La historia es sexy

Eso es lo que dice Andrew Marr, antiguo editor del  Independent, presentador de “The Andrew Marr Show” en la  BBC1 y de “Start the Week” en Radio 4, autor asimismo de  “History of Modern Britain”, un indudable bestseller. El texto en el que así se manifiesta lo ha publicado hace poco en INTELLIGENT LIFE y empieza describiendo la sobremesa de una selecta cena londinense. Están allí un renombrado y denostado lider mundial y el primer ministro británico, ambos acompañados de otros cinco comensales: Simon Schama, Linda Colley;  Sir Martin Gilbert,  David Cannadine y Andrew Roberts. Resulta que se trata de cinco historiadores.  Entonces, se pregunta, ¿cuál es la conexión?

Todos ellos han vendido cientos de miles de libros, dando forma a cómo entendemos el mundo. Su investigación abarca los últimos siglos de la historia británica, pero también la  de la india, la americana, la israelí  y  la historia europea. Dos de ellos, Colley y Cannadine, están casados el uno con el otro. Otro, Schama, es una estrella de televisión. Tienen  diferentes edades, desde Gilbert, el gran biógrafo de Churchill,  nacido en 1936, hasta Roberts, el  revisionista churchilliano,  nacido en 1963. Cubren un  amplio  espectro político.

Dice Marr que la conexión, por si no lo han adivinado, es que todos ellos fueron invitados por Gordon Brown a una cena privada con George Bush en Downing Street a principios de este año. Bush indicó, además, que la fotografía del grupo sería su tarjeta de Navidad.

Así pues, concluye el articulista, la historia es sexy. En tiempos, la lista de invitados para una política glamourosa hubiera incluido a un par de estrellas del rock, algunos rostros conocidos del mundo de los negocios o la televisión y, tal vez, aposentado en un rincón, un intelectual de andar por casa. Así que, para empezar, hemos de celebrar el buen momento por el que pasan los historiadores, admitidos  en los círculos del poder y tratados con respeto. A Brown siempre la ha  fascinado la historia. Habla mucho en privado de los libros de Colley  y Schama.  Para Bush ha llegado el momento en el que está empezando a preguntarse, quizá con cierto  estremecimiento aprensivo, por lo que los historiadores dirán de él. Se sabe que le fascina   Churchill y  ha leído el último  gran libro de Roberts sobre los pueblos anglosajones. A diferencia de Churchill,  no espera escribir la historia por sí mismo, por lo que  ya está buscando un biógrafo oficial adecuado, y Roberts se encuentra en su lista.

Sin embargo, lo interesante  fue la lista de  historiadores invitados por Brown. (Había más, pero éstos son una selección representativa). Gilbert es un compromiso esencial. Roberts, como Niall Ferguson, es una estrella de la  escuela conservadora de jóvenes historiadores que han penetrado en el mercado americano. Ambos son polémicos y  comprometidos políticamente con la historia contra-factual.  Su patriotismo y su  narrativa optimista están a ambos lados del Atlántico.

Bastante evidente, pues. Sin embargo, Brown habría sido el hazmerreír de haber limitado su lista a ellos. A medida que luchamos por  comprender el mundo de hoy, estos conservadores épicos  están vendiendo un montón de libros y, a menudo, parecen dominar la televisión como grandes expertos. Pero son impugnados, en particular en Gran Bretaña, por escuelas rivales que son ahora también muy populares.

Marr señala que son los historiadores sociales, que a menudo aromatizan sus relatos  de la modernidad  con la experiencia personal. Bajo la amistosa, aunque magistral, capa de  Peter Hennessy, en el Queen Mary’s de  la Universidad de Londres, se ha formado  un foco en plena ebullición de historiadores populares de la contemporaneidad. Trabaja en un programa de radio con ellos y  ha quedado  impresionado por la calidad y la cantidad de historiadores emergentes de esta “escuela Hennessy” , en comparación, por ejemplo, con lo que está sucediendo actualmente en Oxford y Cambridge.

Luego, concluye,  están los escritores de gran espectro, con una historia de inclinación liberal e inquisitiva, más accesible y menos miserable que la vieja escuela marxista. Tienden a poner de relieve la migración y el reto que suponen las nociones de destino nacional. Schama, un bullicioso desacreditador en sus primeros días, es uno de esos. Los Colley, cuyo épico trabajo sobre los “British”  ha sido muy seguido, también.    Cannadine y su gran libro sobre la decadencia de la aristocracia británica están  en el mismo plano. Muchos otros se pueden añadir -como Lisa Jardine y su estudio de las  relaciones anglo-holandesas, por ejemplo.

Al igual que sus rivales conservadores, los historiadores han encontrado maneras de regresar a la antigua narrativa popular para escribir sobre en qué clase de naciones se han convertido los británicos y los americanos.   Hay una batalla de ideas en marcha,  tranquila, caballerosa y matizada, pero batalla al fin y al cabo.  Leer a Roberts o a Ferguson es una forma de entender nuestro mundo. Con ellos, uno será  más optimista sobre el próximo siglo americano, más partidario de  la intervención militar occidental. Leer a Schama, Colley  o Cannadine otorga una visión que probablemente sea  más inestable, la de un mundo polimorfo  en el que eso que las  élites llaman poder es algo  que se está transformando en formas que no entendemos.

La gente suele preguntar, ¿dónde están las grandes ideas? ¿Qué ha pasado con las historias con las que  nos  entendemos a nosotros mismos? Marr dice que si tal cosa existe se puede encontrar en los libros de historia.

Así sea

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