La Unión Soviética: los susurros de la gente corriente

Decía no hace muchos días mi admirado Manuel Rodríguez Rivero, ahora en El País: “el derrumbe de la ideología que informaba la práctica política en los países del “socialismo real” -es decir, en las burocracias (post)estalinistas realmente existentes-, y el sálvese quien pueda entonado con brío y mala conciencia por buena parte de los intelectuales de izquierda en la última década del siglo XX, ha dejado el vasto campo de estudio del Comunismo en manos casi exclusivas de historiadores liberales o sólidamente instalados en la derecha política, como Richard Pipes u Orlando Figes, particularmente eficaces en su empeño de pulverizar el mito del “buen” Lenin frente al “malvado” Stalin”. De este segundo autor citaba con acierto su “The Whisperers, private life in Stalin Russia, (…), cuyo trabajo en archivos familiares de la época estalinista le ha permitido reconstruir (a veces con cierta “creatividad”) la historia -y el sufrimiento- de los que, sin hacer la Historia, se limitaron a padecerla, y de qué modo”.

Por supuesto, Figes es considerado un autor liberal o más bien uno de los máximos representantes de la historiografía antibolchevique, y esta última etiqueta que le cuelgan hace que sea bien visto por la derechona de toda la vida. Pero es un error caer en tal trampa, porque no responde totalmente a la realidad. Por su parte, la “creatividad” debe entenderse como voluntad narrativa bien llevada. Si alguien no tiene claro este concepto, remito como en otras ocasiones a Natalie Zemon Davis y, por citar un libro reciente, a su entrevista con Denis Crouzet (Pasión por la historia. Universitat de València, 2006)..

Para quien tenga dudas sobre la trampa antechicha, diré que podemos consultar todavía las palabras de Figes que reprodujo El País hace ahora unos seis años cuando la polémica generada por el libro del novelista británico Martin Amis sobre Stalin (Koba el temible: la risa y los veinte millones). En realidad, resumía las duras palabras que Figes le dedicó en The Telegraph unas semanas antes con el título de “A shocking lack of decorum“:

“Un buen historiador necesita muchas cualidades (…), pero por encima de todo necesita humildad. No escribimos historia para llamar la atención sobre nosotros mismos”, “Amis nos entrega quizá las 100 mejores páginas que se han escrito sobre Stalin”, pero “de hecho, como pieza de escritura histórica, no es original y es de segunda categoría”. “Me recuerda a muchos de los ensayos de estudiantes pregraduados que he leído: charlatanería basada en los trabajos de otros, agudo e ingenioso (sobre todo con las palabras), precipitado en sus conclusiones y repleto de hechos confusos. Al no contar con ninguna fuente rusa -o al menos eso parece-, inevitablemente hay vacíos y distorsiones”. “Hay errores básicos en casi todas las páginas. Sin embargo, no es la sección histórica la que realmente huele mal, sino la egocéntrica manera en que vincula los hechos de la Rusia de Stalin con su propia experiencia en las secciones personales”, “Me refiero al pasaje en que compara la muerte de su hermana, por trágica que fuera, con el sufrimiento de millones en la Unión Soviética cuyos seres queridos fueron torturados y luego asesinados por unos sádicos en la celda de una prisión o, peor todavía, enviados como esclavos a un GULAG”. “El auténtico protagonista de su libro no es ni Stalin ni sus víctimas, sino Amis, el pretendido historiador: Amis cavilando sobre el sufrimiento del mundo desde la seguridad de su hogar”. Vaya con el historiador antibolchevique!

De Figes podemos decir que ha escrito libros magníficos, entre los que recomiendo vivamente el espléndido El baile de Natacha (Edhasa, 2006) o Interpretar la revolución rusa: El lenguaje y los símbolos de 1917, este último escrito con Boris Kolonitskii (Biblioteca Nueva-Universitat de València, 2001). Y el pasado octubre apareció The Whisperers, private life in Stalin Russia, que es un proyecto mayor si cabe. Dice Figes que, entre 2003 y 2006, tres equipos de investigadores de la Memorial Society de San Petersburgo, Moscú y Perm recuperaron varios centenares de archivos familiares (cartas, diarios, documentos personales, memorias, fotografías y enseres) que habían sido escondidos por los sobrevivientes del terror estalinista. Además, el grupo entrevistó extensamente a los familiares vivos, a las personas que podían explicar el contexto de estos documentos privados y relacionarlos con los antecedentes familiares. El proyecto estuvo encabezado por Figes, con el apoyo del Arts and Humanities Research Council y el Leverhulme Trust. En suma, una colección única de documentos y de testimonios sobre la vida privada soviética bajo el gobierno de Stalin, reflejando el mundo interior de las familias y de la gente común. A partir de todo ese material se configura su nuevo libro y la página web que lo acompaña. Digamos, eso sí, que la Memorial Society es una institución de signo liberal, nada más, en el contexto que ese término tiene en Occidente y sobre todo en la actual Rusia.

Sobre el libro poco hay que decir, pues ha tenido muy buena acogida y lleva meses en las librerías. La reseña para el New York Times, por ejemplo, la hizo Joshua Rubenstein, responsable de Amnistía Internacional, y señaló que, además de otras virtudes, el volumen resiste ese intento de Putin de reimponer la amnesia moral al pueblo ruso, una resistencia hecha desde la gente común y desde la historia cultural. Así empezaba Rubenstein su análisis:

“For many years, Orlando Figes observes, the memoirs of intellectual dissidents, like Eugenia Ginzburg and Nadezhda Mandelstam, and the work of Aleksandr Solzhenitsyn, “were widely greeted as the ‘authentic voice’ of ‘the silenced,’” telling us “what it had ‘been like’ to live through the Stalin Terror as an ordinary citizen.” Their books did indeed reflect the experience of people like themselves, who were “strongly committed to ideals of freedom and individualism.” But they did not represent what happened to millions of other people who were not opponents of the regime and did not engage in any kind of substantial dissent, but were still dispatched to labor camps, to exile in remote settlements or to summary execution. As Figes, a leading historian of the Soviet period, concludes in “The Whisperers,” his extraordinary book about the impact of the gulag on “the inner world of ordinary citizens,” a great many victims “silently accepted and internalized the system’s basic values” and “conformed to its public rules.” Behind highly documented episodes of persecution, famine and war lie quieter, desperate stories of individuals and families who did what they could to survive, to find one another and to come to terms with the burden of being physically and psychologically broken. But it was not only repression that tore families apart. The regime’s reliance on “mutual surveillance” complicated their moral burden, instilling feelings of shame and guilt that endured long after years of imprisonment and exile”.

Y así empieza la introducción de su libro el propio Figes (el desastre de traducción se me ha de imputar):

“Antonina Golovina tenía ocho años cuando la exiliaron con su madre y sus dos hermanos menores a la lejana región de Altai, en Siberia. Habían arrestado y condenado a su padre a tres años en un campo de trabajo por “kulak” o campesino “rico” durante la colectivización de su aldea, en el norte de Rusia, y la familia había perdido su propiedad, a manos de la granja colectiva para la que trabajaban. A la madre de Antonina apenas le dieron una hora para empaquetar algo de ropa para ese largo viaje. La casa en la que los Golovin había vivido durante generaciones fue destruida, y el resto de la familia se dispersó: la hermana y los hermanos mayores de Antonia, sus abuelos, tíos, tías y primos huyeron en todas direcciones para evitar ser detenidos, pero la policía acabó capturándolos, y se les envió a Siberia, o a faenas en los campos de trabajo del gulag, de modo que muchos de ellos no se reencontrarían jamás.

Antonina pasó tres años en un “establecimiento especial”, un campo de registro con cinco barracones de madera en la orilla de un río en donde se apilaban un millar de “kulaks” y sus familias. Después de que dos de los edificios fueran destruidos por unas fuertes nevadas en el primer invierno, algunos de los exiliados tuvieron que vivir en agujeros excavados en la tierra congelada. No llegaban alimentos, porque el establecimiento estuvo incomunicado por la nieve, de modo que la gente tuvo que sobrevivir con los que habían traído consigo de sus hogares. Murieron de hambre, de frío y de tifus, pero no podían enterrar todos los cuerpos, así fueron apilados hasta la primavera y entonces los lanzaron al río.

Antonina y su familia volvieron del exilio en diciembre de 1934 y, tras reunirse con su padre, se mudaron a una casa de una sólo habitación en Pestovo, una ciudad repleta de antiguos “kulaks” y sus familias. Pero el trauma que había sufrido dejó una profunda cicatriz en su conciencia, pero la herida más profunda era el estigma de su origen “kulak”. En una sociedad donde la clase social lo era todo, Antonina fue calificada como un “enemigo de clase”, se le impidió continuar estudiando o acceder a algunos trabajos y quedó expuesta a la persecución y a la detención en las oleadas de terror que barrieron el país durante el reinado de Stalin. Se crió con un sentimiento de inferioridad social qué ella misma describe como “una especie de miedo”, dado que “como éramos kulaks el régimen podía hacernos cualquier cosa, no teníamos ningún derecho, tuvimos que sufrir en silencio”. Tenía demasiado miedo como para defenderse de los niños que la tiranizaban en la escuela. En cierta ocasión, Antonina fue castigada por uno de sus profesores, que señaló ante toda el aula que “los suyos” eran “enemigos del pueblo, ¡despreciables kulaks. Desde luego, merecéis que os deportaran, sólo espero que aquí os exterminen!” Antonina sintió una injusticia y una cólera profundas y eso hizo que deseara lanzar un grito de protesta. Pero un miedo mucho más profundo la silenció”.

En fin, para no alargar mucho esta entrada y aclarar el asunto, me permitiré reproducir la entrevista que Juana Libedinsky le realizó para La Nación de México el 21/10/2007:

-Después de toda una vida profesional dedicada a estudiar Rusia, ¿hubo algo que lo sorprendiera al investigar la vida privada durante el comunismo?

-Los cinco años en los que trabajé en este proyecto fueron de una sorpresa constante. Desde que se abrieron los archivos, en los últimos diez o quince años, ya se había podido investigar mucho sobre la estructura del partido y la política. Sin embargo, nadie había logrado entender cómo el sistema de valores oficial había logrado entrar en la vida privada de la gente y cómo la población lo había interiorizado. Nuestro desafío fue hacer el primer estudio sistemático al respecto, y muchos de los hallazgos fueron totalmente inesperados. Primero de todo, fue sorprendente el nivel de miedo y ansiedad que todavía queda en la población al hablar sobre su vida personal y la de su familia. Una de las razones por las que no hice este trabajo a principios de los 90 fue que sentía que la gente no estaba lista para abrirse. Esta vez, en cambio, encontré que si bien había muchos que efectivamente no sólo querían, sino que necesitaban hablar de estos temas, les resultaba prácticamente imposible por el pánico a decir algo equivocado y que eso tuviera consecuencias. Y esto no sólo en el campo sino incluso entre la elite intelectual moscovita. Lo otro que me sorprendió fue una constante paradoja: la gente que más había sufrido por el régimen, era generalmente la que más profundamente creía en él.

-¿Cómo es eso?

-Por ejemplo, entrevisté al hijo de unos campesinos que habían sido enviados al Gulag en Siberia. Toda su vida había sido discriminado. Aun así, siempre trató de ser admitido en el partido y una de sus mayores alegrías fue cuando lo logró, en 1960. Tratamos de llegar a su estructura de creencias y nos dimos cuenta de que él realmente creía en Stalin y en los enemigos del pueblo, a pesar de haber sido declarado uno de ellos junto con su familia. El mismo no podía explicar esa aparente contradicción. Finalmente dijo que si uno creía en Stalin y creía en que había un objetivo ulterior para el bien de todos, era más soportable sufrir la represión. Es decir, el caso propio, la tragedia individual, se transformaba en algo necesario para el gran logro final. Es una mentalidad muy difícil de entender desde una perspectiva occidental, pero sirve para iluminar por qué muchas personas sienten todavía nostalgia por el período estalinista, incluso quienes personalmente sufrieron la represión.
-¿Diría que es un trabajo que sirve para entender la Rusia actual?

-Sí, creo que podemos extraer lecciones cruciales. La historia, por supuesto, siempre es tanto sobre el pasado como sobre el presente, porque es tanto sobre la memoria como sobre la construcción de la identidad actual, sobre la manera en la que una población se interpreta a sí misma. Con esta investigación pudimos aprender mucho sobre la naturaleza de la dictadura de Stalin y lo que le hizo a la vida de la gente, pero más importante aún es que sirve para entender lo que yo llamo la conformidad silenciosa que existe en Rusia hoy. ¿Cómo entender, si no, que el 80 por ciento de la población apoye a Putin? Lo que el pánico y la ansiedad de la gente pone al descubierto al hablar aún hoy es que se trata de una sociedad que ya no reflexiona sobre sí misma sino que se mueve por actos reflejos que la llevan a acallar las críticas personales y moverse con la mayoría.
-¿Cuál diría que es la gran lección que se puede extraer de su trabajo?

-Al terminar el proyecto me di cuenta de que la herencia de Stalin afectó a tres generaciones. Por eso la gran lección es que la represión que se ejerce contra una persona no sólo la afecta a ella y a su familia inmediata sino a muchas personas y a sus descendientes. En la última parte del trabajo nos enfocamos en los hijos y nietos de personas que habían sufrido la represión estalinista y encontramos un patrón común. En general sus padres y abuelos, para protegerlos, no les habían contado lo que habían vivido, pero los chicos instintivamente lo percibían y se autocensuraban, se ponían un límite interno a lo que se atrevían a hacer y decir. Por eso muchos hijos y nietos de las víctimas, aunque sus simpatías estuvieran del lado de los disidentes en los 60, no hacían nada al respecto. Esto para mí explica por qué el sistema soviético duró lo que duró. Ideológicamente, en las décadas del 60 y 70 el sistema estaba muerto, pero si bien nadie creía en él tampoco había una verdadera oposición. ¿Por qué no la había? Por lo que algunos de nuestros entrevistados llamaron un temor genético, que recibieron en la sangre de sus antepasados.
-¿La Rusia estalinista fue un ejemplo único o comparable con otros sistemas represivos?

-Muchas veces se hacen comparaciones morales con el régimen nazi pero eso creo que es un error. La Alemania nazi duró 12 años; el sistema estalinista soviético, 75, y de muchas maneras sigue vivo hoy. Cuando una dictadura permanece durante tanto tiempo prácticamente cambia la condición humana. Creo que la única comparación acertada es, obviamente, con China, pero quizá sirva para entender también a las culturas que han tenido regímenes autoritarios por un período muy prolongado y se puedan extraer lecciones sobre cómo condiciona a la gente ese tipo de atmósfera política. Al respecto, lo otro que me sorprendió fue cómo, en el medio de las historias terriblemente tristes, salían historias de gente de extraordinario valor. El terror sacó lo peor, pero en algunos casos, sacó lo mejor de la población, y esas historias sirven para recordarnos de lo que son capaces los seres humanos en condiciones imposibles, de los extremos a los que están dispuestos a ir para salvar a otros. Fue muy conmovedor.
-¿Pero cómo se explica que algunos obedecieran ciegamente y otros pusieran su vida en peligro por los demás?

-Me gusta creer que los seres humanos son capaces de hacer el bien tanto como son capaces de hacer el mal. Lo más interesante es cómo muchas veces una misma persona es capaz de ambas cosas. Encontré muchas historias que lo demuestran. Por ejemplo, la de un fiscal de Leningrado que, al enterarse de que los padres de una chica de 14 años habían sido arrestados y habían tenido que dejar a su hija a cargo de dos medio hermanos pequeños, fue y personalmente se ocupó de abrirle la casa (que había quedado sellada) para que sacara dinero y objetos para poder sobrevivir. Si alguien se enteraba de lo que había hecho, él hubiese sido enviado directo al Gulag. Es la historia de valentía de un hombre que a la vez era parte del sistema de represión. Los seres humanos somos animales complejos: si nos sueltan en un sistema político como el soviético podemos agachar la cabeza y cometer atrocidades, pero a veces nuestra humanidad igual puede resplandecer.
-Al cumplirse noventa años de la Revolución Rusa, ¿cómo cree que debería ser recordada?

-Es una pregunta difícil. Hoy todos vemos a la Revolución Rusa como lo que fue: un experimento utópico que salió mal y arruinó la vida de millones de personas. Lo que no podemos saber es, en el contexto del Armagedón que fue la Primera Guerra Mundial, si no fue acaso un experimento utópico que necesariamente debía intentarse. Lo que me parece peligroso es hacer juicios morales si no entendemos los tiempos que se vivían, como decir -desde nuestra distancia- que se trató sólo de un acto de maldad planeado por Lenin y sus seguidores. Simplemente, creo que fue uno de los momentos trágicos de la historia de la humanidad y que así es como debe recordarse.

Posdata: Concluida esta entrada y mientras reposa en espera de ser publicada, ha aparecido un artículo en El País titulado “Viaje al imperio de los susurros“.

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8 Respuestas a “La Unión Soviética: los susurros de la gente corriente

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  2. Saludos.

    ¿Qué opinión le merece el libro “La Revolución rusa… La tragedia de un pueblo, de Figes? ¿Y el de Beevor sobre Stalingrado?

    Hay mucho que leer y prefiero confiar en el criterio de un profesional de la historia.

    Gracias.

  3. Se me olvidaba preguntar si el traductor que figura en la obra que menciono de Figes es el “controvertido” César Vidal que colabora con la COPE.

    Gracias

  4. Pues sí, el mismo César Vidal, así son las cosas. Figes es considerado unánimemente un buen historiador, pero para la derecha más o menos civilizada lo es aún más. Tanto él como Beevor tienen la ventaja de su tono narrativo, lo que les permite llegar a un gran número de lectores sin sacrificar las reglas académicas (cosa que no se puede predicar de Vidal). Por eso mismo, esos dos libros que citas me parecen correctos, aunque prefiero los volúmenes de Figes (ese u otros que tiene sobre el asunto).

    En general, si uno quiere saber sobre estas cosas se suele acudir además a:

    CARR, Edward H., La revolución rusa: de Lenin a Stalin (1917-1929). Alianza, Madrid, 2002
    DABORN, John, Rusia: revolución y contrarrevolución, 1917-1924, Akal, Madrid, 1996

    Eso sin olvidar, como mencioné en la entrada, a Richard Pippes: Historia del comunismo. Mondadori, Barcelona, 2002

  5. Muchas gracias por contestar y por darme esas referencias. Seleccionar entre tanta información lo que merece la pena, es cada vez más y más importante.

    Y ya que estamos, ¿cómo trabaja Vd. los libros que lee? Yo por ejemplo utilizo JabRef, para almacenar en el ordenador la ficha bibliográfica y los párrafos que selecciono o las anotaciones que hago. En cierta ocasión leí a su colega Serna mencionar “Zotero”. ¿Cómo los trabaja Vd? ¿Cómo se deben trabajar? ¿Qué puedo leer sobre este asunto? Para mí este asunto es muy importante pues siempre leo mucho más que organizo, y siempre tengo muchísimos libros -por decirlo así- pendientes de informatizar.

    Gracias de nuevo.

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