Enzo Traverso: La Historia del Siglo XX de Eric Hobsbawm

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En el último número de la Revue des Livres, –como informábamos hace unos días–   Enzo Traverso escribe sobre Hobsbawm y su historia del siglo XX. El momento es el adecuado, porque se acaban de presentar en Francia otros dos volúmenes del historiador británico:   L’Empire, la démocratie, le terrorisme. Réflexions sur le XXIe siècle (André Versailles éditions / Le Monde diplomatique) y Marx et l’histoire (Demopolis), ambas ya vertidas al castellano con otros títulos (Guerra y paz en el siglo XXISobre la historia).

Recordemos el contexto. La  obra a la que se refiere Traverso se publicó en 1994 (Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991) y, como ha recordado su propio autor,   se tradujo de inmediato a las principales lenguas: alemán, español, portugués, italiano, chino, japonés y árabe. Al poco se trasladó también al ruso, polaco, checo, húngaro, rumano, esloveno, serbo-croata y albanés. Por lo demás, la recepción internacional fue magnífica. Por ejemplo:

Tony Judt, “Downhill All the Way”, NYRB, vol. 42, núm. 9, 25 de mayo de 1995; Stanley Hoffman, “From Catastrophe to Landsline”, The New York Times Book Review, 19 de febrero de 1995; Eugene Genovese, “The Squandered Century: Review of The Age of Extremes”, The New Republic,   17 de abril de 1995;   Edward Said, “Contra Mundum London Review of Books, 9 de marzo de 1995 (“Contra  Mundum: Sobre Eric Hobsbawm”, en  Reflexiones sobre el exilio: Ensayos literarios y culturales. Madrid, Debate, 2005, págs. 437-48).

Sin embargo, como el lector atento habrá podido observar,  hubo una excepción en esa vorágine de versiones, al menos hasta 1999:  la del francés. Y ello se salvó gracias a la conjunción de un editor belga con una revista combativa: L’Age des extrêmes. Le court XXe siècle, 1914-1991. Complexe-Le Monde diplomatique, Bruselas-París, 1999. Para explicarlo, Hobsbawm remitió  en su día a lo observado por Tony Judt en la revista Lingua franca: “Hace veinticinco años,  La historia del siglo XX se habría traducido en una semana. ¿Qué ocurrió? Parece que hubo tres factores que se conjugaron para impedirlo: el fortalecimiento de un antimarxismo agresivo entre los intelectuales franceses; las restricciones presupuestarias que afectan a la edición de las ciencias humanas  y, por último aunque  no menos importante, el rechazo o el miedo de la comunidad editorial a oponerse a estas tendencias” (“Chunnel Vision”, Lingua Franca, noviembre de 1997, págs. 22-24.).

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Vayamos ahora con Traverso. Empieza reconociendo que Hobsbawm es el historiador más notable que existe en la actualidad, y que tal notoriedad se ha acrecentado con su Historia del Siglo XX (1914-1991), porque ese volumen le ha permitido llegar a un público más vasto. Y ello a pesar de que no esconde sus simpatías por el comunismo ni su apego a una concepción de la historia de inspiración marxista.

En el caso francés, añade Traverso, ese éxito ha tardado algo más. El volumen citado (L’Âge des extrêmes) sólo se tradujo cinco años después de su aparición y gracias a la iniciativa de un editor belga (Complexe). En 1997, Pierre Nora explicaba en la revista Le Débat las razones por las que había desechado incluirlo en su colección de Gallimard: se trataba de una obra anacrónica e inspirada por una ideología trasnochada, de modo que no la veía como un producto rentable para la editorial (“Traduire: nécessité et dificultes”, núm. 93,   1997, págs. 93-95). Eran los tiempos de Furet (El pasado de una ilusión) y de Courtois (El libro negro del comunismo).

Para Pierre Nora : “Todos [los editores], mal que bien, están   obligados a tener en cuenta la situación intelectual e ideológica en la que se inscribe  su producción. Pero existen fundadas razones para creer que (…) [este] libro aparecería en un entorno histórico e intelectual poco favorable. De ahí la falta de entusiasmo a la hora de apostar por su  oportunidad  (…). Francia fue el país que más tiempo y más profundamente estuvo estalinizado, y la  descompresión, a su vez, ha acentuado la hostilidad contra todo aquello que, de cerca o de lejos, pueda recordar a la posición filosoviética o procomunista de antaño, incluido el marxismo más abierto. Aunque sea de forma distante, Eric Hobsbawm cultiva  este apego a la causa revolucionaria  como una cuestión de orgullo, con una fidelidad altanera, como una reacción a la moda imperante, pero en Francia, y en la actualidad,  cuesta digerirlo”.  Por supuesto, Hobsbawm lo vio de otro modo, y así lo expone en la introducción a la edición francesa de su volumen, recogida también en  Le Monde Diplomatique.

Enzo traverso nos dice que Hosbawm concibió su historia del siglo XX justo tras la caída del Muro. Fue de hecho uno de los primeros en interpretar ese acontecimiento como signo de un cambio que no sólo clausuraba la guerra fría, sino todo un siglo. De ahí la idea de un “corto” siglo XX, opuesto a un “largo” siglo XIX que discurría entre la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial. En ese sentido, si la guerra ha sido la auténtica matriz del XX, la revolución bolchevique y el comunismo son los elementos que lo perfilan.    El impacto de esa mirada es indiscutible, porque ofrece un giro en lo que es nuestra percepción del pasado, de modo que la idea de ese siglo “corto” ha entrado en la esfera pública, arraigándose incluso en el sentido común.

En cambio, la visión de un “largo” siglo XIX no era nueva, pues tanto Kart Polanyi como Arno J. Mayer la habían expuesto con anterioridad. En su caso,  Hobsbawm lo presenta como el teatro de una transformación mundial en la que Europa, gracias al auge del imperialismo, es a la vez centro y motor. Todas las corrientes políticas se identifican con su misión civilizadora y la idea de progreso deviene una creencia inquebrantable. De hecho, a juicio de Traverso, las mejores páginas de su Historia del Siglo XX están en el primer capítulo, cuando describe los inicios del siglo XX bajo un clima apocalíptico, que invierte literalmente todas las certezas de paz y prosperidad de la era anterior. La nueva centuria comienza como una “era de la catástrofe” (1914-1945), enmarcada por dos guerras destructivas y mortíferas. Desafiado por la revolución bolchevique, al capitalismo parece haberle llegado su hora, mientras que las instituciones liberales aparecen en descomposición, como vestigios de una era clausurada, frente al auge de los fascismos y las dictaduras militares. Tras tres décadas de cataclismos, se sigue una “edad dorada” (1945-1973) y “la debacle” (1973-1991), dos momentos distintos de una misma época, que coincide con la historia de la guerra fría.

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Traverso señala que esa periodización propuesta por el historiador británico es parte de la fuerza de su famosa tetralogía, pero que también muestra sus limitaciones. En primer lugar, sus divisiones cronológicas no son generalizables. Por ejemplo, vistas desde Asia, las grandes rupturas del siglo XX no coinciden con las de la historia europea. Esa edad dorada europea coincide en el caso chino con la revolución, la guerra civil, el gran salto adelante y la revolución cultural, lo cual no puede considerarse precisamente como una edad dorada. Sólo se podría aplicar al caso japonés. Por su parte, la era de la catástrofe se sitúa en América Latina entre principios de los setenta y fnales de los ochenta, con el predominio de sanguinarias dictaduras militares.

Aunque Hobsbawm rechaza toda actitud condescendiente y etnocéntrica con respecto a los países “atrasados y pobres”, postula su subalternidad como un truismo que evoca por momentos  la clásica tesis de Engels (de origen hegeliano) sobre los “pueblos sin historia”. A su juicio, esos países habrían conocido una dinámica “derivada, no original”.  Con un argumento semejante, Hobsbawm parece justificar el culto a la personalidad instaurado por Stalin en la URSS, considerando que era algo que se adaptaba bien a la población campesina, cuya mentalidad se correspondía con la de las plebes occidentales del siglo XI. Finalmente, su Historia del Siglo XX no percibe que la revuelta de los pueblos colonizados y su transformación en sujeto político en la escena mundial pueda ser un aspecto central de la historia de esa centuria.

Así pues, tenemos dos Hobsbawm. Por un lado, el historiador social que se interesa por rescatar a los de “abajo” y, por otro, el autor de las grandes síntesis históricas en las que las clases subalternas aparecen como una masa anónima. Eso explica que los representantes de los subaltern studies, sobre todo Ranajit Guha, le reprochen que trate a las luchas campesinas como esencialmente “prepolíticas”, a causa de su carácter “improvisado, arcaico y espontáneo”, y que sea incapaz de captar su dimensión profundamente política, aunque irreductible a los códigos ideológicos del mundo occidental. (Véase, por ejemplo la crítica de Jackie Assayag: “«Sur les échasses du temps». Histoire et anthropologie chez Eric J. Hobsbawm”).

Hobsbawm ha reconocido la aproximación eurocéntrica de su libro, afirmando que su intento de “representar un siglo complicado” no es incompatible con otras interpretaciones y otras periodizaciones. (Así lo expone en la conclusión al volumen editado por Silvio Pons, L’eta Degli Estremi: Discutendo Con Hobsbawm Del Secolo Breve. Roma, Carocci, 1998). Y, por supuesto, ejemplos no faltan, desde The Long Twentieh Century de Giovanni Arrighi a Imperio, de Michael Hardt y Toni Negri. En ese sentido, el último volumen de  Hobsbawm (Guerra y paz en el siglo XXI ) vuelve sobre la historia de los imperios para concluir que su tiempo ha concluido. A pesar de su imponente fuerza militar, los EE.UU. ya no pueden imponer su dominio sobre el resto del planeta. No son el núcleo de un nuevo orden mundial comparable a la Pax Britannica del siglo XIX, de manera que hemos entrado en “una forma profundamente inestable de desorden global tanto a escala internacional como en el interior de los Estados”.

El comunismo

El hilo rojo que atraviesa la Historia del Siglo XX (1994) es la trayectoria del comunismo y su comparación con El pasado de una ilusión (1995) es prácticamente inevitable. Hobsbawm jamás ha visto en Furet a un gran historiador y, en el fondo, lo tiene por un epígono del conservador Alfred Cobban. Así que su balance de la historia del comunismo es para Hobsbawm un “producto tardío de la época de la guerra fría” (“Histoire et illusion”, Le Débat, núm. 89, 1996, pág. 138).

Comparando ambos volúmenes, el politólogo noruego Torbjorn L. Knutsen los reduce a dos estructuras narrativas clásicas: la comedia y la tragedia (“Twentieth-century Stories“). Ambos cuentan  la misma historia, con idénticos actores, pero la distribución de roles y la tonalidad del relato son sensiblemente diferentes. El pasado de una ilusión respeta las reglas de la comedia: una familia liberal en perfecta armonía, pero cuya existencia se ve repentinamente perturbada por una serie de desafortunados imprevistos; por momentos, todo parece en tela de juicio, pero al final los malos son desenmascarados y la seducción totalitaria se desvanece; una vez desecho el equívoco, todo vuelve al orden y la comedia acaba con un happy end tranquilizador.  Para Furet, comunismo y fascismo han sido “episodios cortos, enmarcados por aquello que han querido destruir”: la democracia liberal.

Hobsbawn ha escrito una tragedia. La esperanza liberalizadora del comunismo atraviesa el siglo como un meteoro. Su objetivo no es la destrucción de la democracia, sino la instauración de la igualdad. La Revolución de Octubre transforma esta esperanza liberalizadora en “utopía concreta” que, encarnada en el estado soviético, conoce una ascensión inicial espectacular y luego un largo declive. Hobsbawm expone sus dudas: “la tragedia de la Revolución de Octubre es precisamente no haber podido producir más que un socialismo autoritario, implacable y brutal”. Pero el comunismo ha cumplido una función necesaria; su vocación era de sacrificio: “el resultado más perdurable de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era derrocar a escala mundial al capitalismo, fue el de salvar a su adversario, tanto en la guerra como en la paz, incitándolo tras la Segunda Guerra Mundial a reformarse por miedo”. Pero la victoria del capitalismo no incita al optimismo; más bien parece evocar en ángel de la historia de Benjamín, que ve el pasado como un montón de escombros.

Furet ha escrito una apología satisfecha del capitalismo liberal; Hobsbawm una apología melancólica del comunismo. Desde esta perspectiva, ambas son discutibles.

Hobsbawm compara el universalismo de la Revolución de Octubre con el de la Revolución Francesa. Describe su influencia y su difusión como la fuerza magnética de una “religión secular”. Él nunca ha sido un creyente ingenuo ni ciego de esta “religión secular”, pero sí un fiel discípulo. Fue uno de los escasos representantes de la historiografía marxista británica que no dejaron el Partido Comunista en 1956. Todavía en noviembre de 2006, Hobsbawm ofrecía una justificación de la represión soviética de Hungría en 1956 e incluso una apología de János Kádár (“Could it have been different?“). Sería la  dimensión consoladora de la que hablaba Perry Anderson (“The vanquished left: Eric Hobsbawm”, en  Spectrum. Londres, Verso, 2005, págs. 306-318).

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Barbarie

El siglo XX que pinta Hosbawn es en realidad un díptico cuya linea de separación viene marcada por la Segunda Guerra Mundial. Para él, se trata de una “guerra civil ideológica internacional” que enfrenta a dos ideologías, a dos visiones del mundo, a dos modelos de civilización. Es una oposición entre ilustrados y anti-ilustrados, entre la coalición que reúne  a las democracias occidentales y el comunismo soviético, por un lado, y el nazismo y sus aliados, por el otro. A diferencia de los filósofos de la escuela de Francfort, no ve que las raíces dela barbarie estén en la propia civilización europea. De ese modo, al presentar una antinomia absoluta entre civilización y barbarie, rechaza el concepto de totalitarismo. El pacto germano-soviético de no agresión del verano de 1939 no desvela la naturaleza de los firmantes, sino que es un paréntesis efímero,  oportunista y contranatura. La convergencia entre ambos es, pues,   superficial.

El recurso al concepto de “guerra civil” suscita inevitablemente otra comparación, en este caso con el historiador conservador Ernst Nolte. Un aroma de noltismo impregna la  Historia del Siglo XX, aunque se trate de un noltismo invertido. No hay ninguna convergencia ideológica ni ninguna complicidad, pero ambos parten de la misma constatación, la del enfrentamiento titánico entre nazismo y comunismo como momentum del siglo XX, para deducir de ello sendas lecturas simétricas y sustancialmente apologéticas del uno o del otro. Nolte reconoce los crímenes nazis, pero los interpreta como un exceso lamentable, una reacción legítima de autodefensa de la Alemania amenazada por los comunistas. Hobsbawm no niega los crímenes del estalinismo, pero los considera   inevitables, aunque lamentables, e inscritos en un contexto objetivo que no permitía otras alternativas. Dos sombras, pues, concluye Traverso: tras Nolte, la de Heidegger; tras Hobsbawm, la del Hegel que había justificado el terror jacobino, o quizá la de Alexandre Kojève, que había percibido en Stalin el “espíritu del mundo”.

Nacido en el corazón de la guerra civil europea, el comunismo de Hosbawm jamás ha sido libertario. En el fondo, siempre ha sido un hombre de orden, una especie de “comunista tory“.

Perspectiva braudeliana

En su autobiografía, Hosbawm  reconoce la influencia que sobre él ejerció la escuela de Annales. En Historia del Siglo XX, la centuria es observada con el telescopio, adoptando una aproximación braudeliana en la que la “larga duración” engulle al acontecimiento.  Pasa revista a los momentos capitales de un siglo de cataclismos como piezas de un todo, y rara vez capta su singularidad.  Pero se trata de una época marcada por rupturas repentinas e imprevistas, grandes giros irreductibles a sus “causas”, bifurcaciones que escapan a la lógica de la larga duración.

De hecho, han sido varios los críticos que han subrayado el silencio de Hobsbawm sobre Auschwitz y  Kolyma, dos nombres que ni siquiera figuran en el índice de su libro. Los campos de concentración y de exterminio desaparecen de su volumen. En el siglo de la violencia, las víctimas son reducidas a cantidades abstractas. De todos modos, esta indiferencia por el acontecimiento no sólo afecta a los campos nazis y al Gulag, sino también a otros momentos del siglo XX. Por ejemplo, Hobsbawm inscribe la toma del poder en  Alemania por parte de Hitler, en enero de 1933, simplemente como un elemento más dentro de la tendencia general que conforma el auge del fascismo en Europa. Y lo mismo se podría decir de mayo del 68, donde las apreciaciones de Hobsbawm parecen muy condicionadas por elementos de índole autobiográfica.

La adopción de una perspectiva de “larga duración” no es una novedad del último Hosbawm. Sin embargo, en su  Historia del Siglo XX, la larga duración no se inscribe en una visión teleológica dela historia. Su relación con la obra de Marx es crítica y abierta, no dogmática, rechazando lo que denomina marxismo “vulgar”. Hace algunas décadas, Hosbawm pensaba que la historia tenía una dirección y que ésta conducía hacia el socialismo. En su Historia del Siglo XX esta certidumbre ha desaparecido. Las últimas palabras del libro -un futuro de “tinieblas”- parece hacerse eco del diagnóstico de Max Weber, que en 1919 anunciaba “una noche polar, de una duración y de una oscuridad glaciales”. Hobsbawm registra el fracaso del socialismo real: “si la humanidad debe tener algún futuro,  no será prolongando el pasado o el presente”. Sobre el horizonte se divida una nueva catástrofe, pero los intentos que se hicieron en el pasado para cambiar el mundo han encallado. Hemos de cambiar la  trayectoria, pero carecemos de brújula. La inquietud de Hobsbawm, concluye Traverso, es la propia de nuestro tiempo.

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Como contrapartida, la posición de Hobsbawm:

1. Eric Hobsbawm Speaks on His New Memoir, una charla sobre sus memorias que tuvo lugar a principios de 2004 en la UCLA.

2. Eric Hobsbawm à l’âge des incertitudes, un  video que recoge una reciente entrevista de Sylvain Bourmeau para Mediapart.

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