Bernard-Henri Lévy y el debate sobre la memoria

Colea aún en Francia la polémica sobre la memoria y su legislación. El turno ha sido ahora para Bernard-Henri Lévy en Le Point. Así se expresa este pensador a propósito del caso armenio
Dicen en sustancia (appel de Blois, 11 de octubre): “No le corresponde a la ley escribir la  historia”. Nadie lo pide. En ninguna parte hemos visto que se haya invitado a nadie a sustituir a los historiadores. Y hay una buena razón,  pues la historia de genocidio ya ha sido escrita;  y es una excelente razón el que, aun cuando la escuela francesa   a menudo brille por su ausencia, haya un buen número de trabajos que van desde el “Livre bleu” de  Arnold Toynbee (1916) al valiente  “A Shameful Act” del  turco Akcam Taner (2007), que establecen sin discusión   que en 1915 Turquía fue  escenario de uno de estos intentos de exterminio metódico, planificado  y claramente calificable, desde Nuremberg, como genocidio. Es lo que pedimos a los senadores, que tomen nota. Lo que se espera de ellos,dado que la historia ya se ha escrito, es que redacten una ley sancionando  esa continuación del crimen que es, de hecho, el negacionismo.

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Ellos dicen: “esta ley aterrorizará a los historiadores, les pondrá una camisa de fuera políticamente correcta que les impedirátrabajar”.  ¿De qué se burlan? ¿Cómo se atreven a pronunciar tal argumento cuando sabemos que lo que hay en este caso es un  verdadero terrorismo?: el de Turquía, que estigmatiza y, a veces, mata a los historiadores del genocidio o a los que (Hrant Dink) hacen su crónica.  No son las leyes, son los negacionistas del Holocausto los  que aterrorizan a los historiadores. Estas leyes no existen  para estorbar a los investigadores, sino para liberarles de esa plaga, de esa polución, que son los falsificadores.  Vamos a atenernos sólo a las leyes que, hasta la fecha, funcionan bien. Consideremos el caso de la ley Gayssot, que penaliza la negación del Holocausto. Es una ley  anti-Le Pen. Es una norma contra el acoso antisemita. Yo reto a los firmantes del llamamiento de Blois a citar un investigador que haya visto coartada su  libertad de investigación y de expresión.

Ellos dicen: “Atención a las leyes sobre la memoria, porque es una caja de Pandora; hoy son los armenios, ayer los pieds-noirs y su “obra civilizadora”; mañana los albigenses;  los aristócratas guillotinados: ¿dónde nos detendremos?  Esta vez la confusión se añade a la ceguera, la ofensa a la confusión. Y es tomar a los senadores por cretinos. Porque, gracias a Dios, no ha habido cien genocidios en el siglo XX, ni siquiera diez.   Apenas cinco. Judios y gitanos. Tutsis. Camboyanos. Quizás Darfur. Y, por tanto, el primero, en el que se inspirará Hitler, afecta a los armenios.   No entender esto, meter en el mismo saco un debate sobre el colonialismo y  este insulto a la memoria de los muertos que es la negación del hecho de que están bien muertos, mezclar al  historiador Pétré-Grenouilleau, perseguido  en nombre de una mala ley sobre la memoria, y al asesino de papel Faurisson, cuyos trabajos han quedado desacreditados por una ley  antinegacionista bien dispuesta,   no es digno de los firmantes de esa convocatoria “por la libertad de la historia”.

Los firmantes dicen asimismo, ya al margen de ese llamamiento: “¿Por qué Francia? ¿Por qué una ley en un país que no participó en la tragedia? “. En primer lugar no es tan seguro. Sabemos al menos de dos casos (ambos de 1919,   documentados entre otros por la misiones franciscanas de Marache y Hadjine,  en Cilicia) en los que el ejército francés no cumplió su deber de proteger y se comportó, mutatis mutandis, como los cascos azules  en Srebrenica. Pero, sobre todo, el argumento no tiene sentido en relación con un delito cuya definición implica que afecta a la humanidad del hombre y, por tanto, a la humanidad en su conjunto. Podemos decir que el concepto de crímenes contra la humanidad tiene un sentido y nadie puede estar exento.  O podemos permitir los descartes: “No tenía el arma; me he limitado a dejar hacer”   y, acto seguido,   debemos abandonar el concepto, las convenciones que lo fundamentan,   la jurisprudencia que lo ha  reforzado,  la labor de Rafaël Lemkin, la Carta de las Naciones Unidas. ¿Es esto lo que queremos?

Y así   los historiadores en lucha suponen que a la postre la verdad tiene su fuerza, su peso, que debería estar más allá  del refuerzo del poder público. Se hace así un buen negocio de la singularidad del negacionismo actual.    Los negacionistas, por lo general, son excéntricos, maníacos.  Si son profesores, quedan  marginados o sin plaza. Y se apoyan en un país, Turquía. Se trata de un  negacionismo, no de una secta, pero de Estado, de un Estado que tiene  los medios de presión, intimidación y chantaje de  un gran Estado. Los armenios, en otras palabras, se encuentran en misma situación  en la que habrían estado los Judios   si Alemania, después de Hitler,  no hubiera hecho ese trabajo de memoria y de duelo a la que se está virtuosamente obligado.  Y ésta es la última razón por la que estuve el sábado, con Serge Klarsfeld y otros, junto a miles de manifestantes, a menudo muy jóvenes, de pie, en París, frente al Senado, para decir: “Somos franceses, de origen armenio, pero, en primer lugar, franceses, y esa es lo que la base para solicitar, ante la insoportable violencia del negacionismo de Estado, la protección de  la ley francesa”.

La Asamblea Nacional examinó la proposición relativa a esa penalización el pasado 2 de diciembre.

Dicho lo cual, queda el titular de Le Monde: “Le gouvernement n’inscrira pas le texte sur le génocide arménien au Sénat”.

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Y queda también la reseña aparecida dos días después de la traducción del  libro de Taner Akçam (aparecido en 2006) Un acte honteux. Le génocide arménien et la question de la responsabilité turque (Denoël). Este sociólogo e historiador turco, del Center for Holocaust and Genocide de la Universidad de Minnesota,  ha escarbado en los archivos del antiguo Imperio Otomano,   rescatando así  la mirada de los asesinos y, a la postre,  señalando la responsabilidad del régimen en aquel vergonzoso episodio.

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