Raymond Williams: ¿qué es la cultura?

En el último número de la New Left Review, Francis Mulhern vuelve sobre esta clásica pregunta revisando Cultura y Sociedad, la obra de Raymond Williams que cumplió hace poco  cincuenta años.  De hecho, el texto procede de la conferencia que impartió en noviembre pasado en la Raymond Williams Society de Londres.

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Hagamos un resumen de sus ideas centrales:

Mulhern empieza recordando otras retrospectivas anteriores, la más importante de las cuales tuvo lugar en los setenta. En aquellos años aparecieron dos libros influyentes. Por un lado, el estudio de Terry Eagleton (Criticism and Ideology. Londres 1976); por otro, las entrevistas concedidas a la New Left (Williams, Politics and Letters: Interviews with New Left Review. Londres, 1979).  Ambas obras subrayaban  la continuidad de Cultura y Sociedad con el linaje del criticismo cultural inglés, minimizando así  la continuidad con el marxismo que Williams había abrazado inicialmente y que más tarde abandonaría, un marxismo que reaparecía ahora con ropajes  insospechados. Esa dualidad quedaba fijada con el término  “Left-Leavisism”.

La  discusión en la década de los ochenta fue más compleja. Los compromisos políticos Williams eran ahora declaradamente revolucionarios, y el marxismo era el terreno por el que transitaba el el programa teórico del llamado materialismo cultural. Al mismo tiempo, su trabajo era cuestionado con investigaciones que reclamaban el papel central de la raza y  el racismo o el  de la mujer  en el centro de la teoría cultural y la política.  De hecho,  podría haber sido el decenio del olvido para  Cultura y Sociedad, pero Williams falleció en 1988. Eso dio lugar a que proliferaran los trabajos que lo estudiaban, pero en consonancia con los parámetros de la nueva situación. Cultura y Sociedad fue una obra ampliamente recordada, por supuesto, pero como monumento.

Después, en el umbral de la década, vino la  crisis final del bloque del Este y, en gran parte de Occidente, la renovación o  disolución de los partidos comunistas. En Inglaterra, eso coincidió con el ascenso del social-liberalismo, con un agotado Partido Laborista y con una larga temporada de perversa apología  de la cultura consumista. En esta coyuntura desesperada, Cultura y Sociedad mostró su cara más radical (como en verdad hizo el libro  contemporáneo  con el que a menudo se le hermana erróneamente, Uses of Literacy de Hoggart, de 1957).  El núcleo de la conclusión de  Williams -en relación con la intrínseca creatividad histórica del trabajo socializado–   tal vez nunca había parecido tan fríamente intransigente como  llegó a parecerlo  en la década de los noventa. Aquí y ahora, más allá del monumento, desde un mal momento previo,  se puede ver como  un “recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”, que diría  Benjamin.

Estas evocaciones de los últimos cuarenta y tantos años son una forma de decir, por ejemplo, que  Cultura y sociedad es un clásico -clásico en el sentido  que Frank Kermode le da al término.  Es decir, es un texto que permite diversas lecturas. O, para expresarlo de otro modo, es un texto evasivo,   que nunca está donde supones que está, ni donde, quizá, uno prefiere que esté, sea uno bienintencionado o se acerque con resentimiento.

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¿Qué tipo de trabajo es?, se pregunta Mulhern. Los traductores de Williams emitieron sus propios juicios. En algunos idiomas, como el catalán y el español, el título conserva su forma original, Cultura y sociedad. En italiano, el contexto histórico y el tipo de  libro pasan a primer plano: Cultura e rivoluzione industriale: Inghilterra 1780-1950. La edición alemana abandona el título original e introduce una idea bien diferente: Gesellschaftstheorie als Begriffsgeschichte, o “La teoría social como historia de las ideas”, con un subtítulo que reza:  “estudios sobre la semántica histórica de la cultura “. Éste es un impresionante ensayo en miniatura en lo referente a  especificación crítica , una contribución en sí misma. Y puede  que se lo debamos en parte a la circunstancia de que hubo una traducción que se le adelantó. Kultur und Gesellschaft fue el título con el que, en 1965, Herbert Marcuse reeditó sus escritos de la década de 1930, incluida una obra clásica de la teoría crítica de Frankfurt, “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”.  Algunos años más tarde, aparecía una recopilación en inglés, titulada Negations, que Williams reseñó para la revista de su Universidad, la Cambridge Review.  De este modo, escribió la primera, y probablemente la menos influyente, retrospectiva de su propia Cultura y sociedad.

Entre otras cosas, se refiere al interés particular del ensayo  “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”, del que dice que se corresponde muy estrechamente con un tema central de  Cultura y  sociedad,   así como que ambos son tratamientos  históricos  del mismo problema “,  aunque hechos desde países con diferentes  método  y  lenguaje. Williams  lo describe como “un maravilloso momento de la liberación intelectual”. Cita el resumen de Marcuse sobre la cultura afirmativa y declara:  “Ésa  es exactamente mi propia conclusión” sobre “el origen esencial y el funcionamiento de la idea de cultura, tal como se desarrolló en Inglaterra tras la Revolución Industrial, en un momento en que estábamos muy cerca, especialmente a través de Coleridge y Carlyle, del pensamiento alemán al que se refieren los argumentos de Marcuse”.  Y en eso, dice, con  aire de euforia, hay “un sentido de encuentro, después de una larga separación”.

Hay así una crítica compartida de lo que Williams  llama la idea de cultura como  formación discursiva central de la civilización burguesa.  Williams estuvo más inclinado  que  Marcuse en afirmar lo afirmativo, pues éste ejercía su dialéctica en la ecuación entre cultura liberal y fascista.  Este objetivo paralelismo entre el temprano Williams y la crítica de la cultura de la escuela de Frankfurt es históricamente específico, y no sólo el eco de una sociedad capitalista desarrollada a otra,  ni tan cronológicamente forzado como pudiera parecer. El ensayo de Marcuse es de 1937 y en la década siguiente aparecería la  Crítica cultural y sociedad de Adorno, poco antes de que se publicara el artículo liminal de Williams (“La idea de cultura”,  Essays in Criticism,  1953),  sin olvidar la deuda que tenían contraída con Lukács. De hecho,  entre los diversos pensadores que Williams invoca en su Marxismo y  literatura, el que mayores resonancias tiene con el tema central del libro es precisamente Lukács -y no el Lukács del realismo de la novela,   sino el autor de Historia y conciencia de clase, un precursor  compartido dentro del linaje post-romántico del pensamiento cultural marxista.

Luego vendrían las sucesivas relecturas, las del propio Williams y las de los demás. Aunque, para Mulhern hay un referente que ayuda a Williams superar el paso del tiempo, un referente que no deja de sorprendernos: Edmund Burke. Este autor aparece citado al principio de Cultura y Sociedad: “una nación no es sólo una idea de extensión local y de agrupación momentánea de individuos, sino una idea de continuidad que se extiende tanto en el tiempo como en los números y el espacio. Y esto no es la elección de un día ni de un grupo de gentes, ni de una decisión tumultuaria y precipitada; es una elección deliberada de las épocas y las generaciones; es una Constitución hecha por lo que es mil veces mejor que la elección por las peculiares circunstancias, ocasiones, temperamentos, disposiciones y hábitos morales, civiles y sociales del pueblo, que sólo se despliegan en un largo espacio del tiempo”. Nación, dice Mulhern, en el sentido de sociedad orgánica cuyo núcleo es la familia,  con una carga política que le hace ser plenamente actual.  Así, la nación,  la cultura,  se entendería como diferencia de costumbres (customary difference), un término que viene a ser la matriz de la que emergen las distintas variedades de crítica cultural (incluidos los estudios culturales). Por un lado, afirma un principio cultural normativo, al menos para el grupo al que identifica, y que puede llegar incluso a proclamarse universal.   Por otro, es algo popular, por su atractivo y los recursos que ofrece como defensa frente al otro en sus múltiples formas: modernidad, ateísmo, intolerancia, egoísmo, racismo, inmoralidad, materialismo americanización, etc.

Para  Williams, concluye Mulhern,  “la idea de  cultura es una reacción general a un cambio igualmente general  e  importante en las condiciones de nuestra vida en común”.  Ahí está  es su gran importancia histórica, pero también su insuficiencia. Una “reacción” es algo menos  deliberado que una “‘respuesta”, y no una categoría adecuada para clasificar el proceso de aprendizaje del que habla, como una etapa posterior del cambio. La idea de cultura es una revelación,  en el sentido en que  un síntoma psíquico se revela: insistente en su registro de un verdadero estado de cosas, pero no un simple ni  suficiente recuento de ello.  La idea de la cultura no es tanto lo que debe ser aprendido como la advertencia de que, no obstante, hay algo que aprender. Ese es el argumento más general del Williams clásico que, cincuenta años después, todavía nos reclama.

“Theory of culture is a deep response to a deep disturbance of the common life of exceptional complexity, but this is its relevance”  (citado por Dai Smith, Raymond Williams: A Warrior’s Tale. Cardigan, 2008, pág. 443.)

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