Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

Archivo de Junio 2008

Los efectos de Google: ¿somos más estúpidos? (I)

Publicado por Anaclet Pons en Junio 30, 2008

Nicholas Carr, autor del volumen The Big Switch: Rewiring the World, From Edison to Google, publica en Atlantic Monthly un provocador y sugerente artículo titulado; Is Google Making Us Stupid?

Dice Carr que en los últimos años ha tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, se había adueñado de su cerebro, reordenando su circuito neuronal, reprogramando su memoria. En suma, ya no piensa como pensaba. Eso lo advierte, por ejemplo, cuando lee, porque antes adentrarse en un libro o en un artículo largo no le suponía ningún esfuerzo, mientras que ahora suele perder la concentración con sólo pasar dos o tres páginas. La lectura profunda, que antes le venía naturalmente, ahora se ha convertido en una penalidad.

Carr cree haber hallado la razón: ha pasando mucho tiempo conectado, buscando, navegando, enlazando, visitanto Internet. La red ha sido un don del cielo para un escritor como él: periódicos, libros, imágenes, videos, blogs, etc. Es decir, la red se está convirtiendo en un medio universal, el conducto por el que le llega la mayor parte de la información que recibe. Pero eso tiene un precio. Como precisó Marshall McLuhan en los años sesenta, los medios no son canales pasivos de información, sino que suministran la materia del pensamiento, conforman el proceso de pensamiento. Ocurre, pues, que la mente espera ahora la información de la misma manera en la que la red la distribuye: como una rápida corriente de partículas. Si antes se veía como un submarinista en un mar de palabras, dice Carr, ahora se siente como si practicara esquí acuático.

Y no soy el único, añade. Cuando lo menciono a mis amigos y conocidos, veo que la mayoría tienen experiencias similares. Cuanto más utilizan la red, más tienen que luchar para concentrarse. Algunos blogeros también han comenzado a mencionar el fenómeno. Scott Karp, que mantiene un blog sobre medios en red, confesó recientemente que ya no acaba los libros. Bruce Friedman, que escribe regularmente sobre el uso de ordenadores en medicina, también ha descrito cómo Internet ha alterado sus hábitos mentales. “Ahora he perdido casi totalmente la capacidad de leer y absorber un artículo bastante largo, ya sea en la red o impreso”. Como patólogo que ha sido de la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, Friedman me dijo en una conversación telefónica: “Ya no puedo leer Guerra y Paz. He perdido la capacidad de hacer eso. Incluso una entrada en un blog de más de tres o cuatro párrafos me resulta excesiva. Sólo echo un vistazo”.

Un estudio recientemente publicado sobre los hábitos de la investigación en red, realizado en la Universidad de Londres, sugiere que podemos estar en medio de un cambio radical, que afecta a la manera en que leemos y pensamos. Como parte de un programa de investigación de cinco años, estos estudiosos examinaron los registros informáticos que documentaban el comportamiento de los visitantes a dos sitios populares, uno ofrecido por la Biblioteca Británica y otro por un consorcio educativo británico, que proporcionan acceso a artículos de revistas, e-libros y otras fuentes de información escrita. Encontraron que los usuarios mostraban un modo de lectura ligera, echando un vistazo, pasando de una fuente a otra, y que raramente volvían a alguna de las fuentes ya visitadas. Lo normal era leer no más de una o dos páginas de un artículo o de un libro antes de marcharse a otro sitio. Puede que a veces guardaran un artículo largo, pero no hay constancia de que volvieran y lo leyeran realmente. Dicen los autores del estudio:

“Está claro que los usuarios no están leyendo en línea en el sentido tradicional; de hecho, hay signos de que están emergiendo nuevas formas de “lectura”, en las que los usuarios navegan horizontalmente por los títulos, los contenidos centrales y los resúmenes. Casi parece que se conectaran para a evitar leer en el sentido tradicional”.

Gracias a la ubicuidad del texto en internet, hoy podemos leer más de lo que era posible antes. Pero es una clase distinta de lectura, y supone una forma distinta de pensar -quizá incluso un nuevo sentido de uno mismo. “No sólo somos lo que leemos”, señala Maryanne Wolf, psicóloga de la Tuff University y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain. “Somos cómo leemos”. Y ahora mismo, en la red priman la “eficacia” y la “urgencia”, que pueden debilitar nuestra capacidad para la clase de lectura profunda que emergió con la tecnología anterior, la de la imprenta. Cuando leemos en línea, dice Wolf, tendemos a ser “meros descodificadores de la información”. Nuestra capacidad de interpretar el texto se separa en buena medida de esa otra capacidad consistente en hacer conexiones mentales profundas, algo que sí ocurre cuando leemos detenidamente, sin distracción. Y esto es un problema, porque leer no es una habilidad instintiva, sino que tenemos que enseñar a nuestras mentes a traducir los carácteres simbólicos que vemos a un lenguaje comprensible.

En 1882, Friedrich Nietzsche se compró una máquina de escribir, una Malling-Hansen. Le fallaba la visión y mantener los ojos en la página había llegado a ser dolorosamente agotador, con frecuentes dolores de cabeza. Eso le había forzado a acortar su escritura y temió que pronto tuviera que dejarla. La máquina de escribir lo rescató, al menos por una época. Una vez que dominó la máquina, podía escribir con los ojos cerrados, usando sólo los dedos. Las palabras podían fluir de nuevo desde su mente al papel. Pero la máquina tenía un efecto más sutil en su trabajo. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, notó un cambio en el estilo de su escritura. Su ya concisa prosa había llegado a ser incluso más apretada, más telegráfica. “Quizá este instrumento te conduzca hacia un nuevo idioma”, le escribió el amigo en una carta, observando que, en su propio trabajo, los “pensamientos sobre la música y el lenguaje dependen a menudo de la calidad de la pluma y el papel”.

“Tienes razón”, le contestó Nietzsche, “nuestro equipo de escritura participa en la formación de nuestros pensamientos”. Bajo la influencia de la máquina, escribe el estudioso alemán Friedrich A. Kittler, la prosa de Nietzsche “pasó de la argumentación a los aforismos, de los pensamientos a los juegos de palabras, de la retórica al estilo telegráfico”.

Sabemos que el cerebro humano es casi infinitamente maleable. James Olds, un neurólogo que dirige el Krasnow Institute for Advanced Study at George Mason University, dice que incluso la mente adulta “es muy plástica”. Las células nerviosas rompen de forma rutinaria las viejas conexiones y forman otras nuevas. “El cerebro”, según Olds, “tiene la capacidad de reprogramarse sobre la marcha, alterando su forma de funcionamiento”. Así pues, a medida que utilizamos lo que el sociólogo Daniel Bell ha llamado nuestras “tecnologías intelectuales” – las herramientas que amplían nuestra capacidad mental más allá de nuestras posibilidades físicas- comenzamos a adquirir inevitablemente las cualidades de esas tecnologías. El reloj mecánico, de uso común a partir del siglo XIV, proporciona un ejemplo compelling. En Técnica y Civilización, el historiador y crítico cultural Lewis Mumford describe cómo el reloj “desasoció el tiempo de los acontecimientos humanos, ayudando a creer en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mesurables”. El “marco abstracto del tiempo dividido” se convirtió en “punto de referencia para la acción y el pensamiento”.

El tictac metódico del reloj ayudó a que apareciera un tipo determinado de mente científica y de hombre científico. Pero también eliminó algo. Como señaló Joseph Weizenbaum en su volumen de 1976 Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation (La frontera entre el ordenador y la mente, Pirámide, 1978), emergió una versión empobrecida de lo viejo, una que rechazaba las experiencias directas que estaban en su base, y que constituían la vieja realidad. Al decidir así cuándo comer, trabajar, dormir o levantarse, dejamos de escuchar a nuestros sentidos y comenzamos a obedecer al reloj.

El proceso de adaptación a las nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las metáforas cambiantes que utilizamos para explicarnos a nosotros mismos. Cuando llegó el reloj mecánico, la gente comenzó a pensar en sus cerebros como si fueran mecanismos. Hoy, en la edad del software, los imaginamos como ordenadores. Pero los cambios, según nos dice la neurología, son mucho más profundos que lo que expresan esas metáforas. Gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación ocurre también a nivel biológico.

En particular, Internet promete tener efectos de envergadura en la cognición. En 1936, el matemático británico Alan Turing publicó un texto en el que probaba que una computadora digital, que entonces sólo era una máquina teórica, se podría programar para realizar la función de cualquier otro dispositivo para procesar información. Y eso es lo que estamos viendo hoy. Internet, un sistema de computación de alcance inconmensurable, está subsumiendo la mayor parte de nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestro periódico y nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestra radio y nuestra televisión.

Cuando la red absorbe un medio, ese medio es recreado en la imagen de la red. Inyecta el contenido del medio con enlaces de hipertexto, anuncios centelleantes y otras fruslerías digitales, rodeando el contenido con el del resto de medios que ha absorbido. Un nuevo correo electrónico, por ejemplo, puede anunciar su llegada cuando estamos repasando los titulares de un periódico. El resultado es el de dispersar nuestra atención y relajar nuestra concentración.

La influencia de la red no se acaba en los bordes de una pantalla de ordenador. Los medios tradicionales también han de adaptarse a las nuevas expectativas de la audiencia. Los programas de televisión incluyen textos en sobreimpresión y pequeños anuncios, mientras los periódicos recortan sus artículos o introducen resúmenes. Cuando este año el New York Times decidió dedicar la segunda y tercera páginas de cada edición a poner extractos de artículos, su director de diseño, Tom Bodkin, explicó que esos “atajos” permitirían que los lectores apresurados echaran un vistazo rápido a las noticias del día, ahorrándoles el método “menos eficiente” de pasar las páginas y leer los artículos. No queda más remedio que jugar con las reglas de los nuevos medios.

Nunca un sistema de comunicaciones desempeñó tantos papeles en nuestro vida-o ejerció tal influencia sobre nuestro pensamiento- como internet lo hace hoy. Con todo, con lo que se escribe sobre la red, hay poco análisis sobre cómo nos está reprogramando. Las éticas intelectuales de la red siguen siendo oscuras.

Casi en el momento en que Nietzsche comenzó a usar su máquina de escribir, un joven serio llamado Frederick Winslow Taylor llevó un cronómetro a la planta siderúrgica de Midvale en Filadelphia , iniciando una serie histórica de experimentos dirigidos a mejorar la eficacia de los maquinistas de la planta. Contando con la aprobación de los dueños, reclutó un grupo de operarios para trabajar en varias máquinas metalúrgicas, registrando y midiendo el tiempo de cada movimiento, así como las operaciones de las máquinas. Analizando cada parte del trabajo en una secuencia de pequeños pasos, discretos, y probando después diferentes maneras de realizar cada uno de ellos, Taylor creó un sistema de instrucciones precisas -“algoritmos” exactos, diríamos hoy- sobre cómo debía trabajar cada operario. Los empleados de Midvale se quejaron del nuevo régimen, señalando que les converetía casi en autómatas, pero la productividad de la fábrica mejoró.

Más de cien años después de la invención del motor a vapor, la Revolución industrial encontró su filosofía y su filósofo. La ajustada coreografía Industrial de Taylor -su “sistema,” como le gustaba llamarlo- fue abrazado por los fabricantes de todo el país y, con el tiempo, de todo el mundo. Buscando la máxima velocidad, la máxima eficacia y la máxima producción, los fabricantes utilizaron esos estudios para organizar su trabajo y configurar el de de sus operarios. El objetivo, como Taylor lo definió en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management (Principios de la Administración Científica), era identificar y adoptar, para cada trabajo, el “mejor método” de trabajo y, de ese modo, permitir “la sustitución gradual de los métodos empíricos por los científicos en todas las artes mecánicas”. Una vez que su sistema fuera aplicado a todos los actos del trabajo manual, Taylor aseguró a sus seguidores que ello supondría una reestructuración tanto de la industria como de la sociedad, creando la utopía de la perfecta eficiencia. “En el pasado el hombre ha sido lo primero”, señaló, “en el futuro debe serlo el sistema”.

En buena medida, el sistema de Taylor todavía sigue entre nosotros; informa la ética de la fabricación industrial. Y ahora, gracias al creciente poder que los ingenieros informáticos y los creadores de software tienen en nuestras vidas intelectuales, la ética taylorista está comenzando a gobernar también el reino de la mente. Internet es una máquina diseñada para recolectar, transmitir y manipular información de forma eficiente y automatizada. Sus legiones de programadores siempre están atentas para encontrar el “mejor método” – el perfecto algoritmo- para realizar cada movimiento mental de eso que hemos convenido en describir como “trabajo del conocimiento”.

Continuará…

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Raymond Williams, vida y obra de los estudios culturales

Publicado por Anaclet Pons en Junio 27, 2008

Dai Smith, profesor de historia cultural en la Swansea University acaba de presentar Raymond Williams: A Warrior’s Tale, un volumen de 450 páginas editado por la editorial galesa Parthian, dentro de la que pasa por ser su más prestigiosa colección: Library of Wales. El momento parece el adecuado, ahora que se ci¡umplen veinte años de su muerte.

Además, la cosa resulta interesante, porque como señaló David Hare en una reseña aparecida en The Guardian, si uno busca a Williams en Google obtiene más resultados que si hace lo propio con todos los autores de la New Left juntos, que ya es decir. Si a ello unimos que fue una persona poco dada al cotilleo y la farándula académica, es decir, que guardaba celosamente su intimidad, el resultado es la creación de una cierta aura que nunca viene mal desentrañar.

Al parecer, Smith se centra exclusivamente en los primeros 40 años de la vida de Williams. Su intención es constatar que nunca se vio como un crítico, al menos no en el sentido rencoroso y malintencionado que se destilaba en la Universidad de Cambridge. No, Raymond Williams quiso ser dramaturgo, más bien un novelista.

Nacido en la localidad galesa de Pandy en 1921, Williams vio su educación fronteriza como ejemplo de lo deseable en su idea de sociedad. Estando en la Universidad, durante un seminario impartido por el crítico y estudioso shakespeariano Lionel Charles Knights, le escuchó sostener el argumento de Leavis según el cual, debido a la deshumanización producida por la Revolución industrial, era muy posible que ninguna persona moderna pudiera experimentar lo que significó para Shakespeare la palabra “vecino”. Williams le interrumpió de inmediato, haciéndole ver que al menos él sí que sabía perfectamente lo que significaba, porque los había tenido en abundancia entre la clase trabajadora que habitada la comunidad galesa en la que se había criado. Esa fue su línea de acción. Williams siempre insistió en sus raíces (hijo de un ferroviario para quien la lucha de clases era algo palpable) y las proyectó en su mirada analítica, de forma polémica.

Lo anterior no ahorra las contradicciones, propias de todo ser humano, algo con lo que el biógrafo Smith también ha de lidiar en el caso de Williams, sobre todo en los asuntos familiares, pero también en su vida académica. Todo parece indicar, señala el autor de la reseña, que Williams se pasó la vida – al igual que muchos de los de esas clases altas a las que imitó con frecuencia – usando las buenas maneras, pero como medio para mantener las distancias. Aunque su proyecto aparente fuera la comunidad y el progreso del bien común, su propio comportamiento le hizo quedar encerrado y feliz en sus investigaciones, dedicándose más a incontables dramas y novelas inéditos que a promover la lucha en las barricadas sociales. Y eso que nunca abandonó su admiración por los militares (“As a wartime soldier I have learned to respect the regular army. Its traditions, its experience and its sacrifice were the leaven that saved England”), cosa que tampoco le impidió ser enjuiciado al abogar por el pacifismo en 1951 para evitar ser reclutado para la Guerra de Corea.

Así pues, Williams se tenía por un escritor imaginativo, algo que no pudo demostrar, y los demás le respetaban por ser una autoridad en el campo de la crítica cultural. Lo cual crea ciertas paradojas no siempre bien resueltas por el biógrafo. Quizá porque aquél se consideraba un artista, éste salva buerna parte de esa obra literaria inédita. Quizá por tenerse como tal tenía comportamiento excéntricos y a veces crueles, como cuando rompió secamente su amistad de años con Michael Orram, con quien había planeado tantas películas, sin prácticamente volver a dirigirle la palabra. Acaso por esa actitud dijo de sus colegas de la New Left , para quienes redactó el May Day Manifesto de 1968, que eran agradables, aunque pensaran de él que tenía “las uñas mugrientas”.

La reseña de The Guardian concluye señalando que éste es un libro de mérito y muy bueno, aunque a veces la escritura sea complicada y tortuosa, a la altura, eso sí, de lo intricado de algunos argumentos de Williams. Smith defiende que lo que hace de Williams un autor vivo es su instinto democrático de generosidad y su fidelidad a sus orígenes y a su ideología: “I am of my tribe”, dijo en cierta ocasión. A diferencia de muchos de sus colegas de izquierda, jamás mostró condescendencia o desdén. Por lo demás, desconfiaba de los comunistas, a los que él una vez llamó charlatanes de clase alta; y por la misma razón tenía aversión a los Leavisistas: porque eran unos esnobs. Así pues, para quien tituló uno de sus ensayos con aquello de “Culture is Ordinary”, “when Marxists say we are living in a dying culture, and that the masses are ignorant, I have to ask them … where on earth they have lived. A dying culture and ignorant masses are not what I have known and see”.

Todo eso es lo que más o menos señala David Hare en el mencionado rotativo britámico, pero en esas mismas páginas Terry Eagleton ha sido aún más entusiasta, lo cual era comprensible, y ha calificado el volumen de soberbio. Su colofón, en la senda habitual de sus escritos, es como sigue:

“These days the conflict between civilisation and barbarism has taken an ominous turn. We face a conflict between civilisation and culture, which used to be on the same side. Civilisation means rational reflection, material wellbeing, individual autonomy and ironic self-doubt; culture means a form of life that is customary, collective, passionate, spontaneous, unreflective and arational. It is no surprise, then, to find that we have civilisation whereas they have culture. Culture is the new barbarism. The contrast between west and east is being mapped on a new axis.

The problem is that civilisation needs culture even if it feels superior to it. Its own political authority will not operate unless it can bed itself down in a specific way of life. Men and women do not easily submit to a power that does not weave itself into the texture of their daily existence – one reason why culture remains so politically vital. Civilisation cannot get on with culture, and it cannot get on without it. We can be sure that Williams would have brought his wisdom to bear on this conundrum”.

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Los historiadores aprenden a programar

Publicado por Anaclet Pons en Junio 26, 2008

Así es. Hay una nueva rama, aún marginal, pero muy adecuada para los tiempos que corren y cada vez más próspera y bien establecida, que se denomina “historia digital“. En el lateral de este blog pueden hallar ejemplos significativos si visitan algunos de los enlaces sugeridos. El Center for History and New Media de la George Mason University, dirigido ahora por Dan Cohen, es uno de los santuarios de esta nueva práctica, como aquí se ha dicho varias veces, pero hay otros muchos ejemplos. Uno de ellos es otro conocido nuestro, Wlliam J. Turkel, del Department of History de la University of Western Ontario. Pues bien, Turkel y su colega Alan MacEachern han preparado un volumen digital en el que nos nos van a enseñar todos los trucos y habilidades para afrontar este nuevo reto.

Por si alguien se atreve, les dejo con su dirección (The Programming Historian) y con su filosofía:

This book is a tutorial-style introduction to programming for practicing historians. We assume that you’re starting out with no prior programming experience and only a basic understanding of computers. More experience, of course, won’t hurt. Once you know how to program, you will find it relatively easy to learn new programming languages and techniques, and to apply what you know in unfamiliar situations. (…)
We both do archival work, write monographs and journal articles, and teach undergraduate and graduate courses in history. Our backgrounds are a bit different: although we’re the same age, one of us has been programming for about 30 years (WJT) whereas the other started on 1 January 2008 (AM).
We share the conviction, however, that digital history represents the future of our discipline. To some extent, this book is an extended conversation about the degree to which future historians will need to be able to program in order to do their jobs. We also hope, of course, that if you work through the book you’ll learn techniques that make you a better historian.

Ah!, dos cosas más. Si, por un casual, alguien acaba dominando estos arcanos digitales, aún tiene tiempo de participar en el 3rd Annual Chicago Digital Humanities/Computer Science Colloquium que se celebrará en noviembre y admite comunicaciones hasta finales de agosto. Si no es así y la cosas de internet se nos resisten, convendrá practicar, por lo quer es recomendable una visita a la wiki que ha creado Lisa Spiro (Rice University) para compilar y difundir las Digital Research Tools (DiRT) en el campo de las Humanidades.

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Argentina: Historia social del siglo XX

Publicado por Anaclet Pons en Junio 25, 2008

Reseña aparecida en en suplemento literario de La Gaceta:

Torrado, Susana (comp.), Población y bienestar en la Argentina del primero al segundo centenario. Una historia social del siglo XX. Buenos Aires, Edhasa, 2 vols, 2007-2008.

Susana Torrado es licenciada en Sociología (UNBA), Magister y Doctora en Demografía (Universidad de París), investigadora superior del Conicet y profesora emérita de la Universidad de Buenos Aires. Fue galardonada con el premio Dr. Bernardo Houssay a la trayectoria científica y es autora de numerosos libros.

Su última obra es esta compilación que, en dos tomos que suman más de 1.300 páginas, brinda un panorama muy completo de la evolución de la estructura social de la Argentina desde finales del siglo XIX hasta el presente. De estos casi 100 años dice “que han sido testigos de cambios trascendentales en la orientación y organización del sistema político; de crueles trastocamientos de los mecanismos de dominación; de significativas modificaciones en la orientación de los modelos de acumulación; de notables oposiciones en las tendencias de la cohesión social; del inicio y término de la primera transición demográfica global con evidentes distancias en la trayectoria de estratos social y regionalmente definidos; en fin, de profundos cambios culturales. Describir estos complejos procesos es el (quizá demasiado ambicioso) objetivo de este compendio”.

Podemos decir que el objetivo se ha cumplido acabadamente. Los trabajos, realizados por 42 investigadores, se encuentran ordenados en nueve partes cuyos títulos dan la pauta de la amplitud con que fue encarada la compilación:

Primera Parte: Modelos de acumulación, clases sociales y actores políticos. Segunda: Representaciones simbólicas (cartografía, estadísticas.) Tercera: Fuentes de información (censos antiguos y modernos, encuestas, estadísticas vitales, fuentes para la etapa pre-estadística). Cuarta: Transiciones (crecimiento poblacional, transición demográfica, epidemiológica, de la nupcialidad y de la fecundidad; sexualidad y reproducción; uniones consensuales). Quinta: Migraciones internacionales (inmigración de ultramar e integración del inmigrante; la inmigración limítrofe; la emigración entre 1960 y 2000; la población refugiada en la Argentina). Sexta: Asentamientos humanos (migraciones internas; emergencia y mutaciones del sistema urbano; mundos rurales; regionalización y diferenciación socio-territorial). Séptima: Composición de la población (por edades y envejecimiento demográfico; composición étnica; la familia, tamaño y morfología; familias tradicionales y nuevas; la fuerza del trabajo en el siglo XX; mujeres que trabajan; trabajo infantil). Octava: Bienestar Social y Políticas Públicas (atención médica, vivienda, educación y sociedad; alimentación; previsión social; pobreza; población, territorio y calidad de vida). Novena: ¿Y después del Bicentenario? (Perspectivas de la población en el siglo XXI. Epílogo)

Los trabajos están respaldados por abundante bibliografía y, en algunos casos, van acompañados por mapas, gráficos, cuadros y fotografías que contribuyen a la mejor comprensión del texto. En el Epílogo, Torrado hace una comparación. Por un lado, destaca la Argentina del primer Centenario, en la que, “al finalizar la etapa de recepción masiva de inmigrantes, se hubiesen alcanzado en el país casi todas las metas que se habían trazado las elites gobernantes… Todo ello en menos de sesenta años”. En contraste, señala cómo transcurrido de modo largo, denso, vertiginoso, el siglo XX deposita a la sociedad argentina en las puertas de su segundo Centenario, más fatigada, más escéptica y menos esperanzada que cuando celebró el primero. No obstante, concluye con un mensaje alentador: “Vale aferrarse a los incipientes atisbos de reparación de los últimos años, para imaginar que todo es posible todavía”. © LA GACETA

Si alguien quiere saber más, recomiendo una visita a la entrada que en su día elaboró el blog del Lobo estepario.

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Enciclopedia de genocidios, masacres y demás violencias

Publicado por Anaclet Pons en Junio 24, 2008

Desde hace unas semanas, se puede consultar The Online Encyclopedia of Mass Violence. El proyecto proporciona índices cronológicos, casos concretos y contribuciones analíticas sobre la violencia política y social del siglo XX, además de un glosario de términos y ensayos elaborados por reputados especialistas. Todo eso toma el formato de una enciclopedia en línea, actualizada periódicamente, bajo el impulso de Jacques Semelin, director de investigación del Centre d’études et de recherches internationales (CERI, Sciences-Po, París) y el Centre national de la recherche scientifique (CNRS). Junto a Semelin se reúne un nutrido y selecto grupo de académicos de todo el mundo, pero por desgracia ningún español. Sin embargo, dado que la enciclopedia también se organiza por países, sí figura nuestro caso, analizado por Iratxe Momoitio, directora del Museo de la Paz de Gernika.

Y ya de paso no estaría mal una visita virtual al reciente Gulag, Many Days, Many Lives

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Robert Darnton: libros y bibliotecas en la era digital

Publicado por Anaclet Pons en Junio 23, 2008

El negocio de la digitalización de libros anda tan revuelto como siempre, con algunos parabienes y cierto sinsabor. De los primeros hay muchos ejemplos, como el enorme partido comercial que extrae Amazon al ofrecer a sus usuarios el famoso “Search inside”, que no sólo permite leer de forma gratuita una parte del libro en cuestión sino buscar cualquier palabra en su interior. Y, por supuesto, está el caso paradigmático, y también lucrativo, de Google con su Google Book Search. En ese sentido, dicha empresa anunció hace varias semanas que ya había escaneado un millón de ejemplares de los fondos de la biblioteca de la Universidad de Michigan. El logro había recaído en un volumen de astronomía, fechado en 1896 y titulado Maria Mitchell, Life, Letters and Journals, una obra que, por otra parte, ya estaba disponible gracias a la modesta trascripción del proyecto Gutenberg. Pero no se asusten, que el convenio con dicho centro aún tardará en completarse, pues quedan otros seis millones y medio de volúmenes esperando su turno.

En cambio, Microsoft no gana para disgustos. Hay quien dice que ha demostrado tener mala vista, a juzgar por lo que anunció uno de sus blogs el pasado 23 de mayo: “Today we informed our partners that we are ending the Live Search Books and Live Search Academic projects and that both sites will be taken down next week”. Así que, fin de la historia, no han podido competir con Google Book Search, a pesar de tener ya digitalizados 750 mil libros y ochenta millones de artículos, y han creído que por ese camino no iban a obtener los beneficios esperados.

Pues bien, de algo de eso y de mucho más habla nuestro admirado Robert Darnton en “The Library in the New Age“, un artículo aparecido en The New York Review of Books del 12 de junio. Un tema que le viene como añillo al dedo a este blog y al propio Darnton, que ha dejado Princeton y ha vuelto a su casa, pues en Harvard se graduó, tras haber sido nombrado el pasado verano Carl H. Pforzheimer University Professor y, sobre todo, director de la Harvard University Library. Qué mejor que un bibliotecario hablando de libros y bibliotecas, uno que además es especialista en la historia del libro!

A lo que vamos. No es cuestión de traducir el ensayo al completo, así que haré como Amazon y les ofreceré un excerpt, los primeros párrafos. La traducción completa y mejorada, que haremos  mi compañero Justo Serna y un servidor, aparecerá en Pasajes, en el número que ya he anunciado y que ambos coeditaremos:

“Podríamos decir que la información circula a nuestro alrededor de forma vertiginosa y que su tecnología  está cambiando a una velocidad desconcertante, de modo  que hemos de afrontar un problema fundamental: ¿Cómo orientarse en el nuevo paisaje? ¿Qué ocurrirá, por ejemplo, con las bibliotecas de investigación frente a maravillas tecnológicas tales como Google?

¿Cómo captar el sentido de todo eso? No tengo ninguna respuesta a esa pregunta, de modo que sólo me queda proponer una aproximación: proyectar la mirada sobre cómo se ha comunicado la información en el pasado. Dicho en pocas palabras, podría decir que ha habido cuatro cambios fundamentales en la tecnología de la información desde que los seres humanos aprendieron a hablar.

En alguna parte, alrededor del 4000 a.c., los seres humanos empezaron a escribir. Los jeroglíficos egipcios pertenecen al 3200 a.c., la escritura alfabética se data en el 1000 a.c. Según dicen  algunos estudiosos, como Jack Goody, la invención de la escritura fue el avance tecnológico más importante de la historia de la humanidad. Transformó la relación de la gente con su pasado y abrió una vía para que el el libro emergiera con fuerza en la historia.

La historia de los libros condujo a un segundo cambio tecnológico cuando el códice substituyó al rollo en algún momento de las primeras décadas de la era cristiana. Durante el siglo III, el códice -es decir, libros con páginas que uno podía pasar, en comparación con los rollos que se tenían que desenvolver- devino crucial para la propagación del cristianismo. Transformó la experiencia de la lectura: la página emergió como una unidad de percepción, y los lectores podían hojear a través de un texto claramente articulado, uno que eventualmente incluía palabras diferenciadas (es decir, palabras separadas por espacios), párrafos y capítulos, además de índices y otras ayudas para el lector.

A su vez, el códice fue transformado por la invención de la imprenta de tipos móviles en la década de 1450. A decir verdad, fueron los chinos quienes lo idearon en torno a 1045, y los coreanos utilizaron carácteres de metal sustituyendo a  los bloques de madera alrededor del 1230. Pero la invención de Gutenberg, a diferencia de lo ocurrido en el Extremo Oriente, se extendió como un reguero de pólvora, haciendo que el libro estuviera al alcance de círculos cada vez más amplios de lectores. Durante casi cuatro siglos la tecnología de la imprenta no cambió, pero el público lector creció cada vez más, gracias a las mejoras en la instrucción, la educación y el acceso a la palabra impresa. Los folletos y los periódicos, impresos por prensas movidas a vapor sobre papel hecho de pulpa de madera y no de trapos, ampliaron el proceso de democratización hasta el punto de que apareció un público lector masivo durante la segunda mitad del siglo XIX.

El cuarto gran cambio, la comunicación electrónica, sucedió ayer, o anteayer, según cómo lo midamos. Internet se fecha a partir de 1974, al menos como término. Se desarrolló a partir de ARPANET, que es de 1969, y de experimentos anteriores en la comunicación entre redes de ordenadores. La Web comenzó como un medio de comunicación entre físicos en 1981. Los Web site y los motores de la búsqueda llegaron a ser comunes a mediados de los 90. Y a partir de aquí todos sabemos la sucesión de nombres que han hecho de la comunicación electrónica una experiencia diaria: navegadores tales como Netscape, Internet Explorer y Safari, así como motores de la búsqueda del tipo de Yahoo y Google, este último fundado en 1998.

Cuando ocurre de este modo, el ritmo del cambio parece impresionante: de la escritura al códice, 4.300 años; del códice al tipo móvil, 1.150 años; del tipo móvil a Internet, 524 años; de Internet a los buscadores, diecinueve años; de los buscadores a la clasificación algorítmica de Google, siete años; ¿y quién sabe lo que nos espera a la vuelta de la esquina o lo que ahora mismo está en proyecto?

Cada cambio tecnológico ha transformado el paisaje de la información, y la aceleración ha continuado a tal ritmo que parece imparable e incomprensible. A largo plazo -utilizando esa mirada que los historiadores franceses denominan la larga duración– el marco general parece bastante claro -o más bien mareante. Pero al presentar los hechos de este modo, he conseguido que nos condujeran a una conclusión excesivamente dramática. Los historiadores, tanto los americanos como los franceses, utilizan a menudo esos trucos. Si reordenamos los acontecimientos es posible obtener un dibujo distinto, uno que acentúe la continuidad en vez del cambio. La continuidad que tengo en mente tiene que ver con la propia naturaleza de la información o, dicho de otro modo, con la inherente inestabilidad de textos. En lugar de la mirada a largo plazo de las transformaciones tecnológicas, que subyace a la extendida opinión de que acabamos de entrar en una nueva era, la de la edad de la información, quiero sostener que cada edad fue una edad de la información, cada una a su modo, y que la información ha sido siempre inestable”.

Bien, el resto tendrán que leerlo en inglés. O esperar a que aparezca en la revista Pasajes.

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La historia transnacional: Ian Tyrrell

Publicado por Anaclet Pons en Junio 20, 2008

Poco nos llega de lo que hacen nuestros colegas en las antípodas. Así que, para los curiosos impenitentes, les voy a recomenendar el blog de Ian Tyrrell, profesor de historia en la University of New South Wales, de Sydney, donde imparte docencia sobre historia americana, historia ambiental e historiografía. Además, ha sido hasta hace un par de años presidente de la Australian and New Zealand American Studies Association y acaba de volver de una estancia en la parisina École des Hautes Études en Sciences Sociales. Pero, sobre todo, es un pionero de la llamada transnational history. ¿Que qué es eso? Pues el propio Tyrrell nos lo explica en una entrada de su blog, resumiendo uno de los textos que presentó en París.

El término, nos dice, es relativamente nuevo. De hecho, se puso de moda en los noventa asociado a los estudios sobre la historia americana. La historia transnacional, según la definían David Thelen, Thomas Bender y otros, se refiere al movimiento de la gente, las ideas, las tecnologías y las instituciones a través de las fronteras nacionales y se aplica al período posterior a la aparición del estado-nación (desde la independencia americana), aunque su origen se podría situar en el tratado de Westfalia de 1648.

Ahora bien, para aclarar el asunto y evitar algunos malentendidos, Tyrrell nos propone un poco de genealogía.

En 1992, el Journal of American History dedicó una edición especial a la “internacionalización” de la historia americana. El editor, Thelen, organizó además un seminario en 1998 sobre esas miradas transnacionales en el Institute for Social History de Amsterdam y al año siguiente publicó los resultados en otro número especial titulado “Beyond the Nation”. Mientras tanto, la Organization of American Historians había iniciado, junto con Thomas Bender y la New York University, otro proyecto para internacionalizar la historia americana. Se organizaron unas conferencias La Pietra, en Florencia, de las que surgió el volumen Rethinking American History in A Global Age (2002), Este libro se convirtió en la introducción estándar a esta nueva práctica. De todos modos, bien pronto se dejó atrás su estrecha vinculación a la historia americana, abarcando muchos otros aspectos, sobre todo en lo referente al estudios de los comportamientos migratorios y las diásporas étnicas, como la china.

Aun no siendo lo mismo, la nueva historia transnacional fue relacionada con la globalización, la historia mundial y la historia comparada. La globalización se rechaza generalmente debido a sus lazos con la teoría de la modernización, su focalización en la actividad unidireccional, en la homogeneización del mundo, etc. Pero se reconoce que la perspectiva global debe ser parte de la historia transnacional. La historia transnacional es algo más amplio, que abarca la historia global porque los E.E.U.U. desde sus inicios, estaban globalmente conectados, con unoscomerciantes que visitaban todas las áreas importantes del mundo y con unos misioneros que aspiraban a la conversión global del mundo al cristianismo y con otros viajeros que les siguieron al poco . Las relaciones transculturales o interculturales eran términos posibles, en competencia, pero quienes participaron en las conferencias de La Pietra los consideraban demasiado genéricos y vagos. El concepto de historia transnacional permitió aquellos estudiosos reconocer la importancia de la nación al tiempo que contextualizaban su crecimiento. Además, quienes abogaban por lo transnacional distinguían generalmente su trabajo del de la historia comparada. Sin embargo, una y otra vez, tuvieron que reconocer que la historia comparada podía complementar las miradas transnacionales, aunque éstas no fueran exactamente la misma cosa, sobre todo porque al comparar la historia de dos o más paísesse tendía a tratar las fronteras nacionales como algo dado. En cambio, según la nueva visión, uno debe ser consciente que qué lo que constituye los espacios, las instituciones y las tradiciones nacionales han cambiado con el tiempo. La historia transnacional intenta contextualizar esos desarrollos nacionales, explicando la nación en términos de sus influencias internacionales.

Fue entre 1989-1991 cuando la idea de historia transnacional empezó a convertirse en un programa de investigación específico. Aunque se asociara a un artículo que escribí en la American Historical Review (1991), la idea había sido sugerida en 1989 por Akira Iriye defendiendo un examen no sólo del nacionalismo sino del “internacionalismo” y sugiriendo el estudio de una explícita “historia cultural transnacional” que complementara los desarrollos meramente nacionales.

Las causas del nuevo movimiento eran a la vez intelectuales y políticas. Ante todo, el deseo de sintetizar la fragmentación académica sufrida por historia social, especialmente en el área de la historia diplomática, que había quedado marginada de la historia social, perdiendo el contacto con esa práctica. Las nuevas aproximaciones en historia internacional insistieron en la perspectiva cultural de la investigación diplomática. Al mismo tiempo, los historiadores sociales, particularmente los que trabajaban en los movimientos reformistas y en la historia de mujeres, se movían más allá del marco de la referencia nacional para estudiar el papel de las organizaciones no gubernamentales y los movimientos reformistas individuales y su influencia en las acciones del estado-nación. Hubo otra influencia política e intelectual más genérica: el impacto de la vambiante situación histórica mundial. El derrumbe de la Unión Soviética y la emergencia de la nueva globalización llevaron a los historiadores a preguntarse por la eficacia de los estados-nación como marco para el análisis.

Aunque el proyecto de investigación era relativamente nuevo, el término “transnacional” ya había sido utilizado en el discurso histórico y sociológico. Fue utilizado en ciencia política, por ejemplo, para describir las actividades de las corporaciones multinacionales y los sindicatos internacionales en los años 70. Robert Keohane y Joseph Nye editaron un ejemplo temprano e interesante de este género, Transnational Relations and World Politics (pero este trabajo se centraba en las instituciones formales del Estado, sin incorporar la nueva historia social, y carecía de perspectivas históricas que mostraran la trayectoria de los movimientos transnacionales, con la excepción del interesante trabajo de Alexander Field). Cierto uso provenía del campo del derecho, donde el juez y académico americano Philip Jessup utilizaba el término y desarrollaba el campo de la “ley transnacional” en los años 50 en respuesta al crecimiento de nuevas instituciones supranacionales, sobre todo las agencias de la ONU. Los orígenes del propio término “transnacional” se pueden rastrear por lo menos hasta 1916 en un ensayo seminal aparecido en los Estados Unidos y escrito por el intelectual radical Randolph Bourne, titulado “Transnational América”. Sin embargo, los historiadores han tratado el término de manera diferente , puesto que el uso de Bourne era una invitación al multiculturalismo americano y en cierto modo una invocación al exceptionalism americano. Los historiadores han producido una más amplia tradición de escritura histórica transnacional, la cual puede ser identificada con el movimiento transnacional actual o con la propuesta intelectual de Randolph Bourne.

En un sentido lato, buena parte de lo que entendemos por la escuela de Annales también propuso una suerte de historia transnacional,  aunque no en términos estrictos, porque se impulsaba  una historia cultural y regional antes que  nacional en una era en la que todavía prevalecía la regla dinástica. A la reunión de Oslo del Congreso Internacional de Ciencias Históricas de 1928, la alocución de Bloch   se ocupó aparentemente de historia comparada, pero también hizo alusión al transnacionalismo moderno, demostración cómo las apxomimaciones transnacionales y comparadas podían combinarse. Era más probable que la historia comparada  ofreciera explicaciones fructíferas, señaló  Bloch, cuando invocó “un estudio paralelo de las sociedades que son  vecinas y contemporáneas, que ejercen una influencia mutua constante, expuestas en su desarrollo  a la acción de las mismas causas profundas aunque sea porque están cercanas y son contemporáneas, y que deben  su existencia en parte al menos a un origen común”.  Donde existen tales condiciones, se pueden distinguir diferencias sustanciales  dentro de patrones comunes y las hipótesis se presentan más para  explicar las diferencias observadas que en los casos en lo que lo primero son las desemejanzas radicales. El trabajo que Bloch y  Febvre emprendieron en   Annales inició formas de historia transcultural y de historia regional muy influidas por la geografía. El ejemplo más famoso fue el de Fernand Braudel, cuyo Mediterráneo (1949) se ocupaba de las  influencias geográficas, económicas y demográficas. Dentro de este marco, las influencias políticas, especialmente el papel de los gobernantes europeos, eran lla parte efímera.

Aunque los historiadores americanos se acercaron  a Annales en los años 60 y comenzaron a pensar en términos de  historia transnacional en los 70  -como se ve en el trabajo de Laurence Veysey, e incluso  el término efue usado por David Pinkney (apoyando la historia europea) y  Carl Degler (críticamente)–.  es verdad que   los historiadores americanos fueron reacios a la hora de conectar   con el trabajo de otras disciplinas que desarrollaron ideas sobre el análisis transnacional. Y eso ha continuado, con el desarrollo delas  perspectivas transnacionales en historia mundial, en sociología y en campos tales como la historia china,  todavía arrinconada por parte de los historiadores americanos y no comparada con  el ejemplo americano. Una diferencia con el trabajo hecho en otros campos  en esas décadas anteriores fue que la  semilla cayó sobre tierra pedregosa. Hoy en día, el campo de la historia transnacional (y  los actuales desarrollos  en sociología y antropología) tiene una clara perspectiva de   transformación académica   porque se conjuga bien  con los cambios percibidos en la economía mundial y en el orden social asociados a la globalización.

……

Transnacional es un término muy amplio, pero  abarca  menos que el monstruo destructor determinista y unidireccional de la globalización, o que las generalidades  terminologicas de lo  “transfronterizo”,  que podría referirse a  fronteras internas del estado-nación, como los municipios.  El propósito de la etiqueta transnacional es de hecho más concreto: centrarse en la relación entre la nación y los factores que la trascienden.

Se dice a menudo que la nación implica soberanía e identidad. Por tanto, la dimensión transnacional es menos importante o no lo es  en absoluto. Con todo, es una idea completamente desencaminada mesurar estas relaciones como algo a ser sopesado. Enfrentar los factores  externos  con los  internos en la historia americana es una fórmula errónea, especialmente para el siglo XIX,  cuando el estado era relativamente débil y el comercio, el  capital  y el trabajo fluían libremente. Incluso cuando el estado-nación llegó a ser vital, eso  mismo se produjo transnacionalmente. Es decir, el contexto global de la seguridad, de la competencia económica  y del cambio demográfico significa que los límites de la nación tuvieron que ser construidos. No existieron aisladamente.    Las identidades nacionales se han definido contra otras identidades, incluyendo fenómenos transnacionales que afectan a la nación mientras se construye. Esta fabricación transnacional de la nación a través de una variedad de fronteras, desde  los controles de inmigración a la cuarentena por razones sanitarias o  los proyectos de memoria  nacional,  ha tenido un peso decisivo sólo en épocas muy   recientes  -en el caso americano, como tantos  otros, sobre todo entre 1880 y 1940. La historia transnacional  denaturaliza   la nación, de modo que  es un tema aplicable a otras historiografías, aunque  la americana   haya encabezado  este programa de investigación.

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Las imágenes y la historia digital

Publicado por Anaclet Pons en Junio 19, 2008

El último fin de semana de mayo tuvo lugar una en The Center for History and New Media  de la George Mason University una unconference (dice la wikipedia que es un  seminario cuyo contenido es creado y gestionado diariamente por los participantes, sin que haya ningún organizador al frente). El tema era el de las humanidades y la tecnología, con el nombre de THATCamp (acrónimo de “The Humanities and Technology Camp” ).

Los campers, pues así se les denomina, han tenido un programa muy ajetreado y han discutido sobre diversos asuntos. Según relataba The Chronicle of Higher… hace unos días, uno de los temas más interesantes ha resultado ser el de la visualización del pasado o del presente. Es decir, ver cómo la conversión de datos históricos en imágenes puede ofercernos una nueva percepción sobre ellos. De entre los ejemplos sobre los que se habló hay tres bastante curiosos:

1. WorldMapper:   una colección de mapamundis  en la que la representación de cada país cambia de forma y de tamaño  según el factor demográfico considerado (riqueza, alfabetización, etc.). Hay seiscientas cartografías, todas ellas gracias al trabajo de la University of Michigan y la de Sheffield. Por ejemplo, éste el que corresponde con el de “War Deaths, 1945-2002″, cuya explicación hay que obtener en un imagen aparte, en formato pdf.

2. Freebase: un portal (una comunidad del tipo wikipedia, a la que incorpora) que ofrece diversas herramientas para navegar por múltiples bases de datos. Por ejemplo, podemos  buscar al dictador Francisco Franco y encontramos lo siguiente. Uno de los proyectos que usa esta aplicación es el de  History of  Sciences, que ayuda a buscar distintos elementos biográficos de los más célebres científicos. Fue creado por el francés Pierre Lindenbaum.

3. Hard Rock Cafe memorabelia site: quizá el más sorprendente, según dice la reseña de The Chronicle.  La cosa no suena muy bien, dado el establecimiento al que se dedica, pero creo que merece un vistazo, porque no es tanto lo que contiene cuanto sus aplicaciones potenciales. Eso sí, hay que instalar un software gratuito de Microsoft: Silverlight.

Y hay muchos otros ejemplos, como Rome Reborn

Dan Cohen, entusiasta de estas cosas y director del citado Center for History and New Media  dice: “I’d love to see some archives experiment with something like this that shows the entire collection at this scale”. Para eso aún queda, desde luego. Mietras tanto, un comentarista perspicaz (o escéptico) comenta: “Why claim that this is “the future of scholarship in the humanities” when, in fact, it’s nothing more than a handful of projects without even all that much in common among them?”  

 

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La Revolución francesa de Michelet

Publicado por Anaclet Pons en Junio 18, 2008

Una gran noticia, desde luego, la nueva versión de los tres volúmenes de La Historia de la Revolución Francesa de Jules Michelet (Ediciones Ikusager, de Vitoria). La empresa parte de la traducción que hiciera Blasco Ibáñez (Valencia, Biblioteca Popular, 1898-1900) e incluye los célebres grabados de Daniel Urrabieta Vierge (como hiciera en 1982 la Editora de los Amigos del Círculo del Bibliófilo), pero en este caso la versión se actualiza y se añaden los capítulos mutilados en esta edición española (hubo otras versiones en Argentina).

Quizá quien mayor pasión puso en desentrañar a Michelet fue Roland Barthes y a cuenta de eso escribimos hace unos años (acopiándome en Cómo se escribe la microhistoria con mi amigo Justo Serna ) que “Michelet fue para Barthes un écrivain y no tanto un écrivant, es decir, jamás escribió acomodándose a una koïné normativa. Fue, por contra, un auténtico creador capaz de una escritura propia, sobre todo personal, y en la que se encarnaría con incisiones profundas el yo del historiador. Gracias a esa cualidad, desplegaría un arte pulsional, viene a decir Barthes, un arte que introduciría directamente el cuerpo en el lenguaje. Con Michelet, nos las veríamos, pues, con un historiador excesivo, dueño de un significante suntuoso y escéptico con la operación reificadora de los hechos postulada por el positivismo”.

Todo eso y mucho más lo expuso Barthes en su Michelet (FCE), sobre el que señalábamos: “Como nos recordaba Louis-Jean Calvet, Roland Barthes se había enfrentado a la lectura de Michelet en unas condiciones muy especiales, en concreto hacia 1945, es decir, con treinta años y cuando se resentía de una tuberculosis que le impedía una vida profesional activa y le apartaba de lo que después sería su dedicación plena a la escritura. Michelet fue para él una obsesión y un lenitivo, una huida del tedio y una forma peculiar de autoinspección. Fue, además, un objeto de análisis y un referente intelectual que, a pesar de su posterior evolución o tal vez por ello mismo, jamás abandonó o desdeñó”.

Lo volvió a reiterar Barthes en su célebre lección inaugural en el Collège de France (El placer del texto y Lección Inaugural, Siglo XXI), reconociendo que le debía “haber descubierto, desde el origen de mi vida intelectual, el sitio soberano de la Historia entre las ciencias antropológicas, así como la fuerza de la escritura cuando el saber acepta comprometerse con ella”.

“En el orden del saber, para que las cosas se conviertan en lo que son, lo que han sido, hace falta este ingrediente: la sal de las palabras. Este gusto de las palabras es lo que torna profundo y fecundo al saber. Sé por ejemplo que muchas de las proposiciones de Michelet son recusadas por la ciencia histórica, pero ello no impide que Michelet haya fundado algo así como la etnología de Francia, y que cada vez que un historiador desplace el saber histórico, en el sentido más lato del término y cualquiera que fuera su objeto, encontremos en él simplemente una escritura”.

Así es, en efecto. Desplazado en el contenido, nos queda la forma y el autor, un Michelet que se habría inspirado (diría H.White) en la denostada estética de lo sublime.

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Historia de Europa: Alemania y Polonia reescriben su pasado

Publicado por Anaclet Pons en Junio 17, 2008

Leo en la red que están ya disponibles los dos primeros volúmenes del manual escolar de historia franco-alemana y que el tercero aparecerá en 2009. Pero la auténtica novedad es que los alemanes han hecho lo mismo con Polonia, aunque la cosa está aún en mantillas. El proyecto ha surgido por iniciativa del vicecanciller y ministro alemán de Asuntos Exteriores Franz-Walter Steinmeier, del SPD. El primer volumen englobará el período comprendido entre la Edad Media y el siglo XVIII, y se presentará en 2011.

De momento, ya lo ven, se ha evitado entrar en polémicas, dejando la Segunda Guerra Mundial para más adelante. Pero es un primer paso, a pesar de las reticencias (ya lo dijo el ministro polaco de Asuntos Exteriores, Radoslaw Sikorski: “Acepto la iniciativa del ministro alemán para desarrollar conjuntamente un manual de historia polaco-alemana porque estamos de acuerdo en que en Alemania se necesita conocer más en profundidad la historia polaca”).


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