Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

El acceso abierto y la difusión del conocimiento científico

Publicado por Anaclet Pons en Julio 6, 2009

Los debates sobre el denominado Open Access no cejan y ahora han sembrado la duda en uno de los territorios más reticentes, el de la edición universitaria. A principios de junio Peter Suber recogía en su blog la declaración firmada por los representantes de la University Press of Florida, University of Akron Press, University Press of New England, Athabasca University Press, Wayne State University Press, University of Calgary Press, University of Michigan Press, Rockefeller University Press, Penn State University Press y University of Massachusetts Press.

Por supuesto, no se trata de grandes editoriales, pero el asunto es significativo. Los firmantes señalan, entre otras cosas, que dan su apoyo al libre acceso a los artículos de revistas de contenido científico, técnico y médico a partir de los doce meses de su publicación, dado que entienden que la investigación académica financiada por instituciones públicas es un bien común y como tal debe ser tratado.

No obstante, este debate ha de ser situado en su contexto adecuado. Hay que señalar, por ejemplo, que la Association of American University Presses (AAUP) siempre se ha mostrado contraria a esta posición abierta y, en particular, a abrir los textos que han sido financiados por los poderosos National Institutes of Health. Una posición, por otra parte, que muchas veces es contraria a la que defienden los profesionales interesados, como se ha señalado en Insidehighered.

En realidad, no es que la AAUP se haya opuesto, pero dado su potencial económico teme el impacto financierto que esa medida les pudiera ocasionar. De ahí que se adhirieran a la llamada Conyers bill:   “Los miembros de la AAUP  apoyamos firmemente el libre acceso a la literatura acaémica a través de cualquier medio, siempre y cuando esos medios incluyan una financiación o un modelo de negocio que mantenga la inversión necesaria para hacer que el trabajo más antiguo sea de libre acceso  y permita continuar con la publicación de nuevos trabajos”. “Sin embargo, tratar de ampliar el acceso rebajando la protección de los derechos de autor en las obras derivadas de la investigación financiada por el gobierno federal va totalmente en la dirección equivocada, y erosionará gravemente la capacidad de los miembros de la AAUP para publicar tales trabajos en sus libros y revistas”.

Como dice Mike Rossner (Rockefeller University Press) en Insidehighered,  la AAUP presenta como incompatibles cosas que no lo son,  el apoyo al libre acceso y un plan de negocios para las editoriales universitarias. Según afirma, su Universidad abrió en 2001 el acceso a material con más de  seis meses y los ingresos procedentes de suscripciones de revistas ha aumentado durante ese tiempo.

Peter Givler, director ejecutivo de la AAUP, expone que  los miembros de la asociación tienen derecho a expresar su postura, pero que “hemos tomado esta posición por considerar que refleja los puntos de vista de una gran mayoría de nuestros miembros”.

Publicado en Académica, Revistas, TIC, USA | Deja un Comentario »

Los historiadores y la biografía

Publicado por Anaclet Pons en Julio 3, 2009

En el número de junio, la AHR dedica su habitual mesa de debate al tema de la biografía. El objeto es introducido en esta ocasión por David Nasaw, de la CUNY, un historiador que ha dedicado sus últimas investigaciones al estudio biográfico de figuras tan relevantes como Andrew Carnegie y William Randolph Hearst.

The American Historical Review, 114, págs. 573–578, Junio de  2009

“AHR Roundtable: Historians and Biography”

Introduction,   David Nasaw

nasaw

“Durante mucho tiempo, los historiadores académicos han sido un tanto ambivalentes con el género de la biografía. Aunque sin duda reconocen que se trata de un tipo de discurso histórico legítimo y venerable, muchos son escépticos sobre la capacidad de la biografía para transmitir el tipo de interpretación analíticamente sofisticada del pasado que los académicos han supuesto desde siempre”. Así se expresó el editor de la revista en su invitación a los historiadores a participar en esta mesa redonda de la  AHR.

La biografía continúa siendo un hijastro arrinconado dentro la profesión, ocasionalmente pero a regañadientes se le deja en la puerta, más a menudo se le abandona fuera con la chusma. A los estudiantes de posgrado se les advierte para que no escojan biografías para sus tesis. A los profesores asistentes  se les dice que deben obtener la plaza y promocionarse antes de hacer una biografía. La universidad y las bibliotecas universitarias, incluida la mía,  evitan la compra de biografías. Y las principales revistas, ésta incluida, “rara vez publican artículos de índole biográfica [y, a menudo se niegan] a reseñar estudios biográficos”, tal como reconoce el editor de la AHR.

Esta caracterización de la biografía como una forma menor de historia está muy difundida. De hecho, en la mesa redonda varios participantes comienzan  criticando la biografía antes de defender su posición.  Judith Brown presenta su ensayo insistiendo en que ella no se ve a sí misma “como una biógrafa, ni a sus obras como biografías, en el sentido de seguimiento e interpretación de una vida desde la cuna a la tumba, ni en el más problemático  de tomar la persona como el único centro del análisis intelectual y de la argumentación”.  De este modo,  identifica el denominador común del ataque a su biografía como una forma degradada de escritura histórica. “La biografía no es historia”,  le dijo un bibliotecario a Nick Salvatore treinta y cinco años atrás, “porque la cuestión de la periodización es algo dado, al igual que la biografía está enmarcada por el nacimiento y la muerte del sujeto”.

A pesar de la persistencia de este tipo de críticas, los historiadores rara vez suelen estructurar sus biografías de esta forma ni toman sus sujetos  “como el único centro analítico e  intelectual” de sus argumentos. En la “R” de mi estantería hay biografías de Eleanor Roosevelt (Blanche Wiesen Cook), de Paul Robeson (Martin Duberman),  Ronald Reagan (John Patrick Diggins) y Jackie Robinson (Jules Tygiel). Cada uno toma como objeto no el individuo, sino la persona en un determinado contexto histórico. No se comienza con un nacimiento ni termina con una muerte. Duberman, por citar sólo un ejemplo, abre la de Paul Robeson con un breve retrato de las relaciones raciales en Princeton (Nueva Jersey, la ciudad y la universidad)  y con una mención del intento de su abuelo de escapar de la esclavitud, porque su trabajo se centrará en el “racismo” y en los intentos de un  hombre por encontrar su camino en un mundo social envuelto  y definido  por ello.

Las biografías de los historiadores, para utilizar las palabras de Salvatore, “se arraigan en ideas y acontecimientos más amplios que el sujeto individual”. Los historiadores no sólo están interesados  en trazar el curso de la vida personal, sino en el examen de las vidas en relación dialéctica con los múltiples mundos sociales, políticos y culturales que habitan y les dan sentido. “El tema adecuado en una biografía”, escribió  Oscar Handlin hace dos décadas, “no es la persona al completo ni la sociedad al completo, sino el punto en el que ambas interactúan. La situación y el individuo se iluminan mutuamente”.

Es esta atención a la persona lo que  para Handlin,  biógrafo y editor de biógrafos, hace  de la biografía un mundo aparte dentro de la historia. “El biógrafo utiliza pruebas del pasado, pero se centra en el individuo y responde a preguntas acerca de la personalidad y el carácter que el historiador no suele hacerse”. Carl Rollyson, que no es un historiador pero sí autor de varias biografías y estudios de biografías, sugiere que los historiadores hacen pobres biografías porque están mal equipados, por la naturaleza de su disciplina, para escribir sobre las personas.  “Si usted le pide a un historiador que escribia una biografía, tiene  muchas probabilidades de obtener historia. La biografía pone  al personajen primero, mientras la historia favorece a los acontecimientos”. Para ejemplificarlo,  Rollyson cita la breve biografía de Woodrow Wilson escrita por W. W. Brands y la que hizo Michael Wreszin de Dwight Macdonald, ninguna de las cuales encuentra satisfactoria. Critica a Brabds por no dedicar suficiente espacio a las esposas de Wilson y su influencia en la presidencia. Echa en falta a Wreszin que excluya cualquier mención de los asuntos de Macdonald con sus alumnos, porque, como explicó Wreszin a Rollyson, “no era relevante para la comprensión de por qué Macdonald era importante y por qué la gente le lee”

Los historiadores que escriben biografías  es cierto  que no ponen los personajes primero ni proporcionan a sus lectores un relato desde la cuna a la tumba, con verrugas y todo. Al igual que todos los escritores de vidas, de ficción o reales, toman decisiones en cuanto a lo que es trivial y periférico y lo que es importante y digno de incluirse. Su principal objetivo no es simplemente contar la historia de una vida, aunque a menudo lo hacen bien, sino el despliegue de la persona en el estudio del mundo externo a ese individuo, explorando cómo lo privado informa a lo público y viceversa.

Si Macdonald “tenía asuntos con sus alumnos,” como Rollyson defiende, y no hay pruebas suficientes que lo respalden, ese aspecto de su vida privada debe ser revelado  sólo si tiene alguna importancia. ¿Tener conocimiento de estos “asuntos” nos proporciona otra perspectiva desde la que interpretar la vida pública y laboral de  Macdonald ? ¿Se ponen de manifiesto algo nuevo y significativo sobre el desarrollo de los mundos social, político y cultural que Macdonald habitó y dio sentido? Si es así, entonces queda dentro de la biografía del historiador. Si no es así, puede y debe ser excluido.

Los historiadores se ven limitados de una manera que otros escritores de vidas no lo están. Y no hay nada malo en ello. Los historiadores no están equipados para, ni son capaces de, ni en su mayor parte están interesados en la construcción de retratos con la densidad y la profundidad de caracterización que están disponibles para y son apreciados por los escritores, los cuales no se sienten obligados por las  pruebas y se sienten más cómodos con el azar, la falta de ataduras psicológicas, los monólogos interiores y los diálogos imaginados. En última instancia, el trabajo de un historiador que escribe una biografía debe ser juzgado por las mismas normas que se aplican a las obras de otros géneros históricos. Si el historiador elige la historia de los veleros de Bristol en el siglo XVIII, esa historia está atada a las pruebas y obligada a ir más allá de ella,  limitada por las convenciones de la disciplina a establecer determinadas conexiones, a significar, a vislumbrar un todo más amplio a través de una pequeña parte, a construir un cronológica que enlace y separe a la vez los sucesos de hoy y del ayer.

A pesar de las críticas internas y externas y de la estudiada ambivalencia de la profesión , la biografía ha sido y sigue siendo un género esencial de la escritura histórica. “La biografía está una vez más de  moda”, escribe Jo Burr Margadant en la introducción a The New Biography, “no sólo para un público lector en general que nunca ha perdido su gusto por las historias de vida, sino también para los historiadores académicos que sin cesar vuelven a  los escombros de las generaciones anteriores en busca de nuevas enseñanzas sobre  nosotros mismos”.   Lo mismo hace Liana Vardi, que abre su artículo en esta mesa redonda  comentando “la renovada moda académica de la  biografía histórica”.  En fin, cinco de los últimos ocho presidentes de la American Historical Association han   escrito o editado estudios biográficos. En mi propio campo, la historia de los Estados Unidos, el Bancroft Prize ha recaído en tres ocasiones en una biografía  en los últimos ocho años.

¿Cuáles son las razones de esta reciente efervescencia de la biografía entre los historiadores? La más obvia es que los historiadores que buscan un público fuera de la academia se han decantado hacia la biografía porque es donde están los lectores. Arthur M. Schlesinger Jr. lo señaló en la nota de editor a la serie de biografías presidenciales norteamericanas que publicó:  “La biografía ofrece un fácil educación en la historia de Estados Unidos, lo que hace el pasado más humano, más vivo, más íntimo, más accesible, más conectado con nosotros mismos”.

Mientras que algunos historiadores han elegido escribir biografías con la esperanza de atraer a un público más amplio, otros se han decantado por el género a causa de la gran expansión de la gama de posibles sujetos. La biografía ya no se limita a la vida de los ricos, los poderosos, los famosos e infames. Hay infinidad de historias para ser contadas y que hablan de desconocidos, inarticulados,  hombres iletrados, mujeres y niños, y como han descubierto los historiadores feministas, sociales o del trabajo,   ofrece un enfoque fructífero para revisar, y tal vez reconfigurar, las categorías de clase , género y etnia, ya que interactúan a nivel de lo individual.

Los historiadores no han de tener miedo a escribir sobre la vida de las personas por la falta de archivos o documentos personales. En su contribución a esta mesa redonda, Robin Fleming ofrece el ejemplo de “un tipo diferente de biografía medieval temprana”, basada no en un texto escrito sino en deducciones extraídas de los análisis y la interpretación de los restos óseos y mercancías depositadas en las tumbas. Los resultados preliminares de su empresa  hacia una biografía de “Dieciocho” (el nombre que le da Fleming  porque éste es el número arqueológico que se le asigna) son asombrosos. Nos enteramos de que “Dieciocho” disfrutó de una infancia saludable, de que murió joven, fue enterrada con honor  y era leprosa. Las fuentes para escribir su vida fueron limitadas y no convencionales, pero Fleming, como historiadora, tenía una porisición privilegiada para hacerla hablar. “Tenemos una cara destrozada, que no es la cara genérica de una  genérica  leprosa, sino el rostro de una mujer muy real, una vida cuyo oscuro contorno puede percibirse si pensamos en el contexto de la vida de las otras personas cuyos esqueletos reales y particulares la rodean”.

Parte del atractivo de la biografía para los historiadores en esta primera década del siglo XXI es que permite, incluso alienta,  ir más allá de las estructuras de la política de la identidad sin tener que renunciar a sus  categorías, cada vez más expandidas y a menudo útiles.  En el proceso de investigar y escribir sobre la vida de personas arraigadas en determinados momentos y lugares, los biógrafos descubren y revelan la forma en que los sujetos asumen, desechan, reconfiguran, , juntan y se disocian  de múltiples identidades y roles. Como sostiene Margadant en su introducción a The New Biography, “una estrategia narrativa destinada a proyectar  una persona unificada se ha convertido para el nuevo biógrafo en algo casi tan sospechoso como afirmar que una biografía es `definitiva’ “. El tema de la biografía no es ya la coherencia del yo, sino más bien cómo se realiza para crear una impresión de coherencia o el de un individuo con múltiples yoes cuyas diferentes manifestaciones reflejan el paso del tiempo, las exigencias y  las diferentes opciones de configuración, o las variadas maneras que otros tienen de representar a esa persona”.   En la construcción de una vida individual, el género, la clase, la raza, la etnia, el nacimiento, la orientación sexual, la nacionalidad, los antecedentes familiares, la ocupación, la vocación  y otras tantas cosas  se entrecruzan e interactúan en múltiples formas. La tarea del biógrafo es desentrañar, priorizar, tratar de entender cómo, en un determinado tiempo y lugar, un “yo” es organizado y representado.

Escribir la historia desde el punto de vista de las personas no es retraerse, sino una forma de hacer frente a las complejidades teóricas y las confusiones de los albores del siglo XXI. “Como muchos otros de mi generación”, señala Alice Kessler-Harris en su contribución a esta mesa redonda, “he llegado a un acuerdo sobre los límites de lo que se denomina puntos de vista ‘objetivos’  y he comenzado a interrogarme sobre las perspectivas desde las  que nuestros sujetos hablan y escriben y he prestado mayor atención a la importancia de cada actor individual –no por lo que él o ella pueda haber hecho, sino por lo que revelan sus pensamientos, su lenguaje y sus pugnas con el mundo”.

La biografía puede ser un  género preferente para los historiadores del siglo XXI, ya que ofrece una manera de trascender la división teórica entre  la historia social empirista  y la historia cultural asociada al giro lingüístico sin sacrificar los beneficios epistemológicos o metodológicos de ambas. Gabrielle M. Spiegel, hablando en el AHR Forum de abril de 2008  sobre el volumen de Geoff Eley (A Crooked Line), advierte que en “el intento de avanzar” más allá del giro cultural ‘… muchos historiadores están desplegando un (muy implícito) concepto de fenomenología social”, en el que, como explica el sociólogo alemán Andreas Reckwitz, “el objetivo del análisis social es hacerse cargo de la perspectiva subjetiva”.  Esta aproximación “neo-fenomenológica” bien podría servir como perspectiva teórica de una nueva biografía  basada a su vez en la revalorización del actor  individual como sujeto histórico. Una “fenomenología modificada”  nos proporciona, en palabras de Spiegel,  “una perspectiva centrada en el actor,” muy en consonancia con la de Kessler-Harris, “una creencia acerca de la percepción individual como  la propia fuente de conocimiento del agente  -una percepción mediada y quizá limitada  pero no controla en su totalidad por el andamiaje cultural o los esquemas conceptuales en los que tiene lugar”.

Los historiadores que escriben biografías intentan vislumbrar el mundo de sus sujetos  como algo percibido y hecho significativo por ellos. Donde la historia social y  historia cultural asociada al giro lingüístico, en sus más extremas formulaciones, rechazan la importancia (a veces incluso la existencia) del individuo como agente histórico, las biografías escritas por historiadores ponen de nuevo la atención en la vida única de individuos que se formaron por y daban significado a  los órdenes social y discursivo en los que  se insertaron al nacer y con los que vivieron sus vidas. El historiador, como biógrafo,  parte de la premisa de que los individuos se encuentran situados pero no aprisionados dentro de determinadas estructuras sociales y regímenes discursivos. “Lo que define al hombre”, señalaba el fenomenólogo francés Maurice Merleau-Ponty, es la “capacidad de ir más allá de las estructuras creadas con el fin de crear otras”  .

En su intento de reinsertar a las personas en su historia como significantes y agentes, los biógrafos no les conceden la independencia o la autonomía  en cualquier ámbito. Viendo el mundo desde la perspectiva de las personas sobre las que escriben,  los historiadores deben mirar más allá de la mirada y los logros de sus sujetos para llegar a los significados y posibilidades que no reconocieron ni persiguieron  en sus vidas. Como explicaba EP Thompson  en la introducción de su biografía intelectual de William Blake, su objeto en la redacción de este estudio era “determinar, una vez más, la tradición de Blake, su situación particular dentro de ella, y las reiteradas pruebas, motivos y  puntos nodales de  conflicto, que indican su posición y la forma en la que su mente se enfrentó a aquel mundo. Ello supone una suerte de recuperación histórica, y la atención a fuentes externas a Blake -fuentes de las que, a menudo, no pudo haber sido consciente”.

El historiador como biógrafo podría tener como credo la declaración de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. O bien, como   indica más concisamente en La Ideología Alemana, “las circunstancias hacen a los hombres tanto como los hombres hacen a  las circunstancias”.

En su contribución a esta mesa redonda, Kessler-Harris vuelve a “El arte de la biografía” de Virginia Woolf . Woolf comienza y termina su notable ensayo planteando la cuestión de si, dadas las restricciones que conlleva, la biografía es “un arte”. Ella llega a la conclusión de que no lo es, porque, a diferencia de la poesía y la ficción, que son en su totalidad obras de la imaginación, su biografía se atiene a los documentos, las pruebas, los hechos. Cuando el biógrafo va más allá de los hechos y da rienda suelta a su imaginación, como Lytton Strachey hizo en su biografía de la reina Isabel  I, está condenado al fracaso, como Woolf creía que le sucedió a  Strachey. “La combinación resultó inviable;  ficción y realidad no mezclan bien. Isabel nunca devino real en el sentido en el que la Reina Victoria [objeto de una biografía anterior de Strachey] lo había sido, aunque nunca fue  ficticia en el sentido en el que Cleopatra o Falstaff lo son”.

En lugar de intentar escapar de las limitaciones del género como hizo Strachey, Woolf insta a los biógrafos  a apoyarlas y celebrarlas. “El biógrafo debe ir por delante del resto de nosotros, al igual que el canario del minero, probando la atmósfera, detectando la falsedad, la irrealidad y la presencia de convenciones obsoletas. Su sentido de la verdad debe estar vivo e ir de puntillas”.  La biografía, escribió en 1939,  está  “sólo en el inicio de su recorrido; tiene una larga y activa vida ante sí, aunque podemos asegurar que se trata de una vida llena de dificultades, de peligros y de trabajo duro”. Los biógrafos podían no ser artistas, pero tenían un  valor “incalculable”.  “Al decirnos la verdad de los hechos, tamizando lo pequeño de lo grande, y configurando el conjunto en tanto percibimos el contorno, el biógrafo estimula más  la imaginación que cualquier poeta o novelista si exceptuamos a los más grandes”.

*********

Índice de la mesa redonda:

“Biography as History”, de  Lois W. Banner, es un texto de carácter general en defensa del género biográfico.  “ ‘Life Histories’ and the History of Modern South Asia”, de  Judith M. Brown, alude a los casos de M. K. Gandhi y Jawaharlal Nehru. “A Place in Biography for Oneself”, de Kate Brown, describe su propia experienca de mujer nacida en una ciudad industrial en declive para trasladarla al mundo post-industrial del oeste americano y las nuevas repúbl¡cas nacidas del colapso soviético.  “Writing Biography at the Edge of History”, de Robin Fleming, se centra, como hemos visto, en una desconocida.   “Galaxy of Black Stars: The Power of Soviet Biography”, de Jochen Hellbeck, es un ejemplo de biografía múltiple a partir de gente corriente de ese mundo.  “Why Biography?”, de Alice Kessler‐Harris, es una reflexión sobre las preguntas que se planteó al abordar el estudio de Lillian Hellman.   “Scene‐Setting: Writing Biography in Chinese History”, de  Susan Mann, aborda la tradicional importancia del genero en China.   “Separations of Soul: Solitude, Biography, History”, de  Barbara Taylor (que extrañamente ha desaparecido del índice online), ofrece un espisodio de la vida de Mary Wollstonecraft. Y “Rewriting the Lives of Eighteenth‐Century Economists”, de Liana Vardi, explica la importancia de las teorías económicas para entender las vidas del marqués de Mirabeau y Jacques Turgot.

En el mismo volumen,  Carolyn P. Boyd reseña a Francisco J. Romero Salvadó (The Foundations of Civil War: Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916–1923) y Soledad Fox a Stanley G. Payne (Franco and Hitler: Spain, Germany, and World War II).

Publicado en Biografía, Historiadores, Revistas, USA | 1 comentario

Google y la economía: Googlenomics

Publicado por Anaclet Pons en Julio 1, 2009

Steven Levy ofrece en Wired un fascinante artículo sobre si el Internet está cambiando la economía (”Secret of Googlenomics: Data-Fueled Recipe Brews Profitability”). En medio del apocalipsis financiero, los  gurús de los mercados mundiales se reunieron  en el Hilton de San Francisco para la convención anual de la American Economics Association. El ambiente era similar a una reunión de sismólogos que siguen la estela de su Grial. Sin embargo, sorprendentemente, una de las sesiones más populares no tiene nada que ver con los activos tóxicos, los derivados o las tasas de desempleo.

halvarian

“Voy a hablar de las subastas online”, dice el primer orador,  Hal Varian, el Adam Smith de la nueva disciplina llamada Googlenomics.   Varian es un experto en lo que podría ser la idea de negocio más exitosa de la historia: el AdWords de Google, un  método único para la venta de publicidad en línea. AdWords analiza cada búsqueda de Google para determinar qué anunciantes aparecerán como  ‘enlaces patrocinados’ en cada página de resultados. Es la subasta más grande del mundo, la más rápida, ininterrumpida y automatizada,  una especia de autoservicio. Varian, que es el economista jefe de Google, no dice nada de los ingresos que supone la publicidad.  Pero Google es una empresa pública, de modo que cualquier persona puede hacer sus  números: en el primer trimestre de 2009 los ingresos fueron de 5.510 millones de dólares.

La conferencia de Varian, que hace gala de su erudición y utiliza sus múltiples recursos, incluida la teoría de los juegos,   resulta cautivadora. Durante el turno de ruegos y preguntas, un hombre vestido con una americana de pana color camello levanta la mano. “A ver si lo entiendo”, comienza medio escéptico medio indeciso. “¿Usted dice que hay una subasta cada vez que se hace una búsqueda? Eso significaría millones de veces al día”. Varian sonríe y dice: “En realidad, millones  es quedarse corto”.

Publicado en TIC | Deja un Comentario »

Los intelectuales y sus pasiones: Élisabeth Badinter

Publicado por Anaclet Pons en Junio 29, 2009

Badinter

La editorial FCE publica este verano el segundo volumen de la trilogía de Élisabeth Badinter sobre el naciomiento de los “intelectuales” y las tres pasiones sucesivas que les estimularon. Tras los “deseos de gloria (1735-1751)” y antes de la “voluntad de poder (1762-1778)”, se traduce ahora: Las pasiones intelectuales. II. Exigencia de dignidad (1751-1762). ADNcultura, el suplemento de La Nación, nos adelanta un fragmento:

Las mujeres no esperaron el siglo XVIII para escribir y publicar obras literarias. La novela más bella de la literatura francesa es quizá La Princesse de Clèves (1678), y madame de Sévigné, la cultivadora del género epistolar más célebre de todos los tiempos. Las mujeres nunca tuvieron vedada la escritura, pero publicar ya era otro asunto; y publicar con el nombre propio, una verdadera audacia. Aunque en el siglo XVIII algunas se atrevieron a desafiar estas dificultades, la exposición pública de una mujer de letras no era algo natural. Como solía decir la madre de madame D´Épinay a su hija, una mujer “honrada” no da qué hablar.

No obstante, durante la segunda mitad del siglo, la República de las Letras es menos misógina que en el pasado. Pese a las sátiras o burlas de algunos, muchos son los que se muestran dispuestos a ayudar y a aplaudir a sus colegas femeninas. Al menos en el ámbito literario. Pues la filosofía y las ciencias aparecen como territorios prohibidos: ni una sola mujer figura entre los redactores de la Enciclopedia , ni siquiera para redactar el artículo que las concierne, y que ha sido vergonzosamente escrito a las apuradas por el poeta Desmahis. Son dos los motivos de esta ausencia del segundo sexo: la miserable educación que se imparte a las niñas y la absoluta prohibición impuesta a las mujeres de parecer intelectuales. El rigor, la abstracción y la austeridad de las disciplinas más nobles se consideran contrarias a su naturaleza. Y aquellas que se atrevieran a abordarlas perderían, en el acto, las virtudes de su sexo. Hizo falta toda la generosidad de Voltaire para alentar a madame Du Châtelet a publicar sus trabajos de física, y toda su lucidez para considerar a madame D´Épinay como una “filósofa”.

Asimismo son pocos los que, siguiendo el ejemplo de Dortous de Mairan y de Lalande, reconocerán la importancia de los trabajos científicos de una mujer como Reine Lepaute. Aunque ninguna de ellas haya mostrado el genio de un Marivaux, de un Diderot o de un Clairaut, se las considera precursoras para su género y para aquellos que simulaban ignorarlas mientras las utilizaban sin vergüenza. [...]

“La verdadera filósofa de las mujeres”

Cuando Voltaire llama a madame D´Épinay “mi filósofa”, nadie se toma en serio la fórmula. Sólo ven en esa expresión una amabilidad usual en él. Dos siglos de misoginia inconsciente borraron, si no las huellas, al menos el lugar específico de madame D´Épinay en el paisaje intelectual del siglo XVIII. Por buenas y malas razones, el siglo XIX coronó una novela autobiográfica que fue publicada después de su muerte. Las ediciones truncadas y manipuladas se sucedieron a un ritmo sostenido, y dejaron de ella la imagen de una mujer de letras como cualquier otra, y sobre todo, de enemiga de Rousseau. La publicación del texto completo en el siglo XX, cuyo manuscrito presentaba correcciones y añadidos de otra tinta, terminó de reducir a la nada su reputación literaria. Madame D´Épinay ya no era más que la amanuense de Diderot y de Grimm? Vale decir: poca cosa. En cuanto a su eventual estatuto de filósofa, ¿a quién podía importarle?

Fue necesario esperar hasta finales del siglo XX para que la novedosa voluntad de sacar a la luz la historia de las mujeres hiciera renacer el interés por madame D´Épinay. Hace apenas 15 años que se descubrió la amplitud y la calidad de su contribución a la Correspondance littéraire de Grimm y Diderot, la sutileza de su análisis sobre las mujeres, y que se le reconoció al fin el estatuto de pedagoga, el mismo título que Rousseau.

En 1756, madame D´Épinay tiene 30 años. Acaba de poner fin a una vida desordenada y desdichada. Casada a los 19 años con un libertino que no tardó en contagiarle sífilis, se separó de él en 1749 y tuvo un amante, Dupin de Francueil, que a su vez muy pronto comienza a engañarla. Madre de cuatro niños, dos de los cuales muy probablemente sean hijos de su amante, Louise d´Épinay conoce la vida superficial y mundana de su entorno de financieros. Su única actividad “intelectual” consiste por entonces en montar y representar obras de teatro sobre el escenario de su casa de la Chevrette. Gracias a Francueil, conoce a Rousseau, frecuenta a mademoiselle Quinault y las cenas del Bout-du-Banc, se vincula con Duclos, que la corteja sin vueltas, y por último conoce a Grimm a través de Jean-Jacques durante el otoño de 1751. Es la época en la cual su amante comienza a descuidarla, pero es difícil decir con precisión cuándo se convirtió en la amante del alemán. No obstante, se sabe a ciencia cierta que él se batió en duelo para defender su honor, a fines de 1752 o a principios de 1753, y se convierte en un asiduo de su salón cuando regresa de su viaje con D´Holbach en noviembre de 1754. De aquella época data la conversión de madame D´Épinay. Bajo la influencia de Grimm, se dedica a la escritura y a la educación de sus dos hijos. Hasta su partida para Ginebra en 1757, se deja dirigir voluntariamente tanto en su vida privada como en su actividad cultural. Ésos serán sus años de aprendizaje, que llegarán a su fin en el período ginebrino. Grimm le enseña el arte de la escritura. Un pequeño poema redactado en 1756, dirigido a él con el título de “Tyran le Blanc”, prueba la influencia decisiva que ejerce sobre ella y que ella aprecia no sin humor:

… ¡oh, de los tiranos el más tirano!
Usted quiere que yo versifique;
Usted le da órdenes a mi genio…
Primero pide una comedia,
Luego un retrato, luego un discurso
Sobre las gracias, sobre los amores;
Una novela, una historieta,
Unos versos de salón, una letrilla…
Por supuesto, sentado en una silla,
Usted ordenará cómodamente,
Sin tolerar que se diga nones.
Pero ¿dígame qué manía?
Le ha dado de querer sin piedad
Guindar mi estilo descuidado?…

BadinterLPI

Una vez que domina sus ejercicios, madame D´Épinay comprende que su independencia pasa por la escritura. Con toda naturalidad, se toma a sí misma como objeto de estudio. Se lanza en una gran novela autobiográfica creyendo que su historia es representativa de la de muchas de sus contemporáneas. Al contar las humillaciones de su educación, de su matrimonio, de su vida como madre y amante, describe el banal destino de las mujeres de su tiempo y de su clase, que fácilmente podrían identificarse con “Emilie”. Simultáneamente, escribe para su hijo unas Lettres , que además son ensayos cortos sobre la educación. Ése es el punto de partida de una vocación pedagógica que sólo se acabará con la muerte. Pero su novela y sus ensayos se reúnen para trazar los contornos de un nuevo modelo femenino que dominará los siglos venideros: el de la madre todopoderosa. Preconizando por primera vez los beneficios del amor materno y los de una educación que no concierne más que a la madre, Louise al fin concedió a generaciones enteras de mujeres un estatuto de valor, intensificado por un poder efectivo que hasta entonces nadie había creído necesario atribuirles. En 1756, seis años antes de la publicación de Émile , este proyecto anuncia y prefigura las nuevas mentalidades.

Desde 1755, Grimm se dedica a realzar a Louise tanto en su Correspondance littéraire como por medio de una “Lettre à une dame occupée sériusement de l´éducation de ses enfants” ["Carta a una dama seriamente ocupada en la educación de sus hijos"], que publica en el Mercure . En ella, hace un elogio ditirámbico de su compañera, “Madre tierna e ilustrada, capaz de hacer marchar por la misma línea el sentimiento y la razón”. Luego publica en la Correspondance las diez Lettres a su hijo, otra “à la gouvernante de ma fille” ["A la gobernanta de mi hija"], y sus versos a “Tyran le Blanc” ["Tirano el Blanco"] entre junio de 1756 y enero de 1757. Pero Grimm y madame D´Épinay no se quedan allí. La Correspondance del 15 de junio de 1756 publica un extenso ensayo sobre la condición femenina que comienza así: “Está de moda hablar mal de las mujeres. Pareciera que los hombres, en todas las épocas, hubieran querido vengarse a través de la maledicencia del imperio que ellas ejercen sobre ellos”. Manifiestamente, el texto es de ambos. Él ataca a Buffon, que sostiene que la copulación es el único acto natural entre el hombre y la mujer, y a Rousseau, que declara que la mujer, inferior al hombre, debe por tanto obedecerlo, lo cual es “contrario a la razón e indigno del defensor de la igualdad de todas las condiciones”. Ella evoca el destino de las mujeres, exiliadas de la casa paterna, educadas en conventos, que no reciben ni instrucción ni moral firme. Seguramente, también sea ella quien describe a las jóvenes que, cuando salen del convento, son arrojadas a los brazos de un desconocido y unidas a él por los lazos indisolubles del matrimonio: “Los tiernos y sagrados deberes del himeneo se convierten de esa manera, por la tiranía de nuestras costumbres, en ultrajes al pudor; y la víctima es inmolada a los deseos del hombre”. Ella , por último, es quien muestra los miles de peligros que acechan a la desdichada ignorante en la sociedad a la que pertenece. Pero ellos concluyen, probablemente de manera conjunta, que las mujeres, guiadas por el sentimiento, son mejores que los hombres.

Desde entonces madame D´Épinay ya no dejará de meditar sobre la naturaleza y la condición femeninas. En el gran debate que en 1772 opondrá a Diderot y a Thomas sobre la cuestión de la mujer, ella tomará la posición contraria a la de las opiniones reinantes. Contra Diderot, quien considera que la mujer es guiada por su útero, ella sostiene que ésta es ante todo un ser racional. Denuncia el error, común a los dos hombres, por el cual “siguen atribuyendo a la naturaleza aquello que, evidentemente, nos viene de la educación o de la institución”. Según su opinión, hombres y mujeres son de una misma naturaleza. “Incluso la debilidad de nuestros órganos pertenece, ciertamente, a nuestra educación [...]. La prueba es que las mujeres salvajes son tan robustas y ágiles como los hombres.” De manera más general, sostiene que los dos sexos son susceptibles de las mismas virtudes y de los mismos vicios. La fuerza física, el coraje y la capacidad intelectual serían idénticos en ambos, si la sociedad y la educación no se dedicaran a diferenciarlos. La condición de las mujeres puede, en consecuencia, cambiar. Únicamente se necesitarían “varias generaciones para volver a ser tal como la naturaleza nos hizo”.

En la línea de Descartes y de Poulain de la Barre, Louise d´Épinay anuncia el feminismo universalista de Simone de Beauvoir. En las antípodas del pensamiento dominante, ella afirma, contra Rousseau y Diderot, que la diferencia sexual no tiene la importancia que ellos le asignan. A su juicio, la igualdad de sexos se deduce de su semejanza esencial.

Muy adelantada para su tiempo, no permitió, sin embargo, que se publicaran sus declaraciones dirigidas a Galliani. Presa de los prejuicios de la época, no estimaba conveniente que una mujer mantuviera una polémica pública. Por lo tanto, fue necesario esperar dos siglos para que se descubriera la extrema modernidad de su pensamiento. Aquella mujer a quien Fréron llamaba con maldad “Célimène” es más interesante de lo que se pensaba. Voltaire lo había visto muy claro: madame D´Épinay era, efectivamente, “la verdadera filósofa de las mujeres”.

[Traducción de Alejandrina Falcón]

Publicado en Francia, Ideas, Libros | Deja un Comentario »

De cómo ser historiador. Retrato de grupo

Publicado por Anaclet Pons en Junio 26, 2009

¿Cómo se convierte alguien en historiador? Disciplinándose, por supuesto, pero hay algo más. A eso intentan responder  los ensayos que se contienen en Becoming Historians, recién publicado por la University of Chicago Press. La táctica consiste, como en otras ocasiones, en mostrar cómo lo hicieron algunos de los más destacados especialistas de la disciplina, a través del relato autobiográfico. En esta ocasión, la figura más destacada es seguramente  Joan W.  Scott (”Finding Critical History”), junto a la cual desfilan  Rhys Isaac (”Toward Ethnographic History: Figures in the Landscape, Action in the Texts”),   Dwight T. Pitcaithley (”The Long Way from Euterpe to Clio”), Linda Gordon (”History Constructs a Historian”), David A. Hollinger (”Church People and Others”), Maureen Murphy Nutting (”Choices”), Franklin W. Knight (”A Caribbean Quest for the Muse of History”),  Temma Kaplan “My Way”) y Paul Robinson (”Becoming a Gay Historian”), además de  los dos coeditores del volumen, James M. Banner Jr. (”Historian, Improvised”) y John R. Gillis (”Detours”).  Estos dos últimos fueron entrevistados hace unos días por Insidehighered.

becoming historians

P: ¿Cuál es el objetivo del volumen?

JG: Los historiadores escriben acerca de otros, rara vez sobre sí mismos. A pesar de la importancia de la generación que se graduó en los sesenta y setenta,  aún no han hecho su retrato de grupo. Pensamos que es hora de llevarlo a cabo, porque se trata un grupo que fue fundamental abriendo nuevos campos – desde la historia social y la de las mujeres a  la historia mundial. Éramos conscientes de que una pequeña recopilación como ésta nunca podría hacerle justicia, pero lo importante es empezar.

JB: Aunque deseamos trazar los contornos  de esas vidas, de las carreras y el trabajo de una única generación de historiadores -la nuestra-, también queremos que algunos historiadores reflejen cuál ha sido su proceso de aprendizaje (por decirlo con el título de las  ACLS lectures, el A Life of Learning que tanto nos ha influido). También confiamos en ofrecer algunas perspectivas sobre los esfuerzos de los miembros de una generación cuyas experiencias profesionales han comenzado a ir más allá de las fronteras de la academia, así como responder directamente a las cuestiones públicas que empujan a los historiadores hacia nuevas áreas de investigación y acción. De ese modo, además,  hemos querido que quienes aspiran a ser historiadores vean  la diversidad de opciones que tienen ante sí, el papel de lo azaroso y lo reflexivo en una carrera, y las muchas alegrías de la vida del historiador.

P: ¿Cómo decidieron a quién incluir?

JG: Entre los dos. Ambos tenemos muchos conocidos, principalmente de historia europea y americana, pero también en el ámbito mundial. Tratamos de ser inclusivos en ese sentido.  Por supuesto, somos dolorosamente conscientes de la cantidad de voces que hemos excluido, pero confiamos en que otros sigan nuestros pasos, llenen las lagunas y rectifiquen nuestros descuidos.

JB: La diversidad es la clave, lo cual siempre es difícil de lograr con un pequeño número. Además, procuramos excluir a  historiadores que ya hayan escrito textos autobiográficos. Por otra parte, para evitar la superposición, no aparecen compañeros de estudios  o colaboradores nuestros . Afortunadamente, muy pocos rechazaron la invitación a participar. La mayoría acogió con beneplácito la oportunidad de realizar este examen sobre su vida y su carrera.

P: ¿Creen que hay temas comunes en cómo este grupo de historiadores se sintieron atraídos  por la disciplina y se convirtieron en reputados especialistas?

JG: Me ha sorprendido ver hasta qué punto ha sido más  la casualidad que el propósito deliberado lo que ha dado forma a las vidas de esta generación, historiadores nacidos antes o después de la Segunda Guerra Mundial. Todos estuvieron inspirados por la educación en artes liberales,  que les abrió un mundo. Llegaron al posgrado ansiosos y entusiastas, aunque se sintieron decepcionados por la especialización que se esperaba de ellos. A su alrededor, el mundo parecía próximo a romper las costuras, y no pasó mucho tiempo antes de que desafiaran  las convenciones dentro y fuera del mundo académico, modificando los campos de estudio, a menudo inventando otros nuevos. Muchos de los que participan en este volumen se convirtieron en reconocidos pioneros en sus respectivos campos.

JB: Además de lo que John señala (y con el que estoy plenamente de acuerdo), añadiría un elemento de audacia a la mezcla. Los miembros de nuestra generación de historiadores eran personas sin las constricciones económicas de la anterior, la generación de la Segunda Guerra Mundial. Sus procedencias eran más   diversas.  Su mundo parecía estar lleno de incertidumbre y de implacables demandas de justicia e igualdad. También, por suerte, no había problemas de empleo, de modo que  “recién llegados” como las mujeres y los afroamericanos podían encontrar algún tipo de ocupación fuera o dentro del mundo académico.

P: Varios de los ensayos se refieren a la creación de nuevas formas de mirar la historia (la historia de las mujeres, la historia social, etc), bien establecidas hoy en día, pero no cuando estas personas iniciaron su carrera. ¿Creen que el desarrollo de estos ámbitos contiene lecciones para los subcampos que emergen ahora?

JG: Los historiadores están adiestrados para entender que las grandes transformaciones son extremadamente raras y sobre todo inesperadas. Francamente, no creo que nadie pudiera haber predicho el florecimiento de campos de estudio que se ha producido en la vida de esta generación. En su mayor parte, el impulso provino de fuera de los círculos académicos, lo que obligó a los historiadores a considerar las cuestiones de raza, transnacionalismo, género, medio ambiente, ninguno de los cuales estaba antes en el orden del día. Si uno quiere saber cuáles van a ser los nuevos campos del futuro, uno puede  encontrar algunas pistas en las revistas académicas y en los congresos.  Cuando lleguen los siguientes grandes cambios, serán, como ocurrió antes, bastante inesperados.  La forma en la que los afronte  la próxima generación dependerá de si están tan abiertos al mundo que les rodea como lo ha estado esta generación en particular,.

JB: Si bien estoy de acuerdo con todo lo que John expone, me gustaría añadir algunas reflexiones adicionales. Creo que nuestra generación se ha mostrado más que orgullosa sobre su posición en la historia, como si otros pudieran no haber mostrado la visión y la inteligencia para adoptar y llevar a cabo lo que hicimos. Eso no está justificado. Nuestra generación de historiadores ha vivido en un momento en el que el mundo estaba pidiendo que nos adaptáramos  a las nuevas condiciones y creáramos nuevas instituciones, nuevas prácticas y convenciones. Los historiadores ejercen una disciplina que, al exigirles el estudio del  cambio, necesariamente se convierte en un laboratorio para el cambio. Son muchos los que todavía protestan por las alteraciones que hemos traído en cuanto a la escritura y la reflexión sobre el pasado, pero estos cambios están aquí para quedarse. Y habrá más.

P: Hoy en día, con menos puestos fijos de trabajo, ¿creen que los nuevos doctores en historia tienen las mismas oportunidades?

JG: Parece claro que nos enfrentamos a un largo período de contracción en la educación superior, pero esto no significa que la historia no pueda crecer con las nuevas generaciones productivas. La generación de Becoming Historians ha sido innovadora en muchos sentidos, pero no en términos de transmitir el pasado al público en general. La próxima generación tiene una oportunidad real en el ámbito de los nuevos medios digitales y de la innovación para llevar la historia a una nueva audiencia. Si los programas de doctorado quieren seguir siendo viables necesitan atender tanto a la forma como al contenido, a los medios de comunicación tanto como al mensaje. Como fue el caso de nuestra generación, cuando venga el cambio se presentará de forma inesperada, y desde el exterior. Estemos preparados.

JB: No. Cada generación es diferente. Pero la cuestión se puede leer en el sentido de suponer que los historiadores proseguirán su labor honorable y productivamente  sólo desde posiciones académicas. Eso no ocurre más ahora que antes. Cuando más o menos la mitad de los nuevos doctores en historia ocupan  puestos fuera del mundo académico,  es evidente que hay un montón de oportunidades para los emprendedores, para jóvenes historiadores, lo cual es mucho  más que antes. Como dice John, los programas de doctorado tienen todavía mucho camino por recorrer preparando a la gente para esas oportunidades en las numerosas variedades de public history, como escritores de historia e historiadores que aplican los conocimientos históricos a cuestiones de política pública. Ahora, la preparación para la historia académica y la pública  tiende a estar en tensión, a menudo con  diferentes programas o itinerarios. Eso debe acabar, al menos si la historia desea mantener su ilimitada pertinencia y aplicabilidad a las vidas de todo el mundo.

Publicado en Biografía, Entrevista, Historiadores, Libros, USA | Deja un Comentario »

Fotografías inéditas de Hitler

Publicado por Anaclet Pons en Junio 24, 2009

La revista Life publica una completa serie de imágenes de Adolph Hitler, que corresponden al período 1936-1945. La exclusiva se divide en cuatro entregas: Hitler’s Humble Beginnings, Adolph Hitler Among the Crowds, Adolph Hitler: Up CloseAdolph Hitler’s Private World.

Worshipping Hitler

Publicado en General, USA | 1 comentario

Simon Schama y la crisis bancaria: lecciones de historia

Publicado por Anaclet Pons en Junio 22, 2009

Simon Schama escribe en el Financial Times sobre la fobia bancaria americana: “America’s phobia of banks”. El texto apareció el pasado 15 de mayo y hace un breve apunte sobre la historia de aquel país a propósito de la relación entre el gobierno, los bancos y la Reserva Federal.

schama

Schama se centra en la figura de Andrew Jackson, enemigo encarnizado del papel moneda y de los bancos centrales. Jackson, que estuvo en la Casa Blanca entre 1829 y 1837, fue un nuevo tipo de político en la vida americana. Que nadie le confunda con los caballeros de las plantaciones de Virginian que habían dominado la primera época de la república. Había combatido a los  indios, fue un azote de los británicos y adoraba a la gente de frontera. Pero lo que realmente le irritaba era el Banco de los Estados Unidos, la institución que concedía el monopolio de imprimir papel moneda. El “monstruo”, declaró  en la batalla que mantuvo con su presidente, Nicholas Biddle, “me quiere matar a mí, pero yo acabaré con él”.

Y Jackson destruyó el Banco de los Estados Unidos, vetando la renovación de su estatuto en el Senado en 1832 y presentándose a la reelección como el campeón del Pueblo contra el Monstruo. El resultado de la liquidación de la regulación monetaria era predecible: la especulación salvaje. En marzo de 1837,  dos meses después de que Jackson dejara el cargo, empezaba el segundo de los grandes colapsos financieros (el primero fue en 1819). De inmediato vino otro, en 1839, bajo la administración de su sucesor, Martin Van Buren. En vísperas de la guerra civil, el deseo jackosoniano de descentralización monetaria  había ido más allá de sus sueños.  Había siete mil monedas locales circulando  en la república y una epidemia de falsificaciones. De ahi surgió la Banking Act de Lincoln en 1862, nacida de una desesperada necesidad de crédito fiable  para combatir la guerra,  de un mínimo orden monetario que salvara de la  anarquía que Biddle había profetizado con precisión.

Como nos recuerda la generosa biografía de John Meacham (American Lion, 2008), Jackson fue una figura excepcional de la política por muchas razones: por su repelente entusiasmo por la depuración étnica de los nativos americanos, por su rechazo a las opiniones inconvenientes de la Corte Suprema de Justicia y por su certeza de que era la encarnación de la democracia popular en acción heroica. Esta armadura chapada de egocentrismo le permitió despachar una moción de censura en el Congreso como si se tratara de una afrenta al pueblo norteamericano (causada por su intento de desangrar al Banco desviando los depósitos del Tesoro a los bancos estatales locales). El hecho de que los entusiastas de un banco central – desde Alexander Hamilton, que había creado el primero en 1791 -  fueran admiradores del Banco de Inglaterra no hacía sino reforzar la convicción del veterano general de que esas instituciones eran algo detestable y no americano. Queja por dirimir si tal bancofobia favoreció  su reelección en 1832. Ahora bien, no cabe duda de que, con su desconfianza del papel moneda y su casi paranoica sospecha del monopolio de emisión del Banco, Jackson explotó la vena de la inseguridad americana  sobre el carácter moral de dinero.

En los siglos XIX y XX, los europeos y otros extranjeros estaban  tan acostumbrados a caracterizar a los estadounidenses como esclavos de un Dólar Todopoderoso que a veces descuidaban advertir esa esquizofrenia nacional que versaba sobre el tema de la riqueza pecuniaria. Generación tras generación, predicadores, periodistas y políticos de frontera protestaban fervientemente contra el veneno de la codicia y las ciudadelas de la costa este donde gobernaba el Gran Dinero. Desde  1790, en tiempos de Thomas Jefferson, los cantores de la vida agraria  (siempre y cuando los esclavos hicieran el trabajo más pesado) intentaron convencer al presidente George Washington de que el plan de Alexander Hamilton  para establecer un banco central era una amenaza para las libertades de América. Desde entonces, pues, la sospecha acerca de los bancos, especialmente los bancos centrales, rara vez ha dejado de canturrear.

Afortunadamente para los directores del  Bank of America y el Citibank, Barack Obama tiene pocas de las alergias de Jackson  a lo que éste (el “Old Hickory”, que era su mote) llamaba la “aristocracia del dimero”. Pero, por lo que yo sé, Obama no se ha sido afectado por las transacciones de papel como lo estuvo Jackson.

En la década de 1790,  la senda del éxito para cualquier ambicioso joven de la frontera pasaba por la especulación del suelo, el derecho o el ejército, y Jackson había recorrido las tres. En 1795 pasó tres semanas en Filadelfia tratando de vender una propiedad de algunos miles de acres en la frontera. Finalmente, encontró un comprador que se la abonó con un pagaré. Escaso de suministros, Jackson adquirió carros endosándolo. Poco después, los proveedores de esos bienes le anunciaron la quiebra del comprador de aquellas tierras, de modo que se convertía en responsable del pagaré. La deuda arruinó las perspectivas económicas de Jackson  durante mucho tiempo y le infundió una duradera desconfianza hacia esos instrumentos de cambio.

Al igual que Jefferson, que en casi todos los demás aspectos tenía una mente más sofisticada, Jackson llegó a creer que el papel moneda era como mucho una criatura del capricho de los  financieros  y,  en el peor de los casos, la  herramienta de una conspiración para esclavizar a través de la deuda. Las monedas de plata habían circulado por el país antes y después de la independencia, y Jackson, tan populista como pregonaba su campaña, prefería para las transacciones  algo que se pudiera morder.

2O DOLARES

Así que el presidente engañó deliberadamente al país sobre los males del monopolio del Banco de los Estados Unidos, alegando que no sólo era  una interposición inconstitucional entre el gobierno electo y el pueblo, sino que había fracasado en su responsabilidad de establecer una moneda en metálico en toda la república. De hecho, en las condiciones inestables de la América de la década de 1830, el papel del Banco de los Estados Unidos fue con mucho el medio más fiable de transacciones,  de Maine a Luisiana. Sin embargo, Jackson estaba convencido de que, a menos que el Banco pereciera, la democracia siempre estaría infectada por sus maquinaciones. Lo que  estaba en juego era la batalla por el alma económica americana entre los valores  rurales y urbanos. De alguna manera,  esto fue casi tan importante como la lucha entre el sur esclavista y norte abolicionista, formando el corazón de lo que se suponía que América iba a ser: un lugar donde la simplicidad y la transparencia funcionaban en pequeñas comunidades morales, o una máquina autopropulsada  de poder y crecimiento económico ilimitados: ¿Campo de Sueños o Ciudadano Kane?

Jefferson, del que Jackson decía ser su apóstol, encontró el tono para descubrir en  la salubridad del campo la forma  más pura de virtud social. “Aquellos que trabajan la tierra son los elegidos de Dios”, declaró en una de sus sorprendentes excursiones a la piedad. Las ciudades, por otra parte, eran pantanos  “pestilentes” de lujo seductor.

Sin embargo, Jackson fue más allá. No era tan ingenuo como para imaginar que el endeudamiento causado por dos guerras contra los británicos fuera a desaparecer por sí mismo, y entendía el carácter indispensable de un banco central en la gestión de las garantías sin las cuales el gobierno de los EE.UU. no habría podido llevar a cabo los asuntos públicos. (Un cuarto de la deuda estaba en manos de extranjeros.) Pero también creía que el Tesoro, bajo el control de cargos electos, era la institución más democrática para tratar de estas obligaciones. Por tanto, Jackson hizo de la liquidación del Banco de los Estados Unidos una piedra angular de su presidencia.

Junto con la destrucción del Banco, Jackson esperaba librar a la república de lo que insistía que era la gran estafa del papel moneda. En su discurso de despedida, el presidente saliente trató con elocuencia la necesidad de preservar la Unión contra la sectorialización norte-sur que amenazaba con deshacerla. Pero el tema al que más apasionadamente se dedicó fue “el sistema de papel moneda”. “Los acontecimientos recientes”, dijo al pueblo estadounidense (refiriéndose a su enfrentamiento con Biddle), “han demostrado que el sistema de papel moneda puede ser utilizado como un motor para socavar vuestras instituciones libres … aquellos que desean … regirse por la corrupción o por la fuerza son conscientes de su poder y están dispuestos a emplearlo”.

El papel alienta la especulación, la especulación esclaviza a los ciudadanos a la banca monopolista y los que se lastiman son “los huesos y los tendones” del país , “hombres que aman la libertad y cuyo único deseo es la igualdad de derechos y leyes”, “las clases trabajadoras,  agrícolas y mecánicas de la sociedad “. La influencia ejercida por un banco central, que podría hacer que “el dinero fuera abundante o escaso a su voluntad”, era un “dominio despótico” que hacía que las libertades americanas no valieran ni el papel en el que se imprimían. El Banco de los Estados Unidos estaba muerto, pero ¡Ay de los EE.UU. si crecía de nuevo un organismo como éste, porque a través del “interés dinerario” podría tiranizar a la mayoría honesta!

Ese sucesor – la Reserva Federal, a cuya buena fe y crédito Jackson presta ahora su rostro-  estuvo  en camino durante mucho tiempo, pero no se estableció hasta 1913. Las competencias que Jackson pensaba que subvertían las libertades de los hombres “honestos”  se consideran ahora indispensables para la supervivencia económica. La diferencia es que mientras la Reserva Federal es una institución pública, el Banco de los Estados Unidos no lo era. Sin embargo, Jackson todavía deploraría su independencia respecto del Tesoro. Para Jackson, la contabilidad política y financiera eran la misma cosa en una verdadera democracia. Pero la creación de la Reserva Federal en vísperas de la Primera Guerra mundial debe bastante  a la supervivencia de la retórica jacksoniana contra el “interés dinerario”.

Eso no es todo.  Schama todavía sigue con su argumento, hasta llegar a Obama, al que califica de presidente “trans-racial, trans-sectional, trans-ideological”.

Publicado en Historiadores, Ideas, USA | 2 Comentarios »

Comprender Irán (la Shia y Zoroastro)

Publicado por Anaclet Pons en Junio 18, 2009

El escritor e historiador Malise Ruthven aprovecha las elecciones de Irán para repasar en la NYRB tres recientes volúmenes que abordan la compleja situación de aquel país:

Apocalyptic Islam and Iranian Shi’ism, de Abbas Amanat  (I.B. Tauris, 2009);  Sexual Politics in Modern Iran, de Janet Afary  (Cambridge University Press, 2009); y Guardians of the Revolution: Iran and the World  in the Age of the Ayatollahs, de Ray Takeyh  (Oxford University Press, 2009).

De su amplio análisis, nos quedamos con la reseña del primero de esos tres volúmenes:

jamkran

Durante la última década,  la mezquita iraní de Jamkaran, cerca de la ciudad santa de Qom, se ha convertido en uno de los santuarios chiís más visitados, rivalizando como destino de peregrinación con las ciudades iraquís de Kufa y Karbala.  Miles de creyentes acuden para orar por la intercesión de su mesías, el Mahdi o Duodécimo Imán, cuyo regreso creen inminente. Dejan peticiones escritas  en el “pozo del Señor del Tiempo”, del cual muchos creen que emergerá el imán  para traer la justicia universal y la paz. Seis meses después de su sorprendente elección como presidente iraní en junio de 2005, Mahmoud Ahmadinejad predijo que este trascendental evento escatológico se produciría al cabo de dos años. Con la agitación en el vecino Iraq, donde los chiís siguen siendo atacados por los extremistas sunís, las expectativas para su regreso conservan todo su atractivo.

Mientras los fieles chiís (junto con sus homólogos judíos y cristianos) todavía están esperando a su Mesías, la República Islámica está haciendo una gran inversión en el santuario de Jamkaran, con un gasto de más de medio billón de dólares en ampliaciones que rivalizan con la Gran Mezquita de La Meca, con grandes patios interiores y diversas instalaciones, incluyendo oficinas, centros de investigación, servicios culturales,  mataderos y  comedores  -por no hablar de las granjas. En un país donde el establishment religioso domina las instituciones del Estado, la creciente burocracia de Jamkaran parece dispuesta a superar la de los tradicionales santuarios de Mashhad y Qom.

Si bien los observadores externos suelen ver la lucha en Irán entre conservadores y moderados en términos políticos, las corrientes ideológicas en conflicto  también encuentran expresión en la antigua retórica del apocalipsis, que se originó en la región hace más de dos mil años. Como explica  Abbas Amanat en Apocalyptic Islam and Iranian Shi’ism, la transformación de Jamkaran era parte de la campaña orquestada por los clérigos conservadores en Qom contra el gobierno del ex presidente Mohammad Khatami y sus aliados reformistas.

Apocalyptic Islam

A diferencia de otros muchos académicos, Amanat, profesor de historia en Yale, está dispuesto a aventurarse fuera de su especialidad de estudios iraníes, lo que hace que su libro sea especialmente valioso, ya que parte de la asunción  -poco habitual entre los estudiosos del islamismo- de que el Islam ha de verse como una variante de un grupo de religiones y no un objeto a estudiar independientemente. Las expectativas mesiánicas son fundamentales para todas las religiones de Asia occidental, articulando fuerzas que son a la vez dinámicas y peligrosas:

“El gran número de visitantes de (la mezquita de) Jamkaran demuestra el resurgimiento del interés en el Mahdi entre los iraníes de todas las clases acomodadas, incluyendo la clase media de la capital, y el triunfo de la República Islámica capitalizando los símbolos de la piedad pública”.

A pesar de que estos símbolos, como el santuario de Jamkaran, son específicos del chiísmo, su recurso -por no hablar de la movilización de su poder-  es universal. Como señala Amanat, los movimientos apocalípticos han sido motores de cambio religioso a través de la historia.  Los orígenes cristianos son inseparables del espíritu de apocalipsis que consuma el mundo judeo-helenístico en la antigüedad tardía. Los principios de la inicial misión de Mahoma no pueden explicarse sin hacer referencia a las “admoniciones apocalípticas, la previsión de calamidades  y el terror del Día del Juicio, evidentes en las primeras suras [capítulos] del Corán”. Entre los ejemplos posteriores -por citar unos pocos- está la llamada de Martín Lutero a la reforma de la Iglesia Católica y la reclamación de Sabbatai Zevi en el siglo XVII de ser el Mesías judío. La iglesia mormona, la más exitosa de las nuevas religiones de América, nació en el frenesí milenarista  que se extendió a través del  “Burnt-Over District“  de la zona norte de Nueva York en la década de 1830. Amanat ve todas esas manifestaciones como intentos conscientes de cumplir con las visiones mesiánicas concebidas en los antiguos modelos preservados en el zoroastrismo y las escrituras bíblicas.

En una breve pero magistral comprensión de los conocimientos adquiridos a partir de la lectura de Norman Cohn, padre fundador de los estudios milenaristas, y de otros estudiosos de este campo, Amanat repasa la dinámica de las historias apocalípticas. En el lado positivo, la anticipación del inminente juicio divino  puede traducirse en un mensaje de justicia social, con una elección individual que sustituye a los dogmas dictados por los antepasados, las tribus o las comunidades. Históricamente, los movimientos apocalípticos tienden a ser socialmente inclusivos, apelando especialmente a los pobres, los marginados y los desposeídos. El lado negativo es la percepción de la demonización de los enemigos en un mundo en el que el pueblo de Dios -el que se salva- se ve  a sí mismo  como el único portador de la sabiduría o el conocimiento divinos. El proyecto utópico de la realización del paraíso -cuando los seguidores del Mesías eligen   promulgar el escenario milenarista en un tiempo histórico real- puede  ser tan devastador como los terremotos, los incendios, las plagas y las guerras de apocalipsis imaginados.

No obstante, el enfoque de Amanat  a veces es desalentador. Es evidente que es mucho más cómodo escribir para especialistas que para un lector común, lo cual es una lástima, porque sus ideas tienen implicaciones que van mucho más allá del chiísmo, mostrando cómo un evento particular, sea una masacre o la crucifixión, se aloja en la memoria histórica.

abbas-amanat

Para los chiís duodecianos -la secta mayoritaria dentro de esta tradición minoritaria del Islam-,  el Mesías es el duodécimo en la línea de imanes (líderes espirituales)  descendientes del primo y yerno de  Mahoma, Ali,  a quien los chiítas creen que se le hurtó la sucesión tras la muerte del Profeta en el 632 AC. Según esta versión, el último de estos doce imanes “desapareció” en el año 874;   el mito popular dice  que se esconde en una cueva en Samarra, en Iraq, en espera de su regreso triunfal. La devoción chií se centra en la suerte del tercer imán, Hussein, hijo menor de Ali, que fue masacrado junto a sus leales seguidores en Karbala (en el moderno Irak) por las fuerzas del califa omeya Yazid en el 680.

El chiismo ha oscilado durante más de trece siglos entre el activismo revolucionario y la separación silenciosa. Al principio de la era musulmana, los  leales a Ali (su shia o partidarios) instigaron numerosas revueltas, desafiando y a veces derrocando los complejos militares tribales que asumieron el poder a raíz de las conquistas árabes. Muchas de estas revueltas se llevaron a cabo en nombre del Mahdi (Mesías) o Qaim (resurrector), una figura escatológica, con más de un parecido con el Cristo vengador del libro del Apocalipsis. La más perdurable dinastía fue la de los turcos safávidas, que llegaron al poder en Irán en 1501 y  que hicieron del chiismo la religión del Estado creando una fusión entre las identidades persa y chií. El culto del martirio de Hussein, por ejemplo, evoca el asunto del duelo por el asesinato de  Iraj -el héroe primordial de Irán.

Tras llegar  al poder sobre una ola de expectativas mesiánicas, los safávidas lograron neutralizar su dinámica revolucionaria. En ausencia del imán,  los ulemas (estudiosos religiosos) ejercen la autoridad espiritual en su nombre, lo cual les otorga una autoridad y una categoría superiores a las de sus homólogos sunís. Para mantener el equilibrio Estado-clérigos, el Imam Oculto fue relegado prudentemente al futuro indefinido  y las especulaciones sobre su regreso despachadas como poco ortodoxas, incluso heréticas.

Sin embargo, las aspiraciones milenaristas pueden escapar de las garras de las autoridades religiosas, especialmente cuando las ortodoxias actuales se pueden  presentar como una traición a los orígenes prístinos. Como explica Amanat : “En un impulso milenario, común a todas las tendencias apocalípticas, se produce un cambio fundamental cuando se pasa de una aspiración latente a una gran ambición”.  En Irán, esta transición fue supervisada y manipulada por el ayatolá Jomeini, un sofisticado teólogo y un agente político consumado. Firme oponente de las reformas del Sha, Jomeini había argumentado que, en ausencia del Imán Oculto,  los clérigos deben ejercer efectivamente el poder en su nombre bajo la égida de un “guardián jurisconsulto”. Su doctrina representa una ruptura radical con la tradición de separación de hecho entre  religión y Estado que había emergido a lo largo de los siglos anteriores. La infalibilidad del imán debe producirse a través de la acción. Amanat lo expresa claramente:

“En efecto, Jomeini se apropió de la función de  Imán aunque sin reclamar totalmente la inspiración divina y la infalibilidad …. No fue sólo un “vicegerente” del Imán, como se decía teóricamente, sino un imán, que es como todos le trataban en la República Islámica, una condición honorífica sin precedentes reservada exclusivamente para los Imanes Chiís y no asumida por ninguna figura chií desde la ocultación del duodécimo imán en el siglo IX”.

Al tomar el poder de manera espectacular, Jomeini sacudió los cimientos de la tradición del chiísmo duodeciano. La cultura promovida por las madrasas (escuelas religiosas) en tiempo de la dinastía Pahlevi y sus predecesores Qajar habían tenido su fuerte en las habilidades retóricas, con una teología encerrada en sí misma.   Su sello fue “una evasión fetichista y un desafío frente a todo lo nuevo, novedoso y desconocido” que pudiera poner en peligro el poder o la influencia de los ulemas. En lugar de encontrar la manera de ajustar su tradición para enfrentarse al mundo moderno y sus desafíos, los estudiosos chiís  se centraron obsesivamente en cuestiones recónditas, como la manera en que la oración puede ser anulada por la contaminación ritual. Este enfoque sirve para fomentar un espíritu de hostilidad a las reformas sociales y seculares promulgadas por los Pahlevi en áreas tales como la propiedad de la tierra, la educación y el matrimonio.

Un tópico de la retórica revolucionaria de Irán es que Estados Unidos es el Gran Satán empeñado en la destrucción de la República Islámica. Si bien hay una historia cierta relativa al patrocinio de la CIA al golpe  que derrocó al gobierno nacionalista de Mossadegh en 1953, el anti-americanismo que caracteriza los escritos de Jomeini y las manifestaciones callejeras que se ven aún en Teherán  parecen más cerca de la psicopatología que de una política racional. Ese frenético antagonismo, como sugiere Amanat,  debe más al dualismo zoroástrico que a la dominante teología coránica. En la escritura musulmana,  Satanás (shaytan) no llega a ser la figura miltoniana.  Es tan sólo un demonio entre tantos, que tiene la función de tentador o verificador de la ética.

shaytan

Sin embargo, en el esquema zoroástrico hay un furibundo conflicto eterno entre los partidarios de Ahura Mazda, Señor de la Sabiduría, y los que siguen al diabólico Ahriman. La batalla cósmica es interminable. Uno de los títulos de Ahriman, el de Demonio de los demonios, es comparable con el de Gran Satán. A diferencia de los más dóciles shaytan de la tradición del Corán, su ámbito de operaciones y sus poderes son inmensos. Amanat sostiene que durante los primeros siglos islámicos el chiismo iraní absorbió la visión zoroástrica de un mundo dividido entre creyentes puros e infieles contaminados, con los cuerpos expuestos a constante peligro. En las versiones populares del chiismo que aún persisten, el cuerpo humano está sujeto a todo tipo de ataques satánicos y debe ser vigilado constantemente contra las tretas insidiosas del enemigo.

(…)

En cuanto al futuro, Ray Takeyh, un analista cuidadoso , tiene una opinión optimista. Es tranquilizador que haya sido contratado por el Departamento de Estado, donde sus conocimientos y habilidades serán de inestimable valor si la red diplomática da resultados positivos. Dice:

Los gobernantes de Irán no deben ser caricaturizados como políticos mesiánicos que tratan de aplicar los dictados de oscuras escrituras anunciando el fin del mundo a través del conflicto y el desorden. Como la mayoría de dirigentes, están interesados en mantenerse en el poder y rechazarán conductas que pongan en peligro su dominio.

Con estos nuevos safávidas en el poder,  el Imán Oculto se mantendrá en su cueva y el apocalipsis será prudentemente aplazado hasta que surja una nueva generación sedienta de cambio.

Publicado en Libros | Deja un Comentario »

Habermas cumple ochenta años

Publicado por Anaclet Pons en Junio 17, 2009

indexBlatter

Jürgen Habermas cumple ochenta años este 18 de junio y, como era de esperar, no faltan los homenajes y parabienes. La Universidad húngara de Pécs, por ejemplo, le dedicó el pasado mayo su seminario filosófico, por el que desde 1998 han pasado prestigiosos pensadores. Aprovechando la coyuntura fue entrevistado, además, por el periódico Nepszabadsag (en húngaro, lógicamente).   Por otra parte, el número de junio de la revista berlinesa Blätter für deutsche und internationale Politik se dedica a glosar su obra, pues no en vano es uno de sus coeditores.

En esta celebración textual participan algunos de sus discípulos académicos, como Oskar Negt, Claus Offe, Ulrich Oevermann, Albrecht Wellmer y Axel Honneth,  así como algunos de sus más cercanos colaboradores en Frankfurt (Ingeborg Maus, Klaus Günther y Rainer Forst). Todos ellos perfilan los cortornos de Teoría y praxis, una de sus obras mayores. Pero hay más cosas:

Seyla Benhabib, profesora de Ciencias Políticas y Filosofía en la Universidad de Yale, se pregunta  cómo se conjuga una visión cosmopolitica de la justicia  con la organización nacional de la democracia. En realidad, lo que hace es reconstuir la noción de “cosmopolitismo democrático” desde la antigua tradición griega hasta Kant y Habermas. Concluye que, en tiempos de migración mundial, la constitución de la “demos” ya no puede limitarse a la nación-estado. Así pues, el postulado de Habermas   de la “inclusión del otro” se convierte en una obligación cosmopolita.

Kenichi Mishima, profesor de Filosofía en la Universidad de Osaka, trata de la influencia de Habermas en lo que denomina la ilustración japonesa de posguerra. Analiza la “grandes debates intelectuales”  que han tenido lugar en aquel país y destaca el papel de Habermas contra el nacionalismo cultural.

El periosista Wolfgang Lieb titula su texto de forma gráfica:  “El funeral de Humboldt: Diez años del proceso de Bolonia”. Lo que hace es  señalar que la aplicación de este modelo ha hecho que las universidades alemanas vayan a peor.  La razón es que la reforma supone la renuncia al ideal de educación comprensiva de  Humboldt  y un cambio radical hacia el economicismo neoliberal.

Joachim Becker, profesor de economía de la Universidad  de Viena, establece un papalelismo entre el caso argentino y lo que le ocurre a la Europa oriental con la crisis financiera.   Becker analiza las diferencias entre las diversas economías de la zona y demuestra que  los Estados cuyo crecimiento económico estuvo financiado principalmente por la deuda externa están ahora en peligro   -la razón es que en el horizonte se dibuja  a una situación similar al escenario de la crisis argentina.

Finalmente, el politólogo Lars Normann trata sobre el Pakistán. Este país se encuentra en una profunda crisis -ya se considera como un “no Estado”. Sus principales desafíos:  en el oeste, los islamistas controlan amplias zonas;  en el este, el conflicto de Cachemira con la India aún no ha sido resuelta;  y dentro del propio país  el ejército  y su servicio de inteligencia seguen actuando como un “Estado dentro del Estado”. Normann sostiene que sólo una acción decidida de fuerzas seculares pueden estabilizar el país y combatir eficazmente el terrorismo islamista.

Publicado en Alemania, Ideas, Revistas | 1 comentario

Humanistas versus científicos

Publicado por Anaclet Pons en Junio 15, 2009

En pleno año Darwin, el suplemento cuktural Ñ del diario Clarín ha tenido la feliz ocurrencia de plantear este debate.  Por un lado, Marcelino Cereijido, fisiólogo del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados de México.  Por otro, Jorge Salvetti, escritor, docente y traductor:

cientificos

Científicos versus intelectuales (Marcelino Cereijido)

Un organismo sólo puede sobrevivir si es capaz de interpretar eficazmente la realidad que habita. Si un mosquito no interpretara que esto es una estatua de la Venus de Milo y no una señorita de verdad, sería demasiado estúpido para ser mosquito y se extinguiría. Biológicamente hablando carece de importancia que esa interpretación sea inconsciente, pues desde los inicios de la vida en el planeta hace unos 4.000 millones de años, su evolución, su enorme diversificación en millones de especies, su manera de funcionar, ha sido un fenómeno exclusivamente inconsciente. La conciencia comenzó a aparecer hace apenas unos 40-60 mil años, es decir, “nada” en escala biológica y, a lo sumo, influyó en la evolución de unas pocas especies, notablemente la Homo sapiens.

Ya en posesión de una conciencia, el ser humano empezó a utilizarla para interpretar la realidad, y los modelos mentales que iba construyendo sobre esa realidad fueron –por supuesto– siendo sometidos a un proceso evolutivo. En un primer momento, podía atrapar una piedra porque no se mueve per se, pero no una rana porque tiene motu proprio y se escapa. Su primer taxonomía habrá sido entonces que hay cosas que tienen ánima y cosas que no, y llamó a las primeras “animales”. Después de estos modelos animistas, un impresionante salto intelectual le permitió una nueva taxonomía, e imaginó que todo lo marítimo estaba a cargo de dioses como Poseidón, el cielo de Urano, la agricultura de Ceres. Fue la hora de los modelos mentales politeístas. Luego, en otro salto formidable, generó monoteísmos. Si una deidad del politeísmo prefiere una cosa y otra deidad tiene otras preferencias, no surge contradicción alguna, pero el dios único del monoteísmo no puede tener incoherencias. El paso a los monoteísmos requirió inventar nada menos que la coherencia de Dios, que posibilitó luego el paso hacia los modelos científicos, donde los conocimientos no están simplemente amontonados, sino sistematizados, de modo que no conflictúen entre sí. La manera de interpretar la realidad de la ciencia moderna consiste en hacerlo sin apelar a milagros, revelaciones, dogmas ni al Principio de Autoridad, por el cual algo es verdad o mentira dependiendo de quién lo diga (la Biblia, el Papa, el rey, el padre).

Pero ahora imaginemos que nos transportan a la Europa de mediados del siglo XIV, en momentos en que millones de personas perecen por una de las epidemias más terribles que registra la historia: la Peste Negra. ¡Qué no daría esa gente por saber qué los está matando! Hoy sabemos que se debió a la Pasteurella pestis, pero ellos no podrían haber culpado a los microorganismos, pues faltaban quinientos años para que se los descubriera. Las bacterias eran invisibles para el hombre medieval y se veían obligados a interpretar esa realidad de alguna otra manera. Algunos entendían que Dios los estaba castigando por sus pecados y, para que los perdonaran, deambulaban descalzos dándose de latigazos; otros sospechaban que Dios estaba enfadado por los pecados cometidos por otros miembros de la sociedad, y se lanzaban a orgías de represalias; otros atribuían la ira divina a que su ciudad albergaba judíos “como los que habían matado a Cristo” y para aplacarlo incendiaban ghetos y cometían genocidios espantosos; otros aterrorizados culpaban de la peste a la posición de planetas, fases de la Luna, eclipses y pasos de cometas. En cambio, si hoy los médicos mandaran a azotar a los tuberculosos, torturaran a nuestra abuela con Alzheimer para quitarle el Demonio del cuerpo, o asesinaran judíos para que Dios acabe con la amebiasis, los tomaríamos por locos.

Las diversas maneras de interpretar la realidad no se fueron instalando ni desapareciendo como un cambio en la hora oficial, en cierta fecha en cierto momento, sino que coexisten pueblos con diversos modelos. En realidad, esa coexistencia se observa hasta en una misma persona: un empresario puede ser rigurosamente ateo cuando niega un aumento de sueldo a miles de obreros, y profundamente creyente cuando lo llevan en una camilla rumbo al quirófano para que le practiquen un cortocircuito coronario. La segunda aclaración es que la eficacia de un modelo interpretativo depende de su concordancia con la realidad. La ciencia no ve electrones, ni espectros electromagnéticos, ni vibraciones electrónicas ni nucleares, todas partes del modelo científico, pero se coordina en –por ejemplo– una tomografía de cerebro en la que el operador sólo ve pantallas, colores, variables estrambóticas que le permiten decir: “Este señor tiene tal o cual tumor en tal o cual región”, y el cirujano lo ubica y lo extirpa.

Cuando se invita a nombrar productos científicos, la mayoría de la gente enlista artículos que van de poderosas herramientas matemáticas y naves espaciales a medicamentos maravillosos y armas devastadoras. Pocos reparan en que, como en la gimnasia, donde una persona “se hace a sí misma”, el producto principal de la ciencia no es “algo vendible en el mercado” sino una persona que sabe y puede.

Finalmente, un pueblo no es necesariamente subdesarrollado cuando debe dinero, sino cuando hay otro que lo conoce e interpreta con mayor eficacia. Si quienes mejor interpretan la realidad japonesa no fueran los japoneses, Japón sería un pueblo subdesarrollado.

Así como llamo “analfabetismo” a la incapacidad de leer y escribir, llamo analfabetismo científico (AC) a la incapacidad de interpretar la realidad “a la científica”; esto es, sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al Principio de Autoridad. El AC causa varios dramas ineludibles.

El primer drama es carecer de ciencia en un mundo donde ya queda muy poco de envergadura sin ciencia avanzada y alta tecnología. El segundo es que, contrariamente a un pueblo al que le falten alimentos, agua, energía, medicamentos, vivienda, en el que sus habitantes son los primeros en advertirlo y señalar su déficit con toda exactitud, cuando a una sociedad le falta ciencia no lo puede comprender ni aún cuando se le trata de explicar.

El tercero consiste en que si el analfabeto científico tuviera ciencia no sabría qué hacer con ella. Es como ir a un poblado tarahumara y pedir: “Levante la mano quien necesite ácido pantoténico, carotenoides, cobalamina, tocoferoles”. Así se estén muriendo de avitaminosis, los pobladores no van a saber de qué les estamos hablando ni qué es lo que los está matando. Pero hay todavía un cuarto problema: para un científico, la realidad es increíblemente compleja, llena de variables; por el contrario, para el analfabeto científico es extremadamente simple, pues tiene una sola: el dinero. Para él, todos los problemas son causados por la falta de dinero, y todo se solucionaría con conseguirlo. Para él, “Política científica” consiste en una gráfica en forma de pizza surgida de la administración y la teneduría de libros de cómo se habrá de erogar un presupuesto. Cree que el conocimiento no es otra cosa que ignorancia financiada. De ser cierta tamaña barbaridad, los líderes del conocimiento científico mundial serían quizás algunos emiratos árabes. Para el analfabeto científico, Suiza hace ciencia porque es rica, pues no puede concebir que en cambio es rica porque desarrolla su ciencia y su tecnología. Por eso siempre tengo a mano la opinión del economista John Kenneth Galbraith: “Antiguamente, la diferencia entre el rico y el pobre dependía de cuánto dinero tenían en el bolsillo; en cambio hoy los distingue el tipo de ideas que tienen en la cabeza”. El quinto drama, no menos grave, es que el analfabeto científico cree que sí sabe qué es la ciencia moderna (la confunde con “investigación”), de donde deduce que no la necesita.

Habitualmente el AC está intrincado con agentes que quizá no sean analfabetos científicos ellos mismos, pero contribuyen a eternizarlo. Basta ir a una librería y constatar que sus mesas centrales ofrecen una multitud de libros honestos y sesudos que intentan explicar las razones de que Argentina se hunda en miserias, corrupciones y dependencias más o menos encubiertas. Tomo esa profusión de libros como evidencia del vigor intelectual de los argentinos. Sus autores son muy sagaces, pues para explicar la Argentina del siglo XX no olvidan presidente, tratado comercial, fraude electoral, movimiento militar, devaluación, líder sindical ni trifulca entre el clero y el Estado. Para muestra podría enumerar obras –en otros sentidos maravillosas– de Juan José Sebreli, Félix Luna, Federico Finchelstein, Silvia Sigal, Luis Alberto Romero, Beatriz Sarlo, Jorge Lanata, Osvaldo Bayer. Sus libros son muy cercanos a mi corazón porque me han ayudado a entender mejor a mi patria y a mis paisanos, y son mis autores predilectos porque me obligan a pensar, independientemente de que esté o no de acuerdo con lo que opinan. Su AC consiste en que en un siglo XX que ha visto aparecer aviones, radios, teléfonos, televisión, cirugía abdominal y cerebral, la desintegración del átomo, la decodificación del genoma humano y la aparición de redes computacionales, nuestros sesudos analistas no advierten que durante ese siglo su patria no sólo no desarrollaba su ciencia, sino que tenía (y tiene) una cultura incompatible con ella. De hecho, a partir de 1930 el clero y las fuerzas armadas mutilaron el aparato educativo nacional cada vez que lo juzgaron conveniente, pero esto se evalúa en términos de derechos humanos.

El AC tiene un componente pasivo, que por una multitud de razones no le ha permitido a un pueblo llegar a evolucionar hasta manejarse con ciencia moderna. Pero tiene además otro, activo, por el que el Primer Mundo le ha bloqueado por siglos el acceso a los modelos científicos (incluso ayudó a promover la investigación, más no la ciencia). No lucharíamos contra la tuberculosis metiendo presos a los enfermos, ni vilipendiaríamos al analfabeto común que no tuvo la suerte de aprender a leer y escribir. Análogamente, la campaña hacia una cultura compatible con la ciencia debe hacerse con un profundo respeto y voluntad de ayudar.

Aquel desprecio por la palabra (Jorge Salvetti)

Resulta curiosa y paradojal, casi el síntoma de una extraña dolencia, la relación que la ciencia –sus sujetos–, sobre todo la más dura, parece mantener con la palabra. Toda la precisión y el rigor de los que se ufana, orgullosa, como de su más preciada posesión, parecen desplomarse de la manera más estrepitosa, cuando lo que está en juego es el valor de los términos. Y este fenómeno, constatable en diversas manifestaciones, no sólo salta a la vista en las zonas más marginales o secundarias de su labor, sino también en los fundamentos más básicos de sus construcciones, en la denominación misma de sus esferas de actividad y en su terminología inaugural.

Ya Whitehead señaló la particular inteligencia que se requiere para poder observar lo obvio. Todos los grandes “progresos” de la ciencia siempre han tenido su origen, directa o indirectamente, en esa reinterpretación de las nociones más esenciales y en esa mirada virginal que ve las cosas, que tantos han visto sin ver, como por vez primera. Por eso no es fútil plantear los siguientes interrogantes.

¿Qué puede significar, desde el punto de vista epistemológico, que la denominación misma de una ciencia carezca de todo rigor, que sirva, por decirlo así, como una suerte de “comodín” o cheque en blanco que va llenándose de diversos contenidos y nombrando, por ende, distintos objetos, a medida que dicha ciencia varía con el tiempo? O expresado en otros términos: ¿Qué puede indicar, “científicamente hablando”, que el nombre de una ciencia no signifique nada concreto, que resulte más o menos indefinible, nebuloso o cuestionable, evocando distintos objetos a lo largo de su historia? ¿Qué representa, desde una perspectiva epistemológica, que quienes cultivan y ejercen una ciencia ignoren casi todo lo que puede saberse del término que designa su hacer y sus conceptos fundamentales? ¿Que ignoren su significación originaria? ¿Qué tipo de conocimiento implica tal desconocimiento? ¿Qué clase de saber desprecia ese saber? ¿Qué significado puede tener esta peculiar afasia en quienes están convencidos de dominar el conocimiento más excelso y riguroso que haya alcanzado el ser humano?

Creemos que es inherente a las ciencias duras cierto desprecio por la palabra y el género de conocimiento que esta implica. Este desprecio, que bien podría calificarse de necesario y que acompañó sigilosamente su gestación durante el Renacimiento y el Iluminismo europeo, estallaría en una ensordecedora y disonante fanfarria triunfal en los últimos dos siglos. Y este simple hecho, causa y efecto de su exacerbada valorización de un determinado lenguaje –el matemático–, les ha garantizado un éxito muy particular.

Pero toda polarización tiende a generar frutos hipertrofiados y esta hipertrofia no puede superar ciertos límites sin acercarse peligrosamente al abismo de la monstruosidad, la esterilidad y la impotencia.

Por lo demás, esta desvalorización de los términos y del lenguaje mismo como fuente primordial del conocimiento del hombre, no es un dato anecdótico o menor dentro de la cultura, obedece a causas muy precisas, que bien podrían denominarse históricas, y constituye el meollo alrededor del cual aún gira la posibilidad de disponer o no, de manera natural e inmediata, de un lenguaje y una visión totalizadora de la realidad, de un lenguaje que no sacrifique, en nombre de una concepción necesariamente parcial de universalidad y verdad, las cualidades de plasticidad, fluidez y sensibilidad que el lenguaje común y cotidiano comparte con el lenguaje subjetivo de las artes y el sueño.

Estamos convencidos de que un lenguaje sólo puede ser universalmente verdadero cuando lo es en cada singularidad, y el lenguaje matemático, por su misma genealogía, no puede satisfacer este requisito; sólo es cierto en el punto en que lo singular se encuentra sometido a un universal de características tan manifiestamente singulares que bien podría catalogarse de monárquico.

Porque la universalidad y la precisión del lenguaje matemático sólo son ciertas, dadas una traumática abstracción y una letal reducción de la realidad, reducción que obedece, a nuestro juicio, a un importante factor económico y político, e incluso en gran parte fetichista, de nuestra psicología. Y puesto que esa universalidad y precisión se basan necesariamente en una reducción –reducción que repercute negativamente, sobre todo, en la esfera más inmediata de universalidad y verdad que posee el ser humano, en la esfera del lenguaje primigenio de su más palpable individualidad–, tanto una como la otra resultan no sólo filosófica sino también “científicamente” cuestionables como tales.

Actualmente la ciencia sabe que la naturaleza, independientemente de lo que este vocablo pueda designar, posee entre sus fuerzas operativas la de la indeterminación, la imprecisión y el “azar”, fuerzas que bien podríamos catalogar de estéticas, o quizá, ¿por qué no?, de caprichosas o subjetivas: como si, de pronto, asomara allí una extraña criatura que intentase desesperadamente llamar la atención de quienes, buscando penetrar en sus misterios, no se percatan, quizá, de que, al hacerlo, le pisan un pie, le meten un dedo en el ojo, o le auscultan con un frío e insensible instrumento el recto. Fuerzas que parecieran resistirse a dialogar en el lenguaje matemático, a pesar de, o precisamente por estar encaradas de manera expresa desde esa unilateral perspectiva.

La palabra es nuestro instrumento fundamental de conocimiento, pero es mucho más que eso: es la expresión de nuestro más profundo anhelo de saber y, por ende, de nuestra consustancial ignorancia. Pero, por sobre todo, de nuestra conciencia de poseer, desde el origen remoto del mito, una conexión sensible e íntima con una fuente de conocimiento tan inmediata y trascendental que toda nuestra arrogancia sería incapaz de concebir, mucho menos de manipular, sin dañarnos, de manera expoliadora.

Entendemos que despreciar la palabra, ignorar sus riquezas, su poder y su historia, es ignorar la génesis misma de la ciencia y su porvenir. Por eso nos parece especialmente útil dedicar este espacio crítico y, por así decir, literario, que tan generosamente nos brinda esta publicación, a un análisis hermenéutico y filológico de los términos fundamentales de la ciencia, comenzando en el próximo número con el concepto de physis-natura. (La nota se publicará en una revista académica).

Nota: De no haber temido pecar de extravagante, me habría gustado titular este breve artículo, no con la versión latina que San Jerónimo da de la frase inicial del Evangelio de Juan In principium erat verbum, y que alude, en uno de sus significados, al comienzo del Génesis y al papel creador que la palabra desempeña en la cosmogonía judeocristiana, ni tampoco con la versión “original” griega de dicha frase, en la que aparecen los dos términos, tal vez, más importantes de la historia de la ciencia (arjé y logos), sino con el primer dístico de lo que puede considerarse uno de los precursores más directos del Génesis: el poema babilónico denominado Poema Épico de la Creación, y que podría traducirse: “Cuando arriba los cielos no estaban nombrados, abajo la tierra no era llamada por nombre.” Y aquí lo curioso es que se utilicen vocablos distintos para referirse al acto de otorgar existencia mediante la palabra al mundo superior y al inferior. Podría aventurarse que el primer vocablo se relaciona con el poder profético que se manifiesta en la palabra, mientras que el segundo grupo parecería remitir a la capacidad rememorativa que caracteriza al lenguaje.

Publicado en Ideas | Deja un Comentario »