Prehistoria del blog

Hace unas semanas mencionábamos aquí el último volumen de Robert Darnton: The Devil in the Holy Water, or the Art of Slander from Louis XIV to Napoleon, publicado por Penn Press. Decíamos entonces que a algunos el título ya les sonaría, porque Darnton lo utilizó hace tres años en un texto presentado como British Academy Lecture y publicado en Proceedings of the British Academy (151 , págs. 387-422). Añadíamos que el volumen extracta y comenta los textos de época sobre los que apoyaba el estudio que realizó en su su magnífico Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen (Madrid, FCE/Turner, 2003).

The Devil in the Holy Water, or the Art of Slander from Louis XIV to Napoleon

Pues bien, poco después aparecía un suculento escrito del propio Darnton en el blog del NYRB en el que, aprovechando su nueva obra,  trataba sobre las semejanzas entre lo que hacen los blogs hoy y el papel que desempeñaban los libelos y otros textos a finales del XVIII: “Blogging, Now and Then” era el título que le puso Robert Darnton.

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Como saben los habituales de este blog, a veces las entradas se publican más tarde de lo razonable, por razones que no vienen al caso y a pesar de estar elaboradas con cierta antelación. En esta ocasión, la tardanza ha sido fructífera, porque mientras tanto Juan Carlos Castillón tradujo con acierto y gran puntualidad en su blog el texto de Darnton. Como no podía ser de otro modo, esa versión ha servido, pues, para mejorar la que tenía preparada, con algunos retoques y aciertos que a él deben atribuirse. De hecho, sólo el hecho de estar ya redactada ha evitado la solución más digna: eliminar la entrada y citar la de J.C. Castillón. En todo caso, vayamos a ello:

Nouvellistes cotilleando y leyendo en un café del Palais-Royal (Bibliothèque Nationale de France)

En lo referente al mundo de la comunicación, bloguear es como atropellar y darse a la fuga. Los blogueros acostumbran a ser broncos.  A menudo golpean por debajo de la cintura y, cuando descargan un golpe, salen corriendo en busca de otro objetivo. ¡Zas! La idea es provocar, anotarse un tanto, aventar opiniones y, a menudo, cotillear.

Los blogs más chismosos apuntan a personajes públicos, combinando dos ingredientes básicos —grosería y celebridad—, y descargan  golpes secos, que normalmente no pasan de un párrafo. A menudo atraen a un grupo particular, como los aficionados al mundillo de Hollywood (Perez Hilton), los adictos a la política (Wonkette), los colegiales universitarios (Ivy Gate) y los abogados (Underneath Their Robes). Políticamente pueden inclinarse hacia la derecha (Michelle Malkin) o hacia la izquierda (Daily Kos). Pero todos se ciñen a una fórmula que se deriva  del viejo periodismo sensacionalista: los nombres hacen las noticias.

Así pues, ¿qué novedad nos trae la blogosfera? ¿Debemos pensar en ella como un subproducto de los modernos medios de comunicación y signo de un tiempo en el que los periódicos parecen condenados a la obsolescencia? Aprovechan al máximo, eso sí,  las innovaciones técnicas —la posibilidad de un constante contacto con las comunidades virtuales a través de webs y la ventaja añadida de la brevedad que impera en plataformas como Twitter, con su límite de 140 caracteres por mensaje. Ahora bien,  podemos encontrar mensajes semejantes a los de un blog en distintas épocas y lugares mucho antes de la llegada de internet.

Tomemos, por ejemplo, una reciente entrada en The Superficial:

RadarOnline informa que Carrie Prejean, antigua Miss California y miembro de la cruzada en favor del “matrimonio tradicional”, está viviendo en pecado con su prometido Kyle Boller, de los St. Louis Rams, sin duda alguna comiendo marisco. ¡A LA HOGUERA!

Y aquí tenemos  una típica entrada de Le Gazetier cuirassé ou anecdotes scandaleuses de la cour de France (1771):

Mlle. Romans se casara próximamente con M. de Croismare, Gobernador de la Escuela Militar, que empleará seis ayudantes de campo para que ocupen su lugar a la hora de cumplir con sus deberes conyugales.

La ofensa breve e injuriosa proliferó en los diversos sistemas de comunicación: las burlas garabateadas en los palazzi durante las disputas que tuvieron lugar en el Renacimiento italiano, los insultos rituales conocidos entre los afroamericanos como “playing the dozens” (concursos verbales ritualizados o guerras de palabras), los carteles que se llevan en las manifestaciones contra regímenes despóticos, y los graffiti en numerosas ocasiones, como durante el alzamiento parisino de mayo a junio de 1968 (uno de ellos decía: “Voici la maison d’un affreux petit bourgeois”). Cuando se mezclan con tino, provocación y eficacia pueden ser dinamita, el equivalente verbal o escrito de los cócteles Molotov.

Este tema merece más estudio, porque a pesar de su carácter explosivo, los elementos semejantes al blog de anteriores etapas de la comunicación tienden a ser ignorados por sociólogos, politólogos e historiadores que se concentran en textos de mayor envergadura y en el discurso formal.

Para apreciar la importancia del blog premoderno, no hay más que consultar una base de datos como la Eighteenth Century Collections Online y descargarse un periódico londinense del siglo XVIII. No tendrá cabecera, carecerá de firma, no habrá una clara distinción entre noticias y anuncios,  tampoco veremos una articulación espacial delas densas columnas de carácteres, más allá de un ingrediente crucial: el párrafo. Los párrafos eran unidades autosuficientes de noticias. No tenían conexión unos con otros, porque escritores y lectores desconocían el concepto de noticia con “historia”, entendiendo por tal una narración que ocupara más de una docena de palabras. Las noticias llegaban en pequeños retazos, a menudo eran “avisos” de naturaleza sobria —la llegada de un navío, el nacimiento del heredero de un noble titulado; al menos  hasta la década de 1770, cuando se volvieron más jugosos. Aparecieron entonces los reportajes sensacionalistas premodernos, que explotaban el reciente descubrimiento de la atracción magnética que los nombres ejercían sobre las noticias. Como editores del Morning Post y el Morning Herald, dos hombres de iglesia, el reverendo Henry Bate (conocido como el “el Reverendo Bruiser” [gorila]) y el reverendo William Jackson (conocido como el “Dr. Viper”[víbora] ) atestaron sus párrafos con cotilleos sobre los famosos, y este nuevo tipo de noticias se vendió como rosquillas. La mayoría provenían de una fuente suculenta: los cafés.

Los cafés londinenses eran centros nerviosos, en que los habituales recogían habladurías sobre las vidas privadas de los personajes públicos. Algunos parroquianos  trasladaban las conversaciones a notas escritas, siempre en un párrafo, y llevaban sus boletines a editores y cajistas que los pasaban a tipos móviles y alineaban los párrafos en columnas en la mesa de composición, listos para ser impresos como los “avisos más frescos.” Conocidos como “parrafistas”, estos reporteros de la modernidad temprana podían cobrar por pieza o podían suministrar copias para ganar puntos en la lucha cotidiana por dominar la opinión pública. A algunos les movía el propio placer —como muchos blogueros de hoy.

El café francés funcionaba de manera similar, pero la prensa francesa estaba censurada  y los periódicos franceses impresos fuera de Francia se cuidaban mucho de ofender a las autoridades francesas. Los chismes circulaban, en consecuencia, “bajo mano”, en forma de notas cortas garabateadas en pedazos de papel que iban de un lado a otro en los bolsillos y pasaban de mano en mano. (Algunos aún existen en los archivos de La Bastilla, porque fueron confiscados cuando la policía cacheaba a los prisioneros). Aunque, por lo general,  esos boletines contenían sólo unas pocas frases, no se les llamaba párrafos. Se los conocía como  “anécdotas.”

Hace dos o trescientos años, el término anécdota significaba casi lo contrario de lo que significa hoy. En lugar de representar un incidente trivial o una habladuría poco fiable, como en la expresión “prueba anecdótica”,  transmitía la noción de “historia secreta” —episodios referidos a las vidas privadas de importantes personajes, que habíanocurrido realmente pero que no podían ser publicados abiertamente. Según los diccionarios de la época y a la Encyclopédie de Diderot, el concepto derivaba de Procopio, el historiador bizantino del siglo VI a.e.c.., que escribió historias secretas escandalosas sobre las vidas privadas de Justiniano, Teodora y Belisario, que acompañaban las narraciones políticamente correctas de sus historias formales.

Conversación sobre periódicos en los jardines del Palais-Royal. El de la izquierda lee Courrier de l’Europe, la fuente de información más importante sobre la política británica disponible en Francia (Bibliothèque Nationale de France)


Procopio —sin relación alguna con el famoso Café Procope parisino— fue reconocido como el antepasado remoto de otra variante del bloguero de la modernidad temprana, el “nouvelliste.” A los traficantes de cotilleos que se ocupaban de los circuitos de comunicación oral se les conocía como “nouvellistes de bouche”. Cuando pasaban las noticias a anécdotas escritas y reunían las anécdotas en “gazetins” manuscritos, se graduaban en las filas de los “nouvellistes à la main”. He aquí algunos ejemplos recogidos por el panfletista Pierre Manuel:

El Príncipe de Conti ha sido noqueado por una muchacha conocida como la Pequeña J… Le echa la culpa a Guerin, su consejero médico.

El Duque de… sorprendió a su esposa en los brazos del tutor de su hijo. Ella le replicó, con un descaro digno de una cortesana, “¿por qué no estábais aquí, Monseñor? Cuando no tengo a mi caballero, tomo el brazo de mi lacayo”.

Estas hojas informativas ilegales proliferaron por doquier en la Francia del siglo XVIII, gracias a la demanda de noticias, especialmente de noticias salaces. La policía trató de reprimirlas, pero por cada “nouvelliste” encerrado en La Bastilla había media docena más que tomaban la pluma. Finalmente, la policía trato de controlar esa prensa clandestina compilando sus propias gacetas manuscritas —que a la postre perdieron credibilidad y fueron suplantadas por más “nouvelles à la main”.

Ya fueran intercambiadas oralmente en un café, garabateadas en un pedazo de papel  o mezcladas como párrafos en una hoja informativa, las anécdotas funcionaron como unidad primaria de un sistema de comunicación. Muchas de ellas encontraron su camino hacia la imprenta. Fueron seleccionadas por escritores famosos como Voltaire, aunque lo más habitual es que aparecieraon en folletos anónimos conocidos como “libelles”. Los libelos más picantes —obras como las Anecdotes sur Mme la comtesse du Barry y Vie privée de Louis XV— se convirtieron en best sellers. Si se los lee con atención, uno encuentra que contienen gran cantidad de pasajes que se copiaban unos de otros o que provenían de las habituales gacetas clandestinas. En realidad, eran collages que unían material preexistente y cualquier otra noticia que estuviera disponible —igual que los blogs de hoy en día, que proporcionan recopilaciones de migajas obtenidas por toda la web. En lugar de imaginar esa literatura como un corpus de libros escritos por distintos autores, deberíamos pensar en ellos como un cambiante repertorio de anécdotas,  incesantemente alteradas a medida que pasaban de una forma a otra.

Las anécdotas constituían el equivalente a una blogosfera en la modernidad temprana, un mundo atestado de explosivos; en vísperas de la Revolución, los lectores franceses consumían tantas obscenidades sobre la vida privada de los grandes como tratados leían sobre el abuso de poder. De hecho, las anécdotas y el discurso político se alimentaban mutuamente. Puedo, en consecuencia, argüir que el blog de la modernidad temprana desempeñó un importante papel en el colapso del Antiguo Régimen y en la política de la Revolución Francesa. Sin embargo, debo admitir que remito esta tesis a un blog. Quien quiera verla desarrollada en su extensión apropiada y con apoyo documental deberá leerla en forma de libro: The Devil in the Holy Water, or the Art of Slander from Louis XIV to Napoleon.

No creo que la historia enseñe lecciones, al menos no directamente y de manera fácilmente aplicable, pero sí que plantea preguntas. ¿Están hoy los blogs irrumpiendo en la política tradicional al modo como lo hicieron los “libelos” en la Francia del siglo XVIII?

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Una respuesta a “Prehistoria del blog

  1. Just want to say what a great blog you got here!
    I’ve been around for quite a lot of time, but finally decided to show my appreciation of your work!

    Thumbs up, and keep it going!

    Cheers
    Christian, iwspo.net

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