La cultura de la pregunta: la Googlización (1)

En el variadísimo último número (el 81, de 2008) de Lettre International apareció un artículo de Geert Lovink que ahora acaba de traducirse al inglés en Eurozine. Para los curiosos, quede constancia de que el origen del texto de Lovink está en una entrada que puso en su blog el pasado año.

A tribute to Joseph Weizenbaum

geertlovink

Un espectro obsesiona al mundo intelectual de las elites: la sobrecarga de información. Ciudadanos de a pie tienen secuestrados los recursos estratégicos y obstruyen lo que una vez fueron medios de comunicación cuidadosamente vigilados. Antes de Internet, los mandarines mantenían la idea de que podrían separar la “cháchara” del “conocimiento”. Con el auge de los motores de búsqueda de Internet ya no es posible distinguir entre iluminaciones patricias y chismes plebeyos. La distinción entre lo alto y lo bajo, y sus alternancias en ocasiones como el carnaval, pertenecen a una época pasada y ya no deberían preocuparnos. Hoy en día, está causando alarma un fenómeno totalmente nuevo: motores de búsqueda que confeccionan un listado de sitios según su popularidad, no su verdad. Ahora vivimos buscando. Con el aumento espectacular del acceso a la información, nos hemos enganchado a las herramientas que la recuperan. Buscamos números de teléfono, direcciones, horarios de apertura, el nombre de una persona, los detalles de un vuelo, las mejores ofertas y, de mala manera, declaramos que la proporción de material gris (“datos basura”) es cada vez mayor. Pronto nos pondremos a a buscar y sólo nos sentiremos perdidos. Las antiguas jerarquías de la comunicación no sólo han estallado, la propia comunicación ha asumido el estado de un derrame cerebral. No sólo ha aumentado el ruido popular a niveles insoportables, sino que ya no podemos atender otra petición de nuestros colegas, incluso un amable saludo de los amigos o de la familia ha adquirido la condición de una tarea cuya expectativa es que respondamos. La clase educada deplora el hecho de que la cháchara haya entrado en el hasta ahora protegido recinto de la ciencia y la filosofía, cuando más bien le debería preocupar quién va a controlar la cada vez más centralizada red informática.

Hay algo que los actuales administradores de noble sencillez y tranquila grandeza no puede expresar, algo que deberíamos indicarles: hay un creciente descontento con Google y con la manera en que Internet organiza la recuperación de la información. La corporación científica ha perdido el control sobre uno de sus principales proyectos de investigación: el diseño y la propiedad de las redes de ordenadores, utilizados ahora por miles de millones de personas. ¿Cómo es que tantas personas han acabado por depender de un único motor de búsqueda? ¿Por qué vamos a repetir la historia de Microsoft una vez más? Parece aburrido quejarse de este tipo de monopolio cuando cualquier usuario de Internet tiene a su disposición una multitud de herramientas para distribuir el poder. Una posible forma de superar esta situación sería redefinir positivamente el concepto de Gerede (habladuría, charlatanería) de Heidegger. En lugar de una cultura de la queja que sueña con una tranquila vida desconectada (offline) y medidas radicales para filtrar el ruido, es el momento de enfrentarse abiertamente a las formas triviales de Dasein (“ser-aquí”, “ser-en-el-mundo”) que encontramos en los blogs, los mensajes de texto y los juegos de ordenador. Los intelectuales ya no deberían ver a los usuarios de Internet como aficionados de segunda fila, aislados de una relación primaria y primordial con el mundo. Hay una cuestión más importante sobre la mesa y requiere adentrarse en la política de la vida informática. Es el momento de hacer frente a la aparición de un nuevo tipo de corporación que rápidamente está trascendiendo Internet: Google.

La World Wide Web, que debería haber hecho realidad la infinita biblioteca que Borges describe en su relato La Biblioteca de Babel (1941), es vista por muchos de sus críticos como una simple variación de El Gran Hermano (1948) de Orwell. El gobernante, en este caso, ha convertido un monstruo diabólico en una ristra de jovencitos guay cuya responsabilidad corporativa se resume en la consigna: “No seas malvado”. Guiados por una mucho más antigua y experimentada generación de gurús de las tecnologías de la información  (Eric Schmidt), pioneros de Internet (Vint Cerf) y economistas (Hal Varian), Google se ha expandido de modo tan rápido, y en una variedad de campos tan amplia , que prácticamente no hay analista, académico o periodista financiero que haya sido capaz de seguir el alcance y la velocidad con la que Google se ha desarrollado en los últimos años. Nuevas aplicaciones y servicios se acumulan como regalos navideños no deseados. Google acaba de añadir el servicio de correo electrónico gratuito Gmail, la plataforma para compartir vídeos YouTube, la de redes sociales Orkut, Google Maps y GoogleEarth, su principal servicio de pago, el AdWords con los anuncios Pay-Per-Click, aplicaciones de oficina, tales como Calendar, Talks y Docs. Google no sólo compite con Microsoft y Yahoo, sino también con empresas de entretenimiento, bibliotecas públicas (a través de su masivo programa de digitalización de libros) e incluso con empresas de telecomunicaciones. Lo creamos o no, el Teléfono de Google estará disponible muy pronto [ya lo está]. Recientemente escuché a una chica poco metida en los círculos tecnológicos decir que había escuchado que Google era mucho mejor y más fácil de usar que Internet. Sonaba bien, pero es que ella tenía razón. No sólo es que Google se ha convertido en el mejor Internet, está asumiendo tareas del software de nuestro propio ordenador para que podamos acceder a esos datos desde cualquier terminal o dispositivo portátil. Apple MacBook Air es el último ejemplo de la migración de datos a búnkers de almacenamiento controlado privadamente. La seguridad y la privacidad de la información se están convirtiendo rápidamente en la nueva economía y en la tecnología de control. Y la mayoría de los usuarios, y por supuesto las compañías, están abandonando alegremente el poder a la autoregulación de sus recursos informativos.

El arte de hacer la pregunta correcta

joseph_weizenbaum

Mi interés por los conceptos que hay tras los motores de búsqueda se me planteó de nuevo al leer un libro de entrevistas [Joseph Weizenbaum entrevistado por Gunna Wendt, Wo sind sie, die Inseln der Vernunft im Cyberstrom, Auswege aus der programmierten Gesellschaft. Herder Verlag, Freiburg, 2006. ] con el profesor del MIT y crítico informático Joseph Weizenbaum, conocido por su ELIZA, un programa de tratamiento automático creado en 1966, y por su libro de 1976 Computer Power and Human Reason. Weizenbaum murió el 5 de marzo de 2008 a la edad de 84 años. Hace unos años, Weizenbaum se trasladó de Boston a Berlín, la ciudad donde se crió antes de que, en 1935, sus padres salieran huyendo de los nazis. Especialmente interesantes son las historias de Weizenbaum sobre su juventud en Berlín, el exilio a los EE.UU. y la forma en que se vio inmerso en el mundo de la computación durante la década de 1950. El libro se lee como un resumen de su crítica a la ciencia informática, según la cual los ordenadores imponen a sus usuarios un punto de vista mecanicista. Lo que me interesa especialmente es la forma en que el “hereje” Weizenbaum da forma a sus argumentos como un informado y respetado insider: lo cual representa una posición similar a la “net criticism” que Pit Schultz y yo hemos hemos venido desarrollando desde que comenzamos el proyecto “nettime” en 1995.

El título y el subtítulo del libro parecen intrigantes: “¿Dónde están las islas de la razón en el océano cibernético? Salidas de la sociedad programada”. El sistema de creencias de Weizenbaumse puede resumir en algo así como: “No todos los aspectos de la realidad son predecibles”. La crítica de Weizenbaum a Internet es genérica. Evita ser específico, y eso es algo que hemos de tener en cuenta. Sus observaciones sobre Internet no son nada nuevo para quienes están familiarizados con la obra Weizenbaum: Internet es un gran montón de basura, un medio de comunicación de masas cuyo contenido es disparatado en un 95 por ciento de los casos, como el medio televisivo, que es la dirección en la que la Web se está desarrollando de forma inevitable. La llamada revolución de la información se ha convertido en una avalancha de desinformación. La razón es la ausencia de un editor o de un principio editorial. El libro no aborda por qué no se estableció este principio fundamental de los medios de comunicación en la primera generación de programadores, de los que Weizenbaum fue un miembro prominente. La respuesta probablemente esté en el uso inicial del ordenador como una calculadora. El determinismo tecnológico que impera en la berlinesa Sophienstraße y en otras partes insiste en que el cálculo matemático sigue siendo la esencia misma de la informática. El (mal)uso de las computadoras para fines mediáticos no fue previsto por los matemáticos, y no deberíamos culpar a quienes diseñaron el primer ordenador por las torpes interfaces y la gestión de la información que tenemos hoy en día. Fue en tiempos una máquina de guerra, pero ahora nos queda un largo y serpenteante camino hasta conseguir que la calculadora digital se readapte y sea un dispositivo humano universal que sirva a nuestros infinitamente ricos y diversos propósitos de información y comunicación.

En varias ocasiones he formulado una crítica de la “ecología de los medios” cuya intención es filtrar la información “útil” para el consumo individual. El volumen de Hubert Dreyfus On the Internet (2001) es uno de los principales culpables. No creo que corresponda a ningún profesor, editor o codificador decidir por nosotros lo que es y lo que no es una tontería. Debe ser un esfuerzo compartido, incorporado en una cultura que facilite y respete las diferencias de opinión. Deberíamos elogiar la riqueza y hacer de las nuevas técnicas de búsqueda parte de nuestra cultura general. Un camino a recorrer sería el de revolucionar las herramientas de búsqueda y aumentar el nivel general de alfabetización mediática. Nuestra cultura nos ha enseñado a navegar a través de los miles de títulos que hallamos al entrar en una librería o en una biblioteca. En lugar de quejarnos a los bibliotecarios o decirles a los libreros que tienen demasiados volúmenes, les pedimos asistencia o nos las arreglamos por nuestra cuenta. A Weizenbaum le gustaría que desconfiáramos de lo que vemos en nuestras pantallas, ya sea en la televisión o en Internet. Weizenbaum no menciona qué va a aconsejarnos, en qué hemos de confiar, qué es verdadero y qué no lo es, ni cómo discriminar la información que obtenemos. En resumen, la función del mediador es abandonar, favoreciendo el cultivo de la sospecha general.

Olvidémonos de la info-ansiedad de Weizenbaum. Lo qué hace que la lectura de una entrevista sea tan interesante es su insistencia en el arte de hacer las preguntas correctas. Weizenbaum nos advierte contra un uso acrítico de la palabra “información”. “Las señales que aparecen en el interior del ordenador no son información. No son más que señales. Sólo hay una manera de convertir las señales en información, y es a través de la interpretación”. Para ello dependemos del trabajo del cerebro humano. El problema de Internet, según Weizenbaum, es que nos invita a que la veamos como si fuera el oráculo de Delfos. Internet nos facilitará respuesta a todas nuestras preguntas y problemas. Pero Internet no es una máquina expendedora en la que uno echa una moneda y, de inmediato, obtiene lo que queremos. La clave está aquí es la adquisición de una formación adecuada pata formular la consulta correcta. Todo gira en torno a eso, a plantear la pregunta adecuada. Para ello se necesita educación y experiencia. No se consiguen niveles más altos de educación por el simple hecho de que algo sea más fácil de publicar. Weizenbaum: “El hecho de que cualquiera pueda poner cualquier cosa en línea no significa mucho. Lanzar algo aleatoriamente sólo permite pescar algo al azar”. La comunicación por sí mismo no nos conducirá a un conocimiento útil y sostenible.

Weizenbaum relaciona la indiscutible confianza en la (herramienta de) búsqueda al auge discursivo del término “problema”. Los ordenadores se han presentado como “solucionadores de problemas generales” y su objetivo sería proporcionar una solución para todo. Se invita a la gente a que delegue sus vidas en el ordenador. “Tenemos un problema”, sostiene Weizenbaum, “y el problema exige una respuesta”. Pero las tensiones personales y sociales no se pueden resolver señalando que son un problema. En lugar de Google y la Wikipedia, lo que necesitamos es “la capacidad de analizar y pensar críticamente”. Weizenbaum lo ilustra mostrando la diferencia que hay entre oír y escuchar. Una comprensión crítica requiere en primer lugar sentarse y escuchar. Es decir, tenemos que leer, no sólo descifrar, y aprender a interpretar y a comprender.

Continuará…

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6 Respuestas a “La cultura de la pregunta: la Googlización (1)

  1. Internet es sin lugar a dudas una herramienta sumamente útil. Nos acerca cualquier información que necesitemos en cuestión de segundos con un simple click del ratón, pero también hay mucha basura, es cierto, sin embargo esa basura ha existido siempre, en distintos formatos y presentaciones diversas. A nosotros nos corresponde diferenciar lo útil de lo inútil según nuestras circunstancias del momento y las necesidades que debamos cubrir.

  2. La pregunta que podemos hacernos es qué sentido tiene buscar la excelencia en algo, si más o menos hiede todo sin remedio. Estas preguntas se agravan a partir de los cuarenta, creo.

    Que algunos señores excelentes busquen excelente información y escriban textos sobre textos sobre textos sobre textos… excelentes no parece afectar al mundo más que si Fulanita se ha hecho un piercing en el raticulín en la serie de TV tontolín y luego lo publica en su blog, al que acudirán 357.896 internautas ansiosas de parecerse a ella.

    Creo.

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