Gabrielle M. Spiegel: la tarea del historiador

Cada año,  en el transcurso de la reunión que convoca a los historiadores americanos (AHA), se procede a sustituir al antiguo presidente, que es reemplazado por quien durante esa pasada anualidad ha formado parte de la junta directiva como “President-elect”.  Como ya hemos señalado aquí, en 2009 está al frente Laurel Thatcher Ulrich, que será sustituida por Barbara D. Metcalf . A su vez, en 2008 le correspondió el turno a Gabrielle M. Spiegel, quien como es preceptivo se dirigió a los asociados con una conferencia magistral que sirvió para cerrar su mandato. En su caso, el título escogido fue  “The Task of the Historian”.

La exposición de Spiegel no es nueva. De hecho, en buena medida es una reelaboración, en parte literal, de lo que le hemos podido leer en los últimos años: desde “Orations of the Dead/Silences of the Living: The sociology of linguistic turn” (The past as text. The Theory and Practice of Medieval Historiography. Johns Hopkins University Press, 1999),  hasta la introducción a Practicing History: New Directions in Historical Writing After the Linguistic Turn (Routledge, 2005), que fue traducida en la revista Ayer (62, 2006), pasando sobre todo por su más reciente “Revising the Past / Revisiting the Present: How Change Happens in Historiography”  (History and Theory, diciembre de 2007).

Así pues, Spiegel reproduce las ideas centrales de esos textos previos, las reformula en el contexto de los discursos de los anteriores presidentes de la AHA y aborda de paso  los retos futuros de la disciplina, con lo que hace  su particular incursión en el tema del pasado 123rd Annual Meeting:  “Globalizing Historiography”.

Como en los casos precedentes, el texto se publica de inmediato en  The American Historical Review.  Por lo demás, sepan que  en poco tiempo tendremos disponible una versión catalana que aparecerá publicada en la revista l’Espill. Por eso mismo, ahora sólo ofreceremos un resumen de lo dicho por Spiegel.

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Tradicionalmente,  el núcleo ético del compromiso  profesional de los historiadores ha sido la creencia en  que nuestra ardua, y a menudo tediosa, tarea   produce auténtico conocimiento sobre los  “otros” desaparecidos, un  conocimiento que hay que  reconocer que está conformado por los propios prejuicios y percepciones del  historiador, aunque  conserva  un cierto  grado de autonomía, en el sentido de que no podemos hacer que se ajuste totalmente a nuestra voluntad. Esta creencia fundadora en la  irreducible alteridad del pasado confería a la historia su función característica, que era recuperar ese pasado  en una aproximación tan cercana como fuera posible a “la manera en que realmente ocurrió” . En aras de preservar la autonomía del pasado,  el historiador practicaba la modestia como una suprema virtud ética, suspendiendo discretamente sus propias creencias, prejuicios y presupuestos.

Sin embargo, este tradicional entendimiento de la naturaleza, del fundamento  epistemológico, del valor de la verdad   y de los objetivos de la investigación histórica se enfrentaron a un reto significativo a partir de finales del decenio de 1960 y en la década siguiente  con el surgimiento de lo que vino a ser conocido como el “giro lingüístico”:  la creencia que el lenguaje  es el agente constitutivo de la conciencia humana y de la producción social de sentido, y de que nuestra aprehensión del mundo, tanto del pasado como del presente, nos llega sólo a través de la lente de las percepciones precodificadas del lenguaje.  Tal fue el “desafío semiótico” que tuvo que afrontar  la práctica de la historiografía con el auge de la lingüística estructural, continuado luego con la aparición  sucesiva del  estructuralismo, la semiótica y  el posestructuralismo, incluida la elaboración  de la deconstrucción.  Aunque nunca fue aceptado del todo en su amplia gama de pretensiones,  tuvo un impacto significativo en cómo los historiadores entendían sus tareas básicas y los procedimientos y el lenguaje con  que las realizaban.

Ahora bien, como observó recientemente Michael Roth, “más o menos durante la última década, se ha extendido el reconocimiento de que el giro lingüístico, que tantos avances ha generado  en las humanidades,  ha terminado”.   Sin embargo,  necesitamos alguna explicación de cómo y por qué ocurrió este cambio radical en la historia, lo que lo motivó, lo que rigió sus  ritmos de aceptación, difusión  y  disminución, y cuáles son sus implicaciones para nuestra práctica, incluso aunque sintamos que  el impacto del posestructuralismo y del posmodernismo en la historiografía actual esté disminuyendo.  Además, antes de abordar la cuestión de lo que  “causó” el surgimiento del giro lingüístico en  la historiografía, lo cual  en cierto sentido aún está por descubrir,   haríamos bien en considerar en qué consiste en general la práctica histórica.

Una de las características más significativas de la práctica contemporánea de la historia,  importante  para los aspectos que quiero tratar, se deriva de la paradoja central de la escritura histórica tal como es analizada por Michel de Certeau. Según de Certeau,   la historia moderna occidental empieza esencialmente  con una diferenciación decisiva entre el presente y el pasado. Al igual que la medicina moderna, cuyo nacimiento fue contemporáneo  de la historiografía, la práctica de la historia se hace posible sólo cuando un cuerpo muerto está abierto a la investigación, hecho legible de manera que se pueda traducir al ser escrito en el espacio del lenguaje.  Los historiadores deben trazar una línea entre lo que está muerto (pasado) y lo que no lo está, por lo que postulan la muerte como un hecho social total, en contraste con la tradición, que destaca como un cuerpo vivido de conocimientos tradicionales, transmitidos en los gestos, los hábitos, en memorias tácitas pero reales soportadas por  sociedades vivas.   En ese sentido, el principio básico de la historiografía moderna es la desaparición del pasado desde  el presente,  su paso de la visibilidad a la invisibilidad. La tarea del historiador se convierte, por tanto, en aquello que Hugo von Hofmannsthal  definió  como “la lectura lo que se nunca fue escrito”.  Es en este momento en el que el pasado es recatado, “no retornando a lo que una vez existió, sino más precisamente  transformándolo en algo que nunca fue,   siendo ‘leído como algo que nunca fue escrito´”. Desde esta perspectiva, la principal relación del historiador con el pasado es un compromiso con la ausencia.

Por otra parte, el hecho de que los historiadores deban construir sus objetos de investigación no significa, sin embargo, que estén necesariamente libres del pasado o que los resultados generados no sean más que postulados  ficticios. Los historiadores no pueden escapar de las estructuras previas que han sobrevivido ni  de un presente pasado que no cesa, una “inercia” que los tradicionalistas solían  llamar “continuidad.” Eso significa que,  en la historiografía contemporánea, el signo de la historia ha devenido menos lo real que lo inteligible, una inteligibilidad lograda  a través de la producción del discurso historiográfico de acuerdo con los principios narrativistas y, por tanto, siempre coqueteando con lo “ficticio” que es inherente a la operación narrativa. En este proceso, el “referente”  histórico  (o lo que solía llamarse lo “real”, la “verdad”, el “hecho”) no es tanto  olvidado como desplazado.  Ya no es algo “dado” de ese pasado lo que se ofrece a la mirada del historiador, pues el referente es algo constantemente re-creado en el movimiento recurrente entre pasado y presente, siempre cambiante,  al igual que esa misma relación es modificada en el presente.

Si reconocemos que la historia es el producto de representaciones mentales contemporáneas de un pasado ausente, que soportan fuertes cargas ideológicas y/o políticas  -y parece poco probable que cualquier historiador esté hoy en desacuerdo con eso, ya sea en términos de discurso, de posición social  o de cualquier otra cosa-, entonces parece lógico incluir entre los factores determinantes de la práctica histórica el del impacto de las  fuerzas psicológicas individuales a la hora de  codificar y descodificar las normas y discursos socialmente generados.  Al tratar de descubrir las posibles raíces psíquicas del giro lingüístico que ha desafiado nuestra comprensión de la historia, me gustaría empezar con lo que he argumentado en otros lugares sobre las raíces psíquicas del posestructuralismo, y la deconstrucción derrideana en particular,  que considero que han sido la  articulación básica de los principios fundamentales del posestructuralismo -y, por tanto, del giro lingüístico.

Creo que  podemos asegurar  legítimamente que el sello de la deconstrucción ha consistido en un nueva y profundamente contra-intuitiva comprensión de la relación entre el lenguaje y la realidad -contra-intuitiva en el sentido de que  la deconstrucción, al abordar esa relación, interpone tantas capas de mediación que lo que experimentamos  como “realidad” se ve como un artefacto socialmente  (es decir, lingüísticamente) constituido  o como “efecto” de los sistemas de lenguaje particulares en los que habitamos,  socavando así las teorías materialistas de la experiencia y las ideas de causalidad y de acción inherentes a ellas. Además,  la deconstrucción propone una inherente inestabilidad en el centro del lenguaje, pues  en última instancia sitúa la determinación del sentido  más allá de nuestro alcance.

Creo que  Derrida mezcló con la filosofía una psicología profundamente marcada por el Holocausto -marcada, pero no  parte de su campo de experiencia  dominante–,  en la que el Holocausto figura como el origen ausente que el propio Derrida se empeñó en teorizar. Se trata de argumentar que, viviendo en un momento cargado con la ineludible conciencia del Holocausto, Derrida surgió en la historia de la filosofía como un teórico del “juego”  lingüístico,   sinónimo al tiempo del “momento en que el lenguaje invadió la  problemática universal,  el momento en el que, en ausencia de un centro u origen, todo se convirtió en  discurso”.

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Derrida pertenecía tanto por nacimiento como por identificación autoconsciente  a esa “segunda generación” del mundo post-Holocausto,  en cuyo psiquismo se había inscrito de forma indeleble un acontecimiento en el que no participó, pero que constituye, no obstante, la narrativa subyacente de la vida de sus integrantes.   El  suyo era, en primer lugar y ante todo, un mundo de silencio, un “silencio “,  como la psicóloga francesa Nadine Fresco nos relata en su brillante evocación de la psicología de la segunda generación, que “absorbe el pasado, todo el pasado”.  Esta generación sólo recibió de sus padres,  en  palabras de  Erika Apfelbaum,  “un patrimonio en forma  de ausencias”. Y, como ha demostrado Ellen Fine,  vinculadas a la noción de ausencia   se repiten las evocaciones de vacío, de falta, del espacio en blanco, de intervalo y de  abismo. Es “la mémoire absente”, en las novelas de Henri Raczymow, o “la mémoire trouée”: hueca, fragmentada, rota.

Quizás lo más llamativo de todo  en la labor de estos escritores es su sentido de la absoluta inadecuación del lenguaje. “El mundo de Auschwitz”, según la conocida observación de George Steiner,  “se encuentra fuera del discurso, ya que se encuentra fuera de la razón”.  El lenguaje  “después de Auschwitz” es un lenguaje en un estado de severa  disminución y deterioro, y nadie ha sostenido con más fuerza que Steiner la corrupción -de hecho, la ruina–  del  lenguaje como consecuencia de la bestialidad política de nuestra era.  Y, sin embargo, para aquellos que vinieron después, no hay nada excepto el lenguaje.  Tanto para los que sobrevivieron como para los que vinieron después, el Holocausto parece exceder la capacidad de representación del lenguaje y, por tanto, hace sospechar de la capacidad de las palabras para transmitir la realidad. Y para la segunda generación, la cuestión no es ni siquiera cómo hablar, sino, más profundamente, si uno tiene derecho a hablar, una deslegitimation del propio hablante que, a su vez, cuestiona la autoridad, el privilegio de todo discurso. Lo cual, por supuesto, es precisamente lo que Derrida y la deconstrucción hacen al atacar  a logocentrismo.

No es difícil ver el paralelismo entre la psicología de esta “segunda generación” y los principios básicos del posestructuralismo: la sensación de la vida como un rastro, perseguido por una ausencia  presente;  su sentido de indeterminación;  la creencia en  la indecibilidad última del lenguaje  (su aporía, en el sentido de Derrida);  la aproximación transgresora al conocimiento y a la autoridad  y, tal vez más poderosamente, la convicción del carácter en última instancia  intransitivo, auto-reflexivo del lenguaje, que parece haber perdido su poder para representar nada fuera de sí mismo y, por tanto, haber perdido finalmente su capacidad  para significar. Es evidente también que el sentimiento de pérdida que subtiende esta psicología de la segunda generación no se limita a los individuos, ni a los Judios, sino que constituye  la forma en que toda una generación comprende  los destrozos de la historia mirando a la guerra y a las revelaciones de sus horrores.

En ese sentido,   es sorprendente que los líderes de la profesión histórica tomaran muy poca nota de los posibles efectos que la guerra y sus secuelas podían tener en la práctica de la historia. Cuando Europa luchaba por reconstruir su tejido social, la historia social reinaba suprema, un hecho señalado por el dominio de la historiografía annalista en todo el continente y en los Estados Unidos y, en general, por  el prestigio de la historia social en todas partes.

Fue entre  mediados de los años sesenta y mitad de la década siguiente, es decir, con la maduración de la segunda generación, cuando la psicología que he tratado de describir comienza a entrar en juego. La primera mención del término “posmoderno”  en un discurso presidencial de la AHA no aparece hasta 1978, con la conferencia de William J. Bouwsma  sobre   “El Renacimiento y el drama de la historia occidental“, que lo cita   sólo para confesar que ” estoy … desconcertado por la sugerencia de que ahora hemos entrado en una era ‘posmoderna´”. Una década más tarde, en 1989, David Harlan veía claramente en la aparición del posestructuralismo  una crisis epistemológica de los estudios históricos en las páginas de la American Historical Review.  En 1997, Joyce Appleby, en su discurso presidencial sobre el tema “El Poder de la Historia“, declaró sin ambages que el posestructuralismo y el giro lingüístico habían  creado una crisis epistemológica entre los historiadores y sus públicos y defendió un retorno equilibrado a la importancia de la historia social;  un regreso que reconociera  el poder de interpretación de las teorías posestructuralistas del discurso y de  lo que ella llamaba  “los códigos insinuantes del lenguaje”  y su fuerza conformadora  en la formación cultural del individuo y de la sociedad, aunque al mismo tiempo los historiadores deberían  comprender que la historia” tiene un elemento irreductible positivista” y que su poder se deriva de la persistencia del pasado en el presente,  obligándonos a  reconstruirlo.

Hoy, unos treinta años  más o menos después de la introducción del posestructuralismo y del “giro lingüístico”, hay un sentimiento creciente de insatisfacción con su versión demasiado sistemática del funcionamiento del lenguaje en el ámbito de cualquier propósito humano, incluso entre aquellos que están comprometidos con sus postulados fundamentales y sus puntos de vista. Como ha señalado William Sewell, se ha producido “una reacción generalizada en contra del concepto de cultura como un sistema de símbolos y significados, inclinándose más bien a creer que la cultura es una esfera de actividad práctica veteada por la acción voluntaria, las relaciones de poder, la lucha, la contradicción y el cambio”.

Visto el  descontento generado por el posestructuralismo y su modelo de lenguaje  como constituyente de la cultura y el comportamiento humanos, es justo decir que el “desafío semiótico” ha sido canalizado, absorbido  y -lo más importante- que las preocupaciones dominantes en  la escritura y el pensamiento históricos están siendo sometidas a un proceso de alteración, aunque sea difícil de precisar la dirección exacta en la que nos movemos y los modos y las metodologías en los que se enmarca la investigación y la escritura históricas.   Sin embargo, hemos de plantear la pregunta: ¿Adónde va la historia? Si como sostiene ahora Nancy Partner, hemos entrado efectivamente  en el período post-postmoderno, ¿qué incluye y qué estamos dejando atrás? ¿Qué sigue siendo pertinente y útil para las orientaciones  que es probable que tome la práctica historiográfica, y en qué medida nuestra comprensión de las fuerzas y condiciones que fomentaron inicialmente el giro  la lingüístico informa  estos acontecimientos? Como ella señala, es altamente improbable que podamos volver a un “realismo cuasi-científico, al empirismo ingenuo, o a cualquiera de los supuestos pre-posmodernos que informaban la escritura de la historia”.   Tampoco es probable que la mayoría de los historiadores respondan a la llamada a la “experiencia histórica sublime ” planteada recientemente por F.R. Ankersmit.

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Creo que podemos convenir que las preocupaciones históricas de la próxima generación serán muy diferentes, como suele suceder, especialmente en períodos de cambio rápido como los que hemos venido experimentando en las últimas décadas, sobre todo en el ámbito de la   tecnología y la expansión del capital global. Sin embargo, no veo  igualmente claro  que la ideas fundamentales del  posestructuralismo sean –o deban ser– descartadas tan fácilmente. Podemos y debemos seguir apreciando y utilizando lo que nos ha enseñado el posestructuralismo y  su fijación  de las complejas tensiones que configuran el mundo contemporáneo. La cuestión es determinar lo que queda de valioso en ese  legado.

Parece probable que, a medida que crece nuestra conciencia de la penetración del capitalismo global y de sus efectos sobre todas las formas de formación social, la escritura histórica estará cada vez más influida por los  problemas inherentes a este desarrollo,  impulsando por tanto nuevos objetos de investigación. Esto ya es evidente en la creciente preocupación por las cuestiones de la diáspora, la migración, la inmigración y el rápido desarrollo del campo de la historia transnacional, con su enfoque en lo que Françoise Lionnet ha denominado las  “culturas minoritarias”, que despliega una perspectiva global que hace hincapié en la  base híbrida  de las culturas globales en un mundo posmoderno y poscolonial.

Que el campo de “transnacionalismo” deba aparecer como  signo de este cambio en la conciencia, un campo en parte promovido por el movimiento de nuevos grupos de académicos en la profesión, no es algo inesperado y puede ser visto como uno de los determinantes sociales de la presente reorientación y revisión de la historiografía actual. Y puesto que la señal característica de estos nuevos campos de investigación es que conllevan el estudio de las discontinuidades en las experiencias de, y los desplazamientos de ubicación en,  las vidas de sus sujetos como resultado de la migración, el exilio, la guerra y otros fenómenos similares, tal vez también sea apropiado investigar las pérdidas experimentadas en los procesos de  migración,  exilio o diáspora.

Todavía más pertinente es la utilidad de ciertas miradas ofrecidas por el posestructuralismo para un campo en enorme expansión como el de los estudios sobre la diáspora,   concepto empleado para caracterizar las culturas de los desplazamientos en el sentido más amplio posible, como por ejemplo (tomando prestada la relación de James Clifford) las fronteras, los viajes, la criollización, la transculturación, la hibridación y los circuitos migratorios transnacionales. A estos podría añadirse el exilio, la expatriación, la poscolonialidad, la migración,  la globalidad y la transnacionalidad. El hilo común que recorre  estas diferentes caracterizaciones de la “diáspora” es el de las “identidades des-territorializadas”.  Según este punto de vista, la “des-territorialización”  se produce paradójicamentela cuando los pueblos de la diáspora se arraigan físicamente en sus “lugares de acogida”,  pero se niegan a (o se les niega) la asimilación, produciendo un sentimiento de doble pertenencia y una conciencia cultural que se resiste a situar la  identidad plenamente en un lugar u otro.  Al mismo tiempo, proporciona un marco analítico que permite a los estudiosos  hablar de estos procesos desde una perspectiva global,  independiente de la nación-estado como marco de discusión.

En ese sentido,  diría que los estudios sobre la diáspora, así como los campos relacionados de la historia del  transnacionalismo, la inmigración y la migración, están muy vinculados,  como en el caso del posestructuralismo, con la problemática del desplazamiento y de la memoria ausente o fracturada.  Es aquí donde veo la utilidad de continuar usando los conceptos posestructuralistas sobre  la fuerza constitutiva del lenguaje en la configuración de la identidad y en la relación entre el yo / sujeto y la experiencia. Ahora bien,  la nueva historiografía exigirá indudablemente una comprensión  revisada de la subjetividad.  Quizá en la senda de lo que Amanda Anderson ha llamado el “giro de la subjetividad post-posestructuralista”, con una comprensión  “posconventional”   de la identidad del sujeto y de su formación.

Lo anterior nos permite reformularnos determinadas maneras de mirar el pasado y plantea diversos interrogantes.  Si partimos de la múltiple pertenencia o de la ciudadanía plural, quizá tengamos que ver las fronteras nacionales como permeables y no necesariamente como algo  constitutivo de la identidad. ¿De dónde deriva la identidad social compartida si no es de la nación, de la sociedad  o del domicilio? Si somos a la vez ciudadanos del mundo y ciudadanos y sujetos de naciones concretas,  ¿cómo se negocian las contradicciones implícitas en esta forma de multilocalidad, tanto en el plano individual como en el colectivo?

Vivimos en un momento de gran inestabilidad e incertidumbre culturales. Como historiadores, luchamos por conocer al ausente y al otro, para reclamar un derecho a las palabras y a expresarnos.  Al igual que Derrida, estamos  tratando de escribir sobre el significado de lo dicho. De hecho, los instrumentos que desplegamos al hacer nuestro trabajo histórico no son totalmente evidentes.  Pero insisto, creo que la deconstrucción nos ha enseñado una cosa,  más poderosa que cualquier otra estrategia de lectura que yo conozca, y es a escuchar el silencio. Como historiadores del pasado, estamos constantemente comprometidos en atender, como ha escrito Paul Zumthor, “al el discurso de un otro  invisible  que nos habla desde un lecho de muerte,cuyaexacta ubicación nos es desconocida. Nos esforzamos para oír el eco de una voz que, en algún lugar, sondea, golpea contra el mundo del silencio, comienza de nuevo, sofocado como está”.  Nuestra tarea fundamental como historiadores,  diría que es hacer que esas  narrativas interiores fragmentadas  emerjan de sus silencios. En último instancia, cabría decir es el pasado no es sino algo que una vez fue existencia material y que ahora está silenciado, que sólo existe como signo y que como signo arrastra consigo cadenas  de interpretaciones que se ciernen sobre su presencia ausente  y que competen por poseer los vestigios, con el objetivo de imponer rastros de significación a los cuerpos de lo muerto.

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3 Respuestas a “Gabrielle M. Spiegel: la tarea del historiador

  1. quisiera saber cual es el tema resumido en un frase sobre el contenido del texto…y alguna opinión.
    ya q es un texto muy complicado, me gustaria saber tambien conclusiones.
    Un saludo

    • ¿Adónde va la historia? ¿Qué sigue siendo pertinente y útil para la práctica historiográfica, y qué queda del giro lingüístico?

      No me parece que su respuesta sea tan compleja si se conocen los debates recientes. El último párrrafo es muy claro, más allá de que Spiegel entienda que las próximas tendencias se moverán en uno u otro sentido.

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