciudadanos a construir esas habilidades del Siglo XXI.

Para conseguir un compromiso más significativo del público en torno a las cuestiones de la historia, necesitamos cruzar las ideas de nuestros colegas de la historia pública con las de los de las ciencias del aprendizaje. No podemos limitarnos a exponer una colección de cosas en orden cronológico: ese tipo de presentación no proporciona el trabajo que necesitamos. La historia ha de plantear preguntas. Todos sus practicantes lo hacen, ya sean académicos, comisarios de exposición, archiveros. ¿Por qué no compartirlo con el público? ¿Por qué no vamos a modelar el tipo de investigación crítica que hay detrás?

Sólo si se expone el proceso cognitivo implicado en el hecho de hacer historia -el pensamiento histórico,  la versión beta de la histórica académica, incluyendo las interpretaciones contradictorias- seremos capaces de hacer que el público se comprometa en una investigación significativa. Necesitamos aflorar las formas en que la introducción de nuevas fuentes genera nuevas preguntas, y cómo las nuevas preguntas nos hacen revisar las evidencias y las interpretaciones existentes. El aprendizaje cuesta. Es participativo y relacional  y supone un compromiso auténtico. El conocimiento y la investigación desarrollan  el contexto al que los usuarios pueden acceder si los ayudamos. Pero la historia pública -digital y analógica- debe apoyar activamente este tipo de interacción, edificando una investigación pública.

Una forma de hacerlo es integrar conscientemente el trabajo de la ciencia cognitiva cuando nos planteamos las formas en que presentamos los contenidos para los usuarios. En 1999, el National Research Council publicó  How People Learn como descripción general de los últimos trabajos en ciencia cognitiva y lo que podrían significar para la enseñanza y el aprendizaje en toda una serie de disciplinas. Posteriormente, diversas comisiones específicas se centraron  en el aprendizaje de la historia, las matemáticas y la ciencia. [How Students Learn: History in the Classroom (2005) es la versión pertinente].  En How People Learn se destacaban tres conclusiones fundamentales sobre el aprendizaje (p.14-19) que son importantes cuando nos planteamos cómo transformar la historia pública digital -a pesar de que se refieren a los estudiantes, se desprende de la investigación subyacente que se pueden aplicar a la formación continua:

1. Los estudiantes vienen a clase con ideas preconcebidas sobre cómo funciona el mundo. Si su entendimiento inicial les impide involucrarse, es posible que no alcancen a comprender los nuevos conceptos e información que se les enseñan o que puedan aprender sólo para pasar un examen, volviendo  a sus ideas preconcebidas fuera del aula.

2. Para desarrollar la competencia en un área de investigación, los estudiantes deben: (a) tener amplios fundamentos sobre el conocimiento de los hechos, (b) comprender hechos e ideas en el contexto de un marco conceptual, y (c) organizar los conocimientos de manera que faciliten su recuperación y aplicación.

3. Un enfoque educativo “metacognitivo” puede ayudar a los estudiantes a que aprendan a controlar su propio aprendizaje, definiendo los objetivos del aprendizaje y mediante el seguimiento de cómo los van logrando.

Estas tres cuestiones tienen el potencial de transformar la forma en que los historiadores públicos -digitales y analógicos- abordan la creación de contenido para el público. Tal vez no seamos capaces de evaluar plenamente las ideas preconcebidas que los usuarios arrastran, pero podemos investigar ese público para comenzar a entender algunas de ellas. Del mismo modo, podemos ofrecer a los usuarios una base de conocimiento de los contenidos para que luego nos acompañen a medida que damos forma e investigamos las preguntas históricas. Hacer esto de manera explícita ayudará a que los usuarios se sientan preparados para formar e investigar sus propias preguntas cuando se enfrentan a la abundancia de fuentes históricas que hay disponibles en línea.

II. Públicos Digitales. Historia y Exposiciones de narrativa tradicional


A diario,  aquellos de nosotros que trabajamos en las humanidades digitales vemos nuevos trabajos en línea que cambian la forma en que pensamos sobre la evaluación del material cultural, ya sea un trabajo influenciado por el giro geoespacial o los resultados del trabajo de minería  de textos a gran escala. Lamentablemente, gran parte del trabajo de la historia pública digital producida para un público general es descriptivo y acumulativo más que inquisitivo o analítico. Reproducir la voz de la autoridad narrativa en los proyectos de historia pública refuerza la idea de que la historia es sólo una cadena de hechos, de acontecimientos, de fechas -no es que la cronología no sea importante, pero enmascara el asombro y, cuestionando lo que supone el aumento de las fuentes históricas,  distorsiona lo que la historia es como disciplina. Esto es aún más importante en la historia pública de lo que lo es en las filas académicas de las humanidades digitales, porque la mayoría del público no recibe una educación significativa en pensamiento histórico, sino más bien un flujo constante de charlas, fechas y memorización. Sin una modelización auténtica de la investigación histórica, los proyectos de historia pública digital tienen pocas posibilidades de tener un impacto significativo en sus usuarios, porque los usuarios serán significativamente menos propensos a  hacer sus propias preguntas al material histórico.

Para mostrar las dificultades de muchos espacios de historia pública digital, me voy a centrar en dos sitios de historia digital premiados desde 2005: The Price of Freedom, del  NMAH, y Raid on Deerfield, de la Pocumtuck Valley Memorial Association. Son sitios que exigen un gran esfuerzo en diseño y desarrollo, que ponen de manifiesto la diferencia entre, por un lado,  el trabajo que reproduce una narrativa que da apariencia de inevitabilidad y, por otro,  el que permite mostrar la complejidad de la historia. Ambos sitios tienen ya varios años, con todas las desventajas de los contenidos reunidos en una interfaz carente de Flash. Sin embargo, lo que importa es su acercamiento a la historia y no su diseño estético ni su accesibilidad.

En primer lugar, veamos el ejemplo de la mención honorífica (Muse Award) dada en 2005 al Price of Freedom: Americans at War, del Smithsonian’s National Museum of American History. Gráficamente este es un sitio impresionante. Este sitio acompañaba la amplia exhibición abierta en el NMAH a finales de 2004 y que aún sigue en el Military History Hall. Los desarrolladores web y diseñadores de Second Story Interactive Studios construyeron una atractiva interfaz que permitía que los usuarios se movieran cronológicamente a través de la historia americana, centrándose en los grandes conflictos. Cada conflicto presenta una película de introducción y, a continuación, una serie de textos narrativos y artefactos relacionados con ese conflicto. Es evidente que hubo una importante inversión de tiempo y que fueron muchos los recursos utilizados para crear el sitio, pero no está claro que sirva para algo más que la reproducción de la exposición física en formato digital.

Esa exposición física no tuvo éxito entre los críticos y muchas de sus observaciones se pueden aplicar a la exposición en línea. Por ejemplo, Carole Emberton señaló en una reseña aparecida en el Journal of American History:  “El título de la muestra sugiere una postura interpretativa que supone que la libertad es, y ha sido siempre, el objetivo de los enfrentamientos militares estadounidenses. Pero la libertad es un término problemático y hacerlo de ese modo no permite reconocer en qué medida el significado de la libertad ha sido algo históricamente impugnado, con lo que la exposición conduce al espectador a un paseo whiggish por la historia social y política estadounidense, convenientemente complaciente con cualquier deseo que puedan albergar de confiar en una creencia simplista en la marcha mítica del progreso y la expansión de la democracia”. ["Web site Review [The Price of Freedom]“, Journal of American History, 92:1, junio de 2005].  Emberton no fue la única persona crítica con la exposición. La reseña de Beth Bailey en Public Historian se fijó en un aspecto importante del trabajo: “En muchos sentidos, la exposición recuerda a un libro de texto de secundaria”. ["Review [The Price of Freedom]“, The Public Historian, 27:3 , verano de 2005]. Estas dos recensiones señalan lo que podríamos decir de mucha de la actual historia pública digital  -que reproduce sin pensar todo lo que ya hay en un libro de texto y que a menudo deja sin plantear las preguntas complejas. El relato unilineal de la exposición excluye la participación significativa y el cuestionamiento por parte del público, ya que es incapaz de modelar ningún sentido de ruptura en el conocimiento o de diferencia en la interpretación.

Es importante tener en cuenta que la narrativa de toda exposición en linea responde a una pregunta, aunque sea implícita. Estas preguntas, sin embargo, pueden quedar completamente ocultas a un usuario inexperto dado el tono de inevitabilidad que está presente en la narrativa. Hay decenas de exposiciones de historia digital que siguen el modelo narrativo tradicional. Algunos de éstos incluso dan acceso a los usuarios a un archivo de materiales y fuentes que sirve de complemento a los que se utilizan en la exposición narrativa. En algunos casos, esto tiene un efecto muy beneficioso para los usuarios que están familiarizados con la investigación histórica o para los profesores que quieren aprovechar el sitio y los archivos para trabajar con sus alumnos. Pero, para otros, el acceso a los archivos sin mediación alguna da la sensación de acceder a un mayor número de artículos aislados -curiosidades, no elementos de un conjunto más amplio de referencias.

En el CHNM, las exposiciones digitales son resultado de la labor intelectual de los historiadores de la Universidad George Mason, de asistentes de investigaciónde posgrado y un de equipo de trabajadores y desarrolladores Web. Estas exposiciones  proporcionan tanto una exposición narrativa como un archivo de fuentes. Gulag: Many Days, Many Lives presenta una imagen compleja de la experiencia vivida en el Gulag soviético por miles de presos que no se ajustan al perfil estereotipado de los presos políticos. Los usuarios tienen la opción de navegar a través de una rica exposición que tiene una voz narrativa muy fuerte, pero que está surcada de documentos, de obras de arte y de entrevistas. Los usuarios también tienen la posibilidad de consultar un amplio archivo de fuentes y materiales relacionados para responder a sus propias preguntas sobre la experiencia vivida en el Gulag. Martha Washington: A Life presenta un relato biográfico sobre la primera dama de la nación que enlaza sus experiencias a las grandes tendencias de la vida y la historia temprana de América. Además de la exposición narrativa, los usuarios pueden acceder a un archivo de la correspondencia conservada de Martha Washington. Ambos sitios se plantearon a partir de una cuestión a investigar: ¿Fue igual el Gulag en todas partes y para todos los presos? ¿Cómo fue la vida de Martha Washington y qué puede decirnos acerca de las experiencias de las mujeres de los hacendados blancos en los inicios de la  República? Pero ninguno de los sitios expone el proceso de formación o investigación de estas cuestiones para el usuario. Por el contrario, ambos ofrecen respuestas pulcramente refinadas  (de las cuales estamos muy orgullosos).

En contraste con las narrativas dirigidas de estos sitios, el Raid on Deerfield: The Many Stories of 1704, de la Pocumtuck Valley Memorial Asociation/Memorial Hall Museum se construye en torno a cuestiones de múltiples perspectivas, un concepto que es central en el pensamiento histórico. Este enfoque ha ontenido un reconocimiento significativo de los críticos, obteniendo una mención de honor a la mejor exposición en línea en el 2004  Archimuse Best of the Web Awards, además de los elogios vertidos en el Journal of American History por Richard Rabinowitz, que dijo que era “exposición electrónica brillantemente ejecutada y comprensivamente organizada” ["Web site Review [Raid on Deerfield]“, Journal of American History,  92:2, septiembre de 2005].  Al examinar la incursión Pocumtuck sobre un establecimiento inglés en 1704, el sitio pide a los usuarios que se aproximen a cuestiones relativas a la investigación, considerando las circunscripciones afectadas: “Este asalto espectacular al alba, lanzado sobre tierras en litigio, ¿fue una provocación, un ataque brutal contra una inocente aldea de colonos ingleses? ¿Fue una acción militar justificada contra un asentamiento fortificado en tierra nativa? ¿O era otra cosa?” En primer lugar, se introducen las cinco culturas que participan en los acontecimientos, ofreciendo a los usuarios una base de conocimiento de fondo. A continuación, el usuario se mueve a través del conflicto por orden cronológico, a menudo enfrentándose a una pregunta sobre la situación en la que se le pide que tenga en cuenta  la cuestión de la perspectiva.

Al reflexionar sobre el sitio para los participantes en una conferencia en 2005, Lynne Spichger y Juliet Jacobsen observaban explícitamente la importancia pública de su trabajo: “El papel de los museos en el siglo XXI se ha ampliado, pasando de un enfoque en colecciones a otro que se plantea su propósito, hacia el uso consciente y la interpretación de las colecciones con un fin concreto, el de involucrar y educar a un amplio público en el aprendizaje permanente informal”.  Además, argumentaron que su objetivo era “desarrollar una experiencia educativa de gran alcance y atractiva para un público amplio”, articulada en torno a la importancia de los múltiples puntos de vista. [“Telling an Old Story in a New Way: Raid on Deerfield: The Many Stories of 1704"  en J. Trant y D. Bearman (eds.). Museums and the Web 2005: Proceedings. Toronto, Archives & Museum Informatics, 2005]. Centrarse en múltiples perspectivas permite al público estar siempre comprometido en un esfuerzo por reconstruir una historia y una interpretación complejas que tengan en cuenta la parcialidad de las fuentes históricas, y que reconozca la incapacidad de los historiadores para conocer el pasado de manera plena y definitiva.

Estos pocos sitios  no representan todo el trabajo que se está haciendo en la historia digital, pero sí representan buena parte del trabajo que se está produciendo con el público en mente. Esas creaciones digitales están para servir a estudiosos y estudiantes, y los profesores están haciendo un maravilloso trabajo situando la investigación y el proceso al frente y en el centro. Otros están creando vastos archivos digitales con diversos grados de metadatos contextuales. Otros usan  interfaces geoespaciales para mostrar colecciones históricas, conectando a los usuarios a lugares locales muy concretos (Philaplace, Euclid Corridor History Project, etc.). Ahora bien,  los proyectos de historia digital dirigidos a usuarios en general no suelen ir más allá de la narrativa tradicional, no pasan al modelo de investigación, a hablar de modo autoreflexivo sobre los procesos cognitivos  o a proporcionar a los usuarios las herramientas y el apoyo para llevar a cabo el mismo género de investigación por su cuenta. Le debemos algo más a nuestro público.

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¿Qué es la public history?

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Hannah Arendt: correspondencia

Publicado por Anaclet Pons en junio 23, 2010

El portal Eurozine recoge el índice del último número de la revista Mittelweg, en la que se incluye la correspondencia inédita entre Hannah Arendt y Leni Yahil.

La mistad entre ambas surgió en 1961, cuando Hannah Arendt se desplazó a Jerusalén para seguir  el proceso Eichmann. Leni Yahil, por su parte, fue una historiadora de origen alemán e investigadora del Holocausto.  Aunque de orígenes similares, las dos mujeres habían elegido caminos muy diferentes: mientras que Arendt fue cada vez más crítica con el sionismo, Yahil emigró a Palestinay trabajó en estrecha colaboración con David Ben Gurion.  Su reacción a los artículos de Arendt sobre el juicio de Eichmann fue de indignación:

¿Cuál ha sido o es la recóndita intención que persigues? ¿A quién crees que estás sirviendo de esta manera: ¿ a la verdad histórica?, ¿a la justicia?, ¿al presente o al futuro del alemán o al del pueblo judío?, ¿o deseas demostrarle concretamente a este último que no es digno o no tiene derecho a existir como una nación entre las naciones? Te lo pregunto seriamente, no para polémizar, simplemente no lo entiendo.

La respuesta de Arendt fue la última carta que le escribió a su amiga:

No es serio pensar que tengo intenciones “recónditas” (y por tanto no dichas). ¿Por qué? Mira, cuando Eichmann fue secuestrado (disculpa que use esta palabra monstruosa), todo el mundo se preguntaba: ¿A quién va a favorecer?, ¿a los judíos?, ¿a los alemanes? Y Ben-Gurion, lamentablemente, dio amplias respuestas a esta estúpida pregunta. O era “bueno para” la justicia, de modo que  un tribunal podría dictar sentencia en un asunto tan importante, o las cosas se han quedado como estaban. Sabes que estaba a favor. Ahora bien, si sumas dos y dos,  puedes escribir  mi respuesta con tus cinco inteligentes dedos.

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De cómo Tocqueville descubrió América

Publicado por Anaclet Pons en junio 21, 2010

Uno de los clásicos preferidos en tierras americanas es, como no podía ser de otro modo, Alexis de Tocqueville. De ahí que Leo Damrosch, profesor de literatura en la Harvard University, haya conseguido que su Tocqueville’s Discovery of America (Farrar, Straus & Giroux, abril, 2010) sea ampliamente comentado: Chicago Tribune, New Yorker, Books & CultureSlate, New York TimesNewsweek o Boston Globe.

En esta ocasión, no obstante, nos quedaremos con la reseña de American Prospect. El texto es de Sean Wilentz, profesor de historia en Princeton.

Cuando los enérgicos y jóvenes aristócratas liberales franceses Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont viajaron por Estados Unidos entre 1831 y 1832 para estudiar las cárceles de Estados Unidos, sus mentes acabaron dirigiéndose a menudo, lo cual no es sorprendente, hacia temas más seductores. “Además de una biblioteca muy buena, nuestro anfitrión tiene dos hijas encantadoras con las que nos llevamos muy bien”, le escribió Tocqueville a su cuñada desde una confortable vivienda en Canandaigua, Nueva York. “Baste con decir que incluso las miramos más gustosos que a los libros de su padre”. Los visitantes encuentran a las jóvenes del Nuevo Mundo más audázmente coquetas que sus homólogas francesas, pero también ferozmente reacias (de nuevo, a diferencia de las francesas) a seguir adelante. Para agravar el problema, Beaumont y Tocqueville no se quedan en ningún lugar durante demasiado tiempo, lo que les da muy poco tiempo ya sea para dejar u obtener una fuerte impresión. “Ocurre exactamente lo mismo con todas las bellezas que me encuentro, y vemos un montón de ellas en la sociedad”, observó Beaumont. “Nos vemos arrastrados por ellas tres o cuatro días a la semana, incitándonos unos a otros, pero siempre con caras nuevas y – ¡Dios me perdone – creo que siempre les decimos lo mismo, a riesgo de cumplimentar a una morena por su pálida tez y a una rubia por su pelo de color ébano”. Con amplia ironía, despacha las bromas sexuales como “una bagatela” de escaso interés para “dos hombres de la política que se dedican por completo a las especulaciones de primer orden”.  Tras varias semanas de viaje, Tocqueville – descrito por Leo Damrosch como un redomado mujeriego que, en los últimos años, se convirtió en un reiterado marido infiel- señaló que su virtud y la de Beaumont se mantuvieron intactas, pero tuvo que confesar que echaban un vistazo a todas las mujeres  “con un descaro que no es el apropiado en personas que estudian el sistema penitenciario”.

Humanizar e historizar al joven Tocqueville que estaba descubriendo América es el principal logro del nuevo libro de Damrosch, tan conciso como absorvente. A falta de algo parecido a una sostenida explicación teórica  formal de la democracia americana temprana, aparte de los Federalist Papers, los académicos, los periodistas e incluso funcionarios públicos han convertido a La Democracia en América de Tocqueville en  la segunda mejor opción. El teórico político Sheldon S. Wolin bien pudo haber estado en lo cierto cuando afirmó, en un importante y provocador análisis de Tocqueville publicado en 2001, que “se puede decir con total certeza que hoy en día la obra maestra de Tocqueville se invoca con más frecuencia en apoyo de alguna interpretación de la política actual norteamericana que el Federalist, aunque este último sea comúnmente aceptado como el pensamiento de los Padres Fundadores”.

Por desgracia, la reverencia descomunal que se ha fijado a La Democracia -ampliada y agravada después por la propia inclinación de Tocqueville a las grandes generalizaciones aristotélicas, por su talento para la elaboración lúcida, sus epigramas omnímodos- ha acabado convirtiendo con demasiada frecuencia al propio hombre en una abstracción. El Tocqueville de “como dijo Tocqueville”  acarrea una enorme autoridad, pero saber quién fue y lo influyente de sus juicios son cosas que con demasiada frecuencia siguen siendo oscuras. Hay estudios valiosos, como el  de George Pierson (publicado en 1938) y, más recientemente, el de James T. Schleifer, sobre la elaboración de La Democracia. La exhaustiva aunque algo árida biografía de André Jardin ha estado disponible en inglés desde 1988. El monumental estudio de su vida, a cargo de Hugh Brogan, publicado hace tres años, presenta La democracia como su armadura y explora  los orígenes intelectuales y emocionales de la obra. Damrosch ha trabajado sobre un marco más pequeño que Brogan, pero con una mejor comprensión de las recientes investigaciones sobre la historia de EE.UU. Desde esa perspectiva, se esfuerza por entender los escritos de Tocqueville en sus contextos biográfico e histórico. Su nuevo libro, pues,  debería permitir una apreciación más matizada tanto del hombre como de su gran obra, haciendo todo eso accesible a un amplio número de lectores.

El relato del viaje de Tocqueville y Beaumont, narrado en estricto orden cronológico, es a menudo tan divertido como instructivo, más allá de las descripciones de los dos viajeros con sus miradas lascivas a las hijas de anfitriones y amigos. Al salir del bosque en el Territorio de Michigan, Tocqueville y Beaumont se sobresaltan viendo correr a un hombre que se parece a un indio, pero que habla francés, uno de los mestizos locales de sangre franco-india. Se desarrolla entonces una extraña escena simbólica, con Tocqueville viajando en canoa con un extraño por un río, una brillante media luna de verano suspendida sobre el horizonte desierto y la piragua desplazándose lentamente a través de los tupidos matorrales del Nuevo Mundo, mientras el mestizo canta una antigua canción francesa : “Entre Paris et Saint-Denis/Il était une fille ….”. Cinco meses después, después de las idas y venidas entre el este y el oeste, Tocqueville y Beaumont cruzan el río Tennessee metidos en el hielo – el invierno de 1831-1832 fue uno de los más fríos de principios del siglo XIX- y llegan a una ciudad con nombre egipcio, de grandes resonancias.  “Memphis! Del tamaño de Beaumont-la-Chartre!” grita Beaumont, en referencia a la ciudad ancestral de su familia. “¡Qué decepción! Nada que ver, ni las personas ni las cosas”.

La mayoría de los observadores británicos y europeos tendían a percibir tales visiones y sonidos como confirmación de sus ideas preconcebidas acerca de la vida estadounidense, como una mezcla de rudeza, grandiosidad y asfixiante moralismo puritano. Pero en Tocqueville, observa Damrosch, había una preocupación distinta: trató de entender cómo todo lo que veía reflejaba de alguna manera las peculiaridades de la democracia comercial, tan diferente de la suya, la francesa, predominantemente aristocrática. Los lectores pueden imaginar lo exasperante que podía llegar a ser Tocqueville, buscando el más profundo significado social y político en cada aspecto de la vida americana (aunque esto no parece rebajar la admiración de Beaumont, quien describió a su amigo como “un hombre realmente distinguido”). Pero las preocupaciones de Tocqueville le ayudan no sólo a interpretar a América, sino a verse a sí mismo, aunque a veces sutilmente, como un joven del siglo XIX que estaba, como dijo Wolin, “entre dos mundos”. Como aristócrata instintivo que se dio cuenta de que la democracia se apoderaba del mundo privilegiado que había conocido, Tocqueville pudo apreciar plenamente las paradojas de su propia época, incluyendo yuxtaposiciones extrañas como ser llevado río abajo por un montañés medio-indio bajo los acordes de una antigua canción de amor francesa.

Damrosch, haciendo amplio uso de las cartas de Tocqueville y Beaumont a amigos y familiares, cartas aún no traducidas, identifica los defectos y los aciertos de las evaluaciones de Tocqueville. Sus opiniones sobre la política y la sociedad estadounidenses  -desdeñoso para con los “vulgares” hábitos y espítiru comerciales, despreciativo para con los partidos políticos de América como vehículos intelectualmente disponibles para la ambición personal, y despectivo en particular para con el supuestamente bárbaro presidente, Andrew Jackson, y sus seguidores-  fueron las de los brahmanes de Nueva Inglaterra que poblaron y ayudaron a liderar primero el Federalista y luego el Partido Whig. No era simplemente, como algunos escritores han asumido, que Tocqueville fuera confundido por los imponentes salones de Boston; sus gustos, valores y prejuicios también eran esencialmente los suyos.

Desde esta posición, Tocqueville subestima mal el abismo social entre la parte alta y baja de la sociedad en los Estados libres y sobreestima el grado de movilidad social, el enriquecimiento partiendo de la nada. (Irónicamente, fue mucho más fino sobre el sur esclavista, donde pasó poco más de un mes de su estancia de 10 meses.) No tenía conocimiento de cómo los principales partidos políticos estadounidenses, aunque no tan marcados ideológicamente como sus homólogos del viejo mundo, tenían puntos de vista fundamentalmente diferentes sobre el desarrollo social, económico y cultural americano, así como sobre el ámbito correspondiente al gobierno federal. Desconocía cómo funcionaba la política local, especialmente en los puertos marítimos de rápido crecimiento y los florecientes pueblos y ciudades junto a los canales de nueva construcción y las carreteras que aceleraron rápidamente la circulación tanto de personas como de productos. Aunque él y Beaumont visitaron a Jackson en la Casa Blanca -el presidente se preparaba para lo que acabaría siendo un año de reelección agotador y lleno de acontecimientos, les concedió una entrevista superficial de media hora-, Tocqueville fue totalmente incapaz de captar el carisma político de Jackson,  asumiendo como un hecho la habitual propaganda anti-jacksoniana. (En su descargo, Damrosch, un distinguido estudioso de la literatura, señala dónde están las observaciones de Tocqueville más injustas y ofrece una mirada sobre Jackson más equilibrada de la que dan muchos historiadores actuales).

Damrosch también señala con acierto hasta qué punto los malentendidos Tocqueville pueden a veces iluminarnos. No hay otra idea en La democracia más influyente que la de la potencial “tiranía de la mayoría”, por la que Tocqueville entiende los impulsos conformistas que silenciosamente impregnan la política y la sociedad estadounidenses. Sin embargo, Tocqueville tomó el concepto en Boston, del eminente literato Jared Sparks, biógrafo de George Washington y presidente provisional de Harvard, quien lo alertó de la posibilidad de que una mayoría parlamentaria pudiera abusar de su poder y aprobar leyes perjudiciales para la minoría. De hecho, el miedo era antiguo y estaba datado en la década de 1780, con la agitación política que condujo a la elaboración de la Constitución federal.  Sparks se enfureció por la forma en que Tocqueville se apropió del término y cambió su significado: cualquier mayoría que realmente aprobara leyes opresivas, señaló Sparks, “seguramente será sustituida en las próximas elecciones”, mientras que al confundir la mayoría con la opinión pública, dijo, Tocqueville sólo había identificado una mancha común a todos los órdenes políticos.

Sólo muchas décadas después quedaría claro el auténtico valor del malentendido de Tocqueville. Fue una temprana descripción de esa especie de auto-censura que condujo a lo que el periodista y sociólogo William H. Whyte llamaría “pensamiento de grupo” (groupthink), la renuencia a romper filas o a la desaprobación, incluso en ausencia de censura estatal formal. Tocqueville detectó la reticencia entre sus preferidos brahmanes pensants, muy poco dispuestos a hablar, y menos públicamente, contra el creciente dogma democrático. Con el tiempo, los hijos y nietos de los brahmanes pondrían fin a su silencio, en voz alta, con amargura y en ocasiones con eficacia contra lo que veían como la corrupción y la estupidez intrínsecas a la democracia de masas. La fuerza del conformismo persistió, como común es en nuestro tiempo en las campañas y movimientos de izquierda y derecha, con su inconfundible mensaje, aunque sea entre líneas: atenerse a lo establecido, no decir nada crítico sobre las ideas o personas consagradas, so pena de caer en el ostracismo y la humillación .

Damrosch también es lúcido describiendo lo mejor de las formulaciones de Tocqueville y la forma en que surgieron de su situación peculiar. Desde el principio, Tocqueville rechazó la idea tan querida por los redactores de la Constitución, y más tarde llorada por los patricios, de que la virtud cívica desinteresada animaría a  la nueva república. En su lugar, dijo Tocqueville, los norteamericanos habían encontrado una manera para que el interés individual (entendido como el intérêt francés, que incluye todo lo que concierne a un individuo) ocupara el lugar de la virtud, convirtiendo, escribió, “una especie de egoísmo refinado e inteligente” en “el eje sobre el que gira toda la máquina”. El interés bien entendido no requería grandes sacrificios de posición o económicos, pero sí un sentido fundamental según el cual el bienestar individual requiere realmente previsión, pequeños compromisos diarios y actos de cooperación, no sea que a su vez el desorden se convierta en caos.  El interés no podía proporcionar espiritualidad, pero sí una ética y hábitos éticos que, aunque se basen en la utilidad, podrían reforzar la moral y mejorar la estabilidad política.

Damrosch rechaza aplicar las experiencias e ideas de Tocqueville a la política actual, lo cual es preferible. En cambio, concluye observando que los mitos americanos de la autosuficiencia y la devoción que a los estudiosos y a los críticos les encanta explotar como obsoletos o egoístas son también, como comprendió Tocqueville, importantes para entender el sentido que los estadounidenses se dan. Damrosch no cita ningún culpable, pero claramente insta a los pensadores más preclaros de nuestros días a acercarse a sus conciudadanos con el tipo de simpatía e imaginación que Tocqueville reunió, y no simplemente con alienación, autoestima e indignación. Tocqueville emerge, finalmente, como el analista más asombroso, con todas sus debilidades humanas y errores intelectuales -no simplemente como un observador que, en su mejor momento, podía penetrar en el espíritu y las costumbres de un sistema político ajeno, sino como alguien que podía hacerlo asi a los 26 años, mientras también pensaba el tipo de cosas características de alguien de 26 años que escribía en la década de 1830, y mucho antes, y desde entonces. El joven Tocqueville, como ser humano, es mucho más impresionante que la abstracción fría, y estamos en deuda con Leo Damrosch por ayudar a devolverle la vida.

Publicado en Libros, USA | 2 Comentarios »

 
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