Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

Archivo de Octubre 2009

El futuro del libro, en un mundo digital

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 30, 2009

L’avenir numérique du livre“. Con este título retoma Roger Chartier en Le Monde sus análisis sobre los cambios que la revolución digital ha traído al mundo del libro. Veamos qué nos dice:

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Hagamos una prueba. Googleemos “Google”, es decir, escribamos esa palabra en el buscador del mismo nombre. La pantalla nos indica de inmediato que el número de resultados asciende (en castellano) a más de dos mil millones. Si no nos preocupa el sacrilegio,  volvamos a intentar la operación con el término  “dios”:  el número de posibilidades se reduce ahora a 67 millones (esta versión del texto de Chartier, que lógicamente da cifras distintas atendiendo a la versión francesa del buscador, se compuso el 26 de octubre de 2009 y, por tanto, el cómputo variará cuando esta entrada se publique o lea).

La comparación es suficiente para entender por qué, en los últimos meses y semanas, todas las discusiones sobre la creación de colecciones digitales se han visto sacudidas por los incesantes esfuerzos de la compañía de California. El más reciente, como se anunció hace unos días en la Feria del Libro en Frankfurt, es el lanzamiento de Google Edition (su librería digital de pago), que explota comercialmente algunos de los recursos acumulados en Google Books.

La obsesión “googleana”, aunque legítima,  no puede hacernos  olvidar algunas de las preguntas fundamentales que plantea la conversión digital de textos existentes en una materialidad diferente, ya sean impresos o manuscritos. En esta operación radica el fundamento mismo de la creación de colecciones digitales,  que permiten un acceso a distancia a los fondos conservados en las bibliotecas.

Sería de tontos considerar inútil o peligrosa esta extraordinaria oportunidad que se le ofrece a la humanidad. “Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”, escribió Jorge Luis Borges, y ésa es la misma satisfacción inmediata que produce la nueva Babel digital . Todos los libros al alcance de cualquier  lector, esté donde esté: el sueño es hermoso, con la promesa de acceso universal a los saberes y a la belleza.

No hay que perder la razón. La transferencia del patrimonio escrito de una materialidad a otra no carece de precedentes. En el siglo XV, la nueva técnica de reproducción de textos se puso masivamente al servicio de los géneros que dominaban la cultura del manuscrito:  manuales de escolástica, libros litúrgicos, compilaciones enciclopédicas, calendarios y profecías.

En los primeros siglos de nuestra era, la invención del libro que sigue siendo el nuestro, el códice, con sus hojas, sus páginas e  índices, acogió en un nuevo objeto las escrituras cristianas y las obras de autores griegos y latinos. La historia no enseña lección alguna, a pesar de lo que se dice,  pero en ambos casos muestra un hecho esencial para entender el presente, a saber:  un “mismo” texto ya no es el mismo cuando cambia el soporte en el que se inscribe, del mismo modo que se modifican  las maneras de leer y el sentido que le atribuyen sus nuevos lectores.

En las bibliotecas lo saben, incluso aunque en algunas de ellas hayan tenido o todavía tengan la tentación de alejar de los lectores,  a veces de destruir, los objetos impresos cuya conservación parecía asegurada por la transferencia a otro soporte: el microfilm y la microficha de antes, el archivo digital de hoy. En contra de esta mala política, no hay que olvidar que proteger, catalogar y hacer accesibles  (y no sólo para los expertos en bibliografía) los textos en las formas sucesivas o alternativas que han permitido a los lectores leerlos en el pasado, y en un pasado reciente, sigue siendo una tarea fundamental para las bibliotecas -y la justificación principal de su existencia como instituciones y lugar de lectura.

Suponiendo que los problemas técnicos y financieros de la digitalización hayan sido resueltos y que toda la herencia escrita se pueda convertir a formato digital, la preservación y divulgación de los soportes anteriores seguirían siendo necesarias. De lo contrario, la “extravagante felicidad” prometida por esta biblioteca de Alejandría finalmente realizada nos supondrá pagar un alto precio por la amnesia de esos pasados que hacen que las sociedades sean lo que son. Tanto más cuanto que  la digitalización de los objetos de esa cultura escrita que es todavía la nuestra (el libro, la revista, el periódico) requiere un cambio mucho mayor que el que implicó la migración de textos del rollo al códice. A mi parecer, la clave está en  la profunda transformación de la relación entre el fragmento y la totalidad.

Al menos hasta hoy, en el mundo electrónico, es la superficie iluminada de la pantalla del ordenador la que da a leer los textos, todos, cualquiera que sea su género o su función. Se rompe así la relación que, en todas las culturas escritas previas,  vinculaba estrechamente objetos, géneros y usos. Es esta relación la que organiza las diferencias, percibidas de forma inmediata, entre los diferentes tipos de publicaciones impresas y las expectativas de sus lectores, guiados en el orden o el desorden de los discursos por la materialidad misma de los objetos que los transportan.

Y es esta misma relación la que hace visible la coherencia de las obras,  imponiendo la percepción de la identidad textual,  incluso a quien sólo quiere leer unas pocas páginas. En el mundo de la textualidad digital, los discursos ya no están inscritos en los objetos, que permiten clasificarlos, jerarquizarlos y reconocerlos en  su propia identidad. Es un mundo de fragmentos descontextualizados, yuxtapuestos, de una recomposición indefinida, sin que sea necesario o deseado comprender  la relación que los inscribe en la obra de la que han sido extraídos.

Se puede objetar que esto siempre ha sido así en la cultura escrita, amplia y durablemente construida a partir de recopilaciones de extractos, de antologías de lugares comunes  (en el sentido noble que se le daba en el Renacimiento), de fragmentos escogidos. Ciertamente. Pero, en la cultura de la imprenta, el desmembramiento de los escritos va acompañado por su contrario: su circulaciónen en las formas que respetan su integridad y que, a veces,  las reúnen en las “obras”, completas o no. Además, en el propio libro, los fragmentos están necesariamente, materialmente, relacionados con una totalidad textual,  reconocible como tal.

Son varias las consecuencias que se derivan de estas diferencias fundamentales. La idea misma de revista se torna incierta, cuando la consulta de los artículos ya no está vinculada a la percepción inmediata de una lógica editorial que se hace visible en la composición de cada número, sino que se organiza mediante un orden temático de secciones. Y es cierto que las nuevas formas de lectura, discontinuas y segmentadas, socavan las categorías que rigen la relación de los textos y obras, designados, pensados y apropiados en su singularidad y coherencia.

Son precisamente estas propiedades fundamentales de la textualidad digital y de la lectura frente a la pantalla lo que el proyecto comercial de Google intenta explotar. Su mercado es el de la información. Los libros, como otros recursos digitalizables,  constituyen un enorme filón  a explotar. Como declaró Sergey Brin, co-fundador de la empresa: “Hay una cantidad fantástica de información en los libros. A menudo, cuando hago una búsqueda, lo que encuentro en un libro es cien veces superior a lo que puedo encontrar en la red”. De ahí la percepción inmediata e ingenua de cualquier libro, de cualquier discurso como base de datos que proporciona “información” a quienes  la buscan. Satisfacer esta demanda y obtener provecho de ello es el primer objetivo de la compañía de California, y no construir una biblioteca universal a disposición de la humanidad.

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Por otra parte, parece que Google  no está  bien equipada para hacerlo, a juzgar por los muchos errores de datación, clasificación e identificación producidos por la extracción de datos, y observados con ironía por Geoffrey Nunberg en The Chronicle of Higher Educación el pasado agosto. Para el mercado de la información, estos errores son secundarios. Lo que importa es la indexación y la clasificación de datos, así como las palabras clave y temas que permiten ir más rápido con los documentos que ofrecen “más posibilidades”.

Este gran descubrimiento de un nuevo mercado, siempre en expansión, y los progresos técnicos que le dan a Google un cuasimonopolio sobre la digitalización en masa,  han asegurado un gran éxito y copiosos beneficios a esta lógica comercial. Ésta supone la conversión electrónica de millones de libros, tomados como una inagotable mina de informaciones. Por tanto, ello exige no sólo acuerdos pasados o futuros con las grandes bibliotecas del mundo, sino también, como hemos visto,  un enorme esfuerzo de  digitalización, poco preocupado por el respeto a los derechos de autor, y la creación de una gigantesca base de datos, capaz de absorber más y archivar  las  informaciones personales de los internautas que utilizan los muchos servicios ofrecidos por Google.

Todas las controversias actuales derivan de este primer proyecto. Así,  las demandas judiciales de algunos editores (por ejemplo, La Martinière) por la reproducción y difusión ilegales de obras cuyos derechos les pertenecen, o el acuerdo entre Google y la Asociación de Editores y la Sociedad de autores estadounidenses, que prevé compartir las tasas percibidas por el acceso a los libros con derechos de autor (37% para Google, el 63% para quienes tiene los derechos). Este “settlement” preocupa al Departamento de Justicia, ya que podría constituir una posible violación de la ley antimonopolio, así  que el próximo 9 de noviembre el asunto se verá ante el juez de Nueva York encargado de retificar el acuerdo. Y luego está el lanzamiento espectacular de Google Edition, que es en realidad una librería digital de gran alcance destinada a competir con Amazon en la venta de libros electrónicos. Su constitución ha sido posible gracias al control que Google ejerce sobre cinco millones de libros “huérfanos”, todavía protegidos por derechos de autor pero cuyos editores o propietarios de los derechos han desaparecido, y por el acuerdo que legaliza a la postre las digitalizaciones piratas .

Representantes de la empresa americana recorren el mundo y los congresos para proclamar sus buenas intenciones:  democratizar la información, haciendo accesibles los libros disponibles,  remunerar adecuadamente a autores y editores, favorecer la legislación sobre los libros “huérfanos”. Y, por supuesto, la conservación “para siempre” de obras amenazadas por los desastres que afectan a las bibliotecas, como recuerda Serge Bryn en un reciente artículo del New York Times, donde se justifica el acuerdo presentado ante el juez por los incendios que destruyeron  la biblioteca de Alejandría y, en 1851, la Biblioteca del Congreso.

Esta retórica de servicio público y de democracia universal no bastan para eliminar las inquietudes que plantean las empresas de Google. En un artículo en The New York Review of Books del 12 de febrero y en un libro de inmediata aparición titulado The Case for Books : Past, Present and Future (PublicAffairs),  Robert Darnton convoca  a los ideales de la Ilustración para advertirnos contra la lógica del beneficio que gobierna las empresas de Google. Ciertamente, de momento hay una distinción clara entre obras de dominio público, que están disponibles gratuitamente en Google Books, y libros con derechos de autor, huérfanos o no, cuyos acceso y ahora compra en Google Edition son de pago. Pero nada garantiza que  la compañía, en situación de monopolio, no imponga en el futuro derechos de acceso o precios de suscripción considerables a pesar de la ideología de bien público y gratuidad que actualmente proclama. Ahora mismo, hay un vínculo entre los anuncios publicitarios, que proporcionan enormes beneficios para Google, y la jerarquía de la “información” que obtenemos con cada búsqueda en Google Search.

Es en este contexto  en el que hay que situar los debates generados por la decisión de algunas bibliotecas de encomendar la digitalización total o parcial de sus colecciones a Google, en virtud de un acuerdo o, lo que es menos habitual, de un concurso. En el caso francés, los acuerdos y debates abiertos afectan por el momento a  los libros de dominio público – que, como hemos visto, no protegen a los otros, escaneados en bibliotecas EE.UU.. ¿Debemos continuar por este camino?

La tentación es fuerte en la medida en que los presupuestos no permiten escanear ni mucho ni rápido. Para acelerar la puesta en línea, la Comisión Europea, los gobiernos y algunas bibliotecas han decidido que son necesarios acuerdos con socios privados y, por supuesto, con el único que tiene la matriz técnica  (por otra parte, mantenida en secreto) que permite digitalizaciones masivas. De ahí, las negociaciones,  prudentes y limitadas, entre la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) y Google. De ahí,  las discrepancias sobre la oportunidad de este modelo, tanto en Francia como en Suiza, donde el acuerdo firmado entre la Biblioteca cantonal y universitaria de Lausana y Google ha dado lugar a un serio debate (Le Temps, 19 de septiembre).

Conviene señalar  la diferencia radical que separa las razones, modalidades  y usos de las digitalizaciones de los propios fondos; cuando son llevadas a cabo por las bibliotecas públicas y la empresa de California, la prudencia está más que justificada  y podría o  debería llevarnos a no ceder a la tentación. La apropiación privada de bienes públicos, puestos a disposición de una empresa comercial,  puede parecer chocante. Además, en muchos casos, el uso de las bibliotecas de sus propias colecciones digitalizadas por Google (y aunque las obras sean de dominio público) está sujeto a condiciones que son inaceptables, como por ejemplo la prohibición de explotar los ficheros digitales durante  varias décadas o de fusionarlos con los de otras bibliotecas. Igualmente inaceptable es otro secreto: el de las cláusulas de los contratos firmados con cada biblioteca.

Son lógicas, pues, las reticenciassobre este tipo de asociación, por sus riesgos y consecuencias. En primer lugar, hay que exigir que la financiación pública de los programas de digitalización esté a la altura de los compromisos, necesidades y expectativas,  y que los Estados no descarguen sobre los operadores privados la responsabilidad de las inversiones culturales a largo plazo que les incumben. Por otra parte, hay que fijar las prioridades, sin pensar necesariamente que todo “documento” está destinado a ser digital, pues, a diferencia del filón de informaciones de Google,  se trata de crear colecciones digitales coherentes, respetuosas con los criterios de identificación y asignación de discursos que han organizado y organizan todavía la cultura y la producción impresa.

La obsesión, que puede ser excesiva e indiscriminada,  por la digitalización no debe ocultar otro aspecto de la “gran conversión digital“, por citar al filósofo Milad Doueihi, que es, probablemente con Antonio Rodríguez de las Heras, uno de los que insisten en la capacidad de las nuevas tecnologías para soportar formas de  escritura originales, libres de las restricciones impuestas tanto por la morfología del códice como por el régimen jurídico de los derechos de autor. Esta escritura del palimpsesto y polifónica, abierta y maleable, infinita y móvil, sacude las categorías que, desde el siglo XVIII, son el fundamento de la propiedad literaria.

Estas nuevas producciones escritas, digitales en principio, nos plantean ahora la difícil cuestión de su archivo y preservación. Debemos tener cuidado, incluso aunque  la urgencia inmediata sea decidir cómo y por quién debe hacerse la digitalización del patrimonio escrito, a sabiendas de que la “República digital del saber”,  por la que clama con tanta elocuencia el historiador norteamericano Robert Darnton, no debe confundirse con este gran mercado de la información en el que Google y otros ofrecen sus productos.

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Repensar la subalternidad

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 28, 2009

Los estudios subalternos, denominados muchas veces poscoloniales, han sido una de las manifestaciones más evidentes del descentramiento de la historiografía contemporánea. La impugnación de la gran narrativa europea, y su caracter universalista, ha tenido en estos autores a los representantes más destacados. Es innecesario a estas alturas mencionar sus referencias (de Thompson a Said) o sus nombres: Ranajit Guha,  Gayatri Chakravorty Spivak, Partha Chatterjee o Dipesh Chakrabarty, entre otros. Este último lo compendió en su volumen Al margen de Europa (Tusquets, 2008) y lo señalaba antes de forma gráfica en su texto “La poscolonialidad y el artilugio de la historia“:

El que Europa funcione como un referente silencioso en el conocimiento histórico mismo se vuelve obvio de una manera sumamente ordinaria. Por lo menos hay dos síntomas cotidianos de la subalternidad de las historias no occidentales, tercermundistas. Los historiadores del Tercer Mundo sienten una necesidad de referirse a las obras de historia europea; los historiadores de Europa no sienten la obligación de corresponder. Se trate de un Edward Thompson, de un Le Roy Ladurie, un George Duby, un Carlo Ginzburg, un Lawrence Stone, un Robert Darnton o una Natalie Davies —para citar sólo algunos nombres al azar de nuestro mundo contemporáneo—, los “grandes” y los modelos del oficio del historiador siempre son, por lo menos, culturalmente “europeos”. “Ellos” producen su obra en una relativa ignorancia de las historias no occidentales y esto no parece afectar la calidad de su trabajo. Éste es un gesto, sin embargo, al que “nosotros” no podemos corresponder. Ni siquiera podemos permitirnos una igualdad o simetría de ignorancia a este nivel sin correr el riesgo de parecer “anticuados” o “superados” .

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Eso explica, en parte, que aun habiéndose publicado algunos de sus textos en España, su impacto aquí sea infinítamente inferior al que tienen en América Latina,  donde se les edita más y son más leídos. Por ejemplo, acaba de aparecer Repensando la subalternidad. Miradas críticas desde/sobre América Latina, una colaboración entre el Instituto de Estudios Peruanos y el SEPHIS (South-South Exchange Programme for Research on the History of Development) bajo la batuta de Carlos Sandoval. Éste señala en la introducción: “Los trabajos reunidos en esta compilación constituyen una muestra del fructífero encuentro entre historia y antropología para la comprensión de América Latina y del Perú. Incorporando perspectivas innovadoras, formulando críticas relevantes y replanteando convencionalismos e inercias institucionalizadas, los artículos aquí agrupados representan un corpus reconocible para el público especializado, pero merecen (y exigen) la atención del lector que no lo es. Y en particular de aquellos o aquellas estudiantes o docentes de ciencias sociales interesados en conocer las discusiones recientes en los cada vez más movedizos territorios de la historia y la antropología, pero que por las asimetrías de nuestro espacio académico no han podido acceder a las publicaciones que originan o recogen lo sustancial de estos debates”.

En cuanto al volumen, la mayor parte de los textos proceden de la investigación realizada en América, pero hay otros que son traducciones. Algunos ya eran conocidos en versiones previas:  por ejemplo, el de Dipesh Chakrabarty, “Una pequeña historia de los Estudios subalternos”, o el de Frederick Cooper, “¿Para qué sirve el concepto de globalización? La perspectiva de un historiador africanista”. En cambio, es un acierto traducir al excelente y poco conocido historiador (sinólogo) turco Arif Dirlik: “El aura poscolonial. La crítica del tercer mundo en la edad del capitalismo global”.  Se trata de un famoso artículo aparecido en Critical Inquiry en 1994, que avanzaba  su volumen del mismo título.  Asimismo, se recupera un texto escondido de Eric Hobsbawm: “Nacionalismo y nacionalidad en América Latina”.  El original estaba en: “Nations and Nationalism in Latin America”, Jean Baton,  Bouda Etemad y Thomas David, eds., Pour une histoire economique et  socials internationale: melanges offerts a Paul Bairoch. París, 1995, págs. 313-23.

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La retórica de Obama

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 26, 2009

Se ha hablado mucho de la oratoria de Obama en estos últimos tiempos, hasta que el asunto ha acabado por entrar en el análisis más o menos especializado. El pasado mes de mayo, la revista Esprit dedicaba un artículo a analizar la retórica del presidente Obama. Ahora es Sciences Humaines la que ofrece todo un dossier a este asunto. Uno de los textos que contiene se titula Obama et le pouvoir des mots, escrito por Achille Weinberg.

Dice Weinberg que Barack Obama ha entrado en la historia gracias al poder de las palabras. Sus  grandes discursos políticos han conseguido catapultar a un joven senador negro de Chicago, desconocido en 2004, a jefe de la primera potencia mundial. El de Boston,  durante la Convención Demócrata de 2004, le convirtió una estrella nacional. Su discurso en Filadelfia, sobre  la raza en Estados Unidos,  es ya legendario. El de Chicago, en la noche de la elección a la presidencia, hizo estremecer al mundo. En todas esas ocasiones se las ingenió para impactar en las  mentes, inflamar los corazones, hacer que se derramaran  lágrimas y conmover incluso a los más reticentes. ¿Cuál es su secreto?

En primer lugar,  y  más allá de las palabras, debemos preguntarnos la relación entre el carisma personal de B. Obama y su capacidad de seducción. Encanto no se le pude negar: grande, guapo, con elegancia natural, una voz grave con un ritmo especial, una sonrisa tranquilizadora que inspira confianza. Virginia Sapiro,  profesora de ciencias políticas en Boston, dice que “siempre parece ser dueño de sí mismo. Es muy tranquilo, con una paz interior, algo que en un período de crisis es muy importante “. El carisma del personaje, asociado con la emoción colectiva de sus mítines, también podría explicar en parte la fascinación que despierta. Para contrarrestar estos efectos, hay que sentarse en una silla, quitar la imagen, apagar el sonido, obviar el estado de ánimo colectivo de sus mítines y  leer sus discursos. Está claro que la magia no desaparece,  aún nos hace temblar. Hay, pues, algo en el propio discurso.

Obama tiene la virtud de dar vida a sus ideas a partir de historias sencillas, emocionantes  y edificantes. La suya ante todo. En la convención demócrata de 2004, que lo dio a conocer a nivel nacional, comenzó contando la historia de su familia. La de su abuelo, un cocinero pobre, que soñaba con un futuro mejor para su hijo. Habla de su padre, nacido en Kenya, que estudió  y obtuvo una beca para estudiar “en un lugar mágico: Estados Unidos”. Evoca un encuentro con una mujer blanca,  su madre, “nacida en las antípodas, en  Kansas”. “Mis padres no sólo compartían un amor improbable, compartían su fe en las posibilidades de esta nación. Me dieron un nombre africano, Barack, que significa “bendición”,  porque creían en una América tolerante donde tu nombre no es una barrera para alcanzar el éxito”.  Un pequeño tour de force. En resumen, la clave es el sueño americano visto a través de una historia de vida. Se centra en la alianza entre negros y blancos (un “amor improbable”) en lugar de en su oposición, en la capacidad de América para ofrecer una oportunidad a todos. Un mensaje unificador y emocionate. ¿Cómo no conmoverse por padres que sueñan con una vida mejor para sus hijos? Un discurso que puede apelar a todas las generaciones, sea cual sea el origen, a todos los estadounidenses. En todos los discursos  sacó a relucir esas historias de vida. En Filadelfia, por ejemplo, habló de Ashley, una estudiante cuya madre tenía cáncer y carecía de cobertura sanitaria. Empezaba así: “hay una historia en particular que me gustaría ofrecerles hoy,  una historia que relaté cuando tuve el gran honor de hablar con motivo de la celebración del nacimiento del Dr. King en su parroquia, la Ebenezer Baptist de Atlanta. Trata de una joven, una mujer de 23 años, una mujer blanca llamada Ashley Baia, que trabajó en nuestra campaña en Florence, South Carolina…”

Estas historias las inscribe dentro de la “gran historia”.  ¿Cómo? Con una fórmula que consigue hacer desfilar la historia de Estados Unidos mejor que las fechas o los recuerdos propiamente históricos. En Chicago, la noche de su victoria, hizó temblar al público al referirse a la historia de Nixon Ann Cooper, una mujer de 106 años, que desafió el frío y la fatiga para ir a votar, porque sabía que el  “tiempo del cambio había llegado”.  “Nació sólo una generación después de que desapareciera la  esclavitud, un momento en el que no había coches por las carreteras ni aviones en el cielo, y cuando alguien como ella no podía votar por dos razones: porque era una mujer y por el color de su piel. Y esta noche pienso en todo lo que ella ha visto en América a lo largo de su siglo,  la angustia y la esperanza, la lucha y el progreso, los tiempos en que se nos decía que no podíamos, y la gente que siguió confiando en el credo estadounidense: Sí, podemos”.

Este proceso de desplazamiento que consiste en sustituir un nombre o una idea con una imagen gráfica es casi sistemático. Aquí se unen los procesos convencionales de la metáfora y la metonimia, que son una piedra angular de su retórica. Como ha señalado Christophe de Voogt,  cuando aborda cuestiones de ecología  “no hay cifras ni consideraciones eruditas sobre el calentamiento global” sino una evocación concreta: “Mientras hablamos, los coches en Boston y las fábricas en Pekín derriten la capa de hielo en el Ártico, reducen las costas en el Atlántico y traen la sequía a las granjas,  de Kansas a Kenia” (Berlin, 2008). Como ha indicado Piere Varrod, allí donde otro político habría dicho “vamos a incrementar la producción de electricidad a partir de nuevas fuentes de energía -solar, eólica, geotérmica”,   Obama dijo: “dominaremos el sol, el viento y el suelo”.

El arte de contraste es otro recurso retórico del que hace uso. Se trata de crear oposiciones simples y binarias para marcar los límites del debate. En su discurso ante el Senado para defender la reforma sanitaria, fue tajante: “El tiempo de la riña se ha terminado. El tiempo de los juegos ha pasado. Ha llegado el momento de actuar”.  Las críticas, las objeciones y  los debates se reducen a “riñas y juegos” que se oponen a la  “acción”. Este contraste crea una simplificación y una oposición binaria que tiene la ventaja de “marcar el terreno” creando dos alternativas claras (aunque en realidad siempre hay un mayor campo de posibilidades).

Charlotte Higgins ha hablado de  Obama como de un “nuevo Cicerón“. De hecho, más que de la retórica romana,  Obama es heredero de la tradición oratoria de los pastores negros  y de los grandes oradores de la historia americana (B. Franklin Roosevelt, John F. Kennedy). Sin embargo, ¿los trucos retóricos son suficientes para explicar su fuerza de convicción? Más allá de las técnicas retóricas, hay también un mensaje. Se basa en tres ideas fundamentales:

• La esperanza (hope) de un mundo mejor (incluso aunque el contenido de ese “mundo mejor” sea bastante vago);

• El cambio debe descansar en la capacidad del pueblo estadounidense de inventar lo imposible, una idea que resume en el lema: “Yes, we can”;

• Este cambio se basa en la unidad del pueblo estadounidense. Más allá de las divisiones, hay una unidad de los estadounidenses en torno a los valores fundacionales.

Todos los comentaristas lo han subrayado: B. Obama es un unificador. Su posición política no es la de un defensor o representante de una comunidad,  se presenta como un hombre que está por encima de la refriega, que moviliza  valores no partidistas.

Si  según Michael  Meyer  la retórica es el arte de aproximar las distancias entre los interlocutores, entonces B. Obama es un maestro del género.

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El gesto y su historia

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 23, 2009

Escribíamos hace semanas sobre un volumen que estudiaba el significado de un célebre gesto: El saludo hitleriano. Curiosamente, la revista Past & Present acaba de presentar el cuarto suplemento al volumen 203 con un título muy cercano: The Politics of Gesture.

politics of gesture

Michael J. Braddick, profesor en Sheffield, se encarga de la introducción, de la que mostraremos los primeros párrafos.

Lo que hay en el centro de ese asunto académico que llamamos “descripción densa”  es el sentido ambiguo de un movimiento físico: un muchacho  que contrae  “rápidamente el párpado del ojo derecho”. Una simple observación (se dice) no revelará el significado de esa señal  -un tic, un guiño o una parodia de un guiño de complicidad  podrían parecer lo mismo. Sólo un análisis etnográfico revelará el significado o los significados de este movimiento a los que lo contemplan (Geertz).  Por supuesto, el tipo de análisis etnográfico al que invita este punto de partida es imposible para casi todos los historiadores, pero la idea ha sido influyente, sobre todo en la lectura de textos. Por ejemplo, Darnton utiliza un planteamiento metodológico similar en su célebre ensayo sobre la matanza de gatos en París en la década de 1730: “Cuando te das cuenta de que no estás captando algo –una broma, un proverbio, una ceremonia– que es particularmente significativo para los nativos, puedes ver por dónde adentrarte en un sistema extraño de sentido con el fin de desentrañarlo ‘.  El significado no explícito o tácito de la acción o expresión es lo que le revela el marco cultural al observador, o bien  un análisis cercano de lo explícito revela la fundamentos conceptuales que hacen que parezca posible, o natural, para los participantes. Aquí hay, tal vez, una conexión con la escuela de Cambridge de la historia intelectual, informada por los escritos de Austin sobre los actos de habla y la intención de recuperar la “fuerza ilocutoria” de los textos, en particular a través de una completa contextualización, que incluya una atención a lo no dicho o a la particular elección que se realiza de entre los medios de expresión disponibles . La tantas veces señalada  convergencia de la historia social, política y cultural tiene como preocupación central la importancia de lo implícito y tácito para la comprensión de lo que estaba pasando y de lo que significaba para los participantes. La comunicación no verbal en los encuentros cara a cara es crucial para esta empresa, y este volumen explora hasta qué punto los historiadores podrían beneficiarse entrando en ese terreno.

El deseo de abrir una  historia cultural nos impulsa hacia lo tácito, lo no dicho y lo  comunicado físicamente. Maneras, comportamientos y gestos delimitan espacios y tiempos concretos –no la totalidad de sistemas culturales, pero sí espacios y tiempos específicos dentro de ellos, distinguiendo, por ejemplo, un museo de una gran tienda o un recital de música de un concierto. La forma en que las personas se presentan a sí mismas, y su relación con otros participantes, forman parte del marco de un encuentro social, y en buena medida la política de ese encuentro se representa en silencio, en la negociación de esas disposiciones.  Fue este último asunto, el lugar de la comunicación no verbal en la delimitación de las relaciones sociales dentro de una cultura determinada, y las posibilidades de impugnación y los malentendidos que surgen– lo que fue objeto de la Conferencia organizada por Past & Present en  2007, dando lugar al volumen actual.

Los ensayos que siguen dan por sentado que los gestos pueden ser poderosos medios de comunicar la afirmación y la solidaridad y, por la misma razón, pueden ser medios de expresar disensiones. Clase, género  y  relaciones generacionales se expresan y reproducen con los códigos gestuales, al igual que las identidades étnicas. Estos códigos son de crucial importancia para el proceso de estructuración descrita por Giddens: a través de acciones individuales expresamos y   reproducimos relaciones sociales más amplias (estructuras). Por la misma razón, los gestos transgresores  o las infracciones de los códigos gestuales, como no quitarse el  sombrero  o un exceso de familiaridad en el apretón de manos, pueden modificar o transformar los patrones de interacción social, dando lugar a un poder con mayor expresión coercitiva  o, en su defecto, una dilución del peso cultural y la eficacia de la autoridad. El gesto, en otras palabras, puede ser el campo de batalla en el que se libran  las visiones divergentes del orden social y político. Las culturas juveniles y las identidades partidistas se expresan de manera no verbal, en sus presentaciones,  que también pueden servir para permitir cambios en los valores establecidos. En situaciones revolucionarias, estas auto-presentaciones expresan de forma abreviada los valores divergentes de los grupos partidistas. Por supuesto, estos enfrentamientos pueden ser inconscientes –como ocurre, por ejemplo, con los  malentendidos  imprevistos en momentos de contacto intercultural–, pero esos malentendidos desafortunados  no son menos importantes por su carácter accidental, ni menos reveladores para los historiadores a la hora de hacer amplias  suposiciones acerca de las relaciones sociales y su regulación.

Este es un terreno histórico relativamente nuevo,   pero está bien establecido en las ciencias sociales y del comportamiento, donde el gesto tiene sus  propias revista  y asociación, así como una serie de textos clave de los que los historiadores pueden tomar bona nota.  En esta  literatura el gesto es definido como un movimiento físico, que puntúa el habla y constituye “la acción como expresión”. A diferencia de otras formas de acción visible que otorgan significado, los gestos son utilizados junto con las expresiones habladas, y otras veces como complementos, suplementos, sustitutos o alternativas a las mismas. Son los usos enunciativos de la  acción visible y son estos usos lo que constituye el dominio del  “gesto”. Esos usos son deliberativos y, aunque se contraponen al contexto de otra información emitida, constituyen un campo distintivo de la acción comunicativa, que los participantes pueden (o creen que pueden) distinguir de las señales involuntarias.   No obstante,  de muchos de los ensayos de este volumen se desprende que a menudo la riqueza de la comunicación no verbal para el análisis histórico y cultural  se encuentra precisamente en esta ambigüedad, y no tanto en la cuestionada diferenciación entre señales físicas voluntarias e involuntarias –por ejemplo,  entre un guiño y un tic nervioso, o la expresión facial de un gesto hecho conscientemente con la mano. De hecho, un aspecto fundamental para la política del gesto es la dificultad de aislar la expresión intencional  y de definir len qué consistía. Aquí, pues, lo que nos preocupa  en la amplia complejidad de los sistemas estructurados de acciones corporales que son adquiridos socialmente y cargados de significado cultural “, de los que el gesto, estrictamente definido, no es sino una parte.

Por decirlo de forma más positiva, este análisis académico sobre  el gesto como una forma distintiva de expresión representa una especie de análisis lingüístico, o una aproximación al problema mente-cuerpo, distinto  del de una  sociología de la comunicación no verbal como Goffman, Bourdieu, Foucault  o Elías podrían haberlo considerado. Pero es a este último enfoque al que más suelen acudir  los historiadores: el intento de comprender el gesto en un contexto más amplio, no sólo el de otras formas de comunicación no verbal, sino el contexto en el que la comunicación se está produciendo, todo el escenario.  Para este último propósito, es esencial tratar de entender todos los aspectos que dan significado a un intercambio.  Esto no es, por supuesto, discutir el valor de una comprensión fundamental de cómo funciona el gesto en relación con el habla y la mente, sino plantearse otra pregunta, una sobre el significado y la impugnación de tales actos de habla. Los historiadores que trabajan con materiales textuales están familiarizados con la importancia del análisis lingüístico y la exactitud filológica, de modo que a menudo éste es el punto desde el que parten;   no lo es menos en el caso del análisis de la comunicación no verbal en estos ensayos. La percepción de los participantes en el trabajo experimental moderno es que parece compatible con el registro histórico –el gesto sería sólo la mitad-percibida, incrustado como está dentro de una amplia gama de señales físicas y verbales.   Aislar el gesto es una operación valiosa no sólo  para comprender su función, sino también para asignarle  una red más amplia en la que entender su significado.

Una política del gesto significa aquí ver cómo las relaciones de poder, las identidades culturales o partidistas y los divergentes intereses sociales se expresaron e impugnaron de forma no verbal. Nuestra pregunta es sencilla  a este respecto: ¿hanta dónde pueden ir los historiadores en el análisis de la expresión, la reproducción y la transformación de los órdenes sociales si complementan  los análisis habituales con un estudio de la comunicación no verbal? ¿Qué añade un estudio de la política del gesto a nuestra comprensión?

(…)

Michael J. Braddick continúa su exposición desgranando algunos de los argumentos que presentan los distintos autores del citado suplemento. Leslie Brubaker, por ejemplo, analiza lo que comunicaba la inmovilidad del emperador bizantino:  «la ausencia de gesticulación era, en lugares públicos, un atributo imperial que visualizaba el papel del emperador como decimotercer apóstol, representante de Cristo en la tierra».  Philippe Depreux, por su parte, estudia el ceremonial de la corte carolingia, y sus descontentos,  señalando la importancia que tenían los encuentros cara a  cara para enmarcar los encuentros sociales, estableciendo la jerarquía y, por tanto, la reproducción del orden político.  La etiqueta ceremonial enmarcada los encuentros de tal manera que los pequeños detalles estaban saturados de significado. En fin, otro de los textos, el de Mary Vicent, se pregunta por la transformación del espacio en el Madrid de la posguerra, cuando se hizo visible, apropiándose de la calle, aquella población que antes se ocultaba por sus simpatías con Franco o por su hostilidad hacia los republicanos.


Otras referencias:

Jan Bremmer y Herman Roodenburg (eds), A Cultural History of Gesture (Ithaca, 1991)
David Yosifon y Peter N. Stearns, ‘The Rise and Fall of American Posture’, American Historical Review, 103 (1998), 1057–95.
Karen Harvey (ed.), The Kiss in History (Manchester, 2005)
Adam Kendon, Gesture: Visible Action as Utterance (Cambridge, 2005)

Aunque no trata el gesto, véase también el reciente volumen editado por la citada Karen Harvey:  History and Material Culture: A Student’s Guide to Approaching Alternative Sources (Routledge, 2009).

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El libro rojo de Jung

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 21, 2009

“Esta es una historia de un libro casi centenario, encuadernado en cuero rojo, que ha pasado el último cuarto de siglo oculto en la bóveda de un banco en Suiza. El libro es grande y pesado y su lomo está grabado con unas letras doradas que dicen “Liber Novus,” que en latín significa “Nuevo Libro”. Sus páginas son de un grueso papel de color crema y están llenas de pinturas de criaturas de otro mundo y diálogos manuscritos con dioses y demonios. Si no supiéramos cuándo fue escrito, podríamos confundirlo con un libro medieval perdido”.

jung libro rojo

Así empezaba Sara Corbett el pasado septiembre su crónica para el NYT sobre la inminente publicación del ya mítico libro rojo de Carl Gustav Jung, cuya edición tiene ya a punto W.W.Norton ofreciendo un volumen facsímil bilingüe. Mientras tanto, el original ha dejado la Union de Banques Suisses y se exhibe hasta el 25 de enero en el Museo Rubin de Nueva York.

Por supuesto, el volumen ya ha aparecido en una magnífica edición alemana: Carl Gustav Jung, Das Rote Buch. Patmos, Düsseldorf. Thomas Lindemann da buena cuenta de ello en Die Welt. Según Lindemann, el psicoanalista desnuda su alma de una forma tan extraña como ingenua, realizando un viaje a través de la mitología, la oscuridad y la introspección tenaz. Hay sueños, pensamientos y ensayos en miniatura, así como diálogos con personas imaginarias a las que se refiere como “alma” o Izdubar, el antiguo hombre-toro babilonio. Su estilo es el de los textos medievales iluminados, y su caligrafía la minúscula carolingia. Además, se incluyen complejas imágenes, que recuerdan a veces al arte bizantino.  En fin, palabras e imágenes para realizar lo que Jung denominó “imaginación activa”, es decir, su exploración interior.  Sólo queda aconsejar una visita a esos enlaces, en particular el de la editora alemana, porque el espectáculo es sorprendente.

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Quentin Skinner: Thomas Hobbes, el contrarrevolucionario

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 18, 2009

Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College, autor de Fear: The History of a Political Idea, analiza en The Nation la nueva entrega que Quentin Skinner le dedica a su obsesión preferida, Thomas Hobbes:  Hobbes and Republican Liberty (CUP, 2008). Como tambien es en parte la mía, y la de tantos otros, rebasaremos por esta vez los estrechos marcos cronológicos de la historia contemporánea. Aunque, como se verá, no tanto.

La revolución envió a Thomas Hobbes al exilio; la reacción lo trajo de vuelta. En 1640,  los parlamentarios opuestos a Carlos I, como John Pym, estuvieron  denunciando “la predicación en favor la monarquía absoluta, con lo que el rey podría hacer lo que deseara”. Hobbes  había terminado de escribir en aquel momento The Elements of Law, haciendo justamente eso. Después de que un alto consejero del monarca y un teólogo con ilimitados poderes reales fueran arrestados, Hobbes decidió que era hora de marcharse. Sin ni siquiera esperar a que le empaquetaran sus cosas,  huyó de Inglaterra rumbo a Francia.

Once años y una guerra civil después, Hobbes  abandonó Francia y regresó a Inglaterra. Esta vez, estaba huyendo de los realistas. Como antes, Hobbes acababa de terminar un libro. Su Leviatán, como más tarde explicaría, “lucha en nombre de todos los reyes y de todos aquellos que bajo cualquier nombre llevan los derechos de los reyes”. Fue esta aparente indiferencia sobre la identidad del soberano lo que ahora le estaba creando problemas. Su Leviatán justificada, mejor dicho, exigía que los hombres se entregaran a cualquier persona o personas que fueran capaces de protegerlos de un ataque exterior y de los disturbios civiles. Con la monarquía abolida y las fuerzas de Oliver Cromwell controlando Inglaterra y encargándose de la seguridad de las personas, el  Leviatán parecía recomendar que todos, incluidos los realistas derrotados, profesaran lealtad a la Comunidad (Commonwealth). Este argumento ya contaba con versiones previas, ofrecidad por Anthony Ascham, embajador de la Commonwealth, asesinado por los realistas exiliados en España. Así, cuando Hobbes se enteró de que los clérigos estaban tratando  de arrestarle en Francia  -el Leviathan también era vehementemente anticatólico, tanto que ofendió a la reina madre- salió de París y regresó a Londres.

No es casualidad que Hobbes huyera tanto de sus enemigos como de sus amigos, porque la configuración de su teoría política destrozaba  alianzas que venían de lejos. En lugar de rechazar el argumento revolucionario, lo absorbía y lo transformaba. De sus profundas categorías y estilo derivaba una defensa a ultranza de la forma más retrógrada de gobierno. Sintió los impulsos centrífugos de la temprana Europa moderna -el sacerdocio universal, los masivos ejércitos democráticos reunidos bajo la bandera de los antiguos ideales republicanos, la ciencia y el escepticismo- y trató de convertirlos en una fuerza centrípeta única: un soberano tan terrible y benigno como para que cualquier desafío a la autoridad pareciera no sólo inmoral sino también irracional. Hobbes  no se diferencia de los futuristas italianos cuando pone la disolución al servicio de la resolución. Fue el primero y, junto con Nietzsche, el más grande filósofo de la contrarrevolución, un  licuador avant la lettre de la modernidad cultural y la reacción política,  que entendía que para derrotar a una revolución uno debe convertirse primero en revolución.

¿Y cómo ha sido tratado por el partido del orden? No muy bien. En un ensayo sobre el obispo Bramhall, un realista que debatía con Hobbes, TS Eliot (un licuador hábil) decía que  Hobbes era “uno de esos escasos y extraordinarios advenedizos a quienes el movimiento caótico del Renacimiento les concedió una eminencia  que apenas merecían”. De los cuatro teóricos políticos del siglo XX que Perry Anderson definió como “La derecha intransigente”  en su Spectrum - Leo Strauss, Carl Schmitt, Michael Oakeshott y Friedrich von Hayek – sólo Oakeshott vio en Hobbes un ligerísimo atisbo de alma gemela. El resto lo veían como fuente de un liberalismo maligno, de jacobinismo o incluso de bolchevismo.

Los custodios del antiguo régimen a menudo confunden a los contrarrevolucionarios con la oposición, porque no pueden detectar la alquimia de su argumento. Todo lo que advierten es lo que hay allí  -una forma de pensamiento novedosa que resuena peligrosamente a algo revolucionario- y lo que echan de menos: la justificación tradicional de la autoridad. Eso hace que el contrarrevolucionario no les parezca un camarada, sino alguien sospechoso. Y no están equivocados del todo.  Tanto para la izquierda como, en rigor, para la derecha -uno de los textos más famosos de Hayek se titula “Por qué no soy conservador” – el contrarrevolucionario es un pastiche de incongruencias: alto y bajo, antiguo y nuevo,  izquierda y derecha, ironía y fe. El pastiche es indispensable, porque lo que un contrarrevolucionario está tratando de hacer es nada menos que la cuadratura del círculo – establecer la prerrogativa popular y restablecer un régimen que afirma que ha estado ahí desde siempre, que no hubo una primera vez (el antiguo régimen fue, es y será, no se hizo). Son tareas que ningún otro movimiento político puede  emprender. No es que el contrarrevolucionario esté personalmente predispuesto a la paradoja, es sólo que se ve obligado a cabalgar sobre las  contradicciones históricas, por el bien del poder.

Pero ¿por qué retomar a Hobbes para hablar de conservadurismo, de la derecha y de la contrarrevolución? Después de todo, ninguno de estos términos parece haber entrado en circulación hasta la Revolución Francesa o incluso después, y la mayoría de historiadores ya no creen que la Guerra Civil inglesa fuera una revolución. Las fuerzas que derrocaron a la monarquía podían estar buscando tanto la República romana como la antigua constitución. Puede que quisieran una reforma de las costumbres religiosas o que se limitara el poder real. Pero la revolución no estaba entre sus propósitos. ¿Cómo podría Hobbes haber sido un contrarrevolucionario si no había revolución a la que oponerse?

Por un lado, Hobbes pensaba de otra manera. En el Behemoth, su mejor tratamiento de la cuestión, declaró firmemente que la Guerra Civil inglesa era una revolución. Y aunque para él eso quería decir algo similar a lo que significaba para los antiguos -un proceso cíclico de cambio de régimen, más afín a la órbita de los planetas que a un gran salto hacia delante- Hobbes veía en el derrocamiento de la monarquía un celoso (y, desde su perspectiva, tóxico) anhelo de democracia, un firme deseo de redistribuir el poder entre un mayor número de hombres. Para Hobbes, ésa era la esencia del desafío revolucionario, y así ha permanecido desde entonces -ya sea en Rusia en 1917, en Flint en 1937 o en Selma  en 1965. Que estuviera inspirado más  por visiones del pasado que del futuro no debe demorarnos, no  más que a Hobbes – o a Benjamin Constant o Karl Marx, en realidad, quienes vieron lo fácil que era para los franceses hacer la revolución mientras  (o incluso por) miraban hacia atrás.

Hobbes se opuso claramente a los “democráticos”, como él llamaba a las fuerzas parlamentarias y sus seguidores. El argumento de Quentin Skinner en Hobbes and Republican Liberty es que derrochó una parte considerable de su energía filosófica en esta oposición y que sus mayores innovaciones se derivaron de ella. Su objetivo específico era la concepción republicana de libertad, su noción de que la libertad individual conlleva a los hombres a gobernarse a sí mismos colectivamente. Desanudando los lazos entre libertad personal y naturaleza del poder político, Hobbes fue capaz de argumentar que el hombre puede ser libre en una monarquía absoluta – o como mínimo  no menos libre de lo que lo sería en una república o una democracia. Fue “un momento que hizo época en la historia del pensamiento político anglosajón”, dice  Skinner, del que resulta una nueva descripción de la libertad de la que aún somos deudores -por desgracia, para Skinner- hoy en día.

Skinner es un historiador demasiado exigente como para decir que Hobbes es un contrarrevolucionario, pero su espléndido libro abre una amplia ventana a la complejidad de esa empresa. Todos los contrarrevolucionarios se enfrentan a la misma pregunta: ¿cómo defender un antiguo régimen que ha sido o está siendo destruido? El primer impulso -reafirmar las verdades antiguas del régimen- suele ser generalmente lo peor, porque a menudo fueron sobre todo esas verdades las que le crearon los problemas a aquel régimen. O el mundo ha cambiado tanto que ya no permiten el asentimiento o se han desarrollado de manera tan flexible que han cambiado, favoreciendo la revolución. De cualquier manera, el contrarrevolucionario debe buscar en otra parte los materiales con los que conformar su defensa del antiguo régimen. Eso puede ponerlo en desacuerdo, como Hobbes advirtió, no sólo con la revolución  sino también con el mismo régimen cuya causa defiende.

Los defensores de la monarquía en la primera mitad del siglo XVII ofrecían dos tipos de argumentos, ninguno de los cuales Hobbes podía respaldar. El primero, que Skinner no discute, era  el derecho divino de los reyes.  Era una innovación reciente -Jacobo I, padre de Carlos, fue su principal exponente en Gran Bretaña- que declaraba que el rey era el representante de Dios en la tierra (de hecho, era como Dios en la tierra);  que era responsable sólo ante Dios; que sólo él estaba autorizado a gobernar y no debía verse restringido por la ley, las instituciones o el pueblo. Como supuestamente señaló el asesor de Carlos I, “el dedo meñique del rey debe ser más grueso que los lomos de la ley”.

Si bien tal absolutismo apelaba a Hobbes, el fundamento de la teoría era débil. La mayoría de los teóricos del derecho divino suponían que  Hobbes y sus contemporáneos, especialmente en el continente, creían que  ya no existía: una teleología de los fines humanos que reflejara la jerarquía natural del universo y produjera definiciones inatacables del bien y del mal, lo justo e injusto. Tras un siglo de derramamiento de sangre provocado por el significado de esos términos y el escepticismo sobre la existencia de un orden natural o nuestra capacidad para conocerlo, las defensas del derecho divino no parecían creíbles ni fiables. Con sus dudosas premisas, tenían las mismas probabilidades de provocar un conflicto que de resolverlo.

Posiblemente era más preocupante que la teoría dibujara un teatro político en el que sólo había dos actores de alguna importancia: Dios y el rey, uno interpretando al otro.  Aunque Hobbes creía que el soberano no debía compartir el escenario con nadie, estaba muy a tono con el virus democrático de su tiempo de no darse cuenta de que la teoría había enviado a un tercer actor -el pueblo- con el paquete. Todo fue muy bien mientras la gente estuvo tranquila y fue respetuosa, pero durante la década de 1640 eso no era viable. La gente estaba en el escenario, exigiendo un papel de liderazgo, y no podía ser ignorada ni cabía  darle un papel secundario.

Los cambios en Inglaterra, en definitiva, habían hecho del derecho divino algo insostenible. El desafío era complicado para Hobbes: cómo preservar el impulso de la teoría (incondicional sumisión al poder absoluto, indivisible) mientras abandonaba sus premisas anacrónicas. La teoría del consentimiento de  Hobbes, en el que las personas pactan unas con otras para crear un Estado soberano con poder absoluto sobre ellas, y su teoría de la representación, en la que la gente se hace pasar por el soberano, sin que esté obligado a ellos, lo consiguió.

La teoría del consentimiento no hizo suposiciones acerca de la definición del bien y del mal o de una jerarquía natural del universo. Por el contrario, presumía  que los hombres no estaban de acuerdo sobre estas cosas, y que disputaban de forma violenta, de modo que la única manera de alcanzar sus metas en conflicto y sobrevivir era  ceder todo su poder al Estado y someterse a él sin protestar ni desafiarlo. Protegiéndolos a unos de otros, el Estado les garantizaba el espacio y la seguridad para seguir adelante con sus vidas. Junto con la descripción de Hobbes de la representación, la teoría del consentimiento tenía una ventaja añadida: aunque le daba todo el poder al soberano, la gente todavía podía imaginarse a sí misma como si estuviera en su cuerpo, en cada golpe de su espada. Ellos le crearon; él les representaba; a todos los efectos, estaban en él. Sólo que no lo estaban ni lo eran:  puede que fueran los autores del Leviatán - el infame nombre que le dio al soberano, extraído del Libro de Job-,  pero como cualquier autor no tenían ningún control sobre su creación. Fue una medida muy acertada, característica de todas las grandes teorías contrarrevolucionarias, en las que las personas se convierten en actores sin papeles, un público que cree que sale a escena.

El segundo argumento ofrecido en favor de la monarquía, la posición realista constitucional, tenía raíces más profundas en el pensamiento inglés y, por tanto, era  más difícil de contrarrestar. Sostenía que Inglaterra era una sociedad libre, porque el poder real estaba limitado por el derecho anglosajón (common law) o compartido con el Parlamento. Esa combinación de imperio de la ley y soberanía compartida, afirmó Sir Walter Raleigh, era lo que distinguía a los súbditos libres del rey de los esclavos ignorantes de los déspotas del Este. Fue este argumento y sus ramificaciones radicales, según Skinner sostiene, lo que aceleró las reflexiones más profundas y audaces de Hobbes sobre la libertad.

En la base de esta concepción de la libertad política descansaba una distinción entre actuar en aras de la razón y a instancias de la pasión. Lo primero es un acto libre y lo segundo no. “Actuar por pasión”, explica Skinner, “no es actuar como un hombre libre, ni siquiera es algo característico del hombre; tales  acciones no son expresión de verdadera libertad, sino de mera licencia o brutalidad animal”. La libertad implica actuar a partir de lo que deseamos, que no se debe confundir con el apetito o la aversión. Como Bramhall expresó: “Un acto libre es sólo el que procede de la libre elección de la voluntad racional”.  “Donde no hay consideración ni uso de la razón, no hay libertad en absoluto”.  Ser libre implica actuar según la razón o, en términos políticos, vivir  bajo las leyes por contraposición al poder arbitrario.

Al igual que con el derecho divino de los reyes, acontecimientos recientes habían hecho que el argumento constitucional resultara anacrónico, sobre todo por  el hecho de que ningún monarca inglés de la primera mitad del siglo XVII se lo hubiera creído. Con la intención de convertir a Inglaterra en un Estado moderno, Jacobo y Carlos se vieron obligados a defender posiciones sobre la naturaleza de su poder mucho más absolutistas de lo que permitía el argumento constitucional.

Más preocupante para el régimen, sin embargo, fue la facilidad con que ese argumento constitucional podía mutar en republicano y ser utilizado contra el rey. Y así era, en las débiles peticiones de common lawyers y parliamentary supplicants, quienes sostenían que con la inobservancia de la ley común y la desobediencia al Parlamento del rey (Carlos)  se amenazaba con convertir Inglaterra en una tiranía;  y en las exigencias utópicas de los radicales, que insistían  en que todo lo que no fuera una república o una democracia, donde los hombres vivían bajo las leyes que habían consentido, constituía una tiranía. Toda monarquía, según éstos, era una forma despotismo.

Hobbes pensaba que este último argumento  derivaba de los “libros de política y de historia, de los antiguos griegos y romanos“, que fueron muy influyentes entre los educados opositores al rey. Skinner está de acuerdo, y una parte considerable de su obra (así como varios de sus otros libros y ensayos) se dedica a rastrear el linaje clásico de lo que él llama el argumento “neo-romano” o republicano. Esa herencia antigua recobró nueva vida con  los Discorsi de Maquiavelo, traducidos al inglés en 1636, y Skinner sugiere que pudieron haber sido el objetivo final de Hobbes en su advertencia contra el gobierno popular.

Pero Skinner también señala que la premisa fundamental del argumento republicano -lo que distingue a un hombre libre de un esclavo es que el primero está sujeto a su propia voluntad mientras que el segundo está sujeto a la voluntad de otro- se puede encontrar,  en una reproducción “palabra por palabra” del Digesto de derecho romano, en la commom law inglesa ya en el siglo XIII. Del mismo modo, la distinción entre voluntad y apetito, libertad y licencia, estaba  “profundamente arraigada”  tanto en la tradición escolástica de la Edad Media como en la cultura humanista del Renacimiento. Por tanto, eso estaba  no sólo en las posiciones realistas de Bramhall y sus secuaces, sino también entre los radicales y regicidas que derrocaron al rey. Un fascinante subtexto del argumento de Skinner es, pues,  que bajo el abismo que separaba a realistas y republicanos había un profundo y volátil cimiento, el de  la asunción compartida sobre la naturaleza de la libertad. La genialidad de Hobbes estuvo en reconocer ese supuesto, y en su ambición para aplastarlo.

Si bien la noción de que la libertad consiste en vivir bajo las leyes prestaba apoyo a los realistas constitucionales, quienes daban mucha importancia a  la distinción entre monarcas legales y tiranos despóticos, eso no conducía necesariamente a la conclusión de que un régimen libre tuviera que ser una república o una democracia. Para avanzar en ese argumento, los radicales tuvieron que hacer dos afirmaciones adicionales: en primer lugar, equiparar la arbitrariedad o la ilegalidad a una voluntad que no es la propia, una voluntad que sea esterna o ajena; y, segundo,  equiparar las decisiones de un gobierno popular con una voluntad que es la propia. Estar sujeto a una voluntad que es la mía -las leyes de la república o la democracia- es ser libre; estar sujeto a una voluntad que no es mía -los edictos de un rey o de un país extranjero- es ser un esclavo.

No siempre queda claro en el texto de Skinner cómo hicieron los republicanos estas afirmaciones. Su Liberty Before Liberalism,  publicado en 1998, muestra mejor estas maniobras. Pero lo que está claro es que fueron ayudados en estos esfuerzos por una peculiar, aunque popular, comprensión de la esclavitud. Lo que hacía de alguien un esclavo, a ojos de muchos, no era que estuviera encadenado  o que su propietario impidiera u obstaculizara sus movimientos. Era que  vivía y se movía bajo una red -la de la siempre cambiante voluntad arbitraria de su dueño-  que podía  caer sobre él en cualquier momento. Incluso si nunca le atrapó -en el sentido de que  su dueño nunca le dijo qué hacer o no lo castigó por no hacerlo, o nunca quiso hacer algo diferente de lo que el dueño le dijo-,  aún así el esclavo estaba  esclavizado. El hecho de que “vivera en la total dependencia” de la voluntad de otro -que estuviera bajo la jurisdicción del dueño- “era suficiente en sí mismo para garantizar el servilismo” que el maestro “esperaba y despreciaba”.  [Como dice Skinner:]

La mera presencia de relaciones de dominación y dependencia … se mantiene para reducirnos del estatus de … “hombres libres” al de esclavos. No es suficiente, en otras palabras,  disfrutar de nuestros derechos cívicos y libertades como una cuestión de hecho;  si se nos tiene por hombres libres, es necesario disfrutarlos de una manera particular. Nunca debemos obtenerlos simplemente como una gracia o por la buena voluntad de alguien; siempre hemos de poseerlos al margen del poder arbitrario de cualquier persona que nos los pueda sustraer.

En el plano individual, la libertad significa ser uno dueño de sí mismo;  políticamente, se requiere una república o democracia. Sólo una participación plena en y del poder público garantiza que disfrutemos de nuestra libertad en la “forma particular” que la libertad requiere. Este movimiento de lo personal a lo político -la noción de que la libertad individual supone la pertenencia y la participación política, que está fatalmente limitada sin pleno derecho a la ciudadanía política-   es posiblemente el elemento más radical de la teoría del gobierno popular y, para Hobbes, el más peligroso.

Hobbes se propone destruir ese argumento desde sus raíces.  Rompiendo con las ideas tradicionales, defiende una explicación materialista de la voluntad. La voluntad, dice, no es una decisión que resulte de nuestra deliberación razonada sobre nuestros deseos y aversiones; es simplemente el último apetito o aversión que sentimos antes de actuar, y eso nos impulsa a actuar. La deliberación es como la varilla oscilante de un metrónomo -nuestras inclinaciones van a un lado y a otro,  alternando entre el apetito y la aversión-, pero es menos estable. Siempre que la varilla se detiene -y produce una acción o, por el contrario, no da lugar a ninguna-  allí va nuestra voluntad. Si eso parece arbitrario y mecanicista es porque lo es: la voluntad no se planta ante nuestros apetitos y aversiones, juzgando y eligiendo entre ellas, es nuestros apetitos y aversiones. No hay tal cosa, nada que podamos llamar una voluntad libre o autónoma,   sólo “el último apetito o aversión, inmediatamente próximo a la acción o a la omisión correspondiente”.

Imaginemos a un hombre con un apetito desenfrenado por el vino, corriendo por un edificio en llamas para rescatar una caja de esa bebida;  ahora imaginemos a un hombre con una  feroz aversión hacia los perros, corriendo por ese mismo edificio para escapar de una manada de canes. Los opositores a Hobbes verían en estos ejemplos sólo la fuerza de la compulsión irracional; Hobbes ve la voluntad en acción. Hobbes reconoce que quizá estos actos no sean los más juiciosos ni los más sabios, pero ni la sabiduría y ni la cordura desempeñan necesariamente un  papel en la volición. Pueden verse obligados, pero también lo son las acciones del hombre que viaja en un navío muy escorado y que lanza su equipaje por la borda con el fin de aligerar la carga y salvarse a sí mismo. Las decisiones difíciles son acciones adoptadas bajo presión -éstas expresan tanto mi voluntad como las decisiones que tomo en la tranquilidad de mi estudio. Ampliando la analogía, Hobbes sostendría que darle la cartera a alguien que te pone una pistola en la cabeza también es un acto voluntario: he antepuesto mi vida a mi cartera.

Contra sus oponentes, Hobbes sugiere que no hay acción voluntaria contra mi voluntad, pues todas las acciones voluntarias son una expresión de la voluntad. Restricciones externas como estar encerrado en una habitación me pueden impedir actuar al afectar a mi voluntad; formar parte de una banda  me puede obligar a actuar de un modo que no desearía. Pero no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad. En el caso del asaltante, Hobbes diría que su arma cambió mi voluntad:  pasé de querer salvaguardar el dinero en mi cartera a querer proteger mi vida.

Si no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad, no puedo actuar voluntariamente siguiendo una voluntad que no sea la mía. Si obedezco a un rey porque temo que me vaya a matar o a encarcelar, eso no implica la ausencia, la pérdida, la traición o el sometimiento de mi voluntad, es mi voluntad. Podría haber querido otra cosa -cientos de miles de personas durante la vida de Hobbes lo hicieron-  pero mi supervivencia o mi libertad eran más importantes para mí que seguir a quien pudiera haber solicitado mi desobediencia.

La definición de Hobbes de la libertad se desprende de su comprensión de la voluntad. Libertad, dice, es “la ausencia de impedimentos … externos al movimiento”, y es un hombre libre “quien en aquellas cosas de que es capaz por su fuerza y por su ingenio, no está obstaculizado para hacer lo que desea“.  Me puedeo quedar sin libertad, insiste Hobbes, sólo por los obstáculos externos a mi movimiento. Las cadenas y los muros son obstáculos de este tipo; las leyes y obligaciones también, aunque sean obstáculos más metafóricos  (la discusión de Skinner sobre esto último es especialmente lúcida, iluminando un argumento que siempre ha disgustado al mundo académico). Si el obstáculo se encuentra dentro de mí -no tengo la capacidad de hacer algo o tengo miedo de hacerlo-,  carezco de poder o voluntad, y no hay libertad. Esta falta dice más acerca de lo que Hobbes, en una carta citada por Skinner, llama “la naturaleza y la calidad intrínseca del agente” que las condiciones de su entorno político.

En este nuevo relato de Skinner, con su punto de intriga,  de cómo Hobbes llegó a esta comprensión de la libertad, eso último se revela como la finalidad del esfuerzo de Hobbes: separarel estatus de nuestra libertad personal del estado de los asuntos públicos. La libertad depende de la presencia del gobierno, pero no de la  forma que tome el gobierno, que vivamos bajo una monarquía, una república o una democracia no cambia la cantidad o calidad de la libertad que disfrutamos. Esta separación tuvo el efecto dramático de hacer que la libertad pareciera a la vez menos presente y más presente bajo un rey de lo que los antagonistas republicanos y realistas de Hobbes habían calculado.

Por un lado, Hobbes insiste en que no hay manera de ser libre y súbdito al mismo tiempo. La sumisión al gobierno conlleva una pérdida absoluta de libertad: dondequiera que esté obligado por la ley, no tengo libertad para moverme. Cuando los republicanos argumentan que los ciudadanos son libres porque hacen las leyes, Hobbes proclama que están confundiendo la soberanía con la libertad: lo que el ciudadano tiene es poder político, no libertad. Está tan obligado  (tal vez más obligado, diría luego Rousseau) a someterse a la ley, tan falto de libertad, como lo estaría bajo una monarquía. Y cuando los realistas constitucionales sostienen que los súbditos del rey son libres porque el poder del rey está limitado por la ley, Hobbes afirma que no hacen más que confundir las cosas.

Por otra parte, como Skinner muestra en una serie de elegantes pasajes, Hobbes pensaba que si la libertad es el movimiento sin trabas, es lógico pensar que somos mucho más libres bajo un monarca, incluso un monarca absoluto, de lo que los realistas y los republicanos creen (o están dispuestos  a admitir). Ante todo porque incluso cuando actuamos por temor estamos actuando libremente. “Miedo y  libertad son coherentes”, dice Hobbes, porque el miedo expresa nuestras inclinaciones negativas; pueden ser negativas, pero que eso no niega el hecho de que son nuestras inclinaciones. Así que mientras no se nos impida poderlas seguir,  somos libres. Incluso cuando estamos aterrorizados por los castigos del rey, somos libres: “todos los actos que los hombres realizan en los Estados, por temor a la ley, son actos cuyos agentes tenían libertad para dejar de hacerlos“.

Más importante, donde la ley es muda, donde ni manda  ni prohibe, somos libres. Sólo hay que contemplar todas las “formas en que un hombre puede moverse a sí mismo”, dice Hobbes en De Cive, para ver todas las maneras en que puede ser libre bajo una monarquía. Estas libertades, se explica en el Leviatán, incluyen “la libertad de comprar y vendey y de hacer, entre sí, contratos de otro género, de escoger su propia residencia, su prpio alimento, su propio género de vida, e instruir sus niños como crea conveniente, etc.”  Sea cual sea el grado de libertad de movimiento que el soberano pueda garantizar, para perseguir nuestros negocios sin que otros hombres lo puedan impedir, somos libres. La sumisión a su poder, en otras palabras, aumenta nuestra libertad. Cuanto más absoluta sea nuestra sumisión,  más poderoso es y más libre nos hace. La subyugación es la emancipación.

Skinner es generalmente cuidadoso  a la hora de ver el pasado como un espejo o preludio del presente. Prefiere hacer hincapié en su cualidad refractaria: el pasado no es el prólogo, es otro país. Podemos aprender algo sobre nosotros mismos viajando allí, pero sólo si resistimos la tentación de asimilar su alteridad.

Sin embargo, también  queda claro en Hobbes and Republican Liberty y en sus otros escritos que  Skinner cree que la visión hobbesiana de la libertad ha perdurado en los escritos de Constant, de Isaiah Berlin y de la tradición de lo que ahora se llama liberalismo negativo o mínimo. A diferencia del robusto liberalismo de John Dewey, que sugiere que cualquier cosa que no sea la democracia plena en los ámbitos público y privado constituye una amenaza para la libertad individual, el liberalismo negativo se centra en una gama más reducida de principios: “que otras personas me impidan hacer lo que quiero “, como indica Berlin, cuando hay “interferencia deliberada de otros seres humanos dentro de la zona en la que quiero actuar “. La libertad, para Berlin, es la ausencia de interferencias, y, en un guiño a Hobbes, escribe que “no es incompatible con algunos tipos de autocracia, o en todo caso con la ausencia de autogobierno”.

Skinner, también ha sugerido que la descripción republicana de la libertad ha permanecido en los movimientos democráticos del siglo XIX, en la crítica marxista de la esclavitud asalariada, en el feminismo y en “otros alegatos en nombre de los dependientes y oprimidos”. Cuando el liberalismo negativo  considera que el Estado debe garantizar “que los ciudadanos no sufran interferencias injustas o innecesarios en la consecución de las metas propuestas” -sobre todo a manos del Estado- el radical, escribe Skinner, “mantiene que esto nunca puede ser suficiente. ” El Estado también debe “liberar a sus ciudadanos de … la explotación personal y la dependencia.”

Si Berlin y Constant son los herederos de Hobbes, y el radicalismo moderno es heredero del republicanismo inglés, ¿se deduce que sus relatos de la libertad son, como el suyo, contrarrevolucionarios? Skinner, no lo dice, pero dada la hostilidad felina de Berlin a la izquierda y la de Constant a los militantes de su tiempo, parece una conclusión acertada. Como mínimo, Skinner sugiere que una de sus ramas, la del liberalismo tibio, que ha conseguido “predominar dentro de la filosofía política anglosajona”  -por no mencionar los medios de comunicación  y el Partido Democráta-,  es una de las fuerzas de hoy nos impiden disfrutar de una libertad más plena . Y aunque oirlo pueda escandalizar a los bienpensantes de centro-izquierda, su liberalismo suave debe mucho más al espíritu de la contrarrevolución hobbesiana de lo que creen.

A pesar de los progresos de Clinton a Obama, el centro-izquierda está todavía reponiéndose de la reacción derechista contra el New Deal y la Great Society. El homenaje que se rinde a la seguridad y la protección, su preferencia por lo privado en detrimento de los bienes públicos, su temor y desprecio por la democracia en las calles, todos esos han sido, desde la segunda mitad del siglo XIX, los impulsos del partido del orden, no el partido del movimiento, y deben sus orígenes a Hobbes. Hoy en día proporcionan  un liberalismo pasado por la reacción.

Si leemos las notas al pie de Skinner con más cuidado, veremos que el espíritu de Hobbes también se refugia en el derecho contemporáneo. La idea de Hobbes sobre la libertad impregna el discurso libertario, y el Leviatán proyecta una larga sombra sobre la visión conservadora de un Estado vigilante nocturno -donde el objetivo principal del gobierno es proteger a la ciudadanía de un ataque exterior o de un allanamiento de morada; donde la gente es libre de dedicarse a sus asuntos, siempre y cuando no interfieran en los movimientos de los demás; donde los contratos se cumplen y la seguridad está  garantizada.

Los libertarios palidecerán con esa asociación: al margen de la resonancia a las ideas hobbesianas que podamos encontrar en sus escritos, el Estado hobbesiano es mucho más represivo que cualquiera de los  gobiernos que ellos tolerarían. Con la salvedad de que no es así. Como señala Greg Grandin en Empire’s Workshop, Milton Friedman se reunió con el dictador chileno Augusto Pinochet en 1975 para asesorarle en temas económicos;  los Chicago Boys de Friedman trabajaron más estrechamente incluso con la junta de Pinochet. Sergio de Castro, ministro de Hacienda de Pinochet, observó, en algo que recuerda a Hobbes y a Berlin, que “la libertad real de una persona sólo puede garantizarse a través de un régimen autoritario que ejerce el poder mediante la aplicación de normas iguales para todos”. Hayek admiraba tanto el Chile de Pinochet que decidió celebrar una reunión de la Mont Pelerin Society en Viña del Mar, el balneario donde se planeó el golpe contra Allende. En agosto de 1978 escribió una carta al Times de Londres señalando que no había “sido capaz de encontrar una sola persona, ni siquiera en el muy difamado Chile, que no estuviera de acuerdo en que la libertad personal era mucho mayor con Pinochet de lo que lo había sido con el gobierno de Allende”.

“A pesar de mi profundo desacuerdo con el sistema político autoritario de Chile”, como diría más tarde Friedman,  “no veo que esté mal que un economista preste asesoramiento técnico al Gobierno chileno”. Pero el matrimonio entre libre mercado y terror de Estado no puede ser anulado con tanta facilidad. Como Hobbes entendió, se necesita una enorme represión para crear el tipo de hombres que pueden ejercer su “libertad de comprar y vender y de hacer, entre sí, contratos de otro género” sin acabar cabreados. Deben tener libertad para moverse – o elegir- pero no tanto como para pensar que pueden rediseñar la carretera por la que se mueven. Suponiendo una demasiado fácil  congruencia entre capitalismo y democracia, el libertario pasa por alto cuánta coacción se requiere para hacer que los ciudadanos utilicen su libertad de manera responsable y no pidan al Estado que alivie sus aflicciones.

Tantos como había, tuvo que ser Margaret Thatcher la que se lo explicara a la derecha libertaria. Como Naomi Klein relata en La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, al ser presionada por Hayek para adoptar una terapia de choque  más agresiva al estilo Pinochet, Thatcher respondió: “Estoy segura de que estará de acuerdo en que, en Gran Bretaña con nuestras instituciones democráticas y la necesidad de un alto grado de consenso,  algunas de las medidas adoptadas en Chile son absolutamente inaceptables”.  Era 1982, y siendo la democracia británica lo que era, Thatcher tenía que ir con calma. Pero entonces vino la guerra de las Malvinas y la huelga de los mineros. Una vez que Margaret Thatcher se dio cuenta de que podía hacer con los mineros y los sindicatos lo mismo que había hecho con el presidente Galtieri y sus generales en Argentina – “Tuvimos que luchar contra el enemigo externo en las Malvinas y ahora tenemos que luchar contra el enemigo interno, que es tanto más difícil cuanto peligroso para la libertad “- el escenario estaba listo para aceptar a Hayek sin reservas.

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¿Cómo escribir la historia hoy?

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 16, 2009

Pierre Assouline se hace esta presunta en su celebérrimo blog: ¿cómo escribir la historia ahora?

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La “crisis”, dice,  puede tener su lado positivo, pues obligará a historiadores y editores a enfrentar una realidad que viene de lejos: ya no podemos seguir editando los libros de historia como antes. La peor forma de abordar el problema es denunciar la hidra de Internet y agitar el fantasma de la gratuidad.  Tanto más cuanto  el problema es viejo y la web, lejos de acabar con esta categoría de libros, puede por el contrario  asegurar su supervivencia. La muerte universitaria de la gran tesis académica se ha jugado en las librerías . Este tipo de trabajo que, de todos modos, no estaba destinado al público en general, reencontrará sus verdaderos lectores, de forma durable y generalizada, en un portal especializado que tenga la feliz idea de ponerlas en línea para que se las descarguen previo pago,  incluso capítulo por capítulo. ¿Y el resto, es decir, la gran mayoría de los libros de historia? Dado que el ensayo histórico va viento en popa,  debemos tener cuidado para mantener la obra de saber al lado del ensayo cognoscitivo,   apoyados en una base de investigaciones impulsadas por la curiosidad transdisciplinaria y políglota, relacionados con los debates ciudadanos.

¿Pero se publicaría  hoy Montaillou, especialmente sin un Apostrophes que lo popularice?  Nada es menos seguro. Los historiadores, que ya han tenido que pasar su duelo por los índices de nombres y obras,  han experimentado recientemente otro problema: los editores ahora les obligan a quitar las notas al pie o al final del volumen, así como las fuentes, para aligerar sus libros. Como si cualquier garantía de seriedad y rigor, antaño exigida al historiador del mismo modo que uno pide las referencias cuando contrata a alguien,  se penalizara ahora  hasta hacerla ingrata. En Francia no se comenta mucho, pero en Inglaterra no sólo lo dicen, sino que lo escriben: “Los editores creen que las notas ocupan demasiado espacio y son demasiado “académicas”. Los autores de biografías históricas  se han resignado a poner en línea todo su corpus “, se lee en la Biography de Hermione Lee (Oxford University Press, junio de 2009).  Cuanto más de demuestran las infinitas posibilidades del hipertexto, menor esperanza de vida para las notas. Todavía en Inglaterra,  nos enteramos hace poco por The Times que a los historiadores se les ofrecen ahora 30.000 libras esterlinas como anticipo por un libro que hasta hace poco les suponía un adelanto de 120.000. Tristram Hunt, biógrafo de Friedrich Engels, también manifiesta su temor a que esto lleve sus colegas a dedicarse a la  ficción histórica, mientras que Lisa Jardine, que enseña historia del Renacimiento en la Universidad de Londres, señala que ahora  sólo la historia de la ciencia moviliza a los editores.

El hecho es que éstos, al igual que los libreros, se excusan en la recesión para reducir sus riesgos recortando no sólo los anticipos de derechos, sino la producción real de libros de historia y humanidades. Los historiadores deberían aprovechar este tiempo de duda general para examinar sus certidumbres heredadas de la tradición académica y el hábito. Quizá haya llegado el momento de repensar la escritura de la historia. No se puede continuar ejerciendo como si la disciplina no hubiera sido arrollada por los ciudadanos desorientados en el guirigay memorial. Como si la tecnología no hubiera modificado para siempre los modos de lectura.   Como si no estuviera constantemente en el centro del debate público. Como si no se hubieran globalizado sus perspectivas y sus retos. Como si los historiadores bien nacidos debieran seguir frenando su curiosidad y absteniéndose de otras formas narrativas (el Léonard y Machiavel de  Patrick Boucheron es un buen ejemplo), comenzando por el ámbito de la ficción en la que estarían mucho mejor equipados que otros para hacer coexistir la verdad y la exactitud.

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Las revistas académicas y su evaluación

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 14, 2009

El economista francés Florence Audier retoma (en la laviedesidees) el asunto de la clasificación de las revistas académicas y sus consecuencias sobre la evaluación del conocimiento científico. La cuestión central, que lleva agitando al mundo universitario galo desde hace meses, es si la financiación de la enseñanza superior dependerá de la bibliometría, es decir, si éste será el indicador supremo de la actividad y la calidad de la investigación. Por tanto, aunque el texto hace referencia a una disciplina vecina y no a la nuestra, creo conveniente poner las barbas a remojo.

Dice Audier que durante mucho tiempo  los economistas (y otros), basándose en las prácticas características de  las “ciencias duras”,  han establecido la publicación de artículos en revistas internacionales “con comité de lectura” como el mejor criterio de ” excelencia “, aceptando una jerarquía más o menos explícita en estas revistas, la mayoría de las cuales son anglosajonas.

Más recientemente, se ha fijado una clasificación, esta vez claramente jerárquica, por parte la sección 37 de la Comisión Nacional (encargada de los ramos  de economía y gestión), con el doble propósito de ser un “apoyo a la decisión y no un medio de clasificación ciega y automática que sustituiría eo ipso a una instancia de decisión y evaluación cisntíficas”. En concreto, se trata de establecer, de acuerdo con la comunidad afectada, una lista que “sirva a los evaluadores para identificar mejor las revistas reconocidas y consideradas como de referencia. Y ello con la preocupación de “un contexto donde la bibliometría gana terreno… y de que no se imponga desde fuera una clasificación…”.  El reto era ofrecer un barómetro idéntico para todos, proporcionar puntos de referencia en disciplinas o sub-disciplinas sobre las que los evaluadores (compañeros o designados) no lo saben necesariamente todo o reducir las consecuencias de las muchas ideas falsas que circulan en ese medio. (Como sabemos, todo eso vale también para la historia y otras disciplinas adyacentes)

Este sistema se ha implementado  y la bibliometría, con toda su sofisticación, se ha generalizad0 a espaldas de la mayoría de nuestros colegas. Y lo que es peor,  la AERES (Agencia para la Evaluación de la Investigación y la Educación Superior) pretende clasificar sobre determinados criterios externos las unidades o individuos, imponiendo su “diagnóstico” a toda la comunidad científica, incluso proponiendo, lo cual sobrepasa su mandato, cambios estructurales. Así pues, parece llegado el momento de realizar un examen más detenido de lo que significan estas “listas”, y en particular la que nos afecta.  En ese sentido, conviene detallar quiénes son los contribuyentes a las revistas que la comunidad francesa de la economía y la empresa  ha puesto en lo alto de la lista.

El uso de estos “instrumentos” supera con mucho lo inicialmente fijado, y a través de ellos se decide la concepción del trabajo científico y su eventual fecundidad. Además, es sobre estos criterios de evaluación y las trampas que contienen que quisiéramos ofrecer elementos de debate, especialmente a partir de determinados datos empíricos. En efecto,  a través de la AERES y la DPA del CNRS, este indicador tiende a invadir todas las esferas de la evaluación y a eclipsar  las demás, y ello a pesar de las críticas. Pero  las cosas van muy lejos:  algunos miembros del  CNU usan esta clasificación para decidir quién está en mejores condiciones para acceder a una plaza. En otras disciplinas, incluidas las humanidades y las ciencias sociales, pero también en astronomía, por ejemplo, las comunidades de científicos se han levantado para rechazar esta “dictadura de la publicación”, resumida en aquello de  “publicar o perecer” , y el European Reference Index for the Humanities ha renunciado a clasificar las revistas en A, B o C, decantándose por listas indiferenciadas

[Con permiso del profesor Audier, eso es algo que no he podido confirmar, porque la última notificación de la ERIH señalaba precisamente todo lo contrario, la creación de una nueva categoría, la W, para aquellas publicaciónes con menos de cuatro años de vida. Por otra parte, el acuerdo de este pasado verano sólo señalaba sobre este punto lo siguiente: "We agree fully that it is important to distinguish the issues of quality from those of scope and audience. These were indeed the intentions of the ERIH in differentiating between international and national journals. Nevertheless, we understand and accept that these three categories could be misperceived as a kind of ranking. The ERIH is therefore in the process of rethinking this categorization in A, B, and C, and of remodelling it according to a division into international, national or regional". Es más, su última presentación sólo cambia los nombres y, así, la A pasa a ser INT1, la B se convierte en INT2 y la C es ahora NAT, por National Journals]. Pero sigamos:

academic journals

Recordemos primero que la idea de remitir a listas de revistas jerarquizadas se defiende de acuerdo con “las mejores prácticas internacionales”, es decir, las prácticas  anglosajonas, o al menos así parece. En realidad,  lejos de practicar este “monocultivo” en humanidades y ciencias sociales, e incluso en economía, los estadounidenses todavía parecen esforzarse con denuedo en publicaciones académicas y publicaciones de libros, especialmente a través de editoras universitarias, lo cual en Francia ha desaparecido desde hace mucho tiempo. El préstamo que se hace de las prácticas americanas sólo es, por tanto,  parcial  y quizás no de lo mejor. Repasemos  la revista Journal of Economic Literature (JEL). En 2007, por ejemplo, en cuatro números, la JEL edió 1.256 páginas. Pero no todo son artículos, pues hay amplias reseñas de un considerable número de libros: 84 libros fueron comentados ese año. Además, 1.604 referencias de libros (annotated listings), a los que se dedicaron entre 15/20 líneas. El índice de autores de nuevos libros  (la gran mayoría son estadounidenses  o,  en cualquier caso,  anglosajones), que resume los libros publicados a lo largo del año, contenía cerca de 2.600 nombres, y sólo este índice ocupaba 25 páginas. Y luego está la lista completa de las “tesis doctorales”, que también suponía un lugar importante en la revista.

Por tanto, ¿escribir artículos y publicarlos tiene un interés secundario? Distingamos los puntos de vista.

Desde la perspectiva de la difusión del conocimiento o más ampliamente de la difusión de los resultados de los trabajos o la expresión de puntos de vista, una revista parece a priori muy adecuada para una difusión amplia y rápida, tanto en papel como en formato digital, con o sin “comité de lectura”. Estimular el debate, lanzar hipótesis teóricas o líneas de interpretación de los acontecimientos, interrogar las políticas, hacer recomendaciones: la forma articulo no sólo es apropiada y útil, sino que puede parecer indispensable, sobre todo debido a su característica “no-perenne”. En un artículo, uno debería poderse arriesgar,  lanzarse,  equivocarse,  obtener “respuestas”,  ajustarse o no a los propósitos, seguir o no adelante. Los números de las revistas se encadenan, el próximo desplaza al precedente… Especialmente en las disciplinas que se describen como “no acumulativas”, es decir, en las que no se está obligado a conocer el trabajo de todos los colegas para aportar algo -incluso aunque obviamente sea deseable estar al día de la bibliografía-,  la naturaleza potencialmente efímera de las revistas no plantea grandes problemas, y todo autor es capaz, si lo desea, de retomar sus artículos para sintetizarlos en forma de libro.

A diferencia de los artículos, un libro (no hablamos de ensayos) requiere madurez y distancia, y el autor será juzgado por su cultura, la fuerza y la coherencia de sus argumentos y la tesis que defiende, su capacidad para responder o incluso anticiparse a las objeciones y especialmente por su contribución específica, dado el estado de su campo…  Sin esperar la “obra maestra”, se exigirá un cierto nivel de exhaustividad, se considerarán las referencias teóricas y su aplicación, la relevancia de los datos y su tratamiento, etc. En resumen, un libro destinado a durar, a depositarse en una biblioteca, supone mayor exigencia para el autor y el contenido. Y las críticas – positivas o negativas – pueden aparecer años después de su publicación. Además, ¿no es eso lo que señala que un libro o una tesis es “histórica”? Con pocas excepciones, todos sabemos cuáles son esos libros imperdurables. ¡Los artículos “fundadores” son muy raros! Así que ¿por qué ofrecer en lo relativo a la evaluación todo el espacio a los artículos, específicamente a ciertos artículos, y no a otros modos de expresión y de transmisión?

Dejemos de lado temporalmente el negocio que suponen las revistas para algunos editores y lo que se juegan al entrar en esas listas:  cualquier revista excluida se quedará sin contribuyentes y fenecerá; una “nueva” sólo conseguirá sobrevivir si encuentra defensores suficientemente potentes que le permitan entrar en ese club selecto, por ejemplo un grupo editorial bien establecido ya en la disciplina. De ahí, sin duda, su interés por señalar el lugar que ocupan en el ranking, su citation index, etc. Es decir, su interés por venderse bien, lo cual explica el excepcional trabajo de marketing que muchas de esas firmas despliegan, y eso no tiene absolutamente nada que ver con la calidad de las contribuciones.

Si consideramos ahora las consecuencias de estas decisiones sobre la propia investigación  y su futuro, tendremos que señalar algunos puntos “positivos”:  en efecto, el examen de los índices y de los  resúmenes permite identificar de forma relativamente cuáles son los objetos tratados – en un momento dado- por los investigadores (¿de todo el mundo?,  volveremos sobre el acceso a estos títulos y su difusión) y, en su caso, dialogar con ellos, entrar en contacto  (y más si hay afinidades), ubicarse en este complejo mundo que es nuestra “comunidad científica”. Esto también ayuda a saber qué temas están “de moda” – es decir, aquellos que han sido seleccionados por las revistas patentadas-, lo cual puede ser de gran ayuda para postularse antes  los distintos “organismos de financiación”. Por último, en el mismo sentido, uno se puede orientar por el laberinto de los apoyos,  para identificar sin riesgo “lo que hacemos mejor” e identificar cómo acceder o hacer acceder a ellos a nuestros doctorados .

Sin embargo, este sistema contiene graves deficiencias que son exactamente el reverso de sus ventajas,  pero que van mucho más allá. Nos gustaría subrayar aquí un aspecto insuficientemente discutido, y que no se encuentra – o menos – en las ciencias exactas:  el conformismo que este tipo de evaluación genera sobre los temas, paradigmas, origen y tipo de los datos utilizados, las formas de exposición y argumentación y, por tanto, la manera de reflexionar, escribir y convencer,   defectos que en gran medida aniquilan los beneficios potenciales de la forma “artículo”. Los ejemplos abundan: para tener la oportunidad de ser publicado, primero uno debe leer los consejos que se dan a los autores e impregnarse de los artículos de otros, para identificar y entrar en el molde. Si eres europeo, y especialmente de un país del sur, para tener la oportunidad de ser publicado es mejor buscar un coautor anglosajón, que ya haya publicado en alguna de las revistas que figuran en el “top list” o, mejor aún, que pertenezca a algún consejo editorial (a menudo son los mismos). Preferiblemente debe ser un universitario al que hayamos conocido durante el post-doc o al que su “patrón” haya hecho venir como profesor visitante (o viceversa) o con el que hayamos coincidido en algún congreso dónde nuestro grupo de investigación nos haya hecho el favor de promocionarnos (y financiarnos). Para tener alguna posibilidad de publicar, es mejor ayudarse alardeando de que el texto ya ha sido presentado varias veces durante esas ceremonias que son los grandes coloquios o  congresos rituales en los Estados Unidos, que ha sido leído y releído – y su autor ensalzado- por personalidades de prestigio (citando ampliamente nombres y autoridades vía agradecimientos, por lo general en una nota de primera página para asegurarse de que será leída), que la investigación publicada se ha beneficiado de subvenciones a cuyos donantes también se le está agradecido  y que se ha mejorado enormemente con los comentarios pertinentes de los evaluadores, etc.  En fin, todo ello presentado de modo que,  al juzgar – y eventualmente rechazar- un texto,  sea toda esa comunidad antes mencionada la que quede juzgada. No sólo porque se supone que ha contribuido a “mejorar” el texto, como queda subrayado, sino porque de alguna manera se compromete patrocinándolo.

Cuando el boquete queda abierto, uno ya puede amortizar por su cuenta los esfuerzos realizados, publicando acto seguido varios artículos, y facilitar el acceso a otros (¿a cambio de la reciprocidad?), de ahí que aveces se vean publicaciones en cascada de miembros de los mismos equipos en las mismas revistas  sin que las razones temáticas sean determinantes.

De ahí la sensación – muy extendida- de ver anuladas  las ventajas inherentes a la publicación de artículos: la falta de frescura (los artículos aparecen mucho después de su concepción), de espontaneidad y de riesgo en los trabajos publicados. ¿Los rechazados respondían mejor a los criterios establecidos? Por definición, eso es un completo misterio.

Para avalar estas observaciones de carácter bastante general se coloca la cuestión concreta de las revistas seleccionadas o no, y la de su clasificación. Esto nos lleva a otro universo, pues se trata de ofrecer visibilidad o negarla, de poner en cabeza  (o a la cola)  algunas áreas, ciertas  lenguas y ciertos paradigmas. Al hacerlo, se trata también de hacer prevalecer,  sin explicitarlo ni discutirlo, una concepción de la disciplina y de su futuro. Pues no se hace sino clasificar unas revistas respecto a las otras, por campos,  eligiendo cuál entra en competencia con cuál, etc.

(…)

Florence Audier continúa señalando que, en su caso,  la rama “economía-gestión” de la comisión nacional de la investigación (la llamada sección “37″)  ha seleccionado una lista de 705 revistas reconocidas como “válidas”. Entre éstas,  58 (8%) lo son en francés y el resto en Inglés. Además, en la primera versión de la lista,  de octubre de 2007, ninguna francesa había sido clasificada como “1*” o “1″, sólo dos en la “2 “,  quince en la “3″ y la gran mayoría en la “4 ” (40 de 58 revistas relevantes). En la versión de junio de 2008, se ha colocado una en la “1″. se trata curiosamente de  Annales, la revista fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre.

Leer más…

Apéndice: Posición de los “autores”  franceses y europeos en las revistas examinadas  por Audier (rama: economía y gestión)

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Giorgio Agamben: el mundo y sus representaciones

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 12, 2009

“En física, nos impusimos como ley partir de la idea que, en la naturaleza, nadie se sirve del significante para significar. Nuestra física se distingue en esto de una física mística, y aún de la física antigua, que nada tenía de mística, pero que no se imponía estrictamente esta exigencia. Para nosotros se ha convertido en ley fundamental, exigible de todo enunciado del orden de las ciencias naturales, que nadie se sirve del significante. Pero, el significante a pesar de todo está ahí, en la naturaleza, y si en ella no estuviera el significante que buscamos, no encontraríamos nada. Establecer una ley natural es despejar una formula insignificante. Mientras menos signifique, más contentos nos ponemos. Por eso nos contenta tanto la culminación de la física einsteniana. Se equivocan si creen que las formulitas de Einstein que relaciónan la masa de inercia con una constante y algunos exponentes, tiene la menor significación. Son un puro significante. Y por eso, gracias a él tenemos el mundo en la palma de la mano.  La noción de que el significante significa algo, de que alguien se vale de ese significante para significar algo, se llama la Signatura rerum. Es el titulo de una obra de Jakob Boehme. Con lo cual quería decir que, en los fenómenos naturales, esta el susodicho Dios hablándonos en su lengua”. Jacques Lacan (1956)

Adriana Hidalgo Editora parece empeñada en que Giorgio Agamben no sea un autor desconocido entre los lectores hispanos.  Ya ha vertido al castellano El Reino y la Gloria, Infancia e historia, Estado de excepción, Profanaciones, Lo abiertoLa potencia del pensamiento. Ahora acaba de presentar Signatura rerum. Sobre el método, que editó el pasado año Bollati Boringhieri.

signatura rerum

Hasta que podamos acceder a sus páginas, Cecilia Macón lo reseña para La Nación. Dice, entre otras cosas:

(…)

El primer artículo, “¿Qué es un paradigma?”, no se limita a evocar los principios básicos del concepto de Kuhn, dedicado a los modelos o patrones aceptados por la ciencia establecida, sino que también muestra el modo en que se entrelaza, no sin fricciones, con la propuesta de Michel Foucault. Ideas clásicas del pensamiento de Agamben -el homo sacer , el estado de excepción y el campo de concentración- son justamente, según el propio filósofo, paradigmas, es decir: “Formas de conocimiento que no son ni inductivas ni deductivas, sino analógicas, moviéndose en la singularidad, y capaces de neutralizar la dicotomía entre lo general y lo particular”. El objetivo de sus paradigmas no es, entonces, devenir hipótesis sobre la modernidad a la caza de una causa, sino volver inteligibles fenómenos cuyo parentesco escapaba al historiador.

(…)

“Teoría de las signaturas”, el segundo de los artículos, no sólo es el más extenso y el que da título al volumen, sino también el más provocativo. Allí se evoca el noveno libro del tratado de Paracelso Sobre la naturaleza de las cosas donde se sostiene que todas las cosas llevan un signo que manifiesta y revela sus cualidades invisibles: “Nada es sin un signo -señala Paracelso- puesto que la naturaleza no deja salir nada de sí”. O: “No hay nada exterior que no sea anuncio de lo interno”. Allí están los sacramentos para demostrar la eficacia del signo. La teoría de las signaturas tuvo una gran influencia en las ciencias y en la magia renacentista y barroca hasta llegar a Leibniz y Kepler. Aun cuando desapareció durante el Iluminismo, se revitalizó en el siglo XX con los desarrollos de Aby Warburg, Benjamin, Sigmund Freud, Carlo Ginzburg y el concepto de actos de habla de John Austin y John Searle, donde el lenguaje parece limitar con la magia. Las signaturas orientan la eficacia del signo al mostrar que éste no existe puro: el signo significa porque lleva una signatura. Es en la moda donde Agamben encuentra un ejemplo clave de ese aspecto: por medio de un gesto del diseñador se introduce discontinuidad en el tiempo, se crea lo actual y lo inactual.

En el último y más breve de los textos, “Arqueología filosófica”, le toca el turno a ese concepto que está presente (como el de arqueología en el sentido que le da Foucault) a lo largo de todo el libro. Pensada como un a priori histórico, donde los saberes y los conocimientos encuentran su condición de posibilidad supone, como las signaturas, que “hablar es hacer algo y no simplemente expresar un pensamiento”. Agamben rastrea el concepto de arqueología en Immanuel Kant, Friedrich Nietzsche, Marcel Mauss y Benjamin para señalar cómo la experiencia histórica se ve transformada para constituirse en una vía de acceso al presente.

En cada página de Signatura rerum , el filósofo se encarga de mostrar, casi obsesivamente, la forma en que las representaciones -sean paradigmas, signaturas o epistemes- transforman de manera radical el mundo. Tras la lectura, resulta casi imposible no sólo defender la división tajante entre mundo y representación, sino también ignorar hasta qué punto el lenguaje o los modos en que concebimos el mundo y a nosotros mismos devienen actos políticos capaces de trastocarlo todo.

(…)

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Historia del cuerpo en todos sus estados

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 8, 2009

Por duodécima ocasión, del 8 al 11 de octubre,  tiene lugar la ya célebre fiesta titulada “Rendez-vous de l’histoire”, con innumerables debates, conferencias, exposiciones, proyecciones y una feria del libro dedicada a la historia. Dejando de lado la envidia (cochina), el motivo central es  en esta ocasión “Le corps dans tous ses états“.

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Pascal Ory, miembro de su consejo científico, dice  a este respecto que  el cuerpo es una idea nueva en la historia. Los historiadores, que de hecho se lo encuentran por doquier, se han acercado a este objeto con cautela, incluso con cierta vergüenza.  Pero ahora las cosas han cambiado. Los temas que anteriormente se consideraban anecdóticos se tratan hoy con mayor ambición, combinando varias perspectivas:  económica, política, cultural, sensibilidades.  Ahora es  legítimo estudiar históricamente la cocina o la moda, la sexualidad o el deporte, y se hace con la misma seriedad que al tratar cualquier otro objeto. Además, ya tenemos las primeras síntesis, como la publicación en 2005-2006  de la primera historia del cuerpo en francés, con gran éxito internacional (Histoire du corps, tres volúmenes editados para Seuil por Alain Corbin, Jean-Jacques Courtine y  Georges Vigarello).

Al situar  “el cuerpo en todas sus formas”  en su agenda, el Rendez-vous de Blois quiere  recordar que hay muchas maneras de hacer la historia del cuerpo humano. El cuerpo alimentado (de las prácticas alimentarias a la gastronomía) y el cuerpo tratado  (de las prácticas sanitarias a la medicina profesional) ponen las bases de un campo donde, además, lo material se une a lo simbólico.  El cuerpo que desea (la sexualidad y el erotismo) y el que alumbra  (del control de la natalidad al aborto) imponen su  presencia, más allá de toda censura. Pero el cuerpo es también el lugar de la expresión, de los gestos al adorno (perfumes, cabello, bronceado, tatuajes y otras perforaciones en el cuerpo). Eso exige plantearse históricamente la cuestión de la belleza –concepto muy relativo, tanto en el tiempo como en el espacio–, así como interrogarse acerca del lugar tan diferenciado que pudo desempeñar en sociedades cuyo sistema religioso situaba o no al cuerpo en primer plano (incluido, en el cristianismo, el Hijo de Dios). La sociedad toma el cuerpo y lo pone en movimiento de forma reglada,  como la danza, el deporte y, más generalmente, los proyectos de “educación física” de los pueblos desde tiempos antiguos. Pero también sabe ponerlo a prueba en las violencias del espacio doméstico, el trabajo o la guerra. Por último, el cuerpo, velado o descubierto, sufriente o glorioso, siempre ha sido objeto de representación artística y, por tanto, un medio de influencia sobre el espíritu. En fin, un objeto nuevo que, en el fondo, es “el tema más antiguo del mundo.”

***

La participación española se limita esta vez a un par de películas y a la mesa “De la construction de l’histoire à sa transmission”, en la que participa Rafael Valls Montes como redactor de la revista Didactica de las ciencias experimentales y sociales.

Entre las variadas actividades, por ejemplo, la sesión del sábado 10 de octubre titulada: “Historiens, pourquoi tant d’ego?”. Por supuesto, el objeto es la egohistoria.  A ver si alguien se anima!

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