Consejos de historiador: escribir ayuda a pensar

La revista Perspectives on History acaba de inaugurar una nueva sección titulada “The Art of History”. Se trata de una nueva serie de artículos escritos por académicos de alto nivel que están dispuestos a compartir sus ideas  y ofrecer consejos sobre algún aspecto del arte y el oficio de la investigación y la escritura históricas, basándose para ello en sus propias experiencias. La serie empezó con el artículo que Caroline Walker Bynum rotuló  “Teaching Scholarship” y la segunda entrega la firma Lynn Hunt: “How Writing Leads to Thinking (And not the other way around)

Escribir  es estresante. Sentada en mi silla de ordenador,  mi cuello y mis hombros  se tensan casi inmediatamente  en cuanto hurgo en mi cerebro buscando la frase más apropiada o incluso una cadena coherente de palabras, ya esté  escribiendo un ensayo como éste, un capítulo de libro, una carta de recomendación  o un mensaje de correo electrónico a un amigo. Escribir exige mucho tiempo. Es una buena manera de pasar el tiempo en un largo viaje en avión, porque pierdes la noción del paso del tiempo. Es aún mejor, sólo desde ese punto de vista, que ver un episodio de Mad Men en tu portátil. Escribir significa muchas cosas diferentes para mí, pero hay una cosa que no es: escribir no es la transcripción de pensamientos ya conscientemente presentes en mi mente. La escritura es un proceso mágico y misterioso que permite pensar de manera diferente.

Dado que la escritura es un acto que está lejos de ser completamente accesible a nuestra mente consciente, las recomendaciones sobre cómo escribir historia bien puede ser irrelevantes. Y, sin embargo, no son inútiles, al menos si se puede hacer que la escritura no se parezca tanto a escalar una cumbre del Himalaya  después de haber pasado toda una vida tirado en el sofá. Es cómo me sentí cuando me enfrenté a la tarea de escribir mi tesis. Investigar parecía mucho más fácil, incluso esos días pasados en los archivos franceses cuando el archivero no parecía comprender una palabra de lo que le estaba diciendo o esas noches cuando me despertaba preguntándome qué dos ciudades de la Francia de 1789 debía comparar entre lo que parecía un sinfín de opciones. Notas con nombres de ciudades –Amiens, Blois, Caen, Dieppe, y así sucesivamente– se me aparecían en sueños, lo que era un gran desperdicio al impedirme soñar como es debido. Pero no, no hay nada como el terror a la página en blanco o a la pantalla del ordenador vacía ante ti.

Mi primera regla, en tal situación, es no mirar las notas. En la era de las bases de datos digitalizadas, fotografías digitales de manuscritos y archivos  y copias digitales de las notas tomadas de libros y archivos, esa regla es aún más imperativa. Incluso cuando estaba preparando mi tesis, cuando mis notas manuscritas podían caber en una bolsa de mano (que era de color azul con un estampado de flores y más o menos unida a mi cadera cuando viajaba), la relectura de las notas suponía una grave amenaza. Algunos de mis compañeros se pasaban meses revisando sus notas con la esperanza de que el maná cayera del cielo, de decir eureka o de la inspiración suficiente para empezar. Reorganizar las notas es una forma de limpiar la casa;  puede que te haga sentirte bien contigo mismo como persona ordenada, pero no va a producir un capítulo, ni siquiera una página. Sólo la escritura puede hacerlo.

Digo esto en parte, lo confieso, porque siempre he sido y siempre seré, espero, una persona que toma muchas notas.  Antes de la revolución del ordenador, es decir, para mi tesis y mis dos primeros libros, tomaba notas a mano en grandes blocs amarillos, sin ningún sistema clasificatorio y, en cualquier caso, una vez que empecé a escribir, descubrí, como hacen muchos, que había tomado notas sobre partes equivocadas de libros o documentos  o no había anotado algo tan crucial como el número de página o la redacción exacta en francés.

Los documentos que resultaban  ser vitales para mi exposición, algo que a veces sólo descubría tras escribir el borrador de un capítulo, exigían por lo general múltiples consultas, lo cual hace que tener copias resulte cómodo, para asegurarte, pero generalmente es poco práctico copiarlo todo, incluso si sabías qué era ese todo.  Tomar notas, y más aún encargar microfilmes, fotocopias o fotografiar digitalmente los documentos, no te llevará al corazón del problema. Al menos, mientras estés tomando notas harás algunas reflexiones, pero en general tus pensamientos se mantendrán estancados en la bruma de las infinitas posibilidades hasta que comiences a escribir, no notas, sino argumentos en prosa.

Mi segunda regla, cuando se mira la pantalla en blanco, se llama la “regla de rábano” en honor a mi abuela, que nunca publicó nada, pero que cultivaba muchos rábanos en su jardín. En verano, llamaba a diario a mi madre y le informaba del número de rábanos que había en su jardín en ese momento, un número que iba creciendo con el tiempo hasta el final de la temporada. Lo que deseamos es que el número de páginas se incremente de manera constante en el tiempo, culminando con la redacción de un primer borrador. Se emplee un esquema o no (yo anoto los puntos centrales sin ningún orden en particular como forma de empezar), lo que realmente cuenta es el momento, no como el impulso en una carrera donde intención es completar todo el recorrido, sino más bien como un impulso de tres pasos adelante, dos pasos atrás, dos o tres páginas escritas (quizá incluso cinco!), que luego son revisadas al día siguiente, mientras sumamos otra o dos o tres, y así sucesivamente. Si lo que hacemos es romper todas las páginas y tirarlas a la basura día tras día,  si nos sentamos y queremos cambiar de rumbo cada día, esperando que nos llegue la inspiración para escribir la página siguiente, el problema no es intelectual, es más probable que sea psicológico, dolorosamente.

Es cierto, el momento requiere de una cierta visión de túnel. Éste es otro de las más sucios secretos de la escritura. Todo lo relativo a la historia y a la vida misma es potencialmente infinito (excepto la vida de cada uno, por desgracia). Siempre hay otro documento que podría haber sido consultado, así como siempre hay otro hecho acerca de un amigo o compañero que si lo hubieras conocido te habría hecho comprenderles mejor. Pero la vida es corta y si quieres escribir algo más que una tesis o un libro o dos libros, y así sucesivamente, tienes que limitarte a lo que puede hacerse en un plazo determinado. No se pueden acumular  páginas si empiezas a dudar constantemente de tu propia capacidad. Nos hemos de cuestionar a nosotros mismos  sólo en la medida en que sirva para hacer una constante revisión, productiva y no debilitadora. Hemos de creer que vendrá la claridad, no de una vez, y ciertamente no antes de ponernos a escribir, pero con el tiempo, si se trabaja en ello lo suficiente, vendrá. El pensamiento surge de la escritura. Algo inefable sucede cuando pones por escrito un pensamiento.  Piensas en algo que no sabías que podías o debías pensar y eso te lleva a otro pensamiento casi espontáneamente.

¿Qué es ese algo inefable y cómo lo sé? No pertenezco a ningún tipo de organización oculta con clarividencia especial sobre la magia de la escritura, a menos que deseemos describir así,  y razones no faltan, al gremio de los académicos en general. Todo el que ha escrito algo de cierta extensión, ya sea prosa o poesía, sabe que el propio proceso de escritura conduce a pensamientos antes impensados. O para ser más precisos, escribir cristaliza pensamientos que antes estaban medio formulados o  que ni siquiera lo estaban, les da forma y extiende las cadenas de pensamientos en nuevas direcciones. La neurociencia ha demostrado que el 95 por ciento de la actividad cerebral es inconsciente. Mi opinión sobre lo que ocurre es que al escribir físicamente –ya sea a mano, con el ordenador  o mediante un software de activación por voz (aunque no tengo experiencia en este último)–  ponemos literalmente en marcha un proceso,  una serie cambiante de triangulaciones  entre los dedos, páginas en blanco o pantallas, letras y palabras, ojos, sinapsis u otras “instancias neurales”, por no hablar de tripas y vejigas.  En otras palabras, al escribir estamos literalmente enchufando nuestro cerebro y, por tanto, removemos nuestros pensamientos conscientes y surge algo nuevo. No estamos, o al menos no siempre, transcribiendo algo ya presente en nuestros pensamientos conscientes. ¿Es de extrañar que el cuello se ponga rígido?

Incluso cuando las páginas proliferan como los rábanos de mi abuela, hay que escardar y podar para que crezcan hasta un tamaño óptimo. A la hora de escribir, nada hay más importante que la escarda, la poda, el abono y el riego, todo eso que se conoce como revisión. A veces otro ojo proporciona la luz solar añadida que se necesita para un nuevo crecimiento. He recogido innumerables consejos acerca de la escritura por parte de editores que tenían asignada la ingrata tarea de mejorar mi prosa, ya fuera en un libro académico o en un libro de texto. Sólo podemos entender realmente lo que pensamos  si primero lo ponemos sobre el papel y luego tomamos una cierta distancia. Tiene que ser una parte de uno mismo, pero una parte que estemos dispuestos a sacar de nosotros mismos. La mayoría de los problemas de la escritura provienen de la ansiedad causada por la realización inconsciente de que lo que escribes eres tú y tiene que ser ofrecido para que otros puedan verlo. Estás desnudo y te estremeces al pensar en que te arriesgas a que todo se desmorone y caigas en la ignominia de ser acusado de falta de investigación, de turbios análisis carentes de originalidad y de una escritura torpe. Así que te escondes trás la jerga, la opacidad, los circunloquios, la voz pasiva  y una aparente renuencia a ir al grano. Estamos mucho más seguros entre ese follaje que impide la comprensión del lector, pero al final resulta insatisfactorio. A nadie le importa, porque no pueden entender lo que queremos decir. ¡Cuánto mejor es ponerse de pie ante la línea de fuego y descubrir que nadie ha ordenado nuestra ejecución! La mayoría de los críticos lo que quieren es un intenso combate de esgrima, y estamos más que a la altura del desafío, ya que hemos afilado las aristas de nuestra investigación y hemos dicho con franqueza lo que pensábamos.

No es necenario que se me crea, porque la ayuda profesional está siempre a la vuelta de la esquina. El mejor consejo que jamás me han dado sobre la escritura lo obtuve hace muchos años del poeta y prosista Donald Hall. Su libro Writing Well iba entonces por una temprana edición, o la primera (ahora va por la novena), pero nos leía con generosidad algunas páginas a los que eramos entonces becarios en la Michigan Society of Fellows. Era senior fellow, y yo sabía que mi tesis exigía un trabajo serio. De él aprendí que la escritura requiere de un esfuerzo sin fín para obtener algo parecido a la autenticidad. La mayoría de los errores provienen de no no ser tú mismo, diciendo lo que piensas, o de tener miedo a descubrir lo que realmente piensas. Su enfoque no era en absoluto solipsista, pues también recomendaba un tipo diferente de atención hacia todos los que escribían. Cuando estás leyendo un libro que te atrapa, reflexiona sobre cómo el autor logra ese efecto. ¿Qué es lo que te atrapa? ¿Qué te hace pensar que es hermoso o vigoroso o astuto? ¿Que cualidad aprecias más? ¿Qué puedes aprender de él a la hora de escribir? El auxilio está a nuestra disposición, lo tenemos a mano, pero tenemos que saber dónde buscarlo.

En resumen, no se nace escritor, sino que más bien nos convertimos en eso. Aprender a escribir bien es una tarea permanente. Los programas de posgrado tienden a asumir que los estudiantes cuentan con habilidades de escritura previamente adquiridas, que simplemente necesitan ser pulidas. Los profesores de historia rara vez dan cursos de escritura, pues se supone que los estudiantes de posgrado aprenden por ósmosis, por imitación y corrigiendo errores flagrantes. Hemos empezado a prestar más atención a la enseñanza como una habilidad que puede aprenderse. Debemos hacer lo mismo con la escritura. Incluso aunque no haya una manera de hacerlo bien ni recetas a seguir, todos nos podemos beneficiar de una mayor atención a la escritura. Sé que siempre puedo.

—Lynn Hunt es profesora de historia en la University of California-Los Angeles. Su libro más reciente es Measuring Time, Making History, and Inventing Human Rights: A History, que es el primer volumen de The Natalie Zemon Davis Annual Lecture Series.

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7 Respuestas a “Consejos de historiador: escribir ayuda a pensar

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  4. Me parece muy bueno todo lo habla la maestra Lynn Hunt acerca de la escritura… Voy a tomar en cuenta sus consejos para mejorar mi escritura.

    Gracias!!

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