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Richard Florida: la recesión es la madre de las invenciones

Publicado por Anaclet Pons en febrero 27, 2009

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Sin duda, Richard Florida es uno de los conferenciantes y autores más afortunados del panorama intelectual americano. Creo recordar que incluso el presidente de nuestro gobierno sentía debilidad por sus argumentos, en la senda de construir una política social más creativa. En fin, un auténtico gurú sobre la creatividad. Catedrático de Política Pública de la George Mason University, profesor en la Rootman School of Management de Toronto, científico de la Gallup Organization y miembro de la Brookings Institution, es un optimista por naturaleza. La UIMP le dedicó un curso en el verano de 2007 y unos meses después, en enero de 2008, vino a Valencia para intervenir en la Primera Conferencia sobre Nueva Cultura Urbana.

Ahora, en tiempos críticos, su voz resuena esperanzadora en The Atlantic, donde escribe a propósito de How the Crash Will Reshape America, texto que viene acompañado de un interesante mapa y de una entrevista, con la que nos quedamos [pueden leer otra anterior, de 2007, ya traducida por la Harvard Deusto Business Review)

Sólo una pequeña aclaración. Este blog no suele recoger informaciones ajenas a la historia o sus aledaños, pero me ha parecido curiosa e interesante esta entrevista, que deja un regusto incierto. Por un lado, hay cosas sugerentes y, por otro, ideas que no lo son tanto. O que son polémicas. Pienso en Mike Davis y su planeta de ciudades miseria. Por supuesto, no deja de aparecer otra constante, el desconocimiento de lo que ocurre en otros lugares. Uno puede viajar, pero es un simple transeúnte, va de un no-lugar a otro no-lugar, de modo que estuvo en España, en Valencia, y no parece que tuviera ningún interés en aprender de lo que aquí ha ocurrido y de su lógica. ¿O sí? Desde luego, si nuestro presidente sigue sus planteamientos tiene un buen quebradero de cabeza.

Uno de los temas principales de su trabajo es cómo  muchos cambios económicos están relacionados con la creatividad y las ideas.

Creo que la crisis concentra y acentúa algunas tendencias de larga duración. Lo primero es ese concepto -inicialmente propuesto por la gente como Peter Drucker ya en la década de 1950- de que nuestras economías están regigas cada vez más por el conocimiento. Simplemente, lo que añado es que este tipo de idea sobre el capital humano proviene ahora de una característica humana más fundamental llamada creatividad. Las personas que participan en el trabajo creativo no sólo serán más felices y estarán más satisfechas, sino que relativamente añadirán más valor económico.

Pero esto parece contradecir otro de sus temas principales, el de que la creatividad florece sobre todo en zonas de alta densidad. En una economía que es alimentada por  ideas e información, ¿por qué tendría que importar la proximidad?

Bueno, combino esa primera perspectiva con la visión aportada  por la economía urbana. Paul Krugman ganó el Premio Nobel con algunas de estas ideas.

Y cita también a Ed  Glaesser

Sí, Ed Glaesser es la persona que  más y mejor ha investigado sobre este tema, aunque es un poco más joven. Ganará algunos premios. Pero mucho de esto se remonta a la gran Jane Jacobs, quien sostuvo que lo que realmente importa no es la acumulación de conocimientos o de creatividad, sino la concentración geográfica. Y a Robert Lucas, quien explicó que las zonas urbanas reunen y multiplican los esfuerzos humanos productivos.

Pero, como usted ha mencionado, tenemos este tipo de mitología según la cual, y de alguna manera, el auge de las nuevas tecnologías –tecnologías de la comunicación y el transporte, que reducen el tamaño del mundo- dispersará nuestra geografía. Siempre tenemos este tipo de idea romántica de que la tecnología nos liberará de la sucia, patológica, suburbial e insalubre ciudad,  con el propio mundo dispersándose.

Y ¿por qué no?

En un  texto anterior que escribí para Atlantic“The World is Spiky”,  traté ese mito. Hay dos tendencias en la economía mundial. Hay una gran tendencia al bajo coste, bastante estandarizada,   y ahí es donde la gente dice, “Oh Dios mio, el mundo es plano”. Pero hay también una tendencia que contraresta, a que las cosas se concentren -para sacar provecho de la fuerza  de la aglomeración y del capital humano. Así que lo que yo traté de argumentar es que la segunda tendencia es muy importante. Y ahora tenemos todo tipo de informes del Banco Mundial que hablan de cómo la productividad y el rendimiento son mucho más elevados en las zonas urbanas, incluso en las economías emergentes.

Lo que yo traté de hacer en ese artículo fue decir, “No creo que esta gran crisis –o grand reajuste, como me gusta llamarlo-  vaya a cambiar esta tendencia. De hecho, mi corazonada es que, cuando salgamos de esta crisis, nuestra geografía será más concentrada de lo que lo era antes.

Por lo tanto,  no tiene mucha esperanza en el teletrabajo

Creo que vamos a teletrabajar más. Creo que los problemas de congestión de las grandes ciudades y lo que yo llamo las grandes mega-regiones -el mejor ejemplo sería el corredor Boston/ Nueva York/Washington-  serán tan grandes que el coche ya no será el único modo dominante de transporte.

La gente va a tener que vivir más cerca del trabajo. Yo vivo en Toronto, donde se utilizan mucho las bicicletas y la gente camina. Desde luego, se usa el tren y el metro, así como el coche para viajes localizados. Sé que la sede de Atlantic  está en Washington, DC, que tiene un gran sistema de Metro. Está creciendo rápidamente, incluso durante la recesión. Pero las carreteras siguen estando muy congestionadas.

Entonces, ¿cómo aliviar la congestión del tráfico? Parte de ello va a implicar una mejor conexión por ferrocarril y metro -en Washington, hay todo el debate sobre la ampliación del Metro hasta Tyson’s Corner, Virginia. Pero creo que el teletrabajo será parte de eso. Ahora bien, presiento que en el futuro las relaciones laborales serán un poco diferentes, un poco más flexibles. Y las personas creativas marcharán a su  propio ritmo.

Al final de su texto, plantea una pregunta sobre las infraestructuras públicas. ¿Puede ampliarlo?

Bueno, en versiones anteriores del texto especulé salvajemente. Por razones de tiempo y de espacio…

Lo siento. Bueno, ahora tiene la oportunidad

Me preocupan, y creo que mucha gente está preocupada, las grandes inversiones públicas destinadas a rescatar  los restos de las industrias del pasado -como las automovilísticas,  que sólo prometen apoyar y resucitar una industria que muestra problemas de competencia internacional. Y por eso me gusta pensar en  un “gran reajuste” en lugar de una crisis. Lo que hacen las  crisis económicas es reajustar las condiciones para la innovación tecnológica, el consumo y la demanda.

Ahora bien, replanteando cambios en la infraestructura, en las reglas institucionales del juego y en la manera en cómo la gente y las industrias se organizan geográficamente. Lo que hacen es crear nuevos modelos de vida, nuevos patrones de trabajo, nuevos patrones de consumo y una nueva demanda. Así, por ejemplo, los ferrocarriles y los canales crearon  todo tipo de demandas de nuevas e innovadoras industrias y productos. La suburbanización generó una nueva demanda de automóviles, aparatos de televisión y bienes duraderos.

Así que es importante gastar dinero en tipos de proyectos y de infraestructura adecuados. El problema es -y creo que esto es muy importante para la administración Obama- que es difícil prever exactamente cómo será la configuración venidera de la gran infraestructura. Entonces,  me gustaría que la gente empezara a pensar y experimentar sobre ello –con inversiones en una serie de proyectos de infraestructura que tuvieran sentido de cara al futuro.

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¿Qué tipo de proyectos le gustaría ver en esa mixtura?

Aquí hay una o dos cosas que creo que podrían producir dividendos, además de la banda ancha y de Internet y de todo lo de la conectividad. Uno, creo que los Estados Unidos deben modernizar sus aeropuertos. Me explico: me reuní recientemente con una amiga austríaca en una conferencia en Moscú, y me dijo  -y era desgarrador: “Sabes, cuando vuelo desde Pekín o Shanghai a los Estados Unidos, me recuerda a cuando era una niña y regresaba de Europa Oriental a Europa Occidental debido a la mala infraestructura”.  Obviamente, los aeropuertos internacionales y la conectividad internacional global son realmente claves para una economía global. Tenemos que hacer que nuestros aeropuertos -el Dulles, por ejemplo- estén preparados para el siglo XXI.

En segundo lugar, la conexión por ferrocarril en las mega-regiones. Existen trenes rápidos a lo largo del corredor Boston/Nueva York/Washington   que han permitido que Washington sea, en efecto,  un conmutador del gran Nueva York. Pero ¿qué pasa con Detroit? Si estuviera mejor conectada con Chicago, la situación de Detroit sería más razonable. O Pittsburgh. Si Pittsburgh estuviera mejor conectada con Chicago o incluso con Washington DC -es sólo a cuatro horas en coche-  podría estimular su crecimiento.

Creo que es tirar el  dinero gastar en construir carreteras que tengan mayor capacidad. Sin embargo, sería conveniente hacerlas más inteligentes, hacerlas de pago  e introducir algunos pequeños cambios en la regulación de su construcción  y en los códigos de zonificación. Tomemos el caso de Arlington, con el que supongo que estará familiarizado .

Casi puedo tirar una piedra a Arlington, desde la oficina de  Atlantic.

Bien, se lo consideraba un viejo,  declinante y  desesperado suburbio. Pero con la llegada del metro, además de los cambios en los códigos de construcción y zonificación, lo que permitió la densificación, Arlington  ha crecido y han florecido los negocios. Así que creo que esas son las cosas que tenemos que pensar. Y tenemos que darnos cuenta de que nuestra geografía va a ser un poco diferente, va a estar un poco más concentrada. Y odio decir esto, pero habrá ganadores y perdedores. Y el objetivo no es siempre revivir a los perdedores. Creo que  salir de la crisis significa no sólo asegurarse de que los ganadores tienen ventaja competitiva, sino también permitir que la gente tenga la oportunidad de ajustarse.

También me parece que el énfasis en la propiedad de la vivienda que tenemos en los Estados Unidos es hoy contraproducente. Uno de los impulsores de nuestro crecimiento han sido nuestras ciudades, pero también  nuestra increíble movilidad de la mano de obra -40 millones de estadounidenses cambian de residencia cada año. Eso se ha paralizado, según el Pew Center. Ahora tenemos el nivel más bajo de movilidad desde que empezamos a medirla.

Entonces, ¿qué piensa usted de que el gobierno garantice, posiblemente, las hipotecas? ¿Hay que desalentar la propiedad de la vivienda y fomentar el alquiler? ¿Y con qué medidas de estímulo lo vamos a conseguir?

Bueno, no creo que un plan de rescate de la vivienda sea una buena idea. Si nos fijamos en las investigaciones más recientes, alrededor del 50 por ciento de los propietarios de casas que pudieron renegociar sus préstamos morosos, en última instancia  no pudieron pagarlos. Por tanto, en la mitad de los casos, su “rescate”, por así decirlo, no funcionó. Y el precio de los activos, el precio de la vivienda, tiene que reajustarse, no se puede mantener alto para siempre.

Así es como lo veo a largo plazo. Creo que fue Herbert Hoover, quien dijo algo así como “un pollo en cada olla y un automóvil en cada garaje,” y creo que una manera de traducirlo  es decir, “los pollos y los coches son más asequibles”.  Si estamos por el crecimiento de  las industrias del futuro -planteando, por ejemplo, si son mejores las industrias sanitatrias que alargan nuestras vidas  o industriasmás experimentales como las de la información y el edu-tainment- también vamos a tener que reducir el coste del paquete básico de bienes que está en el centro de la producción en masa.

Bueno, y ¿qué hacemos con la vivienda?

Como dice Paul Romer, “es terrible desperdiciar una crisis”.  Y creo que vamos a tener que averiguar la manera de no reactivar los precios de la vivienda, de hacer la vivienda más asequible. Me parece que quizá la gente no debería gastar más del 20 por ciento de sus ingresos en la vivienda y otros bienes duraderos relacionados. ¿Cómo vamos a crecer si las personas se ven obligadas a dedicar la mayor parte de sus ingresos a un producto que no está  contribuyendo realmente al crecimiento económico? Y pensar cómo cambiar a la vivienda de alquiler podría ser parte de esa conversación.

He visitado Miami este invierno. Miras alrededor de Miami y ves torres y torres de apartamentos, con viviendas totalmente equipadas que no están siendo utilizadas. Bueno, ¿cómo podemos revertir eso? Tal vez haciéndolas de alquiler y suministrando viviendas más asequibles para la gente. Y hacer algo con las ejecuciones hipotecarias   -en lugar de preguntar a las personas si quieren refinanciar sus casas detrayendo hasta el 38 por ciento de sus ingresos, ¿por qué no pedimos al gobierno o algún intermediario que se encargue de ellas y las alquile?

Usted hace una defensa de la liberalización del mercado de trabajo mediante el fomento de alquiler. Pero hay mucha mitología en torno a la idea de la propiedad de la vivienda -se reduce la delincuencia,  “inculca una ética del ahorro.” Entiendo que no comparte esos argumentos.

Bueno, he de decir que soy propietario.

¿Por qué?

Cuando era docente en la Carnegie Mellon pude alquilar una vivienda unifamiliar. De hecho, había un pequeño patio con piscina que otro miembro de la facultad había excavado a mano 40 años antes. Cuando me mudé a Toronto, me compré una casa, y la razón es que no pude encontrar la vivienda  de alquiler que quería. Mark Thoma dice que la razón por la que le gusta comprar una casa es porque puede pintar las paredes, cambiar el suelo  o poner la estufa o el refrigerador que le gusta. Y creo que ésa es en buena medida la razón por la que  las personas son propietarias de sus viviendas -las pueden hacer suyas.

Pero cuando hablo con la gente joven, siento que las actitudes están cambiando. Muchos de ellos dicen que escogen en concreto  la Universidad de Toronto porque pueden vivir en una ciudad donde pueden alquilar una gran vivienda y no tienen que comprar un coche. Así que creo que las actitudes están cambiando, y creo que no hay acuerdo sobre los efectos positivos de la propiedad de la vivienda. Creo que hay algunos, pero realmente según las investigaciones más recientes….

Bueno, usted ha mencionado en su artículo que los propietarios no son más felices que los inquilinos. Eso es muy interesante.

Los propietarios son un poco más infelices que los inquilinos. Y una cuidadosa investigación sobre las características socioeconómicas, demográficas y económicas de las personas  pondría en entredicho la idea de que la propiedad produce menores tasas de delincuencia y mayor estabilidad social. Estos beneficios pueden estar correlacionadas con las características de las viviendas, no con la propiedad real de las casas.

Dicho esto, creo que todos podemos pensar en un nuevo tipo de viviendas de alquiler. Estoy imaginando grandes proveedores de viviendas de alquiler -el equivalente de lo que son los principales constructores de hoy-  que construirían viviendas multifamiliares a gran escala. Esos tipos pueden ser muy elegantes, hay una serie  de comunidades que son muy modernistas, entre ellas un desarrollo llamado Aqua en Miami Beach. Y los promotores tendrían unidades disponibles con una gran variedad de precios. Algunas podrían ser relativamente caras y otras podrían ser relativamente asequibles. Y usted puede diseñar su propia unidad, dependiendo de la cantidad que quiera gastar. Usted puede comprometerse con un alquiler a tres o cuatro años de y puede cambiar el suelo,   la cocina,  los cuartos de baño y los accesorios que le gusten.

El otro enfoque que estoy imaginando sería como lo del tiempo compartido, pero aplicado a la propiedad de la vivienda, donde compras una participación en una casa, la prestación de un servicio. Digamos que vivimos en el Distrito de Columbia, pero nuestra oficina se traslada a Bethesda o Tyson’s Corner. Ponemos un anuncio -90 días o seis meses- y cuando haya  una unidad  en Bethesda o Tyson’s Corner, nos podemos trasladar allí, por lo que podemos ir a trabajar en bici o caminando.

¿Cuál es el punto final de este proceso? ¿Estados Unidos convertido en un gran erial de granjas, gobernadas por robots maníacos, con estos gigantes y creativos centros urbanos dispersos por los bordes?

Tiendo a ser optimista. Si nos fijamos en anteriores crisis -como la de  finales del siglo XIX y la de  la Gran Depresión-  tienden a durar cerca de 20 años de principio a fin. Pero lo más importante es que fueron períodos de gran innovación tecnológica,   períodos en los que nuestra geografía económica cambió por completo.

Claro, creo que habrá lugares que serán claros perdedores. Y creo que partes de nuestra geografía quedarán vacías. Pero no creo que la visión deba ser distópica. Creo que esos ajustes pueden ocurrir de manera que todos estén en mejor situación. ¿Quién iba a pensar hace 150 años, cuando más del 50 por ciento de los estadounidenses  trabajaba en el sector agrícola, que esas personas podrían ser absorbidas y tendrían mayores ingresos y vivirían vidas más productivas y prósperas en las ciudades? Creo que hoy se da el mismo tipo de fenómeno. Presiento que tenemos el conocimiento suficiente para construir ciudades más densas y megaregiones, con una mayor preservación de los espacios naturales y siendo más ecológicos, una nación más sostenible en todos los sentidos.

Esto puede ocurrir si nos ponemos a pensar. Sólo tenemos que entender que nuestro desarrollo urbano, nuestro patrón geográfico es lo que realmente establece las condiciones para el crecimiento. No se trata sólo de  investigación,  desarrollo, creación de empresas, nuevas tecnologías y planes de estímulo. La cosa va  realmente  de la naturaleza geográfica de nuestro proceso de desarrollo económico, y creo que tenemos que prestar atención a eso. Si tomamos como principio que lo que realmente tenemos que hacer es invertir en la creatividad de todos y cada uno -y que la gente tenga derecho a expresar sus talentos creativos en la manera que les resulte interesante y pertinente–,  entonces creo que el resultado final será una futuro mejor del que de otro modo habríamos tenido.

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Umberto Eco: elogio del libro en la era del soporte digital

Publicado por Anaclet Pons en febrero 25, 2009

En efecto, el semiólogo italiano Umberto Eco hace un encendido elogio del libro en las páginas de l’Espresso, donde tiene reservada una cita periódica que titula “La Bustina de Minerva”.  En esta ocasión,  nos advierte con su habitual perspicacia sobre la fragilidad de los nuevos soportes digitales:

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“El pasado domingo fue el  último día de un curso para libreros que lleva el nombre de  Umberto y Elisabetta Mauri. Tuvo lugar en Venecia y se habló (entre otras cosas) sobre la labilidad de los soportes de la información. Soportes lo han sido la estelas de Egipto, la tableta de arcilla, el papiro, el pergamino y, por supuesto, el libro impreso. Este último ha demostrado su capacidad para sobrevivir quinientos años, pero sólo si se trata de libros hechos con pasta de trapos. Desde mediados del siglo XIX se impuso el papel procedente de la madera, y parece que  tiene una duración  máxima de setenta años (y, de hecho, basta coger periódicos o libros de la posguerra para ver que la mayoría se deshacen en cuanto se los hojea). Así que periódicamente se convocan reuniones y se estudian diversos medios para salvaguardar la multitud de libros que albergan nuestras bibliotecas, y uno de los más populares (pero casi imposible de aplicar a todos y cada uno de los  libros existentes) es escanear sus páginas y pasarlas a soporte electrónico.

Pero aquí se presenta otro problema: todos los soportes para transportar y  almacenar  información, de la foto a la película, del disco a la memoria USB que usamos en nuestros ordenadores, son más perecederos que el propio libro. De algunos ya lo sabíamos:  en las antiguas cassettes las cintas se enredaban con el uso, así que las teníamos que desenredar metiendo un lápiz en el agujero, aunque a menudo sin éxito; las de vídeo perdían fácilmente el color y la definición, y si se utilizaban demasiado  tiempo para estudiar su contenido, haciéndolas avanzar y retroceder varias veces,  se malograban pronto. Y aunque hemos tenido tiempo suficiente para darnos cuenta de lo que podía durar un disco de vinilo si no lo frotábamos demasiado, no lo hemos tenido para comprobar cuánto duraba un CD-rom, porque siendo aclamado como el invento que vendría a sustituir al libro ya ha sido retirado del mercado, pues  podemos acceder en línea a ese mismo contenido  y con costes más baratos. No sabemos cuánto durará una película en DVD, sólo sabemos que empieza a hacer extraños  cuando la hemos puesto muchas veces. Casi no hemos tenido tiempo para ver cuánto podían durar los discos flexibles que usábamos en el ordenador: antes de que lo pudiéramos descubrir ya fueron sustituidos por los disquetes rígidos,  y éstos por los discos regrabables, reemplazados a su vez por la memoria USB. Con la desaparición de los distintos soportes han desaparecido incluso las computadoras que los podían leer (creo que ya nadie tiene en su casa un equipo en el que haya una ranura para un disquete flexible) y si uno no ha transferido en su  momento al nuevo soporte lo que tenía guardado en el anterior   (y así sucesivamente, para siempre, cada dos o tres años) lo ha perdido irremediablemente (a menos que uno tenga en el sótano  una docena de viejos ordenadores, uno para cada uno de los soportes desaparecidos).

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Por tanto, de todos los medios mecánicos, eléctricos y electrónicos,  o bien sabemos que son rápidamente perecederos  o bien no sabemos todavía cuánto durarán,  y probablemente nunca lo sepamos.

En fin, basta una simple alteración de la tensión eléctrica, un  relámpago en el jardín o cualquier otro incidente mucho más banal para arruinar una memoria. Si hubiera un apagón que durara lo suficiente ya no podríamos usar ninguna memoria electrónica. Si hubiese guardado el Don Quijote en mi memoria electrónica, no lo podría leer a la luz de una vela, ni en una hamaca, ni en un barco, ni en el baño, ni en el columpio, mientras que un libro me permite hacerlo incluso en las condiciones más adversas. Y si el ordenador  o el e-book me caen desde un quinto piso puedo estar matemáticamente seguro de haberlo perdido todo, mientras que si me cae un libro como mucho se desencuadernará.

Los soportes modernos parecen atender más a la difusión de la información que a su preservación. El libro ha sido un insigne instrumento de difusión (pensemos en el papel desempeñado por la Biblia impresa para la Reforma protestante), pero también de conservación. Es posible que en unos pocos siglos la única forma de acceder a las noticias sobre el pasado, cuando todos los soportes electrónicos hayan perdido sus propiedades magnéticas, siga siendo un bello incunable.    Y entre los modernos libros, sobrevivirán muchos de los que están hechos con buen papel,  o los que están siendo ofrecidos por muchos editores en “free acid paper”.

No soy un anticuado. Tengo un disco duro portátil de 250 GB en el que he cargado las mayores obras maestras de la literatura universal y de la historia de la filosofía;   es mucho más cómodo recuperar de allí en unos segundos una cita de Dante o de la «Summa Theologica» que tener que levantarse y andar para coger un volumen pesado de una estantería demasiado alta. Pero me alegro de que esos libros estén en mis estantes, pues son una garantía de la memoria para cuando los instrumentos electrónicos hagan tilt”.

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Raymond Williams: ¿qué es la cultura?

Publicado por Anaclet Pons en febrero 23, 2009

En el último número de la New Left Review, Francis Mulhern vuelve sobre esta clásica pregunta revisando Cultura y Sociedad, la obra de Raymond Williams que cumplió hace poco  cincuenta años.  De hecho, el texto procede de la conferencia que impartió en noviembre pasado en la Raymond Williams Society de Londres.

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Hagamos un resumen de sus ideas centrales:

Mulhern empieza recordando otras retrospectivas anteriores, la más importante de las cuales tuvo lugar en los setenta. En aquellos años aparecieron dos libros influyentes. Por un lado, el estudio de Terry Eagleton (Criticism and Ideology. Londres 1976); por otro, las entrevistas concedidas a la New Left (Williams, Politics and Letters: Interviews with New Left Review. Londres, 1979).  Ambas obras subrayaban  la continuidad de Cultura y Sociedad con el linaje del criticismo cultural inglés, minimizando así  la continuidad con el marxismo que Williams había abrazado inicialmente y que más tarde abandonaría, un marxismo que reaparecía ahora con ropajes  insospechados. Esa dualidad quedaba fijada con el término  “Left-Leavisism”.

La  discusión en la década de los ochenta fue más compleja. Los compromisos políticos Williams eran ahora declaradamente revolucionarios, y el marxismo era el terreno por el que transitaba el el programa teórico del llamado materialismo cultural. Al mismo tiempo, su trabajo era cuestionado con investigaciones que reclamaban el papel central de la raza y  el racismo o el  de la mujer  en el centro de la teoría cultural y la política.  De hecho,  podría haber sido el decenio del olvido para  Cultura y Sociedad, pero Williams falleció en 1988. Eso dio lugar a que proliferaran los trabajos que lo estudiaban, pero en consonancia con los parámetros de la nueva situación. Cultura y Sociedad fue una obra ampliamente recordada, por supuesto, pero como monumento.

Después, en el umbral de la década, vino la  crisis final del bloque del Este y, en gran parte de Occidente, la renovación o  disolución de los partidos comunistas. En Inglaterra, eso coincidió con el ascenso del social-liberalismo, con un agotado Partido Laborista y con una larga temporada de perversa apología  de la cultura consumista. En esta coyuntura desesperada, Cultura y Sociedad mostró su cara más radical (como en verdad hizo el libro  contemporáneo  con el que a menudo se le hermana erróneamente, Uses of Literacy de Hoggart, de 1957).  El núcleo de la conclusión de  Williams -en relación con la intrínseca creatividad histórica del trabajo socializado–   tal vez nunca había parecido tan fríamente intransigente como  llegó a parecerlo  en la década de los noventa. Aquí y ahora, más allá del monumento, desde un mal momento previo,  se puede ver como  un “recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”, que diría  Benjamin.

Estas evocaciones de los últimos cuarenta y tantos años son una forma de decir, por ejemplo, que  Cultura y sociedad es un clásico -clásico en el sentido  que Frank Kermode le da al término.  Es decir, es un texto que permite diversas lecturas. O, para expresarlo de otro modo, es un texto evasivo,   que nunca está donde supones que está, ni donde, quizá, uno prefiere que esté, sea uno bienintencionado o se acerque con resentimiento.

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¿Qué tipo de trabajo es?, se pregunta Mulhern. Los traductores de Williams emitieron sus propios juicios. En algunos idiomas, como el catalán y el español, el título conserva su forma original, Cultura y sociedad. En italiano, el contexto histórico y el tipo de  libro pasan a primer plano: Cultura e rivoluzione industriale: Inghilterra 1780-1950. La edición alemana abandona el título original e introduce una idea bien diferente: Gesellschaftstheorie als Begriffsgeschichte, o “La teoría social como historia de las ideas”, con un subtítulo que reza:  “estudios sobre la semántica histórica de la cultura “. Éste es un impresionante ensayo en miniatura en lo referente a  especificación crítica , una contribución en sí misma. Y puede  que se lo debamos en parte a la circunstancia de que hubo una traducción que se le adelantó. Kultur und Gesellschaft fue el título con el que, en 1965, Herbert Marcuse reeditó sus escritos de la década de 1930, incluida una obra clásica de la teoría crítica de Frankfurt, “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”.  Algunos años más tarde, aparecía una recopilación en inglés, titulada Negations, que Williams reseñó para la revista de su Universidad, la Cambridge Review.  De este modo, escribió la primera, y probablemente la menos influyente, retrospectiva de su propia Cultura y sociedad.

Entre otras cosas, se refiere al interés particular del ensayo  “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”, del que dice que se corresponde muy estrechamente con un tema central de  Cultura y  sociedad,   así como que ambos son tratamientos  históricos  del mismo problema “,  aunque hechos desde países con diferentes  método  y  lenguaje. Williams  lo describe como “un maravilloso momento de la liberación intelectual”. Cita el resumen de Marcuse sobre la cultura afirmativa y declara:  “Ésa  es exactamente mi propia conclusión” sobre “el origen esencial y el funcionamiento de la idea de cultura, tal como se desarrolló en Inglaterra tras la Revolución Industrial, en un momento en que estábamos muy cerca, especialmente a través de Coleridge y Carlyle, del pensamiento alemán al que se refieren los argumentos de Marcuse”.  Y en eso, dice, con  aire de euforia, hay “un sentido de encuentro, después de una larga separación”.

Hay así una crítica compartida de lo que Williams  llama la idea de cultura como  formación discursiva central de la civilización burguesa.  Williams estuvo más inclinado  que  Marcuse en afirmar lo afirmativo, pues éste ejercía su dialéctica en la ecuación entre cultura liberal y fascista.  Este objetivo paralelismo entre el temprano Williams y la crítica de la cultura de la escuela de Frankfurt es históricamente específico, y no sólo el eco de una sociedad capitalista desarrollada a otra,  ni tan cronológicamente forzado como pudiera parecer. El ensayo de Marcuse es de 1937 y en la década siguiente aparecería la  Crítica cultural y sociedad de Adorno, poco antes de que se publicara el artículo liminal de Williams (“La idea de cultura”,  Essays in Criticism,  1953),  sin olvidar la deuda que tenían contraída con Lukács. De hecho,  entre los diversos pensadores que Williams invoca en su Marxismo y  literatura, el que mayores resonancias tiene con el tema central del libro es precisamente Lukács -y no el Lukács del realismo de la novela,   sino el autor de Historia y conciencia de clase, un precursor  compartido dentro del linaje post-romántico del pensamiento cultural marxista.

Luego vendrían las sucesivas relecturas, las del propio Williams y las de los demás. Aunque, para Mulhern hay un referente que ayuda a Williams superar el paso del tiempo, un referente que no deja de sorprendernos: Edmund Burke. Este autor aparece citado al principio de Cultura y Sociedad: “una nación no es sólo una idea de extensión local y de agrupación momentánea de individuos, sino una idea de continuidad que se extiende tanto en el tiempo como en los números y el espacio. Y esto no es la elección de un día ni de un grupo de gentes, ni de una decisión tumultuaria y precipitada; es una elección deliberada de las épocas y las generaciones; es una Constitución hecha por lo que es mil veces mejor que la elección por las peculiares circunstancias, ocasiones, temperamentos, disposiciones y hábitos morales, civiles y sociales del pueblo, que sólo se despliegan en un largo espacio del tiempo”. Nación, dice Mulhern, en el sentido de sociedad orgánica cuyo núcleo es la familia,  con una carga política que le hace ser plenamente actual.  Así, la nación,  la cultura,  se entendería como diferencia de costumbres (customary difference), un término que viene a ser la matriz de la que emergen las distintas variedades de crítica cultural (incluidos los estudios culturales). Por un lado, afirma un principio cultural normativo, al menos para el grupo al que identifica, y que puede llegar incluso a proclamarse universal.   Por otro, es algo popular, por su atractivo y los recursos que ofrece como defensa frente al otro en sus múltiples formas: modernidad, ateísmo, intolerancia, egoísmo, racismo, inmoralidad, materialismo americanización, etc.

Para  Williams, concluye Mulhern,  “la idea de  cultura es una reacción general a un cambio igualmente general  e  importante en las condiciones de nuestra vida en común”.  Ahí está  es su gran importancia histórica, pero también su insuficiencia. Una “reacción” es algo menos  deliberado que una “‘respuesta”, y no una categoría adecuada para clasificar el proceso de aprendizaje del que habla, como una etapa posterior del cambio. La idea de cultura es una revelación,  en el sentido en que  un síntoma psíquico se revela: insistente en su registro de un verdadero estado de cosas, pero no un simple ni  suficiente recuento de ello.  La idea de la cultura no es tanto lo que debe ser aprendido como la advertencia de que, no obstante, hay algo que aprender. Ese es el argumento más general del Williams clásico que, cincuenta años después, todavía nos reclama.

“Theory of culture is a deep response to a deep disturbance of the common life of exceptional complexity, but this is its relevance”  (citado por Dai Smith, Raymond Williams: A Warrior’s Tale. Cardigan, 2008, pág. 443.)

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Elecciones en Israel. Lieberman: la izquierda en el espejo

Publicado por Anaclet Pons en febrero 20, 2009

Dada mi querencia por Carlo Ginzburg, reparé hace meses en el prólogo que había escrito a un historiador, desconocido para mi: Amnon Raz-Krakozkin. El libro es cuestión de este profesor de historia judía en la Universidad Ben Gurion, en Beer Sheva, es en su versión francesa: Exil et souveraineté. Judaïsme, sionisme et pensée binationale. Ediciones La Fabrique, 2007.

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Meses después, leo este interesante análisis de Amnon Raz-Krakozkin a propósito de las recientes elecciones en Israel.

Fuente original : http://www.haokets.org/

En diversas partes del país, y durante un tiempo, se podían ver dos carteles uno al lado del otro:  uno  de “Yisrael Beiteniu” y un póster de la llamada Iniciativa de Ginebra que decía “La Iniciativa de Ginebra es buena para los Judios “.  De entrada, dos carteles en dos enfoques opuestos; pero no sólo  no existe contradicción entre los dos,  sino que se complementan mutuamente. El cartel de la Iniciativa de Ginebra refleja el concepto de paz que tiene la izquierda israelí: no es la visión de una existencia común basada en la igualdad y el reconocimiento mutuo, sino el principio de separación. El único objetivo es mantener la mayoría demográfica, haciéndolo de una forma que defina de antemano a los ciudadanos árabes del país como enemigos, como un “problema”. La visión de la paz es una visión de muros, de hormigón o no, y una visión de  separación, como la de  Lieberman. La línea política de Lieberman está mucho más cerca de  la de Meretz que de la de gente de la derecha como Benny Begin [Likud].

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Estoy seguramente entre aquellos a los que preocupa  el ascenso meteórico de Lieberman. Es alarmante y afecta a nuestras vidas, pero no es de extrañar. Por el contrario, la voluntad de Lieberman de transferir a  los ciudadanos árabes (no sus tierras, que de todos modos han sido expropiadas para   beneficio de las comunidades judías, principalmente los kibutzim) es la conclusión lógica de esta “Ginebra es buena para los Judios” . Los partidarios de la paz, al igual que Lieberman, también ven a los árabes de Israel como una amenaza. Además, el debate entre Lieberman y Meretz  gira en torno al número de colonias que éstos están dispuestos a  evacuar y que Lieberman insiste en mantener. No es de extrañar que Lieberman proponga hacer de Ginebra algo aún mejor para los Judios, con un menor número de árabes. El sueño es el mismo.

Asimismo, cabe recordar que los que realmente han demostrado, de manera brutal, hasta qué punto está limitada la cidadanía de los árabes,  son personas del “campo de la paz”:  los de los acontecimientos de octubre de 2000, en  tiempos del gobierno laborista (con Yossi Beilin, arquitecto de Ginebra, ocupando el cargo de Ministro de Justicia)  y con la aprobación de Meretz. Ninguno de ellos abrió la boca, ni la más mínima reflexión, cuando abrieron fuego [contra los manifestantes], todo lo  contrario. Fueron ellos, no Lieberman, los que dieron el visto bueno al informe oficial sobre el caso.  Es tan patético como sus gritos contra Lieberman.

Esto no quiere decir que probablemente Lieberman no sea capaz de hacer algo más grave. Sin embargo, los que apoyaron el tiroteo contra el ejercicio de Gaza sólo les queda callar. Le han dado legitimidad a cosas que hace años no habríamos  imaginado.

En este contexto es en el que podemos entender  la ofensiva de la izquierda contra Lieberman. Lieberman es un espejo para la izquierda israelí y la obliga  a mirarse, a mirar sus principios. Con rudeza, ofrece una interpretación cuyos fundamentos son los mismos sobre los que se basa su visión del mundo, un concepto de la separación. Hay una diferencia en el estilo y el estilo es, sin duda, importante. Un gran peligro, un peligro real radica en el hecho de que Lieberman podría ganar capacidad operativa para aplicar estos principios. Pero su ascensión expresa fundamentalmente el revés del concepto de paz del bloque Kadima-Meretz . Y esto, en particular, cuando tanto Meretz como Lieberman han apoyado con la misma determinación el campo de tiro mortal en Gaza.

De hecho, ni siquiera el estilo visual es diferente: la campaña  anti-Lieberman de Meretz toma la misma forma que las anti-árabes de Lieberman. Esto no es una actitud de empatía hacia los árabes amenazados que anuncia Meretz, sino una posición para combatir al lado de los árabes, pero bajo la estrategia de separación. No hay diferencia: invectiva  estalinista contra quien se dice estalinista. De entrada, uno no sabe si la campaña es Lieberman o de sus oponentes.

La falta de claridad es evidente en  la posición de aquellos que, dentro del Partido Laborista, decidieron que no se sentarían en un gobierno con Lieberman. Ellos mismos han votado a favor de Lieberman para rechazar la propuesta de [participación del partido] Balad [en las elecciones], mostrando así que hacen suyas las directrices sobre la legalidad planteadas por Lieberman.

Esto también explica la esperada caída de la “izquierda” en Israel, que intenta aumentar su fuerza  apoyándose sólo en el miedo y que no tiene otra alternativa que una  Iniciativa de Ginebra carente de fundamento, que han firmado varios grupos  israelíes con la oposición palestina. Este quimérico  plan crea la ilusión de poner fin a la ocupación y permite así su  profundización.

Tal vez el esperado fracaso, junto con el éxito sin precedentes de Lieberman, llevará a los grupos del “campo de la paz” a comprender que para combatir a  Lieberman es necesario establecer otro desafío: no separación, sino igualdad,  cooperación y  reconocimiento mutuo. Esto no necesariamente vendrá del campo que se presenta como “la izquierda”.

meretz-yachad

Mientras tanto, los únicos partidos que afrontan ese desafío son los partidos árabes, que exigen la democratización del Estado. Consenso absoluto, de Lieberman a Haim Oron [Meretz-Yachad]  lo rechazan por principio, demonizando a los que piden ser reconocidos como ciudadanos en pie de igualdad. Se puede comprender el miedo a este desafío. Pero cualquiera que denigre de entrada este punto de vista no debe sorprenderse por el ascenso de Lieberman. No podemos hablar de democracia y rechazar la igualdad.

El Israel judío está  hoy  una situación de crisis que nunca había conocido. Un país propenso al  miedo permanente y que vive en el miedo. Se lanza con entusiasmo, cada pocos años,  a operaciones militares que acaban siendo crímenes de guerra, pero que son acojidas con fervor y perfectamente consensuadas, incluso entre los más “ilustrados” de los medios de comunicación. Se ha convertido en un gueto armado, rodeado de murallas y habitado por una  angustia demográfica, sin futuro, sin esperanza, sin sueños. Y esto sin que hayamos interiorizado aún el alcance futuro de la crisis económica, para una sociedad con terribles fracturas. Los temores son comprensibles y justificados. Pero si todavía queda una oportunidad para que la sociedad israelí  rompa el círculo de miedo, desesperación y  odio creciente, es necesario hacer frente a la negación del nacionalismo palestino y de los derechos de los palestinos. Esta negación  es la fuente del temor y es el que hace posible el gran auge y la fuerza del campo racista. Sin  reconocer los derechos de los palestinos, no es posible hablar de existencia judía ni es posible desarrollar otra visión. No se puede hablar de igualdad sin una visión fundada sobre la igualdad nacional y ciudadana entre judíos y árabes. Ni que quien intente establecer una separación entre lo social y lo nacional fije las fronteras.

El punto de partida es reconocer que Lieberman es la imagen especular del “campo de la paz”.

Publicado en Historiadores, Ideas, Israel-Palestina, Libros | 3 Comentarios »

Las cintas del watergate: sociología de la profesión histórica

Publicado por Anaclet Pons en febrero 18, 2009

A principios  de febrero, el respetado New York Times publicó un artículo que recogía las acusaciones hechas a Stanley I. Kutler, el respetado historiador que editó las  transcripciones del Watergate en 1997 (Abuse of Power: The New Nixon Tapes).  Kutler habría edulcorado el papel de uno de los actores centrales de la trama, el consejero John W. Dean III. En realidad, esas imputaciones esconderían visiones alternativas sobre el papel desempeñado por Dean. Y la rivalidad habría aflorado con un artículo que otro historiador, Peter Klingman, ha remitido a la American Historical Review, la cual ha acabado por rechazarlo. Para Robert Schneider, uno de sus responsables, el artículo tiene interés, pero su objeto es demasiado concreto.

El transfondo.

En 1991, Len Colodny publica un libro (Silent Coup), del que es coautor,  en el que señala que  es Dean, y no Nixon, quien estuvo detrás del asunto Watergate, lo cual le valió una demanda del susodicho Dean, que acabó con acuerdo económico pero creó dos bandos enfrentados. Pasados los años, revisando Abuse of Power, Colodny advierte  que Kutler ha  cometido ciertos errores de transcripción. Además, uno de sus colaboradores,  el citado Klingman, recopila  por entonces las cintas en un archivo:   The Nixon Era Center.

El pasado verano, cierto autor le pide a Kutler permiso para citar sus transcipciones, a  lo cual éste se niega. Así que tiene que acudir a oir las cintas a los National Archives, pero Kutler le demanda  creyendo que ha  usado sus textos sin permiso. Con la mosca tras la oreja, Colodny empieza a decir que, en realidad, todo es fruto de los errores de Kutler, más numerosos de los que él y Klingman habían creído, sobre todo en lo tocante  a Dean III. Kutler se defiende diciendo  que, en efecto, podía haber algún error de transcripción, pero que en ningún caso minimiza el papel desempeñado por Dean.  Así que Colodny llama a Klingman y éste, en lugar de acudir a la prensa, decide que es hora de presentar el asunto a la Academia.  Es decir, se pone a escribir un artículo para la American Historical Review, lo acaba en diciembre y lo remite el pasado enero con el resultado conocido.

Mientras cada uno está a lo suyo, aparece en escena otro investigador del Watergate que le pide a Colodny si puede reseñar el libro que ha escrito, en el que se citan las transcripciones de Kutler. Por supuesto, Colodny se echa las manos a la cabeza y le dice a su desconcertado colega que ese volumen no es fiable. Éste, que conoce a un periodista del Times, le dice que quizá ese periódico esté interesado en la controversia, y…

Como ha dicho Rick Shenkman, de quien he extraído el relato anterior,  Stanley Kutler, un héroe para los historiadores por haber conseguido sacar a la luz las  cintas de Watergate, ha visto cómo  su profesionalidad era puesta en tela de juicio en uno de los más venerados  foros de la crítica. De  modo que las sospechas de unos cuantos han acabado convirtiéndose en un importante debate público.

The Watergate Transcript Controversy

Publicado en Académica, Historiadores, Revistas, USA | Deja un Comentario »

 
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