Clionauta: Blog de Historia

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La polémica sobre el “nuevo realismo”

Publicado por Anaclet Pons en mayo 25, 2012

Hemos hablado aquí del manifiesto por el nuevo realismo, el cual, como era de esperar, ha generado no pocos debates. Veámoslo. El pasado 1 de abril, por ejemplo, Stefano Velotti reseñaba en el suplemento dominical de Il Manifesto el libro de Maurizio Ferraris en el que desarrolla aquella idea (Manifesto del nuovo realismo. Laterza, 2012). Así empezaba:

“Un cuarto de siglo atrás, en la presentación al público italiano la traducción del libro más conocido de Richard Rorty, La filosofia e lo specchio della natura (La filosofía y el espejo de la naturaleza), Gianni Vattimo y Diego Marconi lo definieron como “epocale”:  un libro capaz de captar y promover los rasgos de una nueva época, aquella en la que estábamos inmersos. En esos años eufóricos y despiadados, liberales y corruptos, dopados e ilusionistas, se habría manifestado en el mundo occidental un nuevo “espíritu” colectivo liberado del peso de los opresivos y autoritarios “datos de hecho” y de las aserciones universalizantes. La filosofía, por su parte, se reveló finalmente como nada más que una práctica de “conversación” con un fin “edificante”. Sus pretensiones tradicionales de verdad no eran otra cosa que meros efectos de una  “solidaridad”   intelectual y moral de grupos humanos más o menos grandes y homogéneos: ninguna afirmación fundada sobre algún principio, sino solamente acuerdos locales pragmáticos, propios de ciertas tribus. Por ejemplo, las tribus occidentales. La epistemología (la investigación filosófica de las condiciones de posibilidad del conocimiento, de sus pretensiones de validez y verdad) tuvo que ser relegada eal ámbito del “modernariato”, o de los géneros literarios. La verdad, los hechos de la historia y de la ciencia, los principios morales y políticos, sólo podían ser citados, con las apropiadas comillas debilitadas e ironizantes, como los tímpanos en arquitectura  y los textos “canónicos” en literatura. “Transformar el mundo” sólo significaba reescribirlo, “cambiar el vocabulario”.  Hoy, con la presentación de su Manifesto del nuovo realismo (Laterza), Maurizio Ferraris no pretende ofrecer un retrato de un “contra-punto epocale“, ni siquiera una mera “teoría”, sino más bien una “instantánea de un estado de cosas”: y como en cualquier Manifiesto que se precie, aquí también hay un espectro…  el espectro que se cierne sobre todo el mundo occidental es en realidad un revenant que vuelve entre nosotros después de haber sido enterrado vivo en el “mundo de cuento de hadas” en que se ha convertido la posmodernidad: el espectro, en suma, del realismo.

(…)”

El lector interesado puede concluir la lectura con la segunda parte, que acababa dando la bienvenida al volumen, a la nueva atención a lo real, que para Velotti significa abrazar y hacer posible de nuevo la máxima kantiana de la salida del hombre de su minoría de edad, esa que estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro.

Una semana después, el domingo 8 de abril y con el título de “Da Bush a Monti. Fatti o interpretazioni?“, comparecieron en el mismo medio Gianni Vattimo (“Lettera a Umberto Eco. Il ritorno della realtà come ritorno all’ordine”) y Maurizio Ferraris (“Risposta a Vattimo. Postmoderno un cavallo di battaglia populista”), con una brevísima contrarréplica de Gianni Vattimo (“Parlo a Tizio risponde Caio“).

Vattimo, como también se puede ver en su blog, tomaba a Umberto Eco como interlocutor y decía en el primer párrafo:

“Estimado Umberto, me gustaría entrar de lleno in media res (ay!, las cosas mismas!) para discutir tu ensayo sobre el “realismo negativo”. Dos cosas para empezar. En primer lugar, ¿realmente alguno de los nuevos realistas piensan que un posmoderno utiliza un destornillador para limpiarse el oído o la mesa sobre la que escribe para viajar de Milán a Agognate? A menudo los ejemplos paradójicos terminan siendo tomados demasiado en serio, y se convierten en caricaturas de las que sería mejor desembarazarse. En segundo lugar, ¿recuerdas a Proudhon? En un verano de hace muchos años, en el desierto de temas con los que llenaban los periódicos, alguien restacó a Proudhon del frío, abriendo un debate inconcluso que se prolongó por un ‘tiempo y luego se desvaneció en el aire. El nuevo realismo me parece un fenómeno muy similar, aunque amenaza con durar más tiempo, por razones que probablemente tienen que ver con el clima general de “retorno al orden” cuya máxima expresión es el gobierno de los “técnicos”.

(…)”

A lo que Ferraris, tras indicar que se empeña en no citarle a él y a su libro dirigiéndose a Eco, exponía:

“En cuanto a lo posmoderno, mi idea, que he expresado con frecuencia y durante años, es que no ha fallado, sino que lo hizo demasiado bien, y de una manera perversa, es decir, contraria a las intenciones de sus teóricos filosóficos, entre los que estaba, hace treinta años, yo mismo. La idea era que la deconstrucción completa de una realidad llena de construcciones sociales resultaría emancipatoria. El resultado, sin embargo, ha sido el realitysmo deshuesado del populismo mediático, donde la ironía y la crítica de la objetividad no es la emancipación, sino la opresión. El resultado ha desatado guerras basadas en mentiras, crisis económicas producidas por una financiación creativa que no hizo ninguna diferencia entre realidad e imaginación y, a mayor farsa, un primer ministro que se inventa nietos de Mubarak. Parece difícil no reconocer este hecho, aun no simpatizando con el realismo filosófico. Parece difícil no reconocer el arco que conduce de lo posmoderno al populismo aunque, de nuevo, no creo que los filósofos posmodernos deseasen en lo más mínimo lo que los políticos populistas han hecho. El hecho es que errar es humano, pero perseverar es diabólico, es por eso que hace veinte años me alejé de la posmodernidad, a la luz de estos efectos secundarios que, a diferencia de ti, me parecían intolerables.

En cuanto a la hermenéutica, ningún realista niega la importancia de la hermenéutica en las prácticas sociales y el conocimiento. Lo que parece inaceptable es la formulación de Nietzsche: “No hay hechos, sólo interpretaciones.” Porque incluso en este caso, al principio parece haber una gran promesa de emancipación, la idea de una humanidad que está libre de las sombras de la caverna de Platón, de los falsos ídolos e ilusiones. Pero luego se revela como lo que es, un perfecto instrumento reaccionario, la traducción filosofante y escéptica de “la razón del más fuerte es siempre la mejor”, la idea de que quien tiene el poder, por injusto e inhumano que sea, puede imponer sus interpretaciones, con la fuerza de sus abogados, de sus ejércitos o de su dinero. (…)”.

En fin, la última palabra de aquel suplemento se le concedió a Vattimo, que insistía en que se dirigía a Eco y a su posición sobre el “realismo negativo”. En aquel texto, Eco finalizaba del siguiente modo:

“Podría traducir mi idea de realismo negativo en términos peirceanos. Cada interpretación nuestra está sesgada por un Objeto Dinámico que nosotros conocemos siempre y a través de una serie de Objetos Inmediatos (el Objeto Inmediato, que es un signo, que sólo puede explicarse por una serie de Interpretantes sucesivos, donde cada intérprete sucesivo explica bajo cierto perfil el precedente, en un proceso de semiosis ilimitada). Pero durante este proceso producimos Hábitos, formas de comportamiento, que nos llevan a actuar sobre el Objeto Dinámico del que habíamos partido y a modificar la Cosa en Sí de la que habíamos partido, dando un nuevo impulso al proceso de semiosis. Estos hábitos pueden haber tenido éxito o no, pero cuando no lo obtienen el principio de falibilidad debe llevarnos a creer que algunas de nuestras interpretaciones no eran adecuadas.

¿Basta con tener esta idea de realismo mínimo, que coincide con el hecho de que conocemos los hechos sólo a través de la manera en que los interpretamos? Una vez Searle dijo que el realismo quiere decir que estamos convencidos de que las cosas van en cierto modo, que quizá nunca podremos decidir por qué camino van, pero que estamos seguros de que van en cierto modo, aunque nunca sepamos por cuál . Y eso es suficiente para creer (y aquí Peirce viene al rescate de Searle) que in the long run, al final, aunque sea parcialmente podemos llevar adelante la antorcha de la verdad.

La forma modesta de Realismo Negativo no garantiza que mañana podamos poseer la verdad, o saber con certeza what is the case, pero nos anima a buscar lo que de alguna manera está ante nosotros; y nuestro consuelo frente a lo que de otro modo nos parece siempre difícil de alcanzar es que siempre se puede decir, incluso ahora, que algunas de nuestras ideas están equivocadas porque ciertamente lo que se había afirmado no era el caso“.

La polémica ha continuado y tenía precedentes. Todo ello, y es mucho, en Labont.

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Gérard Wajcman: la civilización de la mirada

Publicado por Anaclet Pons en mayo 23, 2012

Pasada una década desde la traducción de El objeto del siglo (Amorrortu), del psicoanalista francés Gérard Wajcman, nos llegó el pasado año Coleccion seguido de La Avaricia y ahora El ojo absoluto (ambos en Manantial). Gustavo Santiago, en La Nación, reseñó este último en los siguientes términos:

Es conocido el epitafio grabado en la tumba de Kant, tomado de su Crítica de la razón práctica: “Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. Gérard Wajcman, psicoanalista francés, profesor en la Universidad de París VIII, se vale de esta frase para reinterpretarla a la luz de la sociedad actual, que denomina “civilización de la mirada”. ¿Qué hay en ese cielo estrellado que tanto fascinaba a Kant? Decenas de satélites que conforman una fabulosa red de vigilancia; ojos electrónicos que cubren centímetro a centímetro la superficie de la Tierra. ¿Qué decir entonces del interior del hombre, esa otra zona que despertaba la admiración y el respeto del filósofo alemán en el siglo XVIII? Tomado el término en sentido literal, podría decirse que ya no hay un interior del hombre. La ciencia ha logrado penetrar las cavidades más ocultas del espacio y del tiempo humanos. Hasta no hace demasiado tiempo, había que esperar a que un hijo naciera para conocerlo. Hoy, dice Wajcman, los niños nacen en una pantalla casi nueve meses antes de salir del cuerpo de sus madres. Claro está que Kant hablaba de otro tipo de interior. Del interior que concierne a los pensamientos y las acciones del hombre. ¿Queda allí todavía un espacio para el asombro y la expectación? No por mucho tiempo. El autor nos recuerda que ya existe una serie de programas, como el del Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica de Francia, cuya pretensión es detectar posibles “desviaciones” morales con la suficiente anticipación para neutralizarlas. En dicho programa, un ejército de psicólogos, neurocientistas y biólogos ponen a punto instrumentos para prever el comportamiento moral de un sujeto a partir de sus ¡36 meses de vida!

Para poner en evidencia la relación entre violencia e imagen, el autor compara tres acontecimientos que resultaron conmocionantes para la humanidad, y los asocia con tres imposibles: las trincheras de la Primera Guerra Mundial (imposible de decir); las cámaras de gas (imposible de ver); el atentado a las Torres Gemelas (imposible de no ver). Retomando a Walter Benjamin, Wajcman recuerda el mutismo al que fueron condenados los testigos del horror de las trincheras de 1914. A su vez, en el film Shoah , de Claude Lanzmann, encuentra el psicólogo francés un claro ejemplo del único modo posible de “mostrar” aquello que no podía verse de los campos de concentración: “esta película de nueve horas y media referida al exterminio de seis millones de hombres, mujeres y niños no muestra una sola imagen de un cadáver. Muestra su ausencia”. El atentado contra las Torres Gemelas, en cambio, responde a la lógica de otra época. Su sentido último se encuentra en que se planeó para que fuera imposible de no ver. Más que los propios aviones, sostiene el autor, “la televisión fue un instrumento fundamental de los asesinos”. Fue la transmisión en vivo y en directo del espectáculo siniestro lo que provocó un terror jamás imaginado.

Resulta paradójico, entonces, que en el momento de pensar en algún tipo de protección el primer recurso considerado generalmente sea el de las imágenes. En todas las grandes ciudades se multiplican las cámaras de seguridad. O, en rigor, cámaras a las que se asocia con la seguridad. Sin embargo, el autor presenta algunos datos alarmantes. En primer lugar, según las estadísticas, la cantidad de delitos no disminuye con la instalación de las cámaras. Pero, no solo eso. Hay cierto tipo de delitos que parecen concentrarse allí donde las cámaras están presentes. En relación con ellos las cámaras no sólo no ejercen ningún tipo de disuasión, sino que la potencialidad de que el delito sea visto por otros -con lo que podría llegar, incluso, a convertirse en la imagen de la semana de los programas de noticias- funciona como un estímulo. Finalmente, el anhelo de protección mediante imágenes hace olvidar a quienes lo demandan que detrás de las pantallas hay miradas de “otros”. ¿Quién vigila a aquellos que vigilan? No es infrecuente que tras hechos delictivos sorprendentemente bien ejecutados las sospechas caigan sobre aquellos que se ocultan tras las cámaras.

La sociedad de vigilancia inaugura la era de la sospecha. Todos somos observados como delincuentes potenciales. Todos estamos obligados a demostrar permanentemente nuestra inocencia: ante las cámaras de vigilancia, ante los programas de lectura automatizada de e-mails, ante los escáneres de los aeropuertos. Toda una red parece estar tendida sobre nosotros esperando cualquier desliz nuestro para caernos encima.

Para el autor esto no es más que una consecuencia del ideal que anima a nuestra sociedad: la transparencia, en el que convergen la sociedad del espectáculo y la de la vigilancia. Todos quieren ver todo; todos quieren ser vistos por todos. “Hay un ojo en cada esquina, hay ojos en el cielo, en nuestras casas, en nuestros autos, los teléfonos meten ojos en nuestros bolsillos [...] las ciencias médicas meten un ojo en nuestros cuerpos y pretenden explorar hasta el fondo de nuestros pensamientos.”

Sin duda, la tecnociencia juega en esta situación un papel central. En relación con ella solemos ubicarnos en el mero lugar de usuarios. Lo único que queremos es aprender a operarla correctamente. Nos interesa aprender a hacer cosas con la tecnología. Y nos despreocupamos por completo de lo que ella hace con nosotros. ¿Cuál es la imagen de los demás que construimos al pasarlos por el tamiz tecnológico? Wajcman aporta una serie de ejemplos inquietantes. El sistema de cámaras que vigila el paso peatonal de la Ópera de París es exactamente el mismo que es montado en el desierto para grabar un documental acerca de una familia de suricatas. ¿Se trata de una humanización de las suricatas o de una animalización de los seres humanos? El muro de pantallas de vigilancia de una ciudad opera de modo análogo al de un tablero computarizado de automóviles. El autor sostiene: “Esto lleva a pensar que en la mente de estos expertos no hay diferencia de naturaleza entre el sistema de vigilancia de los seres humanos y el que asegura el control de una máquina. He aquí -remata con ironía- una noticia perfectamente tranquilizadora”. La cámara nos ve como animales o como máquinas. También como “sospechosos”; como seres que están siempre intentando “ocultar algo”. Vivimos en una civilización de la mirada en la que no queda lugar para las sombras, para lo íntimo.

El ojo absoluto es un libro arriesgado porque aborda temas que ya han sido vastamente trabajados por grandes intelectuales de nuestro tiempo. Wajcman no desconoce los aportes de Sartre, Merleau-Ponty o Lacan a propósito de la mirada; ni los de Foucault o Deleuze en relación con la vigilancia y el control. Su gran mérito está en servirse de los conceptos creados por éstos y otros autores para conformar un potente aparato de análisis por el que hace desfilar los más variados aspectos de la actualidad..

Copyright 2012 SA LA NACION

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Vean también una entrevista con el autor a propósito de este libro

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Herodoto, inventor de la historiografía

Publicado por Anaclet Pons en mayo 21, 2012

Peter Green, un destacado historiador norteamericano dedicado al mundo antiguo, reseña en TNR la obra de su colega Jennifer T. Roberts, aparecida hace ya algunos meses: Herodotus: A Very Short Introduction (OUP, 2011). Este es su comentario:

Hay una antigua anécdota, probablemente apócrifa, según la cual el adolescente Tucídides rompió a llorar al escuchar una alocución de Herodoto. Siempre he sospechado que su reacción no se debió (como la anécdota claramente indica) a la admiración o al asombro, sino más bien a una precoz irritación intelectual. En todo caso, creció hasta alcanzar una concepción de la escritura de la historia que podría haber sido diseñada para denigrar los métodos de su famoso predecesor: racional, secular, limitada a los asuntos públicos de la diplomacia y la guerra (y por tanto a los mandamases y políticos de la clase alta de cuyo única competencia -pace Lisístrata- tales asuntos serían considerados), y haciendo caso omiso de todo lo relativo a la vida privada, la de las mujeres en particular. Hasta hace muy poco, este clubbish, esta ultramasculina visión de historiogafía sostuvo el campo prácticamente sin oposición.

Pero entonces sucedió algo. El movimiento feminista, entre otras cosas, se propagó entre algunos excelentes historiadores de la antigüedad, de los cuales Jenny Roberts es una de sus practicantes más distinguidas, y aplicaron una nueva y más crítica mirada sobre Tucídides. Los etnógrafos y los sociólogos comparativos, que siempre habían obtenido comparativamente pocas enseñanzas de Tucídides, de repente se dieron cuenta de que Herodoto, desde su punto de vista, parecía asombrosamente moderno. Descartado durante mucho tiempo por ser un narrador de entretenidos cuentos pero poco serio, un divulgador patriótico con un respeto supersticioso por los presagios y los oráculos, siempre propenso a ver la divinidad trabajando en la regulación de los asuntos humanos, y con una lamentable la parcialidad -cherchez la femme!- sobre el papel de la mujer en la sociedad, y no sólo en el dormitorio, Heródoto comenzó a ser reconsiderado, por fin, como un historiador serio, y de manera extraordinariamente contemporánea, no sólo de las guerras entre griegos y persas, sino también de toda una serie de antiguas culturas mediterráneas.

Este nuevo Herodoto ha estimulado una enorme cosecha de buena y emocionante investigación profesional, por parte de académicos -no es casual, sospecho, que una alta proporción sean mujeres, como Carolyn Dewald, Virginia Hunter, Rosaria Munson, Rosalind Thomas y la misma Jenny Roberts. Lo que ha faltado hasta ahora, en el mundo de habla inglesa, es una introducción clara y completa, y bien fundada, pensada para un lector común, del historiador recientemente redescubierto por esos esfuerzos combinados, el que brilla más bien con sus colores frescos que como una pintura del Quattrocento cuidadosamente limpiada. Es un placer poder decir que la corta pero afilada presentación de Roberts cubre esta necesidad con notable perspicacia y saber, amén de con el agudo ingenio irónico que caracteriza a la autora.  Escuchemos, por ejemplo, su ilustrativa parodia británica, cuando habla de la inclinación de Herodoto a reunir detalles al azar en sus imaginativas generalizaciones : “Siendo Inglaterra un país muy frío, los londinenses se alimentan de una vianda que ellos llaman curry, que comen todo el día. … Este alimento lo reciben de la India, y lo traen desde allí sobre las espaldas de los perros que se ven por toda Gran Bretaña. Esta, me parece, debe ser la razón del gran cariño que los británicos conceden a los perros”. La mezcla de  crítica sagaz y afecto genuino es tan rara como bienvenida.

Roberts divide su estudio en ocho apretados capítulos (precedidos de una provocadora introducción), en los que cada palabra cuenta: no es un libro para hojear cuando uno esté cansado. Comienza con las desalentadoras definiciones de la historia ofrecidas por Gibbon, Ambrose Bierce  y Jane Austen: “registro de los crímenes, delirios e infortunios de la humanidad” provocados “por gobernantes, bribones en su mayoría, y soldados, en su mayoría tontos”, un catálogo de peleas entre personas principales, contra un fondo de guerras y plagas, “todos hombres muy buenos para nada, y casi ninguna mujer”. Por supuesto, este es en esencia, aunque ella no lo diga,  el modelo de Tucídides, y el resto de su libro se propone demostrar cuánto más de la vida humana cubre Heródoto en su historia, una palabra griega cuyo significado esencial es simplemente “indagación” o “investigación”.

No inspirado por ninguna musa o deidad, ni por encargo de ningún rey, usando la observación personal, la tradición oral, los pocos textos e inscripciones disponibles y su ingenio congénito, Heródoto se propone, en prosa llana en lugar de en el verso tradicional, separar el mito de la realidad, comparar y contrastar las costumbres sociales y, en última instancia, responder, si pudiera, a la gran pregunta de su época: ¿cómo los griegos y los persas llegan a la guerra?, ¿qué representó la victoria griega, cuando los persas tenían una ventaja tan clara en hombres y dinero? En otras palabras, casi ex nihilo, inventó la historiografía.

Roberts le describe, con razón, como “de insaciable curiosidad”, una frase ya prácticamente inseparable del “hijo del elefante” en Just-So Stories de Rudyard Kipling. Ella comienza situándolo en su híbrido mundo – Halicarnaso, su ciudad natal, se emplaza en la encrucijada de Oriente y Occidente, entre los colonos griegos de la costa y las antiguas rutas de caravanas de Anatolia en Asia- y especulando, como han hecho otros, con la visión más amplia que tal trasfondo le daría frente a la ofrecida por la sociedad de la polis (Ciudad-estado) de la península griega. Además, los pensadores griegos contemporáneos que surgieron entre los colonos jónicos justo al norte de Halicarnaso eran un hervidero de creatividad: la especulación sobre los orígenes de la materia, atacando a las nociones simplistas de la religión  y, quizás lo más importante, el establecimiento de la tradición médica que se asocia con el nombre de Hipócrates, quien trabajó en la cercana isla de Cos

Parece claro que Herodoto tomó una buena dosis de metodología hipocrática y que la renovó para sus propios fines: como dice Roberts, “la observación del testigo presencial, la entrevista, la evaluación de las pruebas, el uso de la analogía  y un análisis acumulativo de los datos vinculan la obra de Herodoto al mundo de los médicos”. También tomó en préstamo sus teorías ambientales acerca de los efectos del clima y la geografía sobre las sociedades. Sin embargo, al mismo tiempo aprendió mucho de Homero y de otros poetas (la poesía formaba el núcleo básico de la educación griega): no sólo la forma de enmarcar el desarrollo de una guerra o las maravillas (thomata) del relato de un viajero, sino también la presentación en estilo indirecto, la mejor manera de dramatizar los acontecimientos y el ritmo de una narración. Su obsesión por los orígenes supuso un universal, aunque  poco fiable, orgullo por los ancestros y lo utilizó para desarrollar y perfeccionar los instrumentos de la crítica de fuentes.

Sensiblemente, Roberts dedica sólo un capítulo al conflicto real entre la ingente fuerza imperial expedicionaria de Jerjes y los Estados griegos: este relato fue hecho para fenecer en el pasado, aunque sigue siendo la sección más inmediatamente comprensible de las Historias  y es el que ha sufrido menos cambios en cuanto a interpretación (las Termópilas para Roberts sigue siendo una victoria moral, que compara – medio en broma, por lo que yo entiendo- a Byron en Grecia y a El Álamo). Esto deja espacio para dedicar un capítulo a cada uno de los aspectos en los que realmente ha habido cambios: la relatividad cultural de Heródoto como etnógrafo (sí, condena en alguna ocasión, pero no con tanta dureza como el gran antropólogo Malinowski); la frecuencia (375 referencias) de las mujeres en su narración, utilizadas por Heródoto “para ilustrar las tendencias peligrosas de los hombres, pero al mismo tiempo … como actores por derecho propio”;  la actitud ambivalente del historiador hacia lo divino, moviéndose entre el respeto tradicional y genuino por los dioses y el escéptico énfasis de los jónicos sobre la dimensión humana; el Herodoto narrador (más sutil y menos simple de lo que el viejo saber convencional había asumido); y el Herodoto, por último, historiador (más sólido en los hechos de lo que mantendría The Liar School of Herodotos de Pritchett : “Al final, la cantidad de información precisa en Las Historias es sorprendente, al menos a la luz de los muchos obstáculos que se interponían en su camino”).

Construido sobre un enorme pero discreto basamento de buena erudición, con una investigación actualizada, unos juicios e interpretaciones equilibrados, sin que su evidente afecto por el tema obstaculice la necesaria corrección, con un tono tan irónico como divertido, y humano como el propio Herodoto, este pequeño volumen es una introducción  al padre de la historia casi tan perfecta como uno podría esperar: los lectores en general a los que está destinado pueden considerarse afortunados, y los especialistas también pueden aprender un par de cosas.

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Eyal Weizman: geometría inversa y descolonización

Publicado por Anaclet Pons en mayo 18, 2012

Por desgracia, Eyal Weizman es un desconocido en el mercado editorial español, incluso también en determinados círculos académicos, aunque haya venido a España en alguna ocasión. Pero eso parece estar cambiando y puede que sea el momento de recordar algunas de sus aportaciones.  Tomaremos como primera excusa su reciente presencia en el magnífico Simposio Internacional: Espacios de excepción, violencia y memoria, en el que si no hubo baja imprevista participó a principios del pasado febrero. El segundo motivo no puede ser otro que la aparición el 23 de abril de A través de los muros. Cómo el Ejército israelí se apropió de la teoría crítica postmoderna y reinventó la guerra urbana, libro cuya edición hemos de agradecer a Errata Naturae. En realidad, si no ando desencaminado, el volumen no responde a ninguna obra original de Weizman. Entiendo que debe ser una traducción de A travers les murs. L’architecture de la nouvelle guerre urbaine, que La Fabrique Éditions publicó hace exactamente cuatro años tomando parte de su Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation (Verso, 2007).

 

¿Quién es Eyal Weizman? Arquitecto de formación, es profesor de culturas visuales y director del Centre for Research Architecture en Goldsmiths, University of London. Su figura adquirió una destacada relevancia cuando en 2007 contribuyó a fundar el colectivo DAAR (Decolonizing Architecture Art Residency) en Beit Sahour (Palestina). Además, y en relación con lo anterior, desde 2011 dirige  el proyecto europeo Forensic Architecture.

Empezando por esto último, todos intuimos lo que puede ser la “arquitectura forense”, pero Weizman la define muy claramente: “En la intersección de la arquitectura, la historia y las leyes de la guerra,  la Arquitectura Forense se refiere a un método analítico para reconstruir escenas de violencia en tanto se inscriben dentro de artefactos espaciales y en entornos construidos.  Emplea  nuevos modos de visualización técnica para generar un conocimiento complejo sobre los espacios y las historias de violencia;   transforma productos arquitectónicos mudos en testigos materiales activos que pueden ser interrogados en foros públicos y legales”.

Los referentes de este tipo de aproximación son muy variados, pero uno destaca sobre el resto: la obra de Giorgio Agamben, que a su vez es uno de los impulsores del ya citado proyecto DAAR. ¿En qué consiste? Para su presentación en el MIT el pasado 18 de abril, su director Alessandro Petti lo definió del siguiente modo:

“Desde su creación hace cinco años, DAAR (…) ha desarrollado una serie de proyectos que hoy podrían ser entendidos de forma retroactiva como un programa pragmático y visionario para una descolonización arquitectónica de Palestina. Los proyectos DAAR sugieren revisar el ampliamente desacreditado término de descolonización con el fin de mantener las distancias con el lenguaje político actual, el que habla de una “solución” al conflicto palestino y de sus respectivas fronteras. Las soluciones de un solo Estado, de dos y ahora de tres,  parecen igualmente atrapadas en sus respectivas perspectivas técnicas, tipo “top-down”, cada una con su propia lógica autoreferencial. La descolonización, por el contrario, busca desencadenar un proceso de transformación permanentemente abierto con las miras puestas en unos objetivos de igualdad y justicia. Busca y encuentra las grietas donde se pueda encontrar potencial para la transformación y la reutilización de las estructuras dominantes existentes, desde un punto de vista legal, arquitectónico y de infraestructuras.  (…)  Más bien tratan de movilizar la arquitectura como herramienta táctica dentro de la lucha que se desarrolla en favor de Palestina (…)”.

Pero no nos importa tanto ese manifiesto, cuanto sus implicaciones prácticas. Volvamos a A través de los muros. El editor nos dice: “Durante los ataques contra ciudades palestinas que han tenido lugar en la última década, el Ejército israelí ha utilizado y desarrollado una táctica absolutamente inédita: en lugar de progresar por las tortuosas calles de los distintos barrios o campos de refugiados, los soldados avanzaban pasando de casa en casa, atravesando muros, suelos, techos, salones, habitaciones y cuartos de baño, sin pisar nunca las calles. De este modo se protegían del punto de mira de los combatientes palestinos y convertían los hogares de los civiles en el verdadero campo de batalla.  Esta táctica fue «conceptualizada» bajo el nombre de «geometría inversa» gracias al esfuerzo teórico y estratégico de una serie de generales de las Fuerzas Armadas Israelíes, tan influidos por las lecturas de Deleuze y Guattari como aficionados a citar a Debord y a Derrida. La táctica militar de la «geometría inversa» ha supuesto un espeluznante giro posmoderno en el ámbito de la guerra urbana, y una importante influencia para otros grandes ejércitos, como el británico, el australiano o el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. En este sentido, los territorios ocupados se han convertido en un laboratorio espacial donde se han testado técnicas de ataque, de ocupación y de control de la población que han sido exportadas posteriormente a lugares como Irak o Afganistán.  Este ensayo saca, por tanto, a la luz uno de los programas de investigación militar más extraños del Ejército israelí, así como sus devastadoras consecuencias”.

Para quien no conozca ese programa ni la obra de Weizman, el asunto es enormemente sugestivo. Con ánimo de no cansar, remitiré sin más a un par de textos traducidos de este interesante estudioso.  En un artículo que se puede leer en el portal del European Institute for Progressive Cultural Policies, Eyal Weizman nos informa de que del término “geometría inversa”, que fue utilizado por un militar israelí para describir las maniobras de su ejército durante el ataque a la ciudad de Nablus en abril de 2002. Se  trataba de  “una reorganización de la sintaxis urbana por medio de una serie de acciones microtácticas”, de modo que “una maniobra de desplazamiento a través de interiores domésticos convierte el interior en exterior y los dominios privados en vías públicas”.

Siguiendo al geógrafo Stephen Graham, Eyal Weizman entiende que esa mirada forma parte de un “campo intelectual” desarrollado en el proceloso mundo de la investigación urbana y los centros de entrenamiento militares, unas de cuyas mejores expresiones la encontraríamos en Israel: el Operational Theory Research Institute (OTRI), creado en 1996 [luego vendrían otros], en el que participan civiles y militares de diversa condición. Como prueba de ello, nos relata una conversación con un oficial israelí de alta graduación ya retirado (Shimon Naveh), que le hizo la siguiente confesión: “Leemos a Christopher Alexander… ¿te imaginas? Leemos a John Forester… Leemos a Gregory Bateson, leemos a Clifford Geertz. No sólo yo, también nuestros soldados, nuestros generales reflexionan sobre este tipo de materiales. Hemos establecido una escuela y desarrollado un curriculum académico que forma ‘arquitectos operacionales’”. Asistió incluso a una de sus conferencias, en la que dicho militar utilizó conceptos sacados de la obra de Gilles Deleuze y Félix Guattari, así que le inquirió sobre el asunto, obteniendo una clara respuesta: “varios de los conceptos de Mil Mesetas nos han sido de utilidad… nos han permitido explicar situaciones contemporáneas que de otro modo no podrían haberse explicado. Problematizaba nuestros propios paradigmas… Es de la máxima importancia la distinción que apuntaron entre los conceptos de espacio ‘liso’ y ‘estriado’… [que se corresponden con] los conceptos organizacionales de ‘máquina de guerra’ y ‘aparatos de Estado’…”. En fin, una combinación realmente insospechada.

Es mejor que lean ustedes el artículo completo, pero uno de sus resultados es que con esas premisas conceptuales “en lugar de entrar en un proceso de negociación política con Hamás, la inteligencia militar está encontrando una solución para que el gobierno eluda hacer política”. Esa solución tiene que ver con la arquitectura y su uso aplicado. De ahí su alternativa, la inversión de ese proceso,  un proyecto consistente en construir “una herramienta táctica para movilizar la arquitectura en el marco de la lucha por Palestina”. De eso trata el segundo de los artículos, en el que el grupo de Weizman especula sobre “la posible transformación futura de las colonias y bases militares israelíes”, es decir, propone un hipotético manual de descolonización a partir del uso del espacio.

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El Pulitzer de historia y otros premios

Publicado por Anaclet Pons en mayo 16, 2012

El pasado 16 de abril se fallaron los archifamosos Pulitzer. Quizá como recompensa póstuma, pues falleció a finales de marzo de 2011, el galardón de la categoría “historia” fue a parar a manos de uno de los historiadores de color más influyentes, Manning Marable, y a su amplio estudio sobre Malcolm X: A Life of Reinvention (Viking).

En principio, la obra había sido incluida en el apartado de “biografía”, pero el jurado decidió pasarla a la de historia, cerrando el paso a los otros aspirantes: The Eleventh Day: The Full Story of 9/11 and Osama Bin Laden (Ballantine Books), de Anthony Summers y Robbyn Swan, que en realidad no son historiadores, sino lo que los americanos llaman “non fiction authors”, en este caso además “bestsellings”; Railroaded: The Transcontinentals and the Making of Modern America (W.W. Norton & Company), aclamado libro del distinguido profesor de Standford Richard White; y Empires, Nations & Families: A History of the North American West, 1800-1860 (University of Nebraska Press), el no menos celebrado volumen de su colega de Colorado Anne F. Hyde.

En todo caso, esta última tiene consuelo. Poco antes había sido galardonada con el también importante Bancroft Prize, que concede Columbia y recompensa con idéntica cantidad; eso sí,  compartido con otras dos obras de mérito: la de la joven profesora de derecho Tomiko Brown-Nagin, que ofrece una nueva perspectiva sobre el movimiento de los derechos civiles en Courage to Dissent: Atlanta and the Long History of the Civil Rights Movement (Oxford University Press), libro que en breve recibirá el Liberty Legacy Award, de la Organization American Historians; y la del veterano princetoniano Daniel T. Rodgers sobre los cambios en el mundo de las ideas en el último cuartyo del siglo XX, algo que expone en su Age of Fracture (Harvard University Press), agraciado por su parte con el John G. Cawelti Award de 2011.

 

Pero volviendo al Pulitzer y como no hay mal que por bien no venga, la modificación que introdujo el jurado supuso dejar expedito el camino a otras alternativas en la categoría de “biografía”, que ha recaído con toda justicia en George F. Kennan: An American Life, una figura capital para entender la Guerra Fría que ha estudiado John Lewis Gaddis (The Penguin Press), el cual ha batido a su ya única contrincante tras el cambio de Marable: Love and Capital: Karl and Jenny Marx and the Birth of a Revolution, de Mary Gabriel (Little, Brown and Company).

Finalmente, como se venía suponiendo y aquí sospechábamos, en “General Nonfiction” ha resultado ganador The Swerve: How the World Became Modern, de Stephen Greenblatt (W.W. Norton and Company). Los finalistas: One Hundred Names For Love: A Stroke, a Marriage, and the Language of Healing,  de la popular y polifacética Diane Ackerman (W.W. Norton and Company) y Unnatural Selection: Choosing Boys over Girls, and the Consequences of a World Full of Men, de la joven y afamada periodista Mara Hvistendahl (Public Affairs).

No son los diez mil dólares, sino el tirón que otorga el Pulitzer. Así que: felicidades!

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